Las sufragistas en el cine (y en el socialismo)

Pepe Gutiérrez

Aunque el sufragismo cuenta con más de un siglo de historia, las batallas libradas por estas mujeres apenas sí han interesado al cine, al menos no más allá de alguna aparición colateral normalmente como anécdota y no precisamente “constructiva”. Las sufragistas aparecían en los momentos más inesperados para añadir más locura a la narración, valga por ejemplo el personaje encarnado por Natalie Wood en La carrera del siglo (The Great Race, Blake Edwards, EUA, 1965); otro buen ejemplo fue Las bostonianas (The Bostonians , EUA, 1985) la adaptación que James Ivory efectuó de la novela de Henry James. El estereotipo de la sufragistas fanática y tontuela se impuso en el cine como lo hizo el anarquista con la bomba a punto de estallar Claro que no fue solamente el cine, la prensa conservadora todavía se balancea sobre dicho estereotipo e incluso revistas

Es cierto que la batalla del feminismo encontró en la pantalla quizás más soporte que en la habitual en la vida cultura, pero raramente lo hizo como movimiento organizado. Esto explica que el sufragismo no encontrara una expresión positiva hasta fechas relativamente recuentes. Uno ha sido el documental de poco más de 50 minutos ‘Les Suffragettes, ni paillassons, ni prostituées’ (Michèle Dominici, 2011), otro nos traslada a principios de los años ochenta la BBC produjo una serie que fue emitida en la sobremesa con cierto éxito. Otro ejemplo más lejano fue Hombro con hombro ("Notorious Woman", BBC, RU, 1974) dirigida por el cineasta anglopakistani Waris Hussein que había conseguido un cierto prestigio y trataba de la familia sufragistas presidida por Emmeline Pankhurst, la misma historia que ahora irrumpe en las pantallas, Sufragistas (Suffragette, EUA, 2015) obra de la directora Sarah Gavron y con Carey Mulligan, Helena Bonham-Carter y Meryl Streep en los papeles principales. Está escrita por Abi Morgan (The Hour, Shame), y evoca las vicisitudes de Maud, una joven lavandera del East End de Londres que entra en contacto un día con las sufragistas británicas y decide unirse a ellas. A partir de este personaje, el relato refleja cómo lucharon aquellas mujeres por conseguir el derecho al voto. Un objetivo que asumieron con toda la pasión, valentía y decisión que reunían. Guerrilleras de principios de siglo, aquellas mujeres decidieron pasar a la acción –cortaban cables de telégrafo, volaban buzones de correos, atacaban propiedades…-, hicieron huelgas de hambre cuando las encarcelaban y alguna llegó a perder la vida. ¡Todo ello por la igualdad!

La principal protagonista, Carey Mulligan, la presenta así: “La nuestra no es una película sobre una época pasada que ya no nos incumbe. No trata sobre un hecho histórico, sino sobre un movimiento de vocación universal que aún continúa vigente (…) Conocer esta historia me hizo darme cuenta de lo poderosas que somos las mujeres de mi generación, y de que quizá, en muchos sentidos, seamos la primera generación de mujeres con poder. Pero también soy consciente de la desigualdad y el sexismo que aún reinan, aunque de una forma menos patente en el mundo occidental, pero desde luego están ahí en otras partes del mundo, como por ejemplo Nigeria, Pakistán y Oriente Medio”.

La larga marcha

La larga marcha de las sufragistas británicas se desarrolló durante tres reinados, los de Victoria I. Eduardo VII y Jorge V. Durante este tiempo que va desde 1867 hasta la Primera Guerra Mundial, se encontraron la radical hostilidad de las altas esferas del poder que sentían ante la cuestión de los derechos de la mujer una opinión muy parecida a la que según un portavoz de la corona tenía la primera dama que dio nombre a toda una época: “La reina desea que se unan a ella todos los que sepan hablar o escribir para contener esta loca y perversa tontería de los derechos de la mujer, con todas sus horrorosas secuelas ante la cual el sexo débil se inclina olvidando todo el sentido del decoro y la feminidad. Este tema enfurece a la reina hasta el punto que no sabe contenerse”.

Cierto es también, que en este punto el Reino unido al menos se “planteaba” la cuestión, anteriormente solamente se había hecho en las crisis revolucionarias francesas de 1789 y de 1848.

Tanto conservadores como liberales compartían con mayor o menor fiereza esta convicción. De igual manera que cuando en ocasiones anteriores se habían opuesto a conceder el voto a los esclavos y a los trabajadores, los amos pensaban ahora que este derecho no era en absoluto necesario: ellos se bastaban para representarlas a través de sus maridos electores. Sin embargo, ni los gobiernos conservadores ni los liberales tuvieron ningún reparo en aplicar «la ley» a quienes carecían de derecho para opinar sobre ellas, y en meterlas en golpearlas en las calle, meterlas lóbregas cárceles, en humillarlas, calumniarlas y vejarlas, y en no pocas ocasiones, causarles la muerte. Nadie reparo en la incivilización de estos gobiernos, pero ellas fueron tachadas de terroristas  por la aplicación de la acción directa, a veces pacífica pero a veces  violenta, aunque nunca causaron daño físico a nadie.

La monarquía constitucional inglesa se basaba en un sistema de votos en que sólo podían participar los cabezas de familia que eran propietarios, pero hasta 1832 algunas mujeres pudieron hacerlo reuniendo ambas condiciones. En esta fecha se firmó la “Reform Act” que será el primer texto legislativo que excluía a las mujeres de este derecho público aunque pagaran impuestos altos. La primera petición parlamentaria en defensa del sufragio femenino la efectuó en 1866 el radical John Stuart Mill 1/, que hizo suya una reclamación formulada por el Comité para el Sufragio femenino suscrito por mil quinientas mujeres. La propuesta fue acogida con sorna por los demás diputados, pero John Stuart volvió a insistir al año siguiente tratando ahora de hacer una enmienda a la “Reform Act” de manera que donde ponía «hombre» tenía que poner “persona”... Sólo consiguió el voto del diputado Fawcet, el mismo cuya mujer fundó aquel mismo año la “National Society for Women Suffrage” de cuyos esfuerzos derivaron algunas conquistas parciales. En 1869 incluso consiguió el derecho al sufragio municipal y un año más tarde lo mismo para los consejos escolares.

Con el tiempo, esta organización se fue haciendo cada vez más moderada. En realidad se centraba en su actuación en las mujeres casadas y burguesas. En 1889 tiene lugar una ruptura en su interior y se crea un nuevo grupo, el “Women's Franchise League” y entre los animadores se encontraban Emmeline y Richard Pankhurst que luego formarían pareja. Esta nueva Asociación promovía la organización tanto para casadas como para solteras y exigía para todas las mujeres la igualdad de derechos en temas como el voto, el divorcio, la herencia y la custodia de los hijos. Comenzaba la saga feminista de la familia Pankhurst, quizás la más importante en toda la historia del feminismo británico...

El primer eslabón de esta familia que iba a contribuir a cambiar el mundo fue el propio Richard Marsden Pankhurst (1835/6–5 Julio, 1898) que procedía de una familia burguesa de vocación sufragista. Richard fue un hombre bastante notable, amigo de personalidades de la época tan sugestivas como Walt Whitman y David Carpenter, y fue él quien introdujo a Emmeline en sus convicciones. Su carácter de pionero voluntarioso queda bien retratado en la serie televisiva de la BBC, Hombro con hombro, basada en las memorias de su hija Sylvia y en la que aparece propagando en solitario y bajo la lluvia la igualdad de la mujer sin que nadie le preste la menor atención. Fue encarnado muy adecuadamente por el notable Michael Gough.

Ambos formaban parte de la clase media liberal y habían evolucionado en la década de los ochenta hacia el socialismo, precisamente sobre la base de cuestiones como la emancipación de la mujer. Ello comenzó su larga vida política colaborando con la “School Borrad” y manifestándose activamente junto con los desocupados que exigían el derecho al trabajo. Formaron parte de la generación que luchó con los sindicatos obreros contra el Talf Vale -una ley que hacía a éstos responsables de las huelgas- y que dieron expresión a la inquietud obrera de construir un partido de signo socialdemócrata, el ”Independent Labour Party” (ILP), que tenía una ideología confusa pero una clara voluntad democrática radical y revolucionaria. El nacimiento y auge del ILP parecía ser una garantía de que al fin habría un partido que lucharía por las causas más nobles y por supuesto la del sufragio femenino, pero el ala más derechista del laborismo, atada a la ideología dominante, se mostró muy poco entusiasta con esta idea y se resistió a que figurase abiertamente en el programa. El pretexto era que los obreros no iban a comprender esta exigencia (como así fue), 2/ y se trataba, antes que educarlos, de conseguir votos...

En realidad, el feminismo laborista quedó restringido a su ala izquierda representada fundamentalmente por el cristiano revolucionario Keir Hardie, una de las figuras más notables de la historia del movimiento obrero inglés y que dio un apoyo incondicional desde el parlamento y desde la calle a las sufragistas.

Esta actitud del grupo parlamentario laborista -hegemónico en su dirección- dio lugar a que Emmeline Pankhurst (nacida Goulden; 15 de julio de 1858 – 14 de junio de 1928) y sus hijas Christabel y Sylvia iniciaran un paulatino distanciamiento del laborismo que les llevaría, personalmente, a las dos primeras hacia el conservadurismo ya la tercera hacia el comunismo. En 1903 un grupo de mujeres laboristas se reunieron en el hogar de las Pankhurst y fundaron el “Women Social and Political Union”. Todavía estaban dentro del partido y en éste se mantenían unas tradiciones de democracia interna que les permitía trabajar por sus ideas. En la Conferencia del ILP de 1904 se dio un apoyo formal a las propuestas de Emmeline, pero luego en la práctica la realidad demostró a las mujeres laboristas que poco podían esperar. En 1907, Keir Hardie advertía que si el partido obligaba a sus militantes sufragistas a elegir entre el partido y sus convicciones éste perdería a sus “más valiosos miembros femeninos”. Emmeline, después de proclamar que había sido «leal al socialismo en todos los aspectos», volvió a insistir que del partido dependía la solución del dilema. Cuando el partido volvió a probar su conservadurismo, el grupo de Emmeline se separó de él e inició un camino independiente.

Está claro que éste no era un dilema entre socialistas-obreristas y unas mujeres “pequeñoburguesas”, ni mucho menos. La responsabilidad de esta ruptura recae sobre unos laboristas que nunca demostraron ser unos auténticos socialistas y sobre todo en esta cuestión tan determinante. Cierto es que la composición social del movimiento sufragista era pequeño burguesa, aunque también gozó de una notable influencia entre las obreras 3/, pero esto no modifica lo dicho, más bien lo confirma, porque una actuación democrática consecuente por parte de los laboristas hubiera inclinado mucho más fuertemente hacia el socialismo y el movimiento obrero una corriente de masas que durante algunos años se enfrentó decididamente contra los dos partidos burgueses.

Esta división creó un largo conflicto para muchas mujeres laboristas que trataron de conciliar una doble fidelidad, aunque no faltaron las que utilizando criterios «obreristas» mantuvieron una actitud sectaria frente a un movimiento que también se fue situando frente al socialismo que había sido el nido donde se había incubado. La Unión pasó a la acción sin esperar el apoyo de los laboristas. El 12 de mayo de 1904 llevaron a cabo su primera manifestación importante. Unidas a un grupo de obreras textiles ya cuatrocientas mujeres de las “Women's Guiad” se presentaron ante el Parlamento donde el legendario Keir Hardie volvió a plantear las mismas cuestiones que décadas antes había defendido J. Stuart Mill. El resultado fue el mismo: una gran mayoría en contra y el regocijo general de los diputados de la derecha. Aquel día las de la Unión hicieron su primer intento de manifestación.

Después de esta derrota el grupo fue creciendo captando cada vez más mujeres sufragistas que se convertían en convencidas militantes en el sentido más pleno del término. Volvieron la espalda al parlamentarismo y a la acción legal, y empezaron a desarrollar formas de acción directa moderadas en un principio. Comenzaron Christabel Pankhurst (22 September 1880–13 February 1958) y Annie Kenny, una trabajadora del algodón de Oldham y que fue la colaboradora más directa del "caucus" familiar. Asistieron a una reunión de los liberales e hicieron una pregunta que luego se repetirá hasta la saciedad: “¿Dará el gobierno liberal el voto a las mujeres?”  Cuando la respuesta era evasiva o negativa, el grupo de mujeres armaba el escándalo. Cuando eran multadas no pagaban y pasaban irremediablemente a la cárcel. 4/

Con el tiempo se fueron radicalizando sus acciones, sobre todo tras los sucesos ocurridos el llamado «viernes negro», el ocho de noviembre de 1911. En esta fecha una comisión de sufragistas delegadas ante el presidente del Consejo fue maltratada brutalmente por la policía. La Unión decidió entonces correr los menos riesgos posibles al tiempo que atacarían a los gobernantes en donde más les afectaba: la propiedad. Así explicó Emmeline la nueva táctica: ·Nuestro ataque al enemigo lo vamos a llevar a través de la propiedad... Sed todas militantes, pero cada una a vuestra manera. Las que podáis demostrar vuestra participación en la lucha acudiendo a la cámara de los Lores y negándose a abandonarla, como hacíamos antaño seguid esa táctica. Las que podáis demostrar vuestra participación uniéndoos a nuestras elecciones antigubernamentales, seguid esa táctica. Las que podáis seguir atacando el secreto ídolo de la propiedad, a fin de que el gobierno se dé cuenta de que el sufragio femenino pone en peligro la propiedad como la ponían antiguamente los cartistas, atacadle”.

Emmeline terminaba su discurso desafiando al gobierno a detenerla, lo que éste hizo en sucesivas ocasiones con todas las dirigentes de la Unión. Cuando Emmeline era detenida, la cabeza del movimiento la ocupaba Christabel que era todo un carácter. Fue ella la principal inspiradora de la primera campaña que la prensa tachó de «terrorista» y que basaba fundamentalmente en el destrozo de las cristaleras de los establecimientos públicos más lujosos.

En todos los momentos de esta larga