SPINOZA Y UNA CARTA DE PABLO IGLESIAS

Jesús Romero Sánchez

Recibí la carta de Pablo Iglesias en el correo electrónico y confieso que no la leí. Otros menesteres me tenían más ocupados. Tras cientos de titulares y artículos de opinión después, junto a alguna conversación entre compañeros y compañeras que oí, que la despachaban como mínimo de cursilería sensiblera, tuve ya la motivación suficiente para acometer su lectura.

No es una carta al uso en la política española ni creo que mundial. Una carta donde se habla de belleza, compañerismo, emociones, sonrisas, besos, afectos, pasiones, compromiso, ilusión y amor.

Comprendí perfectamente las reacciones que venían motivadas en esas lecturas y opiniones de las que tuve conocimiento antes de su lectura: todas parten de un profundo desconocimiento, de la ignorancia más supina. Spinoza para ellos y ellas es un absoluto desconocido. Y sin Spinoza es imposible comprender la política actual.

Para el gran filósofo holandés, la esencia del hombre es ante todo appetitus y cupiditas, es decir, la potencia y el deseo. Y toda potencia es activa porque no puede separarse de los afectos que la causan, una potencia cuyo grado vendrá determinado por lo que Spinoza denomina conatus, que es el empeño del ser humano en perservar en su propio ser que, cuando se hace consciente en la persona, pasa a denominarse deseo. Y ese deseo es el que “explica la esencia del hombre en el orden dinámico de la reproducción y de la constitución” (Negri, 1993).

Así, la esencia del ser humano es, por necesidad de su propia naturaleza, activa, afirmando y reafirmando continuamente su ser, en un mundo con mutuas y constantes interdependencias y con algunas autonomías. Un terreno donde se afirma de manera absoluta la subjetividad basada en la espontaneidad del ser que se impone constituyéndose de manera incesante en movimiento.

Y la potencia del ser humano se configura como una potencia de apropiación, potencia en desarrollo que quiere constituir la realidad del mundo de manera directa, sin mediaciones. La imaginación y la pasión como motores de la génesis del cambio, como potencia de obrar las transformaciones necesarias, como manifestación propia del poder mismo del ser humano.

La potencia del ser humano crece cuando son los afectos, las emociones positivas las que se alientan, las que se cultivan y aumentan. Los afectos tristes sólo reducen nuestra potencia, nos convertimos entonces en seres más alienados, más alejados de nuestra capacidad de aumentar nuestra potencia de actuar. La Ética de Spinoza es una ética de la alegría que aumenta nuestra potencia de ser. Las pasiones tristes sólo traen impotencia, sólo la alegría nos es útil. La alegría está vinculada con un ascenso del individuo a un estado de perfección más elevada, donde el poder y la libertad de actuar aumentan de una manera notoria.

Pero, ¿qué lugar queda para la razón desde esta perspectiva? Spinoza habla del poder de la razón sobre los afectos, pero no es una razón que se deshace de los afectos, sino de una racionalidad rebosante de afectos activos, de pasiones positivas que controla alejando los afectos pasivos y sus falsas ideas. Cuando usamos la razón, ésta sólo nos puede llevar a actuar con vistas a potenciar la alegría, de forma coherente con nuestro propio conatus para conservar y aumentar nuestra potencia. En caso contrario, estamos bajo los efectos aturdidores de las pasiones negativas y pasamos a ser seres pasivos dominados y gobernados por causas externas. Es la abyección, el odio, la envidia, la tristeza y el resto de las pasiones negativas las que sientan las bases psicosociales de la política moderna, de la realización práctica del nuevo capitalismo neoliberal: un estado alienado y alienante, que configuran las actuales formas de servidumbre, de esclavitud económica, social y cultural.

Es función de la razón definir y evaluar cuáles son los afectos que aumentan la capacidad de actuar del cuerpo y de pensar de la mente, cuáles son los afectos que nos convienes y cuáles son los que no nos convienen, y así ser capaz de actuar para alejarse de los segundos y reforzar los primeros.

La razón, sin el deseo, sería incapaz de penetrar en la vida afectiva y el deseo, sin razón, no podría convertirse en virtud intelectual. Su coordinación permite igualar la potencia afectiva y la intelectual.

Lo que caracteriza principalmente a la razón es la búsqueda de lo que nos es útil y, está claro que la alegría es lo más útil porque aumenta nuestra potencia de actuar. La razón germina y crece en la tierra de la alegría, la más fecunda posible. Y nada nos concierna más que aquello que nos es común y compartimos con otros seres. El acuerdo para actuar de manera conjunta es lo que nos produce más alegría, es esa oxitocina de la que hablaba Teresa

Rodríguez: “es la que segregan las madres lactantes y que desarrollan más los colectivos sociales, cuando se para un desahucio, cuando se hace un trabajo colectivo y fruto de él se consigue una victoria, y genera ternura, genera amor.”

O como dice el psicólogo Roger Muñoz: “es la hormona del amor, del cuidado, de la empatía y la generosidad, de la colaboración y la afiliación. Y esta hormona está presente tanto en mujeres como en hombres. Es la hormona asociada a los procesos colaborativos, aquella que, más que ver victoria o derrota en una contienda, busca la sinergia en los conflictos, el avance del grupo, aún a pesar de las diferencias ideológicas o estratégicas”. (La Vanguardia, 5 de febrero de

2016). En suma, vivir en espacios y actos compartidos con otros seres humanos es una difusión de un propio precepto biológico personal destinado a la perpetuación del propio ser, es decir, de su conatus.

Son esos factores afectivos que encaminan a la edificación de la solidaridad social basada en una comunidad de intereses. Es la lógica social de concordancia y comunidad entre los seres humanos. El esfuerzo, el conatus por el propio ser se constituye por ser en comunidad y por ser comunidad. Es la plasmación de una sociedad donde se imponen los encuentros gratificantes que llegan a institucionalizarse en un sentido y en un poder común, en unos derechos comunes que se quieren constituir como en Estado de plenitud democrática.

El 15-M no fue únicamente la expresión de la indignación contra la estafa neoliberal, fue también una apropiación de espacios comunes que nunca debieron ser abandonados, fue la construcción de una subjetividad colectiva que se implanta como poder constituyente y que denuncia la mediación y el contrato social incumplido, fue la materialización de una voluntad de construcción de libertad que, operando a través del deseo y de la potencia, se transforma y crece en amor. Porque la afirmación del ser sólo aumenta la potencia de obrar en relación con el resto de la gente. Fue la expresión de un sujeto colectivo dinámico productivo y constitutivo, movido por la resistencia al poder existente.

Cuando nos articulábamos de forma espontánea alrededor de un nombre que lo dice todo, como es “Podemos”, a través de sus Círculos, conformábamos esferas de poder constituyente que se desarrollaban por sí mismos, dignificando la política y dignificando a la gente que se vuelve potente y capaz. Unos Círculos que deben recuperar el terreno cercenado por una acción política ciega, errática y cortoplacista. Unos Círculos que tienen que volver a ser la centralidad real de la política transformadora que se articula a través de novedosas experiencias creativas donde no hay lugar para fines trascendentales, sino para la materialización de las posibilidades reales de libertad.

Pero, a la luz de los acontecimientos recientes en Bruselas y en las fronteras de Europa, no puedo finalizar sin afirmar cómo para Spinoza y los spinozistas, alimentar las pasiones negativas es dejar a la gente abandonada a la superstición y a la tiranía. Es la llegada del reino del miedo que tanto se esfuerzan en propagar. Es la disminución de la potencia para la vida colectiva y deja paso a la violencia continua y demasiado actual del fanatismo religioso que se opone con viveza al libre desarrollo de la personalidad humana. Son todas esas éticas que, a diferencia de la de Spinoza, están enraizadas en el sentido de culpa que llevan a la intolerancia y la agresividad de todas aquellas personas que no las vivimos o también de quienes viven bajo otras normas también imbuidas en la superstición e impuestas por otros dioses como el mercado, el partido o la ley. Son esas éticas basadas en la diferencia supersticiosa, en el miedo al otro u otra, junto a viles intereses económicos, las que castigan y desprecian a los que vienen huyendo de las guerras y del hambre. Las que condenan a mujeres, niños, niñas y hombres a vivir en penosas condiciones en campos de concentración, privadas de los más elementales derechos humanos.

El único antídoto es el cultivo de la sabiduría para erradicar el miedo y la superstición. La moral de Spinoza persigue el bien por el amor del bien mismo y no por miedo al mal.

En el momento en que Pablo volvía a recuperar un lenguaje centrado en los afectos, volvía a poner la construcción de la potencia colectiva en el lugar que nunca debió abandonar y que tiene que ser cultivado para que germine la posibilidad real de construcción del socialismo: dar el poder político al pueblo, porque sólo el pueblo podrá en verdad transformar la sociedad.

Jesús Romero Sánchez

Licenciado en Filosofía y Diputado de Podemos en el Parlamento de Andalucía.

Para saber más:

Bodei, R.: Geometría de las pasiones. México, FCE 1995.

Damasio, A.: En busca de Spinoza. Barcelona, Crítica 2005.

Kaminsky, G.: Spinoza: la política de las pasiones. Barcelona, Gedisa 1998.

Negri, A.: La Anomalía Salvaje. Barcelona, Anthropos 1993.

Negri, A.: Spinoza subversivo. Madrid, Akal 2000.

VV.AA.: El gobierno de los afectos en Baruj Spinoza. Madrid, Trotta 2007.