NUEVA ECONOMÍA, VIEJAS RECETAS

 

José Antonio Errejón -Espacio Alternativo de Madrid


En un contexto de desaceleración prolongada a lo largo de tres trimestres que, sólo por la prevención de los efectos del pánico en las Bolsas no es llamado por su nombre, recesión, las empresas de la llamada nueva economía están teniendo un comportamiento no esencialmente diferente del resto de los sectores. Incluso podría decirse que ni siquiera es el sector más destacado en la oleada de despidos que asola la economía mundial desde finales del pasado año. De los 370.000 despidos habidos en Estados Unidos en el primer trimestre del año, sólo 26.000 (7%) corresponden a compañías de Internet, mientras que el sector del automóvil eliminó 35.000 empleos y los grandes almacenes 15.000. En Francia de los casi 27.000 empleos perdidos, el 27% lo han sido en el sector de las telecomunicaciones y la informática.

Ciertamente los valores bursátiles parecen explicar esta situación. En los mercados el índice Nasdaq cerraba en una semana no especialmente adversa para la contratación de valores (semana del 7 al 11 de Mayo) con una caída de casi cuatro puntos respecto a la semana anterior. Si nos fijamos en las cotizaciones del llamado "nuevo mercado" en la bolsa española las variaciones son asimismo negativas tanto en lo que va de año como en relación con el año anterior. En un "hipersector" que el pasado año facturó casi once billones de pesetas, con un incremento del 23% sobre el año anterior el sector de Internet e informática, con un 11% sobre el total de la facturación, presenta fuertes dificultades como lo demuestra la caída de los ingresos y el beneficio bruto, pero también la inversión en Marketing* , en este sector de carácter estratégico y que pone de manifiesto la desconfianza que los grupos que las controlan tienen sobre el porvenir de estas empresas. Una desconfianza que expresa con claridad los límites de la nueva economía para abrir una onda larga de prosperidad basada en la difusión generalizada del acceso a la red, en la mayor velocidad de rotación del capital y en los espectaculares incrementos es la productividad y en las ganancias. Límites que son los de la difusión misma y de la capacidad de sostener la demanda de los productos. Por mucho que los Estados socialicen los gastos de inversión en la infraestructura precisa para el desarrollo de la red, la realización del valor, la venta de los bienes y servicios de la misma necesita de una masiva capacidad de compra que hoy se ve fuertemente constreñida por la disminución de las rentas disponibles en la mayoría de los hogares. Fruto, a su vez, de las restrictivas políticas salariales y de gasto público emprendidos por la mayoría de los gobiernos en aplicación de las directrices de estabilidad monetaria y en contradicción con la reducción de los tipos de interés reclamado para combatir la recesión.

Como cada vez que se ha producido la difusión de una nueva tecnología, las asociadas a la "nueva economía" producen desempleo si el incremento de la productividad laboral que generan no viene compensada por una expansión de la demanda. Y en segundo lugar, y con tanta importancia como lo anterior si no se produce una reacción institucional a ese desajuste constante en la reducción de la jornada laboral. Ninguno de esos dos supuestos se ha dado y el desarrollo de la nueva economía se ha tenido que producir, además, en un contexto marcado por las secuelas de la crisis financiera de 1998, una de las cuales está siendo una fuerte contracción de la demanda mundial que se ha traducido en una caída de la confianza de los inversores y su inevitable crisis bursátil.

Las dificultades de lanzamiento de la telefonía móvil de tercera generación (UMTS) y el espectacular endeudamiento que las inversiones en obtención de licencias (no en España, por cierto) y construcción de redes están suponiendo, colocan los resultados del sector en números rojos y provocando fuertes caídas de sus cotizaciones en bolsa, acentuando la crisis antes señalada.

Las empresas operadoras no han visto otra forma de reaccionar a esa caída de sus valores que acometer una fuerte reducción de sus costes salariales que les permita mejorar sus resultados a corto y volver a competir por la confianza de los inversores, que tan necesaria les resulta en esta fase de lanzamiento del negocio. Falta saber si los mercados financieros serán capaces de valorar correctamente la rentabilidad de estas costosas inversiones.

Pero, mientras tanto, no parece que la nueva economía vaya a ser la panacea que la Administración Clinton prometió para impulsar esa onda larga de crecimiento y prosperidad que acabaría prácticamente con el desempleo.

Las proyecciones de empleo para los países de la OCDE para el período 1992-2005, que estimaban un incremento de empleo neto de 34 millones de empleos (10 para la UE con incremento por el período del 7%) no parece que finalmente vayan a verse realizadas.

La economía en red podría efectivamente abrir posibilidades insospechadas de prosperidad y de bienestar para el conjunto de la humanidad. Estas posibilidades se harían efectivas por la vía del aumento de la comunicación y la cooperación social, sin la menor duda las principales fuerzas productivas de nuestro tiempo. Pero vive aprisionada en el armazón de la relación capital que expropia estas potencialidades de comunicación y cooperación sometiéndolas al imperio de la mercancía, de la inmediata rentabilidad de las inversiones necesarias para hacerlas realidad.
 

 

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