Contra la (violenta) globalización capitalista
JAVIER FIGUEIREDO CAPUZ Y EMILIO DURÁN RUIZ*
La inmensa mayoría de las personas que integran los diferentes
grupos de individuos que desde Seattle hasta
Génova se rebelan contra esta globalización del capitalismo
son pacifistas y no violentas. Cualquiera que se
acerque a las actividades que estos grupos llevan a cabo puede constatar
esta afirmación y darse cuenta de
que los actos violentos surgen de la misma manera que aparecen grupos
violentos en cuanto los colectivos
son amplios, numerosos y heterogéneos desde el punto de vista
social y cultural. De todos modos habría que
investigar en profundidad la implicación de elementos infiltrados
interesados en que la violencia apague el
fondo de las protestas. No olvidemos que los poderosos están
deseando que se produzcan altercados para
desprestigiar el fondo del movimiento.
No es de extrañar que desde los gabinetes de prensa del pensamiento
único empiecen a aflorar escritos
intentando meter a todos en el mismo saco, aprovechar los episodios
de violencia para desprestigiar el
movimiento y despistar al espectador sobre el auténtico problema
de la globalización capitalista. Cuando un
dedo señala las estrellas, sólo los estúpidos
se fijan en el dedo: Cuando el clamor popular denuncia la muerte
y el dolor que causa la globalización capitalista sería
una necedad reparar en los indeseables desperfectos
que causa dicha protesta.
Solo existe lo que sale en televisión: Si se rompen escaparates
en el Paseo de Gracia o en el centro de
Génova hay que rasgarse las vestiduras por el pánico
que se siembra pero es curioso que ninguna televisión
hable de los debates, los foros de opinión y las actividades
que se llevan a cabo en cada ciudad en la que se
han producido protestas. Tampoco es de extrañar que el Foro
Alternativo de Porto Alegre (Brasil), donde no
hubo ningún incidente, fuera ignorado por todos los medios de
comunicación. Es fácil sacar a cien
encapuchados tirando piedras y esconder una manifestación pacífica
de 200.000 personas. Pero lo más
grave es que con estas ocultaciones de la verdad mucha gente no tiene
la sensación de que existan otros
focos de violencia causados de forma directa o indirecta por aquellos
mismos que se rasgan las vestiduras:
Como ya hace tiempo que las cámaras de televisión abandonaron
Ruanda parece que ya no existe la muerte
ni el hambre; como la CNN no retransmite el bombardeo de Bagdad ya
parece que no mueren niños en los
hospitales de Basora; como Yugoslavia ya no es noticia parece como
si no hubiera limpieza étnica hacia los
serbios de Kosova. Esta es la forma que el sistema tiene para distorsionar
la realidad. No hay imágenes de
recursos para acompañar con una voz en off la violencia, el
dolor y la muerte que el G-8 (elegido
democráticamente, y en algunos casos muy dudosamente, por sólo
una sexta parte de la población mundial)
está causando en Ecuador, Indonesia, Sierra Leona, Bolivia,
Liberia, etc. ¿No es una paradoja de la
democracia que ocho decidan el destino de seis mil millones?
Hasta tal punto llega esa labor de despiste de los media que mucha gente,
incluido algún ex ministro, no llega
a ver la relación causa-efecto entre los problemas motivados
por la globalización capitalista y las corrientes
migratorias hacia el primer mundo y lo siguen achacando a no sabemos
qué efecto llamada de alguna ley
imperfecta. Como dijo un poeta de la canción extremeña,
huir de la muerte, que es lo que hacen todas esas
personas que se precipitan hacia el primer mundo, es una más
de las consecuencias de un sistema que sólo
tiene una finalidad: Asegurar el beneficio de una minoría a
costa del sufrimiento, el dolor y la muerte de la
inmensa mayoría. ¿Por qué escandaliza una pedrada
en un banco y no lo hace la muerte de 3.000 niños cada
día? ¿Acaso porque no hay 3.000 cámaras para captar
esos momentos?.
Tal vez sea mejor mirar para otro lado porquee mientras tanto las sofisticadas
y modernas formas de
esclavitud campean a sus anchas permitiendo que los habitantes del
sur nazcan y mueran con un grillete: La
deuda externa. Esa, consentida, esclavitud hace que muchos seres humanos
cada día sean más pobres
viendo como otros, muy pocos, cada día son más ricos
y cómo a pesar de las consultas de democracia
participativa no se quiere investigar el enriquecimiento ilícito
de personas del norte y sur para que exista una
verdadera cooperación internacional. Un planeta inmensamente
rico en recursos naturales no puede ser el
coto de unos pocos que con una mano ofrecen créditos y con otra
roban impidiendo un reparto justo de las
riquezas y controlando el flujo de circulación de personas como
si fueran animales o mercancías.
Pero el debate sobre los efectos de la mundialización capitalista
es mucho más complejo que las
consecuencias que se apuntan y merecería un espacio mucho más
amplio una vez que se resuelva la grave
crisis democrática en la que Occidente está cayendo mediante
la represión brutal a la que se ha sometido a
miles de personas pacíficas. Todavía no hemos podido
ver en un telediario declaraciones e imágenes de los
jóvenes zaragozanos que fueron despertados de madrugada en la
sede de Indymedia, una organización
creada para poder canalizar informaciones independientes sobre lo que
acontece. No hemos podido oír sus
testimonios, ni ver sus magulladuras, ni escuchar sus peripecias en
las comisarías del demócrata Berlusconi,
donde les obligaban a dar vivas al Duce, donde practicaban las más
duras torturas psicológicas, donde no les
dejaron ni ir al baño en tres días. Pasando por alto
la lindeza de un Subsecretario que ha llamado fascistas a
los detenidos (no sabemos que calificativo guardará para Berlusconi
y sus Carabinieri) no hemos encontrado
en los gobernantes españoles ni un ápice de dignidad
como para condenar públicamente estas violaciones
de los Derechos Humanos y pedir las responsabilidades pertinentes.
Es preocupante que el debate de tertuliano se quede en profundidades
como el aspecto físico de los
manifestantes o las suspicacias sobre el dinero que cuestan los viajes,
probablemente porque quienes viven
en el cerrado mundo de la opulencia piensan que todo lo que no sea
chaqueta y corbata es marginal y que
aparte de hoteles caros y aviones no hay otro medio de transporte.
También ignoran que en cada ciudad hay
una red solidaria de personas que adoptan y alojan a los manifestantes
en sus casas, que los viajes en
autobús a Génova se lo tenía que pagar cada persona
con nueve mil pesetas de sus bolsillos, que los
manifestantes de Goteborg son diferentes de los de Seattle, que los
de Praga son diferentes de los de
Barcelona y que tal vez los que no hemos ido a ninguna vayamos a la
cumbre de ministros europeos en
Cáceres durante 2002.
Hay un montón de detalles que nos hacen caer en la cuenta de
que lo importante de estas luchas contra la
globalización capitalista es que están desencajando los
planes previstos de los que pensaban que podían
seguir explotando el mundo y a las personas que lo habitan, que podían
seguir con esa locura de que la mitad
de la riqueza del mundo esté en manos de 400 personas. Ahora
el pueblo, en su acepción más amplia, está
empezando a organizarse porque otro mundo es posible: Porque no hay
logro que disfrutemos que no haya
sido antes una utopía es por lo que cada día se van desprestigiando
más quienes nos acusan de utópicos.
Utópicas fueron las primeras sufragistas y quienes abogaron
por el descanso semanal en el trabajo: sin su
esfuerzo nada se habría logrado y hoy seguiríamos trabajando
en domingo y las mujeres seguirían apartadas
de la vida pública. La utopía es el "no lugar", algo
que no existe pero que es deseable. Cuando alguien tacha
una idea de utópica es, generalmente, por la vergüenza
que siente a rechazar ideas que generan el bien a la
Humanidad. Las utopías dejan de serlo cuando quienes están
interesados en que no salgan adelante son
vencidos por la fuerza de la razón de quienes tienen sentimientos
humanos. Otro mundo es posible y para ello
es necesario más de un pensamiento.
*Los autores son pacifistas y participan en movimientos contra la globalización del capitalismo