Después de Génova: planteando las preguntas correctas

Por Starhawk
 

Génova marcó una línea divisoria en el movimiento antiglobalización. Hoy en día resulta evidente que es una lucha a muerte en el primer mundo, como siempre lo fue en el tercero. La forma en que respondamos determinará si la represión nos destruye o nos fortalece. Para volver con más fuerza, tenemos que realmente entender lo que en verdad ocurrió allá.

Los medios de comunicación cuentan una versión sobre lo ocurrido: un grupo reducido de manifestantes se descontroló y la policía reaccionó en forma excesiva. Escuché variantes de esta versión dentro del mismo movimiento. Se dejó que el Black Bloc se descarrilara para justificar la violencia policial. Pero no es eso lo que pasó en Génova, y considerar el problema
desde ese punto de vista va a hacer que nos concentremos en las preguntas incorrectas.

Tengamos algo en claro: en Génova nos topamos con una campaña política de terrorismo de estado cuidadosamente orquestada. Esta campaña incluyó información falsa, uso de infiltrados y provocadores, acuerdos con grupos fascistas declarados (y con esto no me refiero a fascistas en el modo ligero en que a veces usa el término la izquierda; quiero decir fascistas en términos de “herederos directos de las tradiciones de Mussolini y Hitler”), un objetivo premeditado -grupos no-violentos- para los gases lacrimógenos y las palizas, brutalidad policial endémica, tortura de prisioneros, persecución política de los organizadores y una incursión terrorista nocturna efectuada por las fuerzas especiales -vestidas con remeras de
“Polizia” debajo de buzos negros-, que cayeron sobre gente que dormía rompiendo huesos, aplastando dientes y golpeando cabezas de manifestantes que no ofrecían resistencia. Todo esto lo hicieron en forma abierta, de una manera que indica que no temían repercusiones y esperaban protección política de las más altas esferas. Tales expectativas comprometen no sólo al
régimen protofascista de Berlusconi en Italia sino también al resto del G8 por asociación, y en especial a los Estados Unidos, ya que ahora parece que los jefes de policía del condado de Los Angeles ayudaron a entrenar a los elementos más brutales de las fuerzas especiales.

Italia tiene tradición en el uso de este tipo de tácticas. Por ejemplo, se puede recordar la “estrategia de tensión” utilizada contra la izquierda en los años setenta; de hecho, podemos retroceder algo más en el pasado hasta las décadas del veinte y treinta, que ya no parecen tan distantes después de oír a los prisioneros contar que fueron torturados en habitaciones con fotos de Mussolini en las paredes. Esto puede rastrearse incluso hasta el Renacimiento, o los mismos romanos. Estas mismas tácticas fueron por supuesto usadas extensivamente por las agencias estadounidenses y otros países. Al mismo tiempo, Italia tiene una cultura política de acciones de muy alta confrontación y lucha callejera contra la policía, así como fuertes grupos pacifistas y otros como los Tute Biancha, quienes exploran nuevos territorios políticos que atraviesan las definiciones tradicionales de
violencia y no-violencia. Todo eso integró el escenario donde tomaron lugar los sucesos de la protesta del G8.

En Génova La policía utilizó con gran efecto el Black Bloc o, mejor dicho, el mito y la imagen del Black Bloc para sus propios fines, no para los nuestros. Algunos aspectos de las tácticas de esta agrupación facilitaron ese hecho: el anonimato, las máscaras y el código de vestimenta fácilmente identificable, la voluntad de comprometerse con tácticas mas fuertes y daños
a la propiedad y -tal vez más especialmente- la falta de conexión con el resto de la acción y los organizadores. Sin embargo, el Black Bloc no fue la causa del problema en Génova. El problema fue la violencia estatal, policial y fascista. Hubo en Génova actos irresponsables y erróneos desde cualquier punto de vista que fueron atribuidos a los manifestantes, pero lo más probable es que la mayoría de ellos hayan sido efectuados por la policía. Si no fuera el caso, los provocadores puestos por las fuerzas del orden eran tan endémicos que resulta imposible diferenciar cuáles podrían ser responsabilidad de integrantes de nuestro movimiento o de cualquiera. Por lo tanto, la cuestión que se nos presenta no es “¿Cómo controlamos a los elementos violentos que hay entre nosotros?”, aunque esto puede llegar a plantearse como un tema de discusión algún día. El tema es “¿Cómo evitamos otra campaña de mentiras, violencia instigada por la policía y represalias?”.

No hay respuesta fácil a esta pregunta. La estrategia más simple sería volver a la no-violencia más estricta, algo que mucha gente está proponiendo. No sé por qué, pero me resisto a esa opción. Soy una antigua defensora de la no-violencia, no tengo ninguna intención de tirar un ladrillo a una ventana o pegarle a un policía en la cabeza con una piedra, y creo en general que romper ventanas o pelear contra la policía en una acción masiva es en el mejor de los casos contraproducente y en el peor, suicida. Probablemente, una de las razones para pensar de esta manera es que yo no puedo usar la misma palabra para describir lo que vi en los elementos más radicales de nuestros movimientos durante sus acciones y para lo que hizo la policía en Génova. Si romper ventanas y defenderse cuando la policía ataca es “violencia”, entonces denme una palabra nueva, una que sea mil veces más fuerte para usarla cuando la policía castiga a gente que no ofrece resistencia y los deja en coma.

Otra razón puede ser, simplemente, que me gusta el Black Bloc. Hasta ahora he participado en muchas acciones donde tuvieron una presencia fuerte. Me enojé mucho con ellos en Seattle por lo que consideré una decisión unilateral de violar acuerdos que todos los demás aceptaban. En Washington, en el 2000, vi que respetaban las pautas aunque no estuvieran de acuerdo y no hubieran participado en su elaboración, y por eso los respeté. Estuve sentada bajo los cascos de los caballos de la policía con varios de ellos cuando detuvimos una incursión en una calle repleta, usando tácticas que ni el mismo Gandhi podría habernos criticado. Con ellos me asfixié con gas lacrimógeno en Quebec y los vi respetar la propiedad privada cuando fueron enfrentados por los locales. Estoy comprometida. Sí, hubo momentos en los que me enfurecí con algunos de ellos, pero son mis compañeros y aliados en esta lucha y no quiero verlos excluidos o criminalizados. Los necesitamos, o bien necesitamos algo como ellos. Necesitamos tener lugar en el movimiento para la rabia, la impaciencia, el fervor militante, para una actitud que
proclame: “Somos peleones, somos agresivos y vamos a echar abajo este sistema”. Si cortamos eso vamos a perder vitalidad.

Y también necesitamos pacifistas como Gandhi. Debemos tener lugar para la compasión, la fe, para una actitud que diga “mis manos van a hacer trabajos de piedad y no de guerra”. Necesitamos a los que se niegan a engancharse en la violencia
porque no quieren vivir en un mundo violento. Y debemos dar lugar a aquellos que están tratando de explorar formas de
lucha que no entran en ninguna de estas categorías. Necesitamos creatividad radical, espacio para experimentar, moldear nuevos territorios, inventar nuevas tácticas, cometer nuevos errores. Se están haciendo campañas que son definidas como clara y estrictamente no-violentas: la Escuela de las Amércias, Vanderberg, Vieques, entre otras. Esas pautas fueron respetadas y
ninguna figura vestida de negro arrojando ladrillos intentó imponer otras.

No obstante,  las acciones contra las grandes cumbres hallaron su fuerza en un espectro político mucho más amplio: desde sindicatos y ONGs hasta revolucionarios anarquistas. Todos estos grupos se sienten un poco dueños del tema, y de los objetivos grandes y significativos que estas cumbres representan.

¿Cómo hacemos para crear un espacio político que pueda alojar estas contradicciones y aún así sobrevivir la intensa represión dirigida contra nosotros? ¿Cómo hacemos para llegar adonde ningún otro movimiento social llegó jamás? Tal vez éstas son los interrogantes que tenemos que hacernos en realidad. En una situación de vida o muerte existe una gran tentación de ejercer mayor control, imponer normas, ser policía unos de otros, retirarse hacia lo que parece terreno más seguro. Pero todos mis instintos me dicen que volver hacia atrás -a lo que parece seguro, probado y verídico- es un error. Como anarquista, no tengo ningún interés en hacer trabajo de policía. Quiero que tengamos más -no menos- libertad, a sabiendas de que también significa mayor responsabilidad y riesgo.

El uso de provocadores para instigar una violencia que pueda adjudicarse a los disidentes y utilizarse para justificar la represión es una forma probada a través del tiempo, y en general tiene éxito a la hora de destruir movimientos radicales. Sin embargo, está apoyada en lo familiar, lo esperable. Identificar provocadores en medio de una acción es como tratar de matar plagas en un jardín con un pesticida. La toxicidad del producto, de la sospecha, el ocultamiento y la falta de confianza puede ser tan grande como la misma peste que queremos combatir.

Pero las plantas pueden resistir a las plagas si están en un buen suelo. Para evitar infiltrados y provocadores tenemos que examinar el suelo de nuestro movimiento. Me gustaría sugerir tres nutrientes que pueden fortalecer nuestra resistencia a las plagas: comunicación, solidaridad y creatividad.

Tenemos que estar comunicados. No podemos darnos el lujo de que haya luchas paralelas pero desconectadas en una misma manifestación. Debemos establecer en forma clara nuestras intenciones y metas para cada acción, y pedir a los demás que las apoyen. Podemos tener que discutir con cada uno, negociar, transigir. Articular un conjunto claro de acuerdos sobre las tácticas a veces puede ser la mejor manera de contrarrestar a los provocadores. Pero los acuerdos sólo funcionan como tales si todos los cumplen. Si una rama del movimiento intenta imponerlos dejan de ser acuerdos para ser decretos, y además son decretos que no serán respetados y que no tendremos poder para aplicar.

Esta comunicación implica riesgos de ambos lados pero hay que enfrentarlos, por supuesto en forma inteligente y meditada. Nuestras comunicaciones tienen que tener prioridad sobre la defensa de nuestras bases o nuestra cultura de la seguridad. Si la táctica que elijo no permite que pueda hablar contigo, voy a tener que cuestionarme si es la apropiada para una acción masiva.
En este diálogo, tenemos que hacer un verdadero esfuerzo por respetarnos. Nadie tiene derecho a proclamarse como dueño de la moral. Ninguno de nosotros tiene derecho exclusivo de establecer la agenda, o de determinar la forma de las acciones, o de decretar políticas. Quienes apoyan la no-violencia -que sostiene el principio clave de respetar al oponente- deben ponerla en práctica dentro del movimiento. No se puede simplemente rechazar al Black Bloc y a otros grupos militantes como rebeldes negativos” o adolescentes inmaduros expresando sus sentimientos reprimidos. Ellos tienen una perspectiva política que es madura, meditada y merece ser tomada en serio.

Pero esto también significa que los grupos más militantes deben dejar de rechazar a aquellos que apoyan la no-violencia tildándolos de clase media, pasivos y cobardes. El Black Bloc es ampliamente respetado por su valentía, pero sentarse frente a la policía antimitines sin palos o piedras o molotovs implica otra forma de coraje. Hace falta valor para que tu identidad sea
conocida, para organizarse en tu propia ciudad donde no puedes desvanecerte, sino que tienes que quedarte y afrontar las consecuencias. “No-violento” no quiere decir “no-confrontador”, o querer quedarse seguro a un costado. La esencia de la lucha política no-violenta es crear enfrentamientos intensos que pongan de relieve la violencia del sistema y luego aguantar y afrontar abiertamente las consecuencias que surjan. En el clima represivo de la actualidad, donde se dictan años de prisión a monjas de 88 años de edad por acciones totalmente pacíficas, los riesgos de la no-violencia pueden ser mucho mayores que los de la lucha callejera anónima.

Asimismo, debemos comunicarnos claramente con la comunidad en forma clara y proactiva, no reactiva. Tenemos que lograr que la gente sepa cuáles son nuestras intenciones y cuáles pueden ser los parámetros de las acciones. Imaginen al Black Bloc pegando un cartel que diga: “Si Ud. ve a un grupo de enmascarados saqueando negocios pequeños, quemando autos y poniendo en peligro a sus hijos, ¡anote sus números de chapa! ¡Son de la policía!”. Porque nosotros somos el Black Bloc y no hacemos esas cosas. Tenemos que hablar con los que no se han convertido puerta a puerta, cara a cara; no les demos una conferencia, sino preguntémosles sobre su propia vida y los efectos que todo esto tiene sobre ellos, y pidamos que nos apoyen.

Tenemos que ser realmente solidarios entre nosotros. Esto no se limita a no denunciarnos unos a otros en los medios de comunicación o hacer vigilias por los que están en la cárcel. Quiere decir poner el bienestar de todos por encima de nuestros deseos -incluso de nuestra seguridad- individuales. No es tan sólo decir “tú haz la tuya, yo hago la mía”, sino tomar responsabilidad real por nuestras acciones y por el impacto que tienen sobre los demás, más allá de nosotros mismos o nuestro grupo. Mayor libertad conlleva mayor responsabilidad.

En una acción masiva, las decisiones individuales tienen un impacto colectivo. Algunas tácticas son como el tipo que habla a los gritos en las reuniones: ellos toman todo el espacio disponible y no dejan que nadie más sea escuchado. Los policías no gente que sepa hilar fino. Si un grupo arroja cócteles Molotov y rompe las vidrieras de los negocios, bien puede afectar la forma en que va a reaccionar la policía con el grupo pacifista que está en la otra calle. La comunidad también puede no ver la sutil diferencia que existe entre incendiar el banco del barrio y el almacén del barrio.

Entonces, tal como el tipo gritón tiene que aprender a retroceder de vez en cuando y callarse para dar a los demás una oportunidad de ser escuchados, las tácticas de alta confrontación a veces deben ser restringidas simplemente para permitir que existan otras posibilidades.

La solidaridad está relacionada con lo que hacemos en la calle. Quiere decir que debemos cuidarnos los unos a los otros de la mejor forma posible, y por cierto no ponernos deliberadamente en peligro. Por supuesto que la idea de protección que tiene un grupo puede significar lo opuesto para otro. Una barricada puede parecer protectora, pero si la estrategia radica en bajar la
tensión en realidad puede hacer que la situación sea más peligrosa. Tenemos que respetar las elecciones del otro. La solidaridad implica que si yo estoy sentada enfrente de una línea de policías antimitines y tú estás detrás de mí puedo tener confianza en que estás impidiendo que la gente de atrás me pase por encima y no estás tirando una piedra por sobre mi cabeza. Y si tú estás tratando de atravesar un cordón policial y yo estoy detrás de ti, estoy ahí para apoyarte, no para restringirte. Tenemos derecho a pedir solidaridad de cualquiera con las personas con las que queramos estar juntos en la calle.

Otro punto de la solidaridad es que cada uno sea responsable, criticando lo que hacemos juntos con el objetivo de aprender de nuestros errores y ser más efectivos. La crítica no es un ataque; una buena crítica es una forma de respeto; es decir “sé que tú y yo tenemos un interés común en hacer que esto sea mejor”.

Y quizá más que todo lo mencionado, tenemos que ser creativos. Tal vez -sólo para estimular el la cabeza- tenemos que armar una acción con una pauta simple: no se permitirán tácticas viejas, demasiado usadas. No más arrestos simbólicos cruzando la línea, no más ladrillos hacia las vidrieras de McDonalds. Y por favor, por favor, basta de cánticos aburridos reciclados de
la guerra de Viet-Nam, si no anteriores. Esto al menos sería un ejercicio mental que puede servir. Tenemos que pensar sin sujetarnos a límites ni encasillamientos. Tenemos que hacer lo inesperado; cambiar de ropa, de tácticas, estar donde no esperan que estemos haciendo lo que no esperan que hagamos. Si ellos esperan que destrocemos un McDonalds, estemos ahí
estropeándoles la acción entregando comida gratis y preguntando a los trabajadores cómo los afecta la globalización. Si esperan que los militantes vayan vestidos de negro, entonces que vayan de color lavanda y que los pacifistas armen un Funeral por la Democracia, rodeando la Casa Blanca vestidos de luto. Si esperan que caminemos tranquilos en grupos de cinco
para que nos arresten, desaparezcamos y reaparezcamos en otro lugar totalmente distinto. Si los luchadores callejeros más radicales echan abajo una barricada, que las monjas de 88 años sean las primeras en entrar en la zona roja. Si ellos bloquean la reunión y concentran sus defensas en un muro, tomemos el resto de la ciudad. Si esconden las reuniones en lugares inaccesibles, elijamos nuestro propio territorio.

Los desafíos son duros, pero estos son tiempos duros también y cada vez serán peores. Ya he visto demasiados movimientos escindirse y fracasar, o morir.