NOTAS SOBRE SINDICALISMO
1.- El sindicato es una institución consagrada en la CE un "aparato de Estado". Las direcciones sindicales se sienten parte del régimen (en buena medida, por sus orígenes).
2.- La constitucionalización del trabajo lo ha integrado en el Estado capitalista restándole identidad de clase y cultura propia. La consagración ("a cambio") del derecho del trabajo no le evita estar a merced de la relación de fuerzas.
3.- Dicha relación se encuentra fuertemente desequilibrada a favor de los capitalistas y sus organizaciones tras más de dos décadas de ofensiva contra el poder y la capacidad contractual alcanzada por la clase obrera al final del franquismo.
4.- La forma de estas relaciones, las instituciones en que se consagran y el papel sindical en ellas reflejan el proceso de derrota sufrido por la clase obrera a lo largo de esas dos décadas.
5.- La incorporación del movimiento obrero a la legalidad democrática se hizo bajo la forma de su conversión en sindicatos, la más adecuada a la transición capitalista. Desde ese momento, las direcciones sindicales han tenido como objetivo consolidar el aparato y la estructura sindical así como su papel en el entramado institucional corporatista.
6.- Junto a otros objetivos y efectos la ofensiva capitalista ha buscado modificar sustancialmente la composición de la clase obrera, destruir su textura y los "depósitos" de cultura y conciencia alcanzados.
7.- Las grandes concentraciones obreras –y los fenómenos urbanos conexos como el movimiento vecinal- correspondientes al boom capitalista de los 60, junto con los de los de la época de la autarquía, han desaparecido casi por completo llevándose con ellos la huella o impronta de la cultura obrera en la ciudad. Al perder su presencia en la ciudad y el territorio, el movimiento obrero se ha recluido en la fábrica, acentuando así la escisión entre la identidad "trabajador" y la identidad "ciudadano".
8.- Lo que fue conocido en los 60 como "nuevo movimiento obrero", fundamentalmente organizado en las CC.OO., es un fenómeno característico del capitalismo del sur de Europa que dio lugar al periodo más agudo de la lucha de clases desde los años 20 y alcanzado los niveles de propuesta, organización y capacidad contractual, auténticos responsables todos ellos de la crisis que afectó a estos países a principios de los 70.
Ese movimiento obrero fue directa y explícitamente político en tanto que planteó la cuestión de la dirección y el mando sobre los procesos productivos pero también sobre las llamadas cuestiones de la reproducción social (vivienda, habitabilidad, etc.).
9.- Ese movimiento obrero ha sido el blanco principal de los ataques conjuntos del capital y el Estado buscando la destrucción de su identidad y composición de clase, las formas novedosas de organización de las que se había dotado en su proceso de constitución: su carácter asambleario, el carácter rotatorio de sus representantes la democracia de base en su procedimiento de toma de decisiones.
10.- En su lugar el proceso de institucionalización de la democracia consiguió asentar organizaciones sindicales "serias", separadas del mundo de la producción, del mundo real del trabajo. Integradas por afiliados, no por militantes, que se adhieren al sindicato básicamente en razón de la defensa que les proporciona en un medio y una época hostil para los trabajadores.
Para decirlo rotundamente, esa su condición no militante le exime de mostrar identificación excesiva con ningún cuadro de valores "excesivamente alternativo". Para adherir a un sindicato, nada "distinto" es requerido de lo necesario para ingresar en cualquier otra entidad de la sociedad civil burguesa. Con esta nueva configuración antropológica el sindicalista pierde todos los rasgos antagonísticos que pudieran caracterizar su identidad en el pasado.
11.- Este pasaje no se hace sin efectos duraderos en la propia mentalidad individual y colectiva del sindicalismo y, por extensión, del conjunto del mundo del trabajo. En su virtud el trabajador se convierte en directamente interesado en la perpetuación y la ampliación de las ganancias de su patrón y del conjunto del sistema capitalista.
Naturalmente que esa asociación del mundo del trabajo a la suerte del capital tiene unas bases materiales previos; pero no puede ser desdeñada la importancia de este "cambio antropológico" que retroalimenta tal proceso material, económico. Se subraya para poner de manifiesto la importante contribución del sindicalismo al asentamiento de la ideología y los valores del neoliberalismo.
12.- Con las coordenadas anteriores es obligado renunciar a explicar la posición de los sindicatos como una traición de sus dirigentes. La materialidad del pasaje del movimiento obrero a las estructuras sindicales la sustantividad del cambio antropológico y cultural y la consagración del nuevo papel del sindicato en el ordenamiento jurídico nos impiden continuar con ese tipo de explicación subjetiva y albergar esperanza alguna relativa a los efectos que pudieran derivarse de eventuales cambios en las direcciones sindicales.
Son los sindicatos realmente existentes los que se encuentran constitutivamente vinculados con el régimen de acumulación capitalista consagrado en el 78 y con los desarrollos del mismo que actualmente conocemos. Esta restricción constitutiva parece que le invalida para integrar un bloque contrahegemónico anticapitalista similar a los que en forma más o menos duradera han aparecido en algunos países de América Latina con una fuerte presencia sindical (Bolivia, Ecuador, Brasil, etc.).
13.- El Acuerdo Interconfederal para la Negociación Colectiva 2002 (en adelante ANC 2002) constituye un instrumento precioso para conocer el estado actual del sindicalismo, al menos en lo que se refiere a las concepciones dominantes de sus direcciones. Sin entrar en un análisis pormenorizado de su contenido, se percibe en el mismo, sobre todo, una loa al diálogo social como el cauce más adecuado para afrontar las diferentes coyunturas por las que atraviesa la economía y el empleo... para paliar los efectos que sobre los puestos de trabajo y la competitividad tienen situaciones económicas negativas". Tras meses de infructuosas negociaciones sobre la reforma de la negociación colectiva y a la llamada del gobierno los denominados agentes sociales han acudido presurosos a escenificar el redescubrimiento de las virtudes de la concertación. Curiosamente dando por buena, con lisonjas reiteradas, una política económica basada fundamentalmente en la reducción de las rentas del trabajo y en la disminución de capacidad contractual de los servicios públicos en líneas de negocio y de los derechos en mercancías.
14.- Una política de unión sagrada ha sido, así, puesta en marcha en el campo de las relaciones laborales como instrumento decisivo de mantener a flote el capitalismo español. Una política que es expresión del cierre de filas en torno al delegado del imperio con ocasión de su proclamación de la guerra y que ha llevado a los sindicatos a formar en las filas belicistas, contra el sentimiento y la indignación de muchos sindicalistas que contemplan con estupor el alineamiento de sus sindicatos con el principal negador de los derechos sindicales en buena parte del planeta.
15.- Lo anterior no tiene por qué suponer el abandono de los sindicatos ni siquiera la posibilidad de participar en agrupaciones de izquierda sindical en torno a objetivos o programas claramente anticapitalistas. Pero tales agrupaciones deben encontrar más posibilidades objetivas con ocasión de conflictos en los que sea posible evidenciar el antagonismo con los designios patronales: en ausencia de estas dinámicas de lucha, tales agrupaciones tienen el riesgo de convertirse en meros instrumentos de pugna por el poder burocrático a los que el discurso anticapitalista puede servir de coartada.
En las condiciones actuales solo parece razonable esperar que la configuración de tales agrupaciones tenga un origen exógeno al campo de las propias relaciones laborales. Las movilizaciones contra la globalización capitalista pueden alentar una corriente de simpatía en el seno del movimiento sindical contrarrestando así, por cierto, la hegemonía de los valores de la competitividad nacional y la necesidad de aprovechar las "oportunidades de la globalización".
16.- Es perfectamente legítimo, entonces, que los militantes antiglobalización acudan a los sindicatos para hacer valer sus posiciones. Con ello no harán sino replicar la intervención política del capital en esa dinámica que conocemos con el nombre de globalización. Pues de eso y no de otra cosa se trata; de una intervención política y como tal deberá ser asumida y propuesta. En forma similar a como el capital pugna por el poder absoluto en la cadena de la producción (y del conjunto de la sociedad), a través de los procesos de globalización y los procesos conexos de fragmentación – segmentación, destrucción de la identidad obrera que hemos tenido ocasión de analizar-, así el movimiento contra la globalización capitalista puede y debe plantear la batalla en los ámbitos de la producción y la reproducción social, de la fábrica y de la sociedad, en el ámbito de la organización sindical.
17.- Las formas de organización, encuadramiento y participación de los afiliados tiene que ver con el sustancial cambio de naturaleza del sindicato al tiempo que contribuye a consolidar el cambio antropológico descrito. La disyuntiva entre órganos de representación unitaria (comités de empresa y juntas de personal para los funcionarios) y secciones sindicales, ha sido resuelta no a favor de ninguno de los dos sino de las direcciones burocráticas que utilizan las primeras como instancias para conseguir su representatividad en las instancias negociadoras; y, los segundos, como ámbito del que obtener apoyos en la permanente pugna por el poder interno.
18.- El modelo funciona a imagen y semejanza de la representación parlamentaria y descansando sobre la misma concepción del pluralismo como mercado competitivo de ofertas y de selección de élites (en este caso por la participación y negociación en las instancias de concertación.) Escasas posibilidades de protagonizar su destino le cabe al trabajador individual y colectivamente considerado en este modelo; solo si adhiere al sindicato y está dispuesto a seguir los vericuetos de la carrera burocrática sindical podrá alcanzar o relacionarse con algún ámbito que afecte al mundo del trabajo. Para entonces su relación con el mismo será solo genética y sus intereses serán específicos y distintos.
Al resto de los trabajadores que no adhieren a sindicato alguno – la gran mayoría - solo les cabe participar como electores para la formación de los ORUs; lo que, habida cuenta de su vaciamiento de contenido, les convierte en "electores de electores", en una mecánica en la que desaparece cualquier relación auténtica con quien, en última instancia, negociará en nombre de sus intereses.
19.- El cuadro de relaciones laborales está así asentado y funciona con una más que aceptable dosis de legitimidad. La participación en las elecciones sindicales – allí donde pueden ser realizables – registra unos niveles elevados (y crecientes) y el apoyo mayoritario de los electores se orienta hacia los sindicatos autodenominados de clase. Este hecho tiene, por ello, significados alternativos. En efecto, la alta participación en las elecciones sindicales de los trabajadores, si bien legitima un modelo que los reduce a un papel subalterno, pone de relieve su interés en los asuntos colectivos de la empresa y el sector y su apego al ejercicio de los derechos que le queden. Desmiente pues el pretendido desentendimiento y apatía de los trabajadores y permite suponer pautas individuales y colectivas más activas con instituciones más favorables.
El apoyo y participación en las formas de acción directa cuando los conflictos desbordan los límites de las instituciones vigentes (el ejemplo de SINTEL o de los Hospitales son los más recientes y llamativos), ponen de manifiesto la imbricación siempre latente del mundo del trabajo en el conflicto social y su disposición a emprender audaces iniciativas cuando verifica por sí mismo el carácter antagonístico de los intereses en pugna.
20.- Las pautas de actuación y conducta también se han adaptado a este pasaje del movimiento obrero a las estructuras sindicales. La "cultura de fábrica" característica del obrero masa fordista favorece el encuentro directo, los espacios y tiempos compartidos, la cultura asamblearia, en suma. Rasgos culturales todos ellos que acompañan el declinar del "obrero masa". En su lugar, van asentándose (también) en el mundo del trabajo un conjunto de rasgos y actitudes correspondientes al triunfo de la ideología y la cultura "neoliberal". El núcleo de ese complejo cultural está constituido por una "reindividualización" del contrato de trabajo o bien por la mercantilización de las relaciones laborales. Tal individualismo afecta al conjunto de las relaciones de las que forma parte el trabajador en la empresa y se trasladan, desde luego, a las que establece con el sindicato, ya en su calidad de afiliado, ya en la de mero elector.
21.- Todos estos cambios afectan en sobremanera la existencia de identidades y sentimientos de pertenencia desde los que afrontar el conflicto social. La vieja "comunidad obrera" se ha disgregado (en una forma inusualmente rápida por lo demás) y su función de creación de significados y sentimientos de identidad para los trabajadores individuales (la base del comportamiento clasista), no está siendo desempeñada por las organizaciones sindicales. Ese lugar ha sido ocupado, en una proporción muy elevada entre los trabajadores ocupados, por la identidad de empresa o corporativa capaz de integrar hasta los escalones más bajos de la jerarquía laboral que se contemplan a sí mismos como privilegiados, en comparación con el amplio universo de la precariedad y el desempleo.
En este último, como es sabido, los sentimientos de pertenencia asociados a la actividad laboral o son muy débiles o son nulos y es frecuente que los mismos hayan sido sustituidos por identidades variopintas que pueden ir desde las territoriales, a través de modalidades diversas de movimientos ciudadanos, hasta las deportivas, religiosas etc.
22.- Esta es la base material de los cambios en la subjetividad obrera que Negrí teorizó ya en los 70 como el paso del "obrero masa" al "obrero social", entendiendo que tales cambios sobre la base de la continuidad entre el momento de la producción y de la reproducción social, lejos de acabar con la identidad obrera, la habían difundido a lo ancho del tejido social y territorial, dando lugar a la multiplicidad de comportamientos obreristas que se registraban, según él, en sectores como el estudiantado, los trabajadores de servicios privados y públicos etc.
23.- Las consecuencias de los cambios que venimos describiendo para el movimiento sindical en parte han sido ya mostrados. La cuestión capital en estos momentos, que marca diferencias antagónicas, es dónde se pone el acento o la importancia relativa. Para decirlo en forma gráfica: tras los cambios de las tres últimas décadas, el movimiento obrero realmente existente, ¿Exclusivamente el asociado, en una u otra forma, al movimiento sindical, el que está fuera del movimiento sindical o ambos?.
La cuestión tiene que ver lógicamente con la disyuntiva de intervención que nos plantea en términos no tácticos sino estratégicos. ¿Tiene algún sentido, desde un punto de vista anticapitalista, el trabajo en los actuales sindicatos?.
24.- En otro punto, el 15, se aborda el tema de la izquierda sindical o de una corriente crítica con la política derechizante de las direcciones sindicales. Tal vez solo exista como tal en la minoría de CC.OO con posiciones, hablando en términos generales, que tampoco han mostrado perfiles inequívocamente anticapitalistas. Al margen de esta minoría – que opera más que nada como un mecanismo de cuota de representación en los órganos – el resto de los militantes anticapitalistas afiliados a los sindicatos UGT y CC.OO, no desarrollan ningún tipo de actividad continuada distinta de las líneas oficiales de la dirección. Se da incluso el caso de que gente procedente de la antigua corriente de izquierda sindical forma parte destacada de la mayoría confederal, sin que quepa descartar en algún caso que este hecho tenga que ver con antiguas relaciones de confrontación con la antigua dirección, hoy en posiciones minoritarias.
25.- Esta ausencia de militancia anticapitalista al interior de los sindicatos no sólo es fuente de frustración y apatía individual para los afectados. Es también un foco de conformismo y derechización del movimiento antiglobalización que se ve inevitablemente influido por las dosis de resignación y realismo de esta gente. El recurso a la doble militancia – militancia sindical "responsable" en el trabajo y/o en el sindicato y militancia anticapitalista en el colectivo "social" – puede compensar las frustraciones individuales de sus militantes pero suelen resolverse, en términos generales, a favor de la "sensatez" sindical o de cualquiera de las modalidades de la apatía y el cinismo.
En términos políticos, tal opción representa abandonar sin resistencia el campo de la intervención sindical a sus orientaciones actualmente dominantes; esto es, a la gestión de la decreciente fuerza de trabajo regulada, a la cogestión más simbólica que real de las instituciones residuales del bienestar en trance de su paso a la beneficencia y a las (crecientes) funciones de legitimación y realización dentro del cuadro institucional del Estado capitalista.
26.- Desde la perspectiva que inspira estos comentarios no se comparte esta actitud. Si la izquierda anticapitalista, superando posiciones del pasado, interviene políticamente en instituciones diversas del estado capitalista (parlamentos estatales y regionales, municipios, etc.) con sus propias propuestas, no se entiende bien la renuncia a intervenir en las organizaciones sindicales que, si bien comparten ese carácter institucional, por un lado, mantienen una innegable relación con el mundo del trabajo, especialmente agredido por las políticas neoliberales capitalistas.
De lo anterior no puede deducirse que nuestra política sindical deba centrarse exclusivamente en una intervención de carácter resistencialista al interior de los "grandes" sindicatos. Experiencias pasadas han demostrado lo frustrante y estéril que puede ser. Pero resulta indispensable aplicar la mayor tenacidad e imaginación para asentar en este sindicato, en el conjunto de sus estructuras, una perspectiva nítidamente anticapitalista. La forma concreta que adopte o pueda adoptar tal consolidación no puede ser aventurada. Pero el EA debe tener una posición al respecto y esa posición debe ser clara. Con pleno respeto a la opción sindical individual explicable en función de factores diversos. El compromiso con la construcción de una "izquierda de izquierdas" tiene una fuerte implicación en el campo sindical.
27.- En el momento de escribir estas notas sale a la luz la crisis al máximo nivel, de la dirección ejecutiva de CC.OO. Siendo prematuro aventurar interpretaciones sí parece claro que la dirección actual pudiera comenzar a sentir algún efecto desagradable de su deriva derechizante. Tampoco de ello pueden deducirse consecuencia inmediata en forma de polo de contestación que merezca nuestro apoyo; lo probable es que la crisis pueda ser resuelta como un arreglo entre clanes burocráticos.
No obstante su aparición determina los límites potenciales de la deriva derechizante que Fidalgo ha conseguido llevar al esperpento con su entusiasmo con la "cruzada antiterrorista". Sobre esos límites podría desarrollarse una actividad de intervención desde la izquierda que podría suscitar una esperanza de cambio para muchos afiliados y trabajadores.
Estamos obviamente lejos de esa situación. Desde la humildad organizativa del Espacio nos corresponde trabajar por hacer efectiva dicha posibilidad a través de las siguientes propuestas
Jose A. Errejon