David Babiker
El 27 de octubre, Europa se dio de bruces con un estallido de violencia, no previsto en las agendas políticas de las democracias liberales tan seguras de si mismas en la garantía del progreso y la defensa del interés general. El alma política de la sociedad liberal, Francia, asistió estupefacta a la quema "incivil y vandálica" de cientos de sus automóviles,incendiados por grupos de jóvenes, inmigrantes de segunda-tercera generación, franceses de pasaporte pero no "de origen", etc.
La chusma, como diría el "gran demócrata y liberal Sarkozy", fue organizada y cohesionada paradójicamente por unos medios de comunicación que rápidamente difundieron la imagen de una nueva práctica iconoclasta, que se extendió por barrios y arrabales: esto fue la quema del símbolo del ciudadano consumidor y responsable, proyección de su sacrosanta individualidad, nada más y nada menos que su automóvil.
Como diría un joven camerunés participante en la rebelión -no fue necesaria una organización que nos aglutinara, bastó con la difusión de imágenes de coches incendiados para que todos nos animáramos a buscar algo que quemar. Así, siguiendo a Debord, la sociedad del espectáculo es factor que impulsa prácticas rebeldes a su vez "espectaculares".
Pero ¿qué nuevo fenómeno es este?, ¿una banda de lúmpenes nihilista, unas enésimas generaciones no asimiladas por el "multiculturalismo" o cachorros islamistas sedientos de fuego y sangre?
Dejando ironías aparte y entrando en algunos hechos, asistimos ahora a un posible indicio de quiebra progresiva del modelo migratorio europeo, un entrelazamiento de factores que impulsa la reaparición del conflicto social, producto como siempre de una globalización capitalista cuyo efecto es una mayor movilidad de la fuerza de trabajo a escala planetaria. El conflicto social se agrava, asistimos a la aparición de una clase trabajadora cada vez más segmentada, separada en nichos culturales. Y es que ahora no se podrá dejar de hablar de precariedad, de subsistencia y sobreexplotación sin hablar de inmigración. La ofensiva neoliberal está encantada de poder disponer de bolsas de trabajadores sin derechos, o con ciudadanía restringida (Autorizaciones de Trabajo con restricciones, modelo clásico de "Guest Workers", etc)
Los extranjeros con más probabilidades de ocupar puestos de trabajo peor remunerados, con mayor desarraigo cultural, con mayor ocupación de zonas deprimidas, son la población más vulnerable ante la degradación de las condiciones de trabajo.
¿Pero que tiene que ver esto con lo ocurrido en Francia? Muchos de estos jóvenes vándalos han nacido en familias cuyas vidas giran en torno de la subsistencia, ellos no trabajan en muchos casos, pero sus madres y padres sí. La precariedad desestructura, genera indefensión, el trabajo sólo significa sumisión al empresario, imprevisibilidad social por la temporalidad, falta de estatus. Las segundas generaciones crean su propias normas, su propia previsibilidad social. Nada está garantizado en el universo precario, la familia no sirve, las normas de los padres tampoco (El islam, pese a lo que algunos creen, poco tiene que ver con la motivación incendiaria de esos jóvenes, muchos de ellos ni siquiera hablan árabe). El grupo lo es todo para ellos, ahí encuentran previsión, estatus, economías informales, respeto. Cuando todo fracasa (familia, sistema educativo), el policía pasa a ser la principal herramienta de coacción social.
El caso francés ilustra que lo ocurrido fue desenlace de la tensión de estos grupos juveniles con la policía. Existen numerosas denuncias contra la policía francesa por malos tratos policiales. Entre 2001 y 2004 del total de denuncias a policías por maltrato policial el 60 % de casos fue realizada por violencia contra extranjeros y parte de restante los restantes casos contra franceses con aspecto de extranjeros. El maltrato policial aparece sobre todo en los controles de identidad. Lo ocurrido por la muerte de los dos jóvenes electrocutados en Clichy pudo ser un suceso extremo consecuencia de una práctica profesional dirigida al hostigamiento demasiado habitual.
Por otra parte El Comité Europeo para la Prevención de la Tortura y de las Penas o Tratos inhumanos o Degradantes, ha denunciado la falta de salubridad, enorme hacinamiento y alto nivel de suicidios que aparecen en las prisiones francesas. Todo este doble rasero del que nunca hablan los mercanchifles liberales y sus mercenarios refuerza la rabia y odio social de estos grupos juveniles.
La consecuencia más triste es la mayor separación entre trabajadores inmigrantes y autóctonos. Los primeros familiares de los jóvenes rebeldes, los segundos, muchos de ellos, cada vez más partidarios de Le Pen o del populismo penal de Sarkozy (persecución de matrimonios blancos, restricción de reagrupación familiares, expulsiones sin garantías, juicios rápidos, creación de nuevos delitos, leyes coloniales de 1955, estados de emergencia, etc).
Para terminar, decir que la consecuencia positiva de todo esto, es poder aprovechar la crisis para denunciar la inviabilidad del modelo migratorio y de la ofensiva neoliberal. Tarea prioritaria nuestra será poder entender este nuevo fenómeno incendiario para evidenciar un vez más que capitalismo, precariedad y crisis social ahora y siempre irán de la mano.
Izquierda Anticapitalista




