Perspectivas de la izquierda anticapitalista en Suiza
Por
Mundo
«¿Ah, pero es posible una izquierda anticapitalista en Suiza?» Resulta difícil que, tal y como está el planeta y la visión general que tenemos del mismo, no se produzca un destello sarcástico en el rostro de quien escuche la frase que da título a estas líneas. Ciertamente, el campesinado helvético se encuentra en las antípodas de l@s sin tierra brasileñ@s y l@s trabajador@s de Rolex no están mucho menos distantes de sus compañer@s argentin@s de Brukman. Y, sin embargo, quien conozca los desarrollos más recientes de la realidad social de este país no tardaría en helársele la sonrisa.
Quizás una rápida evocación de la última película de Stephen Frears, «Dirty Pretty Things», pueda darnos una idea del tipo de problemas que configuran ese cuarto mundo que habita el primero. Es un ejercicio de reflexión difícil, que conduce a visitar regiones oscuras de la realidad social que apenas pueden imaginar quienes desconocen el valor de nacer en el propio país, de disponer de papeles y seguridad social o de tener la propia cultura objetivada en un canon nacional (me limito tan sólo a unos ejemplos sacados de una lista que se haría innumerable).
Pero si esta realidad sórdida y escurridiza es de por sí difícil de reconocer y, por consiguiente, de combatir, no lo está siendo menos la tendencia individualista que, inducida desde los mecanismos de control de la esfera pública, aspira a profundizar todavía más las divisiones sociales entre l@s de abajo: l@s «con» contra l@s «sin» (papeles, trabajo, derechos, etc) y tod@s sometid@s. En Suiza, la tecnología de la dominación «biopolítica» ha logrado combinarse con la «ciencia de la policía» hasta el extremo de construir el modelo más avanzado de aristocracia contemporánea.
Como en la Atenas de Pericles, la ciudadanía se fundamenta sobre la exclusión social: ateniense no significa meteco, ni esclavo, ni ilota, ni mujer; suiz@ no significa sin papeles, ni permiso "B" o "C", o la letra que se quiera y mujer, tan sólo desde 1971 a nivel confederal y desde 1992 en algunos cantones. En pocos estados del planeta la contradicción entre las constituciones material y formal han alcanzado una disociación mayor (un quinto de la población ha sido privado ya de la igualdad de derechos; más de la mitad en algún cantón). Difícil se hace encontrar un lugar en el globo donde la subsunción del trabajo en el capital haya alcanzado cuotas mayores.
Suiza, el modelo de economía privatizada y de Estado "mínimo" (además de policial, militarizado, patriarcal y represivo); modelo de todas las leyes de extranjería imaginables y por imaginar, presentes y futuras; modelo de tantas y tantas políticas del neoliberalismo rampante financiadas por el secreto bancario, los «hedge funds» y apoyadas en los departamentos de recursos humanos. Suiza, eslabón fuerte del capitalismo. Se diga lo que se diga, las razones para una izquierda anticapitalista existen.
El panorama para la izquierda anticapitalista helvética
¿Cómo se presenta hoy el panorama para la izquierda anticapitalista helvética (pues haberla, hayla)?
Comencemos por abrir una doble perspectiva: desde el poder constituyente, un año de movilizaciones sin precedentes (Davos, el 15–F, movilizaciones en las grandes empresas, el G-8…); desde el poder constituido, un escenario poselectoral marcado por el ascenso de la extrema derecha, sin duda, pero también por cierta resistencia a la izquierda que es preciso analizar.
En la primera dimensión, los contrastes no pueden ser mayores: por una parte, un ciclo de movilizaciones histórico (nadie había visto jamás nada parecido a la gran manifestación contra el G-8) protagonizado por una nueva generación de activistas capaces de desplegar un repertorio de acción colectiva novedoso; por otra, el "estado de excepción" como la única respuesta política de las autoridades (la derecha helvética parece obstinada en dar la razón al último libro Giorgio Agamben), la paradójica suspensión de derechos que sencillamente no existen por más que se crean existentes (en realidad, la posibilidad de organizar una manifestación –derecho constitucional a la libertad de expresión– no existe más que como una autorización puntual a manifestarse, concedida en su caso graciosamente por el Estado).
En la segunda dimensión, nos encontramos esas pequeñas grandes continuidades y discontinuidades en las cámaras de representantes que apuntan a un escenario de transición en el que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer y donde datos como la debacle del Parti du Travail (equivalente al PC) nos ofrecen algunos de los fenómenos más morbosos de estas elecciones. A nivel de la representación política, los resultados electorales expresan una doble tendencia de reforzamiento de socialistas (+0,8%) y verdes (+2,4%), por una parte, y de recomposición interna de la izquierda anticapitalista, por otra. Más allá de la representación, el dato preocupante lo aportan los éxitos cosechados por la extrema derecha en espacios y sectores sociales tradicionalmente de izquierda.
En efecto, los malos resultados obtenidos por el PdT no se pueden desligar de la emergencia de la extrema derecha y ello no ya sólo por la composición sociológica del electorado de la UDC, sino también por el propio planteamiento de la campaña electoral de la organización de izquierda. Así, al desmarcarse de la construcción de un proyecto común (la Alliance de Gauche) en beneficio de un perfil propio, el PdT aspiraba a maximizar sus esfuerzos movilizadores apuntando hacia un electorado cuyo perfil sociológico se solapa en cierta medida con el de la UDC. El recurso a los elementos simbólicos y discursivos nacionalistas de la identidad del partido, como es el caso del birrete rojo con la cruz blanca, o el hecho, no menos significativo, de disponer en la cartelería las fotos de los candidatos formando la cruz de la bandera helvética, son algunos indicadores orientativos de lo que fue el marketing electoral del PdT en las pasadas elecciones. El resultado de la operación: un 2,7% (– 6%) y la pérdida de la representación parlamentaria.
Organizar la izquierda anticapitalista
El contrapunto para la esperanza nos lo ofrece en este caso el resultado del movimiento solidaritéS. Esta organización, surgida tras la desaparición del Telón de Acero como un esfuerzo de l@s hij@s del 68 por reagrupar a las fuerzas de la izquierda anticapitalista, ha conseguido obtener por vez primera un diputado en el Consejo Nacional (cámara baja del parlamento). Su objetivo para esta legislatura preparar el camino para la consecución de un grupo parlamentario propio para la extrema izquierda en la cámara. En este sentido, la justeza con la que no llegó a salir un segundo parlamentario de solidaritéS en el Cantón de Vaud (responsabilidad que se habrán de repartir a medias el MPS de Charles-André Udry y los sectores autorreferencialistas libertarios) o la presencia de otros tres escaños de organizaciones sitas a la izquierda del Partido Socialista y Verdes confieren credibilidad a este proyecto.
Con los resultados en la mano, solidaritéS puede felicitarse por haber aguantado el envite mediático que siguió a la fuerte implicación de sus militantes en el criminalizado movimiento altermundialista o por no haberse dejado arrastrar por las fracasadas tácticas oportunistas de sus socios en la coalición de la Alliance de Gauche (el moribundo PdT y un grupo de independientes entre los que se cuentan algunas figuras notables de la política local que pidieron el voto para los socialistas). No es menos meritorio haber conseguido reunir importantes apoyos en los sectores autónomos y libertarios (al menos en aquellos que comienzan a reflexionar sobre las relaciones entre participación y representación más allá de los viejos tópicos) o contener el tirón del voto útil, que socialistas y verdes ofrecían a una base social por veces compartida.
A la vista de los resultados electorales, sobre solidaritéS recae ahora la responsabilidad de reconstruir un polo de izquierda anticapitalista. Por delante se presentan ahora tareas tan difíciles como la articulación de un proyecto anticapitalista que hasta aquí había vivido cómodamente en el interior de un frente, la Alliance de Gauche, que ha agotado su potencial; la profundización en un proyecto estratégico capaz de dar una expresión parlamentaria a los movimientos sociales desde la centralidad de los mismos, a la vez que clarifica otra forma de hacer política en las instituciones; una mayor elaboración programática que supere una praxis marcada por el día a día de las agendas institucional y movimentista, capaz de resolver al mismo tiempo las contradicciones que se establecen entre ambas en beneficio de la segunda; asegurar un modelo que permita superar las fracturas sociales que alteran profundamente la composición de clase hoy en día (género, edad, nacionalidad, etc.); y así un largo etc del que sólo los próximos meses nos podrán ir dando las primeras pistas. Mientras tanto, la izquierda anticapitalista puede congratularse por las posibilidades que ofrece el nuevo contexto.

































