De vuelta a la Segunda República
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republicaPepe Gutiérrez-Álvarez 

Aunque vivimos en una cultura que da primacía a los aniversarios históricos, también es cierto que en los últimos años, sin necesidad de echar mano al calendario, se ha recuperado parte de la iniciativa perdida sobre lo que se ha venido a llamar la memoria histórica, que con más precisión cabría denominar la memoria popular sobre una historia social y democrática que atraviesa la II República, la guerra (y la revolución), la resistencia al franquismo, para llegar al “final feliz” de la Transición, marcada por un 23-F en al que la izquierda institucional se puso detrás del rey. 

Ni que decir tiene que en este acto-reflejo subsistía un pánico a algo innombrable pero que tenía nombre: era el miedo a una pinochetada, a una reedición del franquismo. Había pues que agradecer al rey que no se aprovechara (aunque su cuñado Constantino lo hizo en la Grecia de los coroneles y acabó en el exilio), que consiguiera domesticar a los generales. Las rentas de ese acto-reflejo resultaron tan contundentes que luego se utilizaron para amedrentar a los sindicalistas renuentes a tragar los sapos de los Pactos de la Moncloa, y a Felipe para decir con pocas palabras que nadie se creyera que un “No” a la OTAN podría ser aceptado por los ejércitos.

Como en aquella maleta por la que salían ropajes indisciplinados y que Charlot adecuaba con unas buenas tijeras, las libertades conquistadas tan duramente quedaban recortadas por las tijeras de un miedo que persistía a pesar de los discursos, y que persiste como se ha podido vislumbrar en el curso de un más bien inocente debate de reforma del Estatut de Catalunya, pero motivo más que suficiente para que la Bestia volviera a rugir. 

Recuperación de la memoria histórica 

Pero aunque todos sabemos con Brecht que el vientre de la Bestia es fecundo, la gente del pueblo ha seguido trabajando por su derecho a la memoria, se han creado redes que llegan hasta el último pueblo, se dan avances como la recuperación de los “papeles” de Cataluña en Salamanca, asistimos a una ola de publicaciones e investigaciones que no tienen (ni de lejos) la repercusión mediática de las variantes revisionistas (que no todas son tan zafias como las de Moa o Vidal, también están las más “académicas” como las de Bartolomé Bennassar o Stanley Payne), pero que han creado luz donde antes había miedo y oscuridad. En este doble dual –recuperación de la memoria, reacción revisionista-, nos llega el 75 aniversario de la proclamación de la República y el 70 del Alzamiento militar-fascista, de hecho, una motivación más por si hacía falta para volver a cuestionarse nuevamente algo tan terrible como la cultura de la derrota. 

El tiempo no pasa de balde, ni tampoco las luchas y movilizaciones. No es poca cosa que los revisionistas (un concepto ligado con toda justicia con las escuelas que tratan de quitarle hierro al nazismo para echarlo al “comunismo”) vengan a ser franquistas vergonzantes, la antigua derechona que ha encontrado su puente de plata en el neoliberalismo. Son los herederos de aquella derecha de banqueros (March), burgueses (Cambó), terratenientes, clérigos y militares que no soportaban las reformas, las críticas ni las huelgas y que en sus pesadillas se veían limpiando botas como los rusos blancos que hablaban de pasadas grandezas. 

Se nos dice que la historia no se puede dividir entre malos y buenos, y es verdad, pero el franquismo en cuanto a tal no hay por donde cogerlo. Su causa no es más digna que la de los esclavistas o la del nazismo, y si albergó buena gente, ésta fue la que con el tiempo acabó siendo antifranquista.

Las diferentes “Repúblicas” dentro de la República 

En oposición al franquismo también podemos llegar a idealizar la República. La República fue un régimen de libertades como nunca se había conocido en España, y acumuló un conjunto de reformas impresionantes; baste registrar las relacionadas con la enseñanza o con la cultura, o con las libertades sindicales o nacionales. Pero la República no fue un todo, y se olvida que su gran protagonista fue el pueblo. Los republicanos carecían de base social propia, dependían del soporte de las organizaciones obreras, del PSOE-UGT, y fue mucho más represiva con la CNT-FAI que con la derecha. 

Se quedó a mitad de camino en reformas tan fundamentales como la agraria, y trató de asimilar a la derecha golpista por la vía de la moderación. Esto resulta patente en la letra del programa del Frente Popular donde se puede leer: "La República que conciben los partidos republicanos no es una República dirigida por motivos sociales o económicos de clase, sino un régimen de libertad democrática, impulsado por razones de interés público y progreso social". 

Había más de una República. La de la derecha renunció a ella y buscó una alternativa tomando buena nota de la experiencia alemana, donde gracias al estalinismo y a la socialdemocracia Hitler pudo liquidar sin dificultades al movimiento obrero. La de “centro”  se distinguió negándose a dar armas a los trabajadores en el momento del Alzamiento, un capítulo que se suele obviar y que significó que centros tan importantes como Oviedo, Zaragoza, Sevilla o Santander, cayeran en manos facciosas. La que detuvo el golpe, la de la izquierda, lo hizo por su propia República.