Ya en 1995, François Furet había propuesto como lápida funeraria de un comunismo difunto su grueso volumen El Pasado de una Ilusión, ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX. En 1997, un equipo de historiadores coordinado por Stéphane Courtois publica una obra aún más monumental, El Libro negro del comunismo. Crímenes, terror, represión. Ochocientas páginas para inventariar los crímenes del comunismo por todo el mundo y contar los cadáveres que jalonan su historia.
Se trata esta vez de sacar al comunismo de su tumba para juzgarle.
Por temor, quizá, de que siga recorriendo el mundo... El nazismo tuvo su Nuremberg. ¿Qué se espera para erigir un Nuremberg del comunismo?, pregunta nuestro historiador, que se nombra juez y entrega su veredicto: el comunismo, indisociable del estalinismo, se ha mostrado al menos tan criminal como el nazismo. Formidable empresa de oscurecimiento de puntos de referencia, de desorientación de las conciencias, al término de la cual el siglo no es ya más que un amontonamiento de cadáveres, la revolución de Octubre un horrible desliz y el ideal comunista una funesta monstruosidad. Para que la historia no se reduzca solo a la represión, para que la razón no ceda al furor, y no se confundan víctimas y verdugos, conviene en primer lugar volver sobre Octubre, para estudiarlo, sacar de él lecciones para el futuro. Un Octubre demasiado grande para un historiador entronizado como inquisidor.
"Pues un fenómeno semejante en la historia humana no se olvida jamás, al haber revelado en la naturaleza humana una disposición y una capacidad hacia lo mejor que político alguno hubiera podido argüir a partir del curso de las cosas acontecidas hasta entonces, lo cual únicamente puede augurar una conciliación de naturaleza y libertad en el género humano conforme a principios intrínsecos al derecho, si bien solo como un acontecimiento impreciso y azaroso por lo que atañe al tiempo.
Pero, aun cuando tampoco ahora se alcanzase con este acontecimiento la meta proyectada, aunque la revolución o la reforma de la constitución de un pueblo acabara fracasando, o si todo volviera después a su antiguo cauce después de haber durado algún tiempo (tal como profetizan actualmente los políticos), a pesar de todo ello, ese pronóstico filosófico no perdería nada de su fuerza. Pues ese acontecimiento es demasiado grandioso, se halla tan estrechamente implicado con el interés de la humanidad y su influencia sobre el mundo se ha diseminado tanto por todas partes, como para no ser rememorado por los pueblos en cualquier ocasión donde se den circunstancais propicias y no ser evocado para repetir nuevas tentativas de esa índole".
Emmanuel Kant, El conflicto de las facultades, 1798.
"Tal es el problema a dilucidar, esta marcha de los acontecimientos es efectivamente continua o bien se trata de dos series de acontecimientos intrínsecamente ligados, pero que remiten a pesar de todo a vidas diferentes, a dos mundos políticos y morales distintos?. Si no logramos dilucidar este problema, hoy aún podemos por descuido volvernos peligrosos. Pues el pasado no meditado reanima los peores prejuicios y prohíbe a la conciencia histórica penetrar en el campo político".
Mikhaël Guefter, « Staline est mort hier » in L'Homme et la société, 1987.
En 1798, en pleno período de reacción, Emmanuel Kant escribía a propósito de la Revolución francesa que un acontecimiento así, más allá de los fracasos y retrocesos, no se olvida. Pues, en ese desgarro del tiempo, se dejó entrever, aunque fuera de forma fugitiva, una promesa de humanidad liberada. Kant tenía razón. Nuestro problema es saber hoy si la gran promesa ligada al nombre propio de Octubre, ese estremecimiento del mundo, ese resplandor surgido de las tinieblas de la primera carnicería mundial, podrá ser él también "rememorado por los pueblos". Es lo que está en juego no por un "deber de memoria" (noción hoy degradada), sino para un trabajo y una batalla por la memoria. El 80 aniversario de la revolución de octubre de 1917 corría el riesgo de pasar desapercibido. La publicación del Libro negro del Comunismo habrá tenido al menos el mérito de poner encima de la mesa "el asunto Octubre", una de esas grandes querellas sobre las que no habrá jamás reconciliación. Claramente enunciado por Stéphane Courtois, director del conjunto, el objetivo de la operación es establecer una estricta continuidad, una perfecta coherencia entre comunismo y estalinismo, entre Lenín y Stalin, entre la radiación del inicio revolucionario y el crepúsculo helado del Gulag: "Estalinista y comunista, es lo mismo", escribe en el Journal du Dimanche (9 de noviembre). Es crucial responder sin rodeos a la pregunta planteada por el gran historiador soviético Mikhaël Guefter: "Tal es el problema a dilucidar: esta marcha de los acontecimientos es efectivamente continua o bien se trata de dos series de acontecimientos intrínsecamente ligados, pero que remiten a pesar de todo a vidas diferentes, a dos mundos políticos y morales distintos?". ("Stalin murió ayer", en L´Homme et la société, 2-3, 1988). Pregunta decisiva, en efecto, que domina tanto la inteligibilidad del siglo que acaba como nuestros compromisos en el siglo atormentado que se anuncia: si el estalinismo no fuera, como algunos lo sostienen o lo conceden, más que una simple "desviación" o "una prolongación trágica" del proyecto comunista, habría que sacar de ello las conclusiones más radicales en cuanto al propio proyecto.
Un proceso de fin de siglo.
Es por otro lado lo que intentan los promotores del Libro Negro. Sería en efecto extraño el tono de guerra fría, bastante anacrónico, de Stéphane Courtois y de ciertos artículos de prensa. Cuando el capitalismo, púdicamente rebautizado "democracia de mercado", se proclama de buena gana como sin alternativa tras la desintegración de la Unión Soviética, vencedor absoluto del fin de siglo, esta obstinación revela en realidad un gran miedo reprimido: el temor de ver las llagas y los vicios del sistema tanto más patentes, en la medida en que ha perdido, con su doble burocrático, su mejor coartada. Es importante pues proceder a la diabolización preventiva de todo lo que podría dejar entrever un posible futuro diferente. Es en efecto en el momento en que su imitación estalinista desaparece en la debacle, cuando se acaba su confiscación burocrática, cuando el espectro del comunismo puede de nuevo volver a recorrer el mundo. ¿Cuántos antiguos celosos estalinistas, por no haber sabido distinguir estalinismo y comunismo, han dejado de ser comunistas dejando de ser estalinistas, para unirse a la causa liberal con el fervor de los conversos?. Estalinismo y comunismo no son solo distintos, sino irreductiblemente antagónicos. Y el recordatorio de esta diferencia no es el menor deber que tengamos hacia las numerosas víctimas comunistas del estalinismo.
El estalinismo no es una variante del comunismo, sino el nombre propio de la contrarrevolución burocrática. Que militantes sinceros, en la urgencia de la lucha contra el nazismo, o debatiéndose en las consecuencias de la crisis mundial de entre guerras, no hayan tomado inmediatamente conciencia, que hayan continuado ofreciendo generosamente sus existencias desgarradas, no cambia nada del asunto. Se trata claramente, por responder a la pregunta de Mikhaël Guefter, de "dos mundos políticos y morales" distintos e irreconciliables. Esta respuesta está en las antípodas de las conclusiones de Stéphane Courtois en el Libro Negro. Se defiende a veces de haber reclamado un Nuremberg del comunismo, probablemente molesto por unirse en este tema a una fórmula querida de M. Le Pen. Sin embargo, la puesta en escena del Libro Negro tiende no solo a borrar las diferencias entre nazismo y comunismo, sino a banalizar sugiriendo que la comparación estrictamente "objetiva" y contable va en ventaja del primero: 25 millones de muertos contra 100 millones, 20 años de terror contra 60. La primera banda de presentación del libro anunciaba escandalosamente 100 millones de muertos. El descuento de los autores llega a 85 millones. A M. Courtois no le va de 15 millones. Maneja los cadáveres de forma turbia.
Esta contabilidad macabra de comerciante al por mayor, mezclando países, épocas causas y campos tiene algo de cínico y de profundamente irrespetuoso de las propias víctimas. En el caso de la Unión Soviética, llega a un total de 20 millones de víctimas sin que se sepa lo que la cifra incluye exactamente. En su contribución al Libro Negro, Nicolas Werth rectifica más bien a la baja las estimaciones aproximativas corrientes. Afirma que los historiadores, sobre la base de archivos precisos, evalúan hoy en 690.000 las víctimas de las grandes purgas de 1936-1938. Es ya enorme, más allá del horror. Llega además a un número de detenidos del Gulag de alrededor de dos millones como media anual, una proporción de los cuales más importante de lo que se creía pudo ser liberada, reemplazada por nuevos recién llegados. Para alcanzar el total de 20 millones de muertos, habría por tanto que añadir a las cifras de las purgas y del Gulag, los de las dos grandes hambrunas (cinco millones en 1921-1922 y seis millones en 1932-1933), y los de la guerra civil, que los autores del Libro Negro no pueden demostrar, y por motivos sobrados, que se trate de "crímenes del comunismo", dicho de otra forma de un exterminio fríamente decidido. Con tales procedimientos ideológicos, no sería muy difícil escribir un Libro rojo de los crímenes del capital, sumando las víctimas de los pillajes y de los populicidios coloniales, de las guerras mundiales, del martirologio del trabajo, de las epidemias, de las hambrunas endémicas, no solo de ayer, sino de hoy. Solo en el siglo veinte, se podrían contar sin esfuerzo varios centenares de millones de víctimas.
En la segunda parte demasiado a menudo olvidada de su trilogía, Hannah Arendt veía en el imperialismo moderno la matriz del totalitarismo y en los campos de concentración coloniales en África el preludio a muchos otros campos (Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, tomo II, El imperialismo). Si se trata no ya de examinar regímenes, períodos, conflictos precisos, sino de incriminar una idea, ¿cuántos muertos se imputará, a través de los siglos, al cristianismo y a los evangelios, al liberalismo y al "laisser-faire"?. Incluso aceptando las cuentas fantásticas de M. Courtois, el capitalismo habría costado bastante más de veinte millones de muertos a Rusia en el curso de este siglo en dos guerras mundiales que el estalinismo. Los crímenes del estalinismo son suficientemente espantosos, masivos, horribles, para que haya necesidad de añadir más. A menos que se quieran deliberadamente borrar las pistas de la historia, como hemos visto que se hacía con ocasión del bicentenario de la Revolución francesa, cuando ciertos historiadores hacían a la Revolución responsable no solo del Terror o de la Vendée, sino también de los muertos del terror blanco, de los muertos en la guerra contra la intervención coaligada, ¡o incluso de las víctimas de las guerras napoleónicas!
Que sea legítimo y útil comparar nazismo y estalinismo no es nuevo -¿no hablaba Trotsky de Hitler y Stalin como de "estrellas gemelas"?. Pero comparación no es justificación, las diferencias son tan importantes como las similitudes. El régimen nazi cumplió su programa y mantuvo sus siniestras promesas. El régimen estalinista se edificó en contra del proyecto de emancipación comunista. Tuvo para instaurarse que machacar a sus militantes. ¿Cuántas disidencias, oposiciones, ilustran, entre dos guerras, este viraje trágico? ¿Suicidados Maiakovski, Joffé, Tucholsky, Benjamin y tantos otros? ¿Se puede encontrar, entre los nazis, esas crisis de conciencia ante las ruinas de un ideal traicionado y desfigurado? La Alemania de Hitler no tenía necesidad como la Rusia de Stalin de transformarse en "país de la gran mentira": los nazis estaban orgullosos de su obra, los burócratas no podían mirarse de frente en el espejo del comunismo original.
A base de diluir la historia concreta en el tiempo y en el espacio, de despolitizarla deliberadamente, por una opción de método (Nicolas Werth reivindica francamente "la puesta en segundo plano de la historia política" para mejor seguir el hilo lineal de una historia descontextualizada de la represión), no queda más que un teatro de sombras. No se trata ya entonces de instruir el proceso de un régimen, de una época, de verdugos identificados, sino de una idea: la idea que mata. En el género, algunos periodistas se han entregado con delectación. Jacques Amalric registra con satisfacción "la realidad engendrada por una utopía mortífera" (Libération, 6 de noviembre). Philippe Cusin inventa una herencia conceptual: "Está inscrito en los genes del comunismo: es natural matar" (Le Figaro, 5 de noviembre). ¿Para cuando la eutanasia conceptual contra el gen del crimen?. Instruir el proceso no con hechos, crímenes precisos, sino con una idea, es ineluctablemente instituir una culpabilidad colectiva y un delito de intención. El tribunal de la historia según Courtois no es solo retroactivo. Se convierte en peligrosamente preventivo, cuando lamenta que el "trabajo de duelo de la idea de revolución esté aún lejos de haber sido acabado" y se indigna de que ¡"grupos abiertamente revolucionarios estén activos y se expresen con absoluta legalidad"!.
El arrepentimiento está ciertamente de moda. Que Furet o Le Roy Ladurie, Mme Kriegel o el propio M.Courtois no hayan llegado nunca al fin de su trabajo de duelo, que arrastren como un grillete su mala conciencia de estalinistas arrepentidos, que su expiación se cueza en el resentimiento, es su problema. Pero, quienes han seguido siendo comunistas sin jamás haber celebrado al padrecito de los pueblos ni salmodiado el libro rojo del gran timonel, ¿de qué quiere Vd., M. Courtois, que se arrepientan?. Sin duda se han equivocado a veces. Pero, visto como va el mundo, ciertamente no se han equivocado ni de causa ni de adversario. Para comprender las tragedias del siglo que acaba y sacar de ello lecciones útiles para el futuro, hay que ir más allá de la escena ideológica, abandonar las sombras que se agitan en ella, para hundirse en las profundidades de la historia y seguir la lógica de los conflictos políticos en los que se toma una opción entre varias posibles.

































































