Daniel Pereyra
Después de 33 días de ataques aéreos, marítimos y terrestres, de la invasión a territorio libanés y de causar más de 1.000 muertos en la población civil, y de destruir una parte significativa de la infraestructura de ese país, Israel ha solicitado y aceptado una tregua y retirada militar, sin haber logrado sus objetivos básicos.
Estos objetivos eran, según dice Gilbert Achcar en Corriente Alterna, del 24 de agosto: el aniquilamiento de Hezbollah, mediante la destrucción de su armamento, especialmente los cohetes Katiuska y el asesinato de sus dirigentes y combatientes; el rechazo de la población chiita a través de un gran sufrimiento infligido por medio de los ataques aéreos y provocar un rechazo aún mayor del conjunto de la población libanesa.
A estos objetivos convendría añadir otros dos dirigidos a cuestiones internas israelíes: fortalecer el prestigio del gobierno mediante una clara victoria militar y lograr el rescate sin condiciones de los tres soldados prisioneros de Hamás y Hezbollah.
Ninguno de estos objetivos se lograron. Por el contrario: Israel ha sufrido más de 100 bajas de su personal militar, varias de sus ciudades fueron atacadas con los cohetes Katiuska y otros- entre ellas la tercera ciudad de Israel, Haifa- causando víctimas civiles y daños económicos importantes, además de un éxodo de miles de habitantes del norte del país, y lo más grave, su prestigio militar, cimentado en su enorme potencial bélico y sus antiguas guerras victoriosas contra los países árabes, ha quedado seriamente dañado. Por añadidura, la confiabilidad de su dirección política y militar está puesta en duda, desde el presidente hasta la jefatura del ejército.
¿Cuáles son las causas de tan pobres resultados?
Lo más importante: el sentimiento de rechazo hacia Israel por parte de la mayoría de la población libanesa, incluso de sectores cristianos, que se acrecentó enormemente con los métodos genocidas empleados por las fuerzas israelíes y que se extiende hacia la solidaridad con el pueblo palestino, clave de toda la situación de Cercano Oriente.
Luego, la existencia desde hace años de Hezbollah, una organización profundamente arraigada en la población, a la que asiste en temas como educación, salud y asistencia social y que ha sido protagonista de la retirada de Israel del sur del país.
La preparación militar de Hezbollah, desarrollada durante años, forjada en el combate contra la ocupación israelí, y fortalecida moral y políticamente por esa retirada del ejército de Israel y de la derechista milicia cristiana. Preparación militar dirigida a resistir en el propio territorio, basándose en una defensa móvil, de tipo guerrillero; y acumulación y ocultamiento de armamento para ese tipo de combate. Y la firme determinación para la lucha de los combatientes de Hezbollah, con la moral que otorga el defender el propio país de una invasión extranjera.
Todo el diseño de la campaña por parte de Israel fue una suma de errores estratégicos, comenzando por el mayor de todos: creer que con una cortísima pero dura intervención
aérea y marítima lograría doblegar a Hezbollah y por añadidura a Líbano. Y que lo conseguirían con un coste mínimo en vidas propias, sin implicar tropas sobre el terreno.
Los mandos israelíes -y sus inspiradores del Pentágono- olvidaron las enseñanzas lejanas y recientes al respecto. Olvidaron que la aviación más poderosa del mundo, la norteamericana, no pudo evitar la espantosa derrota sufrida en Vietnam. Pero para no ir tan lejos, olvidaron que en Afganistán e Irak, esa misma aviación no puede frenar la creciente resistencia popular. Y también olvidaron que ni los más sofisticados blindados son invulnerables. Y que los efectos mortíferos de un bombardeo a la población civil, además de matar y destruir, genera un odio y rechazo generalizado, que se transforma en apoyo a los que resisten, en este caso a los combatientes de Hezbollah.
Y ante el hecho de que los Katiuska seguían impactando en Israel y que no obtenían los resultados apetecidos, los mandos israelíes cayeron en la tentación de invadir Líbano con sus tropas terrestres, confiados en su tradicional superioridad. Nuevo error estratégico, en este caso olvidando sus propias experiencias en el sur de Líbano, de donde tuvieron que retirarse hace pocos años, a pesar del apoyo de sus aliados los falangistas cristianos. Allí se empantanaron: sufrieron las mayores bajas, enfrentando a un enemigo conocedor del terreno, que lo atacaba desde su retaguardia, que destruía sus tanques, que emergía desde túneles y búnkeres. Muy pronto los mandos militares tuvieron que comenzar a llamar reservistas a filas, ante la magnitud de la tarea encomendada. La idea de que su avance era dificultado por unos pocos miles de combatientes, y que el precio cobrado era muy alto, para no conseguir en definitiva ninguno de los objetivos propuestos, se tornó insoportable. Incluso la población de Israel, partidaria mayoritariamente de la invasión, comenzó a dudar del camino emprendido.
La alternativa de seguir avanzando y ocupando mas territorio era impracticable, porque hubiera significado comprometer a una parte significativa del ejército israelí, enfrentando una fuerte resistencia, ya no solo de Hezbollah sino de la mayoría del pueblo libanés, con seguras repercusiones adversas dentro de Israel. Entonces recurrieron a la tan denostada vía de la negociación con la ONU, para poder salir del atolladero con los menores daños posibles. Y sin haber conseguido ninguno de sus objetivos. Muy probablemente tengan que negociar la libertad de sus soldados prisioneros.
El traspié de la aventura israelita en Líbano viene a sumarse a los problemas causados a Estados Unidos y sus aliados por las invasiones a Afganistán e Irak, que se van transformando en un pantano donde se hunden las tropas extranjeras.
Izquierda Anticapitalista




