Un análisis del paro
Daniel Albarracín *
La coyuntura
En los últimos meses los mass media, altavoces de la hegemonía burguesa, han proclamado el buen estado económico y la proximidad a una situación de pleno empleo, que, ajustado a su "tasa natural", acabaría con los desequilibrios lastrados desde los 80. Parecería que, con ello, la armonía se abriría paso. El INE nos anuncia un 8,15% de desempleo en el III Trimestre de 2006. Un dato que culmina una serie descendente desde 1993, queriéndose equiparar al 8% de la UE (en 2004, INE), en un contexto de crecimiento económico superior a la media europea, y anticipadas unas previsiones de prosperidad para la UE (sin hacer mención el estancamiento padecido desde el 2000). Una vez más la noticia fotografía el acontecimiento perdiendo la perspectiva y profundidad que requieren el análisis.

Fuente: Elaboración propia a partir de EPA-INE. Datos del IV trimestre, salvo para 2006 (III Trim.). El dato debe interpretarse con prudencia, pues en 2001 y 2005 hay un cambio metodológico en la encuesta.
Concepto de desempleo
A veces redescubrir lo obvio nos revela algunas claves. La tasa de desempleo se mide como el porcentaje de población trabajadora que, disponibles para trabajar -en "activa" búsqueda de empleo-, no encuentran alguna entidad que les contrate. Saberlo es importante porque el indicador del paro depende de cuestiones no sólo estadísticas sino también conceptuales, de la forma de su medición. Lo que se entiende por persona desempleada ha mutado a lo largo del tiempo. Cada vez más se exigen más "pruebas" de que se está buscando "activamente" empleo para considerarse "en paro", pues si no se incluye en el grupo de inactivos.
La medida de las cosas
Hemos asistido a cambios metodológicos frecuentes en los aparatos estadísticos estatales con cortes de las series temporales de datos que dificultan la comparación a largo plazo de este indicador. Así, la metodología ha sido modificada en 1987, 2001 y 2005, y en virtud de la cual lo que se entiende por persona parada es distinto según el criterio de cada etapa. Así, la tendencia ha sido a eliminar del cómputo a cada vez mayor número de personas (población que no prueban su búsqueda de empleo en el último mes o desanimada, etc.). A este respecto, aunque sea positiva la armonización con la estadística europea, se está minusvalorando el porcentaje de población desempleada.
Asimismo, la tasa de desempleo se debe entender en el contexto de un indudable incremento de la tasa de actividad, es decir, el indicador que nos dice qué porción de población en edad laboral está disponible para ello. El incremento de la tasa de actividad ha sido superior a la minusvaloración estadística del desempleo. La tasa de actividad ha crecido sin parar en los últimos años, especialmente por la incorporación de la mujer al mercado de trabajo (del 33,22% de tasa de actividad en 1987 al 47,83% en 2006). Si a esa mayor disponibilidad de fuerza de trabajo (del 50,8% de tasa de actividad en 1987 al 58,4% de 2006) entre la población trabajadora potencial le añadimos que la tasa de salarización (el porcentaje de población asalariada entre la ocupación) ha aumentado (del 76,56% en 1980 al 84,54% en 2004) convenimos en que la dependencia de la población productiva ha crecido de forma intensa en los últimos años, y que cada vez más porción de la población está rindiendo al servicio directo del capital. Se ha generado empleo, pero también se ha extendido masivamente la precariedad y la explotación, sin entrar aquí a valorar el crecimiento sostenido de economía sumergida, nuevas figuras laborales fronterizas (falsos autónomos, becarios, alumnado en prácticas, etc.) y la actividad irregular y clandestina.
Colectivos afectados
El desempleo no afecta por igual a jóvenes, mujeres, personas con discapacidad e inmigrantes que al resto de colectivos. Es en estos colectivos donde se concentra el fenómeno del paro. Por ejemplo, los varones sólo tienen una tasa de desempleo del 6,02%, pero las mujeres llegan hasta el 11,11% en el III trimestre de 2006. Estas cifras son mucho más graves en los colectivos jóvenes de menos de 24, el colectivo entre 20-24 años es del 14,5% y los de 16-19 el 24,86%.
Precariedad y temporalidad en el empleo
Matizando así la situación, no solapemos una problemática de primer orden. Para el capital es una buena noticia cuando emplea a un gran número de personas porque quiere decir que está movilizando a una gran fracción de la mano de obra disponible y empleable -siempre que sea rentable y haya paz social-. Es más, la preocupación de la burguesía ahora es hacer empleable a fracción de la clase trabajadora que antes no estaba disponible, y sacar rendimiento de su producción como mercancía. Para la clase trabajadora la cuestión principal es las condiciones en que se encuentra empleada, básicamente la precariedad que padece en forma de salarios reales, masa salarial y derechos sociales en retroceso, temporalidad en el empleo y carestía de la vivienda, y que determinan sus condiciones de vida. La tasa de temporalidad alcanza cifras record que ridiculizan cualquier argumento favorable a las reformas laborales de los últimos 26 años.

Fuente: Elaboración propia a partir de EPA-INE. Datos del IV trimestre, salvo para 2006 (III Trim.). El dato debe interpretarse con cuidado, pues en 2001 y 2005 hay un cambio metodológico en la encuesta.
Perspectivas inmediatas
Decía Marx que "la crisis, por la noches como el ladrón, aparece cuando menos se la espera" y estos años de crecimiento económico (muy inferior a los niveles de los años 50-70) han acumulado importantes contradicciones que no permiten asegurar que esta modesta bonanza perdure mucho tiempo. Entre estas razones nos encontramos con los siguientes hechos:
- El fin de las ayudas europeas.
- La política de recorte en materia macroeconómica en el marco europeo, con unos presupuestos que se congelan y que se reparten entre más socios. La continuidad del compromiso con el ajuste estructural y una política monetaria que agota su vocación expansiva pueden deprimir la economía.
- La continuidad del ajuste de la política económica gubernamental a pesar del superávit presupuestario. Los impuestos directos pierden capacidad de recaudación y de redistribución, los estímulos para que los empleadores promuevan su inversión y capacidad innovadora son inocuos, y los controles contra el fraude fiscal y laboral son exiguos. Tampoco se detecta una inversión pública que merezca tal nombre.
- El crecimiento económico basado en una burbuja inmobiliaria de extraordinaria magnitud, basada en expectativas sin fundamento, parece encontrar su fin.
- El endeudamiento de las familias y la fuerte moderación de los salarios interrumpen la euforia en el consumo.
- El crecimiento de los tipos de interés dificulta el consumo y la inversión.
- La fortaleza del euro y las dificultades para las exportaciones y encarecimiento de las importaciones españolas.
- Las previsibles relocalizaciones de empresas a países emergentes, síntoma de agotamiento del modelo laboral de baja innovación y bajos costes.
- El encarecimiento de las energías, especialmente el petróleo, y la ausencia de una política energética alternativa.
Este conjunto de límites y desequilibrios inmediatos tampoco nos deben desviarnos de las contradicciones sistémicas a largo plazo. En primer lugar, si nos fijamos en la dinámica capitalista, la tasa de explotación2, a pesar de las grandes agresiones a la clase trabajadora, no se incrementa lo suficiente como obtener una recuperación de la tasa de rentabilidad.
La tasa de rentabilidad3, aunque en niveles estables y positivos, sigue su paulatina tendencia cíclica al decrecimiento. Esto ocasionará crisis de acumulación, como así se ha producido en forma de ciclos y ondas largas en los últimos dos siglos (E. Mandel, 1972).

La tasa de rentabilidad en los últimos 25 años ha decrecido su nivel entre los años 87-91 y los años 97-00 en este país. Como sus efectos en la masa de beneficios no se perciben hasta pasado un pequeño periodo en nuestra economía la crisis no se nota inmediatamente.
Fuente: Elaboración propia a partir del INE, CNE. Aproximamos la tasa de rentabilidad a una medida de los beneficios/inversión.
La acumulación tiene su traducción en el crecimiento económico, y su evolución tiene su correlación en la creación de empleo. Las crisis de producción de empleo se observan en los tramos entre 1975-1985 y 1991-1994, con las recesiones de ese periodo. Desde 1994 hay una intensa creación de empleo.
Fuente: Elaboración propia a partir del INE.
Sin embargo, la tasa de temporalidad no ha hecho más que crecer, merced a la política laboral, con sus reformas de "regulación flexible" no contrarrestada consecuentemente por el movimiento obrero. La velocidad de creación de empleo temporal ha sido superior a la creación de puestos de trabajo, contribuyendo a la fuerte inestabilidad del modelo de empleo en este país. Y desde el año 2000 esta velocidad de creación de empleos temporales se ha acelerado, presumiblemente por la ineficacia de las reformas laborales y el empleo de nuevos colectivos incorporados vulnerablemente, como el inmigrante, el cual ha sufrido condiciones abusivas o irregulares.
Fuente: Elaboración propia a partir del INE.
En suma, es un error perverso vanagloriarse de una situación cargada de injusticias y desequilibrios. En primer lugar, la extensión del empleo plenamente precario es un hecho. La mayoría de los y las asalariadas atienden a un retroceso en sus condiciones de vida (en especial a la disponibilidad de tiempo libre y a un retroceso salarial que recuerda a etapas pretéritas), y algunos colectivos recrudecen su situación de vulnerabilidad. En segundo lugar, la prolongación del crecimiento económico (claramente desequilibrado económicamente, injusto socialmente e insostenible ecológicamente) arroja serias dudas. En este contexto, no cabe tampoco, desde la izquierda, ampararse en que la crisis "lo moverá todo". Es responsabilidad de los que somos conscientes de que deben cambiar las cosas contribuir a su transformación, porque por sí solas abocan al desastre. Parece urgente organizar las protestas y movilizar política y sindicalmente propuestas que enfrenten los conflictos que el capitalismo está originando.
Noviembre 2006
* Daniel Albarracín es profesor de Sociología Industrial en la Universidad Carlos III, técnico en CCOO, y miembro del Grupo Sindical de Espacio Alternativo.

































































