Editorial: 4 años después del inicio de la guerra de Iraq, NO A LA GUERRA GLOBAL PERMANENTE

Martes 27 de febrero de 2007

Editorial Corriente Alterna 47, marzo 2007

Cuando se acerca el cuarto aniversario del comienzo de una guerra que provocó el rechazo de una amplia mayoría de la población mundial, el balance de la agresión y posterior ocupación estadounidense no puede ser más trágico para el pueblo iraquí y más desastroso para los designios imperialistas. Trágico porque el número de muertes provocadas no ha hecho más que multiplicarse en estos años entre la población civil e incluso, aunque mucho menos, entre las propias fuerzas militares ocupantes. Desastroso porque si lo que pretendían Bush y sus asesores neoconservadores era generar un presunto "caos constructivo" que hiciera indispensable su presencia en el país, la fuerza de la resistencia popular es tan poderosa que no le permite siquiera la estabilidad necesaria para la extracción y transporte de petróleo en beneficio de las multinacionales y está generando, a la vez, un creciente rechazo dentro de la sociedad estadounidense a enviar nuevas tropas y a elevar aún más el ya enorme gasto militar en detrimento de los todavía más reducidos gastos sociales.

Pero no es sólo en Iraq donde podemos comprobar el fiasco de la estrategia estadounidense. También en Afganistán estamos viendo la incapacidad de las fuerzas de la OTAN para frenar la nueva ofensiva de una resistencia popular cada vez más plural y para garantizar una mínima estabilidad del régimen títere allí establecido. La Cumbre reciente de Sevilla ha demostrado además las reticencias de una parte de los gobiernos europeos a enviar nuevas tropas a ese país, temerosos de implicarse más en una guerra sin fin que acarree nuevas muertes en sus filas.

Sin embargo, esas reticencias no pueden llevarnos a engaño sobre la complicidad que está mostrando la Unión Europea con la guerra global permanente de Bush y su corolario, la creciente vulneración de derechos y libertades fundamentales. Porque tanto con la participación de las policías europeas en el interrogatorio a presos de Guantánamo como con la autorización de los vuelos de la CIA para el secuestro de personas residentes en territorio europeo se ha demostrado el servilismo que están practicando los gobiernos de la UE hacia el proyecto de desmantelamiento del estado de derecho que se desprende del "todo vale" en la lucha contra ese "terror" que el fundamentalismo estadounidense no hace más que fomentar. En el caso español esas prácticas se han podido dar con mayor intensidad en el período de gobierno de Aznar pero también ahora prosiguen con Zapatero, siendo último ejemplo de ello el reciente acuerdo "secreto" para que los espías estadounidenses puedan moverse a sus anchas dentro y fuera de sus bases militares. Como también estamos observando en Italia con Prodi, existen pocas diferencias entre unos y otros gobiernos cuando se trata de ayudar al "amigo americano" por mucho que retóricamente se critiquen sus "excesos", como ha hecho recientemente el Parlamento Europeo en un informe que no tiene ningún carácter vinculante.

Pero, pese a los reveses sufridos por la estrategia de Bush y su principal aliado, Blair, en Iraq y Afganistán, sus intereses geoeconómicos -el control de recursos energéticos básicos para el "modelo" capitalista occidental como el petróleo y el gas natural- en esa extensa región que va del Golfo Pérsico al Mar Caspio son demasiado poderosos para volverse atrás y presagian una nueva huida hacia delante mediante las actuales amenazas a Irán e incluso a Siria. Ni siquiera la amarga lección sufrida por el ejército israelí tras el fracaso de su ofensiva contra Hezbolá el pasado otoño o informes como el presentado por James Baker -que reconoce que la "victoria" ya es imposible en esa región- parecen poder frenar la opción neoconservadora por crear nuevos frentes de guerra dentro de su aspiración a seguir apareciendo como la única superpotencia capaz de poner "orden" en la zona más inestable y, a la vez, geoestratégicamente más importante del planeta.

La actual crisis energética y, sobre todo, el fin del petróleo barato contribuyen, además, a acentuar la competencia entre viejas y nuevas potencias imperialistas y, en particular, están favoreciendo el renacimiento de Rusia como superpotencia regional gracias a su control de fuentes y reservas de petróleo, gas natural, carbón y uranio. Esto permite, además, a Putin hacer poco caso a las tímidas críticas europeas por sus crímenes en Chechenia o por sus violaciones de derechos humanos en general, ya que se puede permitir amenazar incluso a los gobiernos de la UE con la suspensión del aprovisionamiento energético o recordarles su pasividad ante prácticas como las de Bush en Guantánamo.

Si a todo esto sumamos la utilización interesada de las tesis confirmadas ahora científicamente sobre el cambio climático para forzar, bajo la presión de los "lobbies" correspondientes, un retorno a la instalación de centrales nucleares, no es difícil compartir la conclusión de analistas como Michael T. Klare, según el cual la tendencia dominante en los próximos años va a ser la militarización de la lucha global por las siempre menguantes fuentes de energía, entendiendo por "militarización" no sólo su vertiente estricta de guerra sino también la interna, basada en un mayor control social y policial de las poblaciones.

Ante este sombrío panorama, urge reactivar el movimiento contra la guerra que hace cuatro años emergió como "nueva superpotencia global", con mayor razón cuando los riesgos de escalada en la "guerra global contra el terror" son cada vez más reales no sólo en Oriente Medio y otras zonas -Somalia, Nigeria...- sino también en nuestros propios países mediante el recorte creciente de libertades políticas y derechos sociales fundamentales. La solidaridad con los pueblos iraquí, palestino, libanés y afgano en su lucha por la expulsión de las fuerzas estadounidenses y de la OTAN y por su soberanía y autodeterminación ha de ir unida, por tanto, a la denuncia dentro de la UE de unos gobiernos que no dejan de aumentar sus gastos militares y de implicarse en una estrategia de "guerra global" cuya cara interna es la intensificación de las políticas neoliberales, la obstinación -pese a la retórica sobre el cambio climático- en aferrarse a un "modelo energético" ecocida y el fomento del miedo entre las poblaciones frente al "otro". Un "otro/a" generalmente representado por esos trabajadores inmigrantes que, sometidos a todo tipo de filtros y malos tratos cuando intentan atravesar los muros físicos, sociales y culturales de "Occidente", no hacen más que recordarnos cotidiana y trágicamente la incompatibilidad del capitalismo con el derecho a una vida digna de la mayoría de la humanidad y del planeta entero.

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