Para escuchar los audios de las charlas de Pepe Gutiérrez Álvarez, Gael Quirante y Javier Valdés, pinchar AQUÍ. (agradecemos las grabaciones al Foro por la Memoria de Granada).
A continuación reproducimos por escrito la intervención de Javier Valdés.
SINTOMATOLOGÍA DE LA CATALEPSIA REVOLUCIONARIA
1. ¿Revolución hoy?
Como podéis apreciar yo no he vivido mayo del 68. En aquellos tiempos yo no era ni un proyecto. Tampoco soy un doctor en la materia. Es normal que os preguntéis ¿Qué estoy haciendo yo aquí?
El hecho de que yo esté aquí mucho tiene que ver con el carácter que desde ERA-EA queremos darle a esta campaña sobre el mayo del 68. Yo no ocupé
Sin embargo en 1968 la gente creía poder cambiar de sociedad. Lamentablemente hoy día la situación es bien distinta en este aspecto. Pero cuando uno echa un ojo a las estadísticas de ayer y de hoy, resulta que el año 2008 es un año en el que las desigualdades económicas y sociales entre la mayoría de la población trabajadora y las élites sociales son un abismo comparado con la situación que se vivía en gran parte de los países que fueron golpeados por la oleada de revueltas que salpicó el planeta a partir del mayo francés. Por poner un ejemplo, en Francia, en mayo de 1968, en plena expansión económica, no debía haber más de 300.000 o 400.000 parados, y no existían la cantidad de contratos basura que hoy sufrimos, hoy día hay 5 millones de parados y 7 millones de trabajadores en precario. Estamos en el fin del ese boom económico. La mayoría de los trabajadores inmigrantes siguen siendo ilegales porque no tienen tarjeta de residencia.
Por tanto, cabe hacerse la siguiente pregunta ¿tiene vigencia la revolución hoy? Precisamente hoy que miramos hacia atrás y vemos las brasas de lo que pudo ser y no fue.
2. Restaurar el proyecto del Socialismo
En 1992, tras la caída del muro y en pleno proceso de deconstrucción del llamado estado de bienestar social, es decir, con los muertos en vida de dos de los mayores fracasos de lo que la gente percibe como socialismo, por un lado, la socialdemocracia, desdibujada hoy como ese binomio imposible al que llaman social liberalismo y por otro lado la catástrofe política y moral de la experiencia estalinista y con ella de sus burocracias, es decir, cuando era más necesario que nunca E. Mandel plantea en la cumbre de Sao Paolo en Managua en esencia la misma pregunta ¿tiene vigencia la idea de socialismo?
Pero él iba más allá y planteaba cómo encarar esa tarea tomando nota de los fracasos de la socialdemocracia y del estalinismo. Su intervención no era sino una apuesta política por restaurar la credibilidad y el carácter emancipador del socialismo, y devolver la esperanza a miles de millones de personas en el planeta y decirles que no era necesario mandar al zorro a cuidar a las gallinas, porque seguía habiendo otros caminos, como los había en 1917, en 1935-37 y en 1968.
Y es que poco después de los 70´-80´, las clases populares, la gente trabajadora, hemos sufrido muchas derrotas a todos los niveles, la ofensiva neoliberal, ora encabezada por partidos de la antigua socialdemocracia, ora encabezada por partidos de la derecha, ha arrasado y está arrasando la mayoría de las conquistas históricas del pueblo. Ataques, cuya lógica está en aumentar la tasa de ganancia de la clase dominante a toda costa, bien sea mermando los derechos y garantías laborales y salariales -cabe recordar las sucesivas reformas y pactos laborales en el Estado Español-; bien sea reformando la fiscalidad del estado, haciendo que en números relativos paguen más los que menos tienen, o bien privatizando y/o mercantilizando los servicios públicos conquistados por los y las trabajadoras, que aprovechando el lugar en el que estamos, viene a colación el proceso de Bolonia y la construcción del EEES, o lo que es lo mismo: la deconstrucción de la universidad de masas como una universalización del derecho a la educación superior. Todo esto sin mencionar que tras la guerra fría, las guerras imperialistas, lejos de desaparecer, se han intensificado y diversificado, construyendo un cerco en áreas estratégicas de cara al control de los recursos energéticos del planeta.
Estamos ante una derrota, la cual ha traído consigo el pesimismo de aquellos que alguna vez pensaron que se podía cambiar el rumbo de la historia, ha traído consigo una revisión a veces, no ya de la estrategia y de la táctica política en concreto, sino de las ideas en abstracto, como si de las ideas naciera la realidad, en una especie de remake del idealismo platónico.
3. Un poquito de vitalidad en las tareas de la izquierda
Por esta razón, Mandel recomendaba en su intervención en aquél foro “desamarrar los nudos que atascan las ideas”, porque era una manera de descartar ciertas nihilismos que habían nacido de la derrota y del pesimismo y mirar hacia delante en la tarea de construir una nueva sociedad.
La idea de socialismo, de revolución, de emancipación de las clases oprimidas, por supuesto no había perdido vigencia en 1992, como tampoco ha perdido vigencia hoy en 2008. Y no ha perdido vigencia, no porque la idea sea buena como si colgara del aire, sino precisamente porque el modelo político y económico de mayo del 68, sigue siendo el mismo modelo de 1992 y de la actualidad, un modelo basado en la explotación de la mayoría para el enriquecimiento de la minoría, que controla todos los medios de producción, formas de expresión, de comunicación y el control político e ideológico. Incluso, el modelo de capitalismo actual, en su variante de globalización neoliberal es mucho más agresivo que el de 1968.
A posteriori, la intervención de E. Mandel se conoció como “Hagamos renacer la esperanza”, y es curioso que en ese título ya se estaba apuntando hacia la tarea política inmediata, que era en resumidas cuentas la misma que hoy día tenemos en frente quienes pensamos que otro mundo es políticamente posible y moralmente necesario. La tarea se centraba y se centra en la esperanza, la esperanza en que un día, todos y todas podamos. En eso radican las luchas, no ya una revolución concreta, la de 1968 o la de 1917, sino la idea de Revolución en general, en la esperanza de que las y los de abajo crean y pueden ser los verdaderos protagonistas de sus vidas, porque ni mucho menos el capitalismo es el fin de la historia.
Para los que o bien no han sido vencidos por la desesperanza o para aquella nueva generación que no hemos sufrido la derrota en carne propia, es preciso ir hoy más allá. Descartando por supuesto ideas ingenuas que obvien el conflicto central existente en toda sociedad clasista: la existencia de explotados y de explotadores con intereses sociales, económicos y por tanto políticos antagónicos, es decir, lo que se conoce como lucha de clases.
Hoy día tenemos un ejemplo claro en el terreno económico de esta realidad, que además coincide con toda una política pactista entre la patronal y las burocracias sindicales: el volumen representado por los salarios en el PIB ha bajado en 2,6 puntos, mientras que los beneficios empresariales han aumentado en 0,4 puntos, dicho para que todos lo entendamos mejor: desde el año 1995 cada trabajador promedio ha donado una media de 330 euros de su anterior sueldo a las cuentas bancarias de la clase capitalista, la cual, tras retirar el capital dedicado a la inversión, posee hoy ganancias que suponen 280 veces el salario medio. La escasez de respuestas políticas frente a unas cifras que hablan con voz de gigante, nos debe hacer reflexionar sobre la imperante necesidad de abandonar la conciliación social y recuperar el camino de la confrontación con el enemigo, siempre bien armado, de clase.
Tenemos pues la obligación política y moral de reconstruir una izquierda que nos devuelva al menos la palabra, que rehabilite el lenguaje, las formas y los objetivos. Una izquierda imbricada en la realidad, no sólo en las instituciones. Una izquierda combativa que traiga de nuevo el aire fresco de un proyecto de sociedad emancipador que contraste con el actual modelo de miseria, barbarie y explotación. Para hacer frente al avance del proyecto neoliberalizador y el consecuente aumento de las desigualdades sociales, es preciso vacunarnos contra el sectarismo y el dirigismo a fin de rehacer y reagrupar una izquierda de izquierdas, una izquierda revolucionaria que parta desde la perspectiva de la lucha de clases.
Ante la actual situación de deterioro de la correlación de fuerzas entre capital y trabajo, urge por tanto levantar todo un programa de movilización social, poner sobre la mesa una serie de puntos básicos de urgencia anticapitalista que nos permitan situar las necesidades sociales de la mayoría por encima del beneficio económico de una minoría, abogando por la movilización como herramienta para desterrar el consenso y el pacto social con los poderes económicos y eclesiásticos y con la derecha. Pasar, en definitiva, de la resistencia a la ofensiva y poner en relieve la existencia de explotados y explotadores. Ese es hoy, sin duda, el papel que ha de ejercer una izquierda revolucionaria, una izquierda que reivindique el mayo del 68 y esté dispuesta por tanto a hacer renacer la esperanza.Ese es el camino que siguen hoy los compañeros y compañeras de
Alguien dijo alguna vez, que “Entender la diferencia entre una derrota y un fracaso es fundamental para construir una organización revolucionaria. La derrota puede ser, y es frecuentemente, la conclusión de una lucha necesaria; la tarea entonces es cómo continuar.” Estas son palabras del propio Miguel Romero y son una verdadera vacuna contra el derrotismo. Antes decía “para quien no ha sido vencido por la desesperanza”, y ahora digo: para quien haya sido vencido por la desesperanza, es preciso que sepa que se puede levantar la vista y mirar hacia delante, ningún camino está predeterminado y si nos hemos caído es preciso levantarse y ponerse a pensar en cómo continuar. Su lucha, así como la lucha de las gentes de 1968, como las de quienes llevaron a cabo otros combates en el estado español, desde la guerra civil hasta hoy, la lucha de todas esas gentes, vengan de donde vengan, no ha sido en balde. Y prueba de ello es que toda una generación militante a la que pertenezco, viene llena de esperanza, dispuesta a restaurar la credibilidad en una sociedad mejor para la mayoría, y aunque sabemos que la tarea no es fácil, también sabemos que contamos con el calor en la lucha de hoy de aquellos y aquellas quienes hicieron historia formando parte de la lucha de ayer. Por supuesto no será una historia con mayúsculas, aquélla que escriben los vencedores, pero es la historia que, aunque hoy con minúsculas, va formando parte de un volumen que día tras día escribe la pluma del propio pueblo en su lucha por un mundo mejor. Esa es nuestra historia, con sus aciertos y errores, la historia de la mayoría. Por eso mayo del 68, sí. Y tantas y tantas fechas. Para mantener erguida la pluma que algún día servirá para redactar nuestras propias normas de convivencia, en las que quizá esté “prohibido prohibir”.
























































