Lluís Rabell *
Permitid unas consideraciones previas al debate sobre la Asamblea Federal de IU y los textos en presencia. Sería un error por nuestra parte abordar la discusión y la grave crisis que atraviesan IU en clave endogámica, como un debate interiorista en que se dirimiesen cotas de poder entre distintos agrupamientos o familias políticas. La izquierda encuentra su razón de ser en la lucha de clases. Hay que partir siempre de ahí.
Y, justamente, entramos en un período de intensificación de lucha de clases a todos los niveles. La economía globalizada suma la crisis financiera a la crisis energética, y ésta a la alimenticia y al desastre medioambiental, precipitando la humanidad al desastre. El período recesivo en que entramos, tendrá profundas consecuencias aquí, dadas las características del modelo de crecimiento español, basado en la especulación, el boom inmobiliario, los bajos salarios, la precariedad generalizada y un gasto social netamente inferior a la media europea.
Europa también está en tensión, como lo demuestra el rechazo del Tratado de Lisboa por parte del electorado irlandés… y la obstinación de las elites financieras, las grandes multinacionales y los gobiernos a su servicio por seguir adelante con una construcción antidemocrática y antisocial. La necesidad de constituir un polo imperialista, competitivo sobre la arena mundial, acentúa cada vez más el racismo, el militarismo y los ataques de fondo contra las conquistas sociales del movimiento obrero. Así lo demuestran las recientes directivas comunitarias sobre la semana laboral y sobre inmigración.
Pues bien, es ese proceso, que deja muy atrás ya los años de la “globalización feliz”, lo que constituye el trasfondo de la crisis de la izquierda. A lo largo de las últimas décadas, la socialdemocracia se convirtió al liberalismo y se imbricó profundamente en sus instituciones y en sus grandes corporaciones. Desde la OMC, pasando por el FMI o la propia OTAN, hasta los consejos de administración de grandes empresas o entidades bancarias, la lista de destacados “socialistas” presentes en esos organismos sería interminable. La socialdemocracia ha pasado del reformismo sin reformas a las contrarreformas liberales. En el campo de la izquierda, el margen de maniobra se redujo aceleradamente, y esto ha puesto en crisis también a la izquierda antiliberal, de matriz comunista o alternativa; ha puesto en cuestión sus métodos y su orientación.
La crisis de IU (de la que la debacle electoral es tan solo una expresión) hunde sus raíces en las transformaciones que, en su base social, ha inducido el liberalismo. Pero, ese dato objetivo se relaciona dialécticamente con una orientación subalterna respecto al PSOE, de adaptación a los marcos institucionales, de renuncia al conflicto social y de transformación en partido al uso, cada vez más alejado del proyecto de un movimiento político y social, radicalmente democrático y transformador. Lo más llamativo de los textos de quienes se han conjurado para entorpecer el debate en IU (los “gasparistas” y la llamada “tercera vía”) es el intento de obviar ese rasgo fundamental de una línea y una práctica que han llevado a nuestro grupo parlamentario a votar los presupuestos de Solbes, la Ley de Educación, la Ley de Defensa Nacional, la gestión del gobierno en el frustrado proceso de paz en Euskadi… y hasta el canon digital.
La segunda legislatura de Zapatero representa un neto giro a la derecha: entendimiento con el PP en temas de Estado, frustración autonómica, agravación de las relaciones sociales, acercamiento a las burguesías nacionales para tratar de estabilizar este mandato con su apoyo – en particular, con el de CiU. Se torna, pues, más apremiante que nunca la necesidad de una izquierda que se oriente decididamente hacia la clase trabajadora y los colectivos oprimidos y discriminados (mujeres, jóvenes, inmigrantes…); una izquierda que se sitúe en el conflicto y desde él emprenda la tarea de reconstruir el tejido asociativo y militante sin el cual es imposible plantearse no sólo la lucha por un cambio de hegemonía, sino siquiera resistir a las presiones integradoras del sistema; una izquierda que actúe como referente político de luchas, resistencias y movimientos, y dibuje una alternativa de transformación democrática y social, anticapitalista.
La izquierda ha de ser anticapitalista. (Curiosamente también, “gasparistas” y “tercera vía” rehúsan esa definición). Pero no de modo retórico, sino práctico. Italia demuestra el estrechamiento de los márgenes del antiliberalismo. No se puede colaborar en gobiernos social-liberales. Cuando la izquierda gobierna en el “centro”, como lo ha hecho con Prodi, prepara inexorablemente el retorno de la derecha más agresiva (Berlusconi, Sarkozy), incluso en alianza con la extrema derecha neofascista. Cuando la izquierda crítica, cayendo en el posibilismo, gestiona el sistema con los social-liberales, gana el sistema y la izquierda se ve laminada. (Ese ha sido el caso de Rifondazione desde el gobierno… pero también el de IU desde su servil actitud ante el PSOE).
Es necesario superar la vieja y abstracta diatriba sobre el “partido de lucha y de gobierno”. Se trata de construir alternativa desde la lucha, de combatir sin concesiones a la derecha y de ser oposición de izquierdas al social-liberalismo. Esa es la tarea durante los próximos años. La experiencia del tripartito y del gobierno vasco deberían aleccionarnos. Hay que salir de esos gobiernos. No podemos tener un pié en la calle y otro en la corresponsabilidad con las políticas antisociales o represivas de esos gabinetes. Si la izquierda quiere salir del marasmo actual, debe resolverse a una intensa “cura de adelgazamiento institucional”. Hay que volver a construir desde abajo.
Y es necesaria una izquierda radicalmente democrática: republicana y defensora consecuente del derecho de autodeterminación. Que defienda de modo inequívoco el derecho de los pueblos a decidir, al tiempo que reconstruye movimiento obrero como fundamento federador y solidario. Desde la transición, la izquierda ha sido prisionera del “pacto nacional” sobre el que se erigió la monarquía centralista y se ha puesto “firmes ante la bandera” (generalmente en nombre del rechazo al terrorismo de ETA) en cada situación de conflicto entre el Estado español y las nacionalidades históricamente oprimidas. El conflicto que amenaza con estallar si el Constitucional revoca partes sustanciales del raquítico Estatut de Catalunya – o el mismo estancamiento de la situación en Euskadi – pondrán de relieve lo insoslayable y urgente de esa tarea.
Hay timidez todavía entre los sectores críticos de IU por lo que respecta a estos dos aspectos cruciales. Por eso, nuestros compañeros de Espacio Alternativo, aún reconociendo los méritos indiscutibles del llamado “documento del PCE y otros” (que hubiesen votado en el Consejo Político Federal, si la mayoría, dinamitando el debate organizado, no lo hubiese impedido), no habrían podido suscribirlo tal cual, dadas sus insuficiencias.
La cuestión que pone de manifiesto esta crisis y la forma en que se está gestionando es el agotamiento de IU. Las fuerzas militantes y las energías que deben conformar una izquierda combativa están ya mucho más fuera que dentro de nuestras filas. Si el proceso de la Asamblea Federal confirma la actual correlación de fuerzas, eso certificaría la muerte de IU como proyecto transformador. Se trataría entonces de orientarse hacia la construcción de un nuevo sujeto político. La realidad de EUiA de esclerosis de sus asambleas, pérdida de democracia, alejamiento de los movimientos y de asfixiante dependencia respecto a ICV – que representa otro proyecto, no sólo distinto sino contradictorio con la idea original de EUiA – marca ese final de ciclo.
El camino va a ser sin duda el de la constitución de foros, de redes militantes, de coordinación de luchas, de encuentro entre distintos movimientos… Sólo así será posible reconstruir izquierda, reagrupando a sectores que hoy libran – creemos – las últimas batallas en IU y aquellos activistas y colectivos que ya no pueden reconocerse en ella. Toda la evolución de la situación plantea esta tarea, insistimos, con rasgos de urgencia. De cara a las asambleas de EUiA y de IU, pensamos que no hay que aceptar la conciliación, ni nuevos compromisos que diluyan el balance del desastre o frenen un giro a la izquierda. Eso reduciría los sectores militantes críticos a la impotencia, prolongando una insoportable agonía, agravando la desmoralización. Si de verdad se quiere librar esta batalla de modo consecuente, hay que hacerlo pensando ya en la etapa siguiente. Una etapa que, todo lo indica, tendrá que dejar atrás y superar la experiencia de IU para levantar un proyecto anticapitalista a la altura de los nuevos retos que se plantean a la izquierda.
* Intervención de Lluís Rabell, miembro de Revolta Global, en el debate abierto sobre la crisis de IU/EUiA y la preparación de sus respectivas asambleas, realizado en el local del PSUC el día 17/06/08. En el acto, que reunió a unos cincuenta asistentes, intervinieron también Diosdado, Albert Escofet y Enrique Santiago.
Izquierda Anticapitalista




