La Cuarta cumple 70 años: Sí, construir una internacional revolucionaria

Jueves 16 de octubre de 2008

Andreu Coll i Blackwell
Hace 70 años, mientras los procesos de Moscú liquidaban a los últimos compañeros de Lenin y las “democracias occidentales” regalaban Checoslovaquia y la República española a Hitler, un puñado de comunistas se reunía en las afueras de París para fundar una nueva internacional para que las esperanzas revolucionarias nacidas en octubre de 1917 no se confundieran con la ignominia de la dictadura estalinista.

La riquísima experiencia de la Internacional Comunista no podía quedar congelada para siempre, había que transmitirla por todos los medios. Para los fundadores, las ideas no vivían en los libros, sino en la intervención colectiva sobre la realidad. Estaban convencidos de la imposibilidad de seguir siendo revolucionarios sin (re)construir una Internacional revolucionaria. También sabían que si no se extendía la revolución a los principales países capitalistas y se restauraba la democracia soviética en la URSS, tarde o temprano, el entonces todopoderoso “socialismo en un solo país” conduciría a la restauración capitalista. Muchos (en la URSS casi todos y todas) pagaron con su vida esta coherencia. Su lucha durante los años 30, 40 y 50 fue vital para que el marxismo clásico y el proyecto revolucionario sobrevivieran a la larga noche estaliniana y para evitar la confusión entre internacionalismo proletario y razón de Estado, permitiendo de ese modo a una nueva generación militante retomar el hilo con la gran sacudida política del 68 internacional.

Una internacional superviviente

Llegar al 68 fue clave. Mayo demostraba que la clase obrera occidental no estaba integrada en el sistema y que una situación revolucionaria era (es) posible en un país capitalista desarrollado. La única corriente significativa que mantenía la validez de esta perspectiva era la nuestra. El aplastamiento de la Primavera de Praga por los tanques del Pacto de Varsovia también confirmaba muchos análisis: los márgenes de autorreforma de la burocracia eran demasiado estrechos como para no provocar una intervención represiva ante la creciente autoorganización popular. Se necesitaba una auténtica revolución democrática para derrocar a la burocracia y retomar la construcción del socialismo. Desgraciadamente, el efecto terrible de la “normalización” brezneviana empujó a la mayoría de la población de los países del Este a identificar erróneamente democracia con capitalismo.

La última gran derrota que explica el mundo actual es la de la Unidad Popular chilena, que se proponía construir el socialismo sin hacer la revolución, convencida de la lealtad del aparato de Estado hacia un gobierno constitucional. El baño de sangre de Pinochet no tardó en desmentirlo y permitió aplicar las primeras medidas de choque neoliberales del mundo. Cualquier gobierno que quiera democratizar verdaderamente la economía y la sociedad deberá enfrentarse a la resistencia de las clases dominantes.

Nuestro ADN
A diferencia de las demás, desarrolladas gracias a victorias de la izquierda, la Cuarta Internacional se fundó en un contexto catastrófico: la consolidación del estalinismo y la llegada de Hitler al poder. La comprensión de ambos fenómenos y la defensa de un programa de acción realista que los podría haber derrotado es el ADN de la IV y su razón de ser. Estos acontecimientos han traumatizado a franjas enteras de trabajadores de todo el mundo hasta hoy en día. La idea de que el fascismo fue “irresistible”; que la revolución es un salto al vacío que conduce a la dictadura; que no hay democracia fuera del capitalismo; que hace falta moderación y consenso en las demandas sociales para no “provocar” a la derecha… son prejuicios extendidos entre las mayorías populares que votan a la izquierda social-liberal.

Patologías de la resistencia
La lucha a contracorriente solo la soportan militantes abnegados con convicciones y personalidades muy fuertes; pero a menudo propensas a caer en la trampa megalómana de pensar que “tener razón” puede compensar una escasa implantación social y una capacidad de intervención muy limitada. Desgraciadamente, tener razón (tener un gran programa, etc.) no sirve de nada si no se tienen los medios para demostrarlo. Esto desesperaba a muchos militantes y empujaba a muchas organizaciones a encerrarse sobre si mismas para intentar resolver los grandes dilemas políticos de una época de un modo casi exclusivamente intelectual… a la espera de que algún día se presentaría la ocasión de erigirse en dirección alternativa a la de las grandes organizaciones obreras.

La experiencia de la persecución estaliniana, la impotencia ante las derrotas y el aislamiento social inocularon la exasperación, la sospecha y la paranoia. El juicio de intención, el vicio de atribuir a compañeros con posiciones diferentes unas intenciones –a veces reales, pero a menudo imaginarias– que no han expresado nunca y, en función de ello, juzgar lo que dicen realmente… ha hecho mucho daño. La paranoia ante la posible traición, la caricaturización de las posiciones de otros, la conversión de diferencias tácticas en diferencias de principio… han acentuado a menudo las polémicas, provocando rupturas tan devastadoras como evitables (irónicamente, más de una vez, la historia ha desmentido conjuntamente los pronósticos más audaces de unos y otros…).

Dentro del marxismo en general, y del movimiento trotskista en particular, también ha habido una tensión entre la apertura a nuevas problemáticas y a la revisión teórica, por un lado, y la necesidad de conservar y enriquecer un valioso bagaje programático, por otro. El equilibrio es difícil. No hay recetas mágicas para no caer ni en la fosilización dogmática y la arrogancia sectaria, ni en el impresionismo superficial y el seguidismo oportunista. Sin embargo, la defensa unitaria de los intereses del conjunto del mundo del trabajo y la comprensión de su pluralidad consubstancial, la lucha por libarse a los movimientos reales, la voluntad de diálogo y confluencia con otras corrientes, y el rigor y la modestia a la hora de abordar problemas teóricos pueden ayudar mucho a conjurar estos peligros.

Cambio de ciclo
Hoy, la globalización y el hundimiento del estalinismo han destruido las posiciones de fuerza del viejo movimiento obrero. Ya no somos una minoría radical de un movimiento obrero fuerte y estructurado; debemos convertirnos en actores centrales de la recomposición del movimiento social en sentido amplio que aspiran a refundar el proyecto socialista con una atención especial a la cuestión ambiental y a la lucha antipatriarcal. Éste será un largo período histórico marcado por la ofensiva capitalista y la hegemonía burguesa, y la adaptación brutal de la izquierda tradicional (de origen PS, PC o verde) a los dictados ultraliberales. Esto nos carga de nuevas responsabilidades: construir mediaciones anticapitalistas amplias, útiles para el agrupamiento y la lucha de clases, que levanten una nueva representación política de un mundo del trabajo cada vez más atomizado y desmoralizado.

Por otro lado, el estancamiento del capitalismo mundial desde los años 70, unido a la desregulación neoliberal, puede conducir a la humanidad a un nuevo ciclo de crisis, guerras y revoluciones. Esta eventualidad nos debe recordar la necesidad imperiosa de que los revolucionarios se mantengan organizados a nivel internacional en un mundo cada vez más interconectado económica, política y militarmente. Aquí radica la vigencia de la IV Internacional: a pesar de la crisis global de la izquierda, y a diferencia de otras corrientes procedentes del trotskismo (en las que un partido guía “infalible” marca hasta el último detalle de la táctica de pequeñas sucursales en otros países), ha sido la única capaz de mantener un núcleo dirigente de compañeros y compañeras originarios de diversos países y de regenerar equipos de cuadros en las diferentes secciones –por modestas que sean–, un capital precioso para encarar un futuro más que incierto.

Así pues, es necesario un equilibrio entre la confluencia con otras corrientes y la transmisión de nuestra herencia programática y estratégica. No podemos concebir la IV ni como un fetiche idealizado ni como un exotismo del pasado, sino como un proyecto revolucionario vivo que hay que desarrollar y fortalecer y que, de momento, no puede transcrecer en una nueva organización internacional hasta que un gran acontecimiento fundador siente sus bases políticas. Mientras tanto, las lecciones políticas del siglo XX y la lógica de la globalización capitalista dotan de una gran actualidad a las ideas-fuerza del internacionalismo marxista, en particular la teoría de la revolución permanente.

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