Transiciones asimétricas
memoria histórica

Miguel Romero 

1. En el número 47 de Revolta Global se publica el artículo “Transiciones” firmado por Junius. En él se encuentran valoraciones y comentarios críticos sobre el “relato de la Transición” de la izquierda radical.

Me parece una simplificación excesiva atribuir un solo “relato” a la izquierda radical antifranquista, en la cual existieron ideas y prácticas muy diferentes en aquella época. Plantearé pues algunos desacuerdos con las opiniones de Junius desde la experiencia de la LCR, que es la que he vivido. Me voy a referir solamente a aquellas opiniones sobre las que puede haber un debate. Por ejemplo, no puede haberlo sobre un arbitrario proceso de intención como éste: “...el pasado a veces se convirtió en el espacio donde ganar aquello que se había perdido en el presente, sustituyendo la pasión emancipatoria de la transformación social futura por la de las batallas libradas en otros tiempos. Parecía alimentarse la imagen de los antecesores esclavizados y no la de los descendientes liberados.” 

2. Según Junius, el relato de la Transición de la izquierda radical consistiría en considerar que “la movilización social y política desplegada a partir de los años sesenta y que llegó a su cenit en 1976... fue traicionada por las elites, que fueron las que llevaron finalmente a la transformación del franquismo.” La izquierda radical tendría así, respecto al proceso histórico, la misma interpretación que la “más conservadora” de las interpretaciones de la derecha: “fueron las elites del franquismo y el antifranquismo las que produjeron el principal cambio político del último tercio del siglo XX.” Aunque, matiza Junius,  “la diferencia sólo la encontramos en la valoración del cambio: para unos es una muestra de la clarividencia de aquellos dirigentes, para los otros de su capacidad de traición y control social, pero no en su factor principal.” Junius culmina su juicio sumario, sancionando que esta coincidencia se explicaría en términos de lógicas de aparato: “De hecho, para esta interpretación hegemónica en el campo de la izquierda radical, el problema se centra en preservar la propia legitimad y a veces en inventar la propia tradición.” 

3. La acusación, más que crítica, a la izquierda radical por sus simetrías con la derecha, cuando no con la extrema derecha, es una forma de descalificación funcional y rápida, que ahorra el trabajo de argumentación. Por ello tiene un largo recorrido: puesto que hablamos de “memoria”, recuerdo haber escuchado cosas de ese tipo, en aquellos tiempos, por ejemplo cuando nos solidarizamos con Salvador Puig Antich o cuando criticábamos a la Junta o la Coordinación Democrática, o cuando llamamos a votar No a la Constitución del 78... Lo considero un artefacto polémico tosco que suele basarse en una caricatura del contrincante. Así es en este caso.

La LCR fue una organización en la que se escribía y discutía mucho, se hacían balances frecuentemente muy autocríticos de las experiencias y había la buena costumbre de publicarlos, incluso en condiciones de clandestinidad. Así que para conocer el relato de la Liga sobre la Transición lo más directo es leer lo que escribimos entonces. Además, los documentos de la época, cuando existen, son la mejor base para construir una memoria política distante de los mitos y próxima a la historia. 

4. En octubre de 1978, hace ahora, casi día por día, treinta años, tuvo lugar el V Congreso de la LCR. Un tema fundamental fue el balance de la Transición. Tratamos de comprender por qué nuestra política había quedado tan lejos de realizarse. Destacamos tres puntos sobre el marco político general:

-“...la progresiva superación de la crisis política de la burguesía y la recuperación de una capacidad de iniciativa a partir de la relativa legitimación ante las masas de su proyecto en el referéndum de diciembre de 1976...”.

-“... el papel colaboracionista de los partidos obreros mayoritarios, que se materializó en la construcción de la Junta Democrática en 1974 y posteriormente la Coordinación Democrática y la Plataforma de Organizaciones Democráticas...”.

-“... las limitaciones del ascenso de las luchas obreras y populares que, pese a la creciente radicalización que expresaban, reflejaban un bajo nivel de conciencia y de organización, así como importantes desigualdades a escala de Estado”.

Y añadíamos tres errores de nuestra política:

-“... ha existido una subestimación de la capacidad evolutiva de la burguesía y de su margen de maniobra...”.

-“... la confusión entre la necesidad de una orientación hacia la Huelga General Política y el hecho de que esta eventualidad fuera la única posible...”.

-“... una visión un tanto espontaneísta del ‘salto’ que debía dar el movimiento para que se produjera la Huelga General Política”. 

5. Estos planteamientos tienen ciertamente el sonido de otra época y, más allá de cuestiones formales, son discutibles. En realidad, en estos treinta años, la gente de la Liga hemos discutido mucho sobre aquellos acontecimientos, hemos reflexionado sobre otros puntos de vista, hemos participado en debates que nos han llevado a volver a pensar sobre nuestra trayectoria y hemos escrito bastantes textos que, en general, valoran positivamente las ideas de entonces, pero las revisan o incorporan nuevos temas y enfoques, cada cual desde su punto de vista; puede encontrarse una muestra significativa en VIENTO SUR.

Creo que hay un punto fundamental en el que todos estos análisis coinciden: la ruptura fue posible y esa posibilidad, “lo que podría haber pasado”, forma parte de la realidad política de la Transición, pese a que el discurso dominante la expulse de ella, conforme al principio conservador de que sólo lo que existe tiene derecho a existir.

Intentar descifrar las razones por las que esa posibilidad no se realizó es un tema de debate abierto, en el que es obligado manejar hipótesis y, por tanto, es natural que haya puntos de vista controvertidos. Pero el debate que interesa no se refiere a lo que hicieron las elites, sobre lo cual hay más que suficiente claridad, sino a lo que hicimos y no hicimos “nosotros”, es decir, los movimientos sociales y la izquierda “rupturista”. Por ejemplo, en mi caso, es un tema de reflexión desde hace años por qué la Liga tuvo un crecimiento muy notable en número de militantes durante el año 1976 que no se tradujo en un incremento proporcional de su influencia política. Creo que probablemente esta desproporción no se debió tanto a problemas de orientación política general como a la falta de iniciativas para el agrupamiento de la izquierda social y política “rupturista” y en la intervención concreta en algunas de las grandes luchas de la época (Vitoria 1976, la fallida huelga general de noviembre de 1976...) y, en general, en la situación de inestabilidad del régimen y de la “oposición democrática” durante el período que va desde el nombramiento de Suárez hasta el referéndum de diciembre.

Puede haber, y de hecho hay compañeros que tienen otros puntos de vista o están interesados en otros temas, dentro y fuera del “mundo” de la Liga. Es bueno que estos debates existan, especialmente porque nos movemos dentro de una tradición y una continuidad militante que no tiene ninguna necesidad de mitificar su pasado, cercano o remoto, para tener en él la fuente de energía  moral y de compromiso sin la cual no puede vivir un proyecto revolucionario.

Canonizar la memoria me parecería no sólo una tarea absurda, sino sobre todo un atentado contra el aprendizaje imprescindible sobre la experiencia pasada. Se trata de mirarla con los ojos abiertos. No lo hace así Junius en esta ocasión.