Congo: La guerra del coltán
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Daniel Sánchez

Nos ha pasado por las noticias como si fuera casi un déjà-vu, por las veces que se repite: la guerra que hay en el corazón de África, en la zona de los Grandes Lagos, en la República Democrática del Congo.

Es una tragedia totalmente descarnada y puesta en segundo plano por los países que precisamente provocaron este estado de cosas: de entrada con el colonialismo belga, que dio el poder de vigilar a unos que históricamente se llamaban tutsis, mientras los otros continuaban cultivando y se llamaban hutus; después por la financiación de guerrillas y movimientos contra los nuevos estados que se iban formando durante los procesos de lucha anticolonial. Y como entonces, continuamos asistiendo a guerras montadas, promocionadas y preparadas por el mundo occidental.

Y es que los intereses sobre la zona siguen siendo los mismos: el aprovechamiento de las riquezas naturales. Ahora la materia de interés se dice coltán, que es la abreviación de un mineral compuesto de columbita y tantalita, imprescindible para la fabricación de ordenadores y móviles, el 80% del cual se encuentra en el Congo.

Esta riqueza se convierte en una maldición para el pueblo del Congo, ya que es la principal razón por la cual se continúa financiando la industria de la guerra para desestabilizar la zona y poder extraer sin control este material a un coste muy bajo mediante un entramado de empresas subcontratadas, fantasmas y filiales.

Esta zona es víctima también de un enfrentamiento indirecto entre Occidente y China, que también quiere extraer ventajosamente el coltán mediante concesiones del gobierno del Congo. 

Combatir el neocolonialismo

Esta situación ya estaba descrita desde hace más de cinco años. En 2004 ya se hablaba de la guerra del coltan y se conocía su circuito de extracción cuando sucedieron las matanzas a los Grandes Lagos, lo cual hace todavía más cínico la indiferencia de la comunidad internacional delante de este rebrote de la violencia.

El resultado es conocido, pero costa que se haga oír. Ya son más de cinco millones de muertos desde el año 1995. Con un horror añadido: ejércitos enteros compuestos de niños y niñas arrancados de sus familias, violados, torturados y drogados para obedecer las órdenes de matar sin discriminación ni piedad, con su infancia borrada. Eso no parece que ablande el corazón de ningún directivo de multinacional ni gobernante del "primer mundo"; al contrario, nos piden que movamos pieza antes que los gobiernos.
 
Las ONG apelan a nuestra conciencia pidiendo firmas y compromisos de reciclaje de ordenadores y móviles. Sin despreciar estas iniciativas, no son ni mucho menos la solución.
 
Como siempre, el problema no es cuestión de "caridad", sino político: hace falta que Occidente asuma su deuda histórica y respete la soberanía de los pueblos sobre sus recursos naturales a fin de que estos pueblos puedan consumir racionalmente aquello que necesitan y exigir un intercambio justo norte-sur.
 
Por eso, hace falta también que estos pueblos articulen un nuevo proyecto antiimperialista contra el neocolonialismo con la solidaridad política de las fuerzas anticapitalistas occidentales. Otra vez asistimos a un producto de este sistema que sólo beneficia a una pequeña parte de la población mundial, mientras la mayoría que sufre queda casi en la invisibilidad.