Flavia D’Angeli *
(artículo publicado en Liberazione respondiendo a Paolo Ferrero)
El secretario general de Rifondazione Comunista, Paolo Ferrero, ha enviado hace unos días, a distintos partidos y movimientos políticos de la izquierda -entre ellos Sinistra Critica-, una carta abierta que invita a crear una coordinación de la oposición. La iniciativa, útil por sí misma en tanto que permite discutir, se inscribe en el intento de los grupos dirigentes de la izquierda – afectados por el terremoto de la derrota de abril-, de combinar una posible vía de salida a la crisis mediante el retorno de la conflictividad social, en particular a través de la irrupción del movimiento estudiantil.
Lo importante es la necesidad de entender en sus dimensiones reales, la verdadera novedad de estas semanas, que pesará enormemente en los próximos meses: el estallido de la crisis económica y financiera. Una crisis económica que los gobiernos no parecen poder ni querer afrontar a través de medidas eficaces porque en ese caso sería necesario actuar sobre sus causas.
La crisis es una “crisis sistémica” y sería un grave error interpretarla como una oposición entre un capitalismo “bueno”, productivo e inocente que se encuentra en dificultades y un capitalismo “malo”, de carácter financiero y especulativo.
Hablar de crisis sistémica
implica afirmar que la burbuja especulativa que ha estallado, es la que ha
permitido en los últimos 15 años realizar beneficios enormes a un capital que
es productivo y financiero al mismo tiempo y que se ha visto beneficiado
enormemente de la especulación financiera garantizada por el endeudamiento
americano. La crisis económica tendrá
consecuencias terribles desde el punto de vista social y ocupacional;
comprender esta crisis es fundamental para entender como orientarse de cara al
trabajo político en los próximos años.
Desde el punto de vista social,
estas semanas han demostrado que la historia no acaba con los resultados
electorales obtenidos el 15 de Abril, y que de forma particular los jóvenes,
pero también amplios sectores del mundo del trabajo, mantienen una gran
disponibilidad para la movilización. Con diferencias. Por una parte, el ciclo
de lucha estudiantil ha sacado a las
calles a una generación que ha perdido su confianza en un sistema que ha
traicionado todas las promesas. Los estudiantes expresan la radicalidad de una
generación “no future”, que sabe que no tiene nada que perder porque nada puede
esperar del futuro: la explosión vista en estas semanas adoptará otras formas
pero será difícil que vuelva al punto de partida.
Por otra parte, el gran descontento que se vive en los lugares de trabajo, que ha llevado al éxito de todas las huelgas realizadas hasta el momento, ha presionado a la propia CGIL a convocar la huelga del pasado 12 de diciembre – con un posicionamiento táctico que no se puede entender todavía como un cambio de línea, dado que prevalecen las plataformas “concertativas”-; estos movimientos están determinados por la desesperación de quien no llega a fin de mes, por el miedo ante la crisis que llega, y está también embebido del desaliento producido por décadas de derrotas y de la desilusión causada por los dos años del gobierno Prodi, con la participación de la izquierda radical y el sostén de los aparatos sindicales. A la luz de estas observaciones, entendemos que el problema no está en la coordinación entre fuerzas políticas, esto es, de unos grupos dirigentes que tienen estrategias distintas, responsabilidades diversas en la derrota que arrastramos sobre los hombros, juicios distintos y grados diversos de inserción en el conflicto de clase.
Sin ninguna duda es necesaria la unidad como también es necesario, teniendo en cuenta la crisis, un debate de fondo sobre las perspectivas.
Nosotro*s vemos tres prioridades y tres ejes de trabajo:
El primero se basa en trabajar para reforzar y para radicalizar, todas las expresiones de protagonismo social, favoreciendo la autoorganización y la capacidad de perdurar en el tiempo, estructurando las vertientes de un “nuevo sindicalismo”, entendido como capacidad de los sujetos sociales de dotarse de instrumentos duraderos de resistencia e iniciativa, para poder afrontar la dureza de una crisis económica que reforzará el perfil de clase de la patronal y el gobierno. Es necesario desarrollar momentos de encuentro y de coordinación efectiva de las distintas luchas, en particular de los estudiantes y de los trabajadores, huyendo de la mera adición de siglas y de la confrontación entre sujetos políticos para favorecer la apertura de espacios públicos de encuentro y acción común de los distintos sujetos que “no quieren pagar la crisis”. Esta unidad es la necesaria, desde abajo, entre sujetos reales, con plataformas comunes; unidad diversa a la preconizada coordinación entre los grupos dirigentes de las fuerzas políticas.
En segundo lugar, es necesario afrontar el desafío político-estratégico que supone la crisis económica, asumiendo un perfil y un programa nítidamente anticapitalista. Se trata, por tanto, de golpear a los beneficios y a las rentas acumuladas durante veinte años (por ejemplo, introduciendo un impuesto sobre el patrimonio, gravando las rentas, aboliendo las subvenciones a las empresas) para resarcir las retribuciones y los salarios. Nuestra propuesta de salario mínimo intercategorial (SMIC) de 1300 euros va en esta dirección. Significa también afrontar el problema de las nacionalizaciones de bancos y empresas en quiebra, sin indemnización y sometiéndolas al control social, así como volver a poner encima de la mesa el problema de la “planificación democrática” para poder elegir qué se produce, en qué debe invertirse, con qué niveles de salvaguardia ecológica y con qué fines sociales.
En tercer lugar, frente a un capitalismo que conduce nuevamente a la crisis sistémica sólo se puede partir de una alternativa centrada en la gestión pública y social de la economía, con la participación directa y protagónica de trabajadores y trabajadoras. Frente a un capitalismo en crisis, es necesaria una izquierda claramente anticapitalista que no puede plantearse el gobierno del “sistema” – a nivel nacional y local- con fuerzas políticas que quieren tutelar y salvar el sistema (Partido Democrático y sus aliados)
La izquierda anticapitalista y de clase debe discutir de esto. Es necesario también hacer aparecer esta fisonomía en los momentos electorales, los cuales, o son utilizados para avanzar en esta dirección o en caso contrario, no nos interesan.
Por tanto, una lista anticapitalista encontraría así su razón de ser y su espacio de acción; a condición de que no sea el reflejo de una vieja izquierda y de sus “hombres”, todos ellos carentes de credibilidad al ser los responsables del desastre en el que nos encontramos; una lista anticapitalista, a condición de que tenga un perfil rigurosamente alternativo y que no produzca contradicciones con las opciones políticas concretas; una lista anticapitalista, a condición de no vincularla a identidades abstractas. Nosotr*s trabajaremos en esta dirección, si otros quieren hacerlo, no podremos sino alegrarnos.
* Recogido de Sinistra Critica
** Traducción: Carlos Sevilla Alonso
Izquierda Anticapitalista




