Viento Sur
Compañeros y compañeras:
Recibid un saludo caluroso y afectuoso
y, sobre todo, el agradecimiento al Comité Clandestino Revolucionario
Indígena y al Comando General del EZLN por haber sido invitado a este
evento, ya que para alguien como yo supone la oportunidad de conoceros
y aprender de vuestra lucha, ademàs de transmitiros la que
desarrollamos en el Estado español y en Europa.
Os felicito además por la iniciativa y por el título de la misma,
la "digna rabia", porque refleja vuestra firme y sana disposición a
confluir con los nuevos vientos de rebeldía y radicalidad que soplan
frente a la crisis global, sistémica y de civilización que ha estallado
con toda su gravedad en los últimos meses y que amenaza con
profundizarse en el futuro. Porque es ya evidente que nos encontramos
en un momento histórico en el que la necesidad de luchar y resistir con
mayor fuerza y convicción se va abriendo paso y, por tanto, vuestros
lemas "Otro mundo, otro camino, abajo y a la izquierda" pueden
sintonizar más fácilmente con las nuevas voces y gritos que se están
escuchando ya. Porque, en efecto, como también decimos desde Izquierda
Anticapitalista, organización política constituida recientemente tras
la ruptura definitiva de nuestro colectivo Espacio Alternativo con
Izquierda Unida, "cambiar el mundo de base es hoy màs necesario que
nunca".
Estoy convencido de que el espíritu que preside este Encuentro es
el mismo que rige en organizaciones como Izquierda Anticapitalista y
como prueba de ello me limitaré a citar un párrafo del Manifiesto que
recientemente hicimos público y contó con gran número de adhesiones
entre activistas e intelectuales del Estado español:
"Frente a todos los intentos de hacer pagar a los sectores
populares la crisis de este sistema es necesario organizar la
resistencia y reforzar las luchas sociales, con criterios unitarios y
buscando convergencias. Pero pensamos que la resistencia social no
basta. Es necesaria una alternativa política anticapitalista cuya única
lealtad esté en las luchas y movimientos sociales, que nunca acepte
participar en la gestión del sistema, que sepa escuchar y aprender, que
merezca confianza. Esa alternativa no existe y queremos contribuir a
construirla. Sabemos que es una tarea arriesgada y difícil, que llevará
mucho esfuerzo durante mucho tiempo y que sólo llegará a buen puerto si
convergen en ella, desde sus propias experiencias, organizaciones e
ideas, quienes ahora comparten ya las críticas radicales y las luchas
contra este sistema, pero aún no un proyecto anticapitalista
alternativo".
I
Vengo a hablaros fundamentalmente de lo que está pasando
en Europa y habría que empezar recordando que allí todavía arrastramos
el lastre de las derrotas que se iniciaron en los años 73-80 del pasado
siglo, cuando se inició la "contrarrevolución preventiva" (recordemos
el famoso Informe de la Comisión Trilateral sobre la "crisis de
gobernabilidad", justo después del golpe de estado contra el gobierno
chileno de Allende el 11-S del 73 y el inicio del primer laboratorio
neoliberal en ese país con los consejos de Milton Friedman) frente al
ciclo abierto por las luchas del 68, con la derrota de la revolución
portuguesa y la "transición" controlada de la dictadura franquista
hacia una "democracia (monárquica) de baja intensidad". Desde entonces
el rumbo que ha ido tomando la Comunidad Económica Europea y, luego, la
Unión Europea, ha sido cada vez màs convergente con el que ha ido
marcando Estados Unidos de Norteamérica: el de convertirse en uno de
los principales motores de la globalización neoliberal a partir, sobre
todo, del Acta Única de 1986 y, màs tarde, del Tratado de Maastricht.
Con esos acuerdos ha sido la vía "hayeckiana" de construcción de la UE
la que se ha ido imponiendo con el propósito firme de ir desmantelando
el denominado "modelo social europeo" (en realidad, las conquistas
sociales que fue logrando el movimiento obrero después de la Segunda
Guerra Mundial frente a una burguesía que temía el estallido de
situaciones incluso prerrevolucionarias en países como Francia e
Italia), o sea, los Estados de bienestar. El libre movimiento de
capitales, la liberalización del comercio, la privatización progresiva
de sectores estratégicos de la economía, la contrarreforma fiscal y la
sobreexplotación de la fuerza de trabajo, especialmente la procedente
de la inmigración, se han ido aplicando, aunque de forma desigual en
función de la relación de fuerzas en cada país, dentro de la UE, todo
ello en nombre de la construcción de un bloque económico y comercial
dispuesto a competir con otras potencias imperialistas en la lucha por
el control de los recursos y del mercado mundial.
Lo màs grave de todo este proceso, acentuado si cabe dentro de los
países que adoptaron el euro como moneda única, ha sido que la mayoría
de la izquierda parlamentaria se ha ido adaptando cada vez màs a ese
paradigma neoliberal y neoimperialista, jugando un papel decisivo en la
legitimación de sus políticas ante los trabajadores y la población en
general. En realidad, esa tendencia empezó a manifestarse ya con el
gobierno de la Unión de la Izquierda que se formó en Francia en 1981,
el cual, tras un intento inicial de emprender una política reformista,
muy pronto dio un giro creciente hacia el neoliberalismo que también
tuvo en el caso español su reflejo en la orientación adoptada por los
gobiernos de Felipe Gonzàlez, todo ello unido a escándalos de
corrupción e incluso de práctica de "guerra sucia" contra el
"terrorismo". Pero lo que hemos visto en el decenio de los 90 y, sobre
todo, en los últimos años –con gobiernos como los de Jospin en Francia,
Prodi en Italia y Zapatero en el Estado español- ha ido incluso màs
lejos de aquella primera ola, ya que ahora mismo son sectores públicos
esenciales como la sanidad y la educación los que se encuentran
amenazados por un proceso de mercantilización y privatización. Dentro
de este nuevo desplazamiento hacia la derecha, una nueva dificultad ha
surgido cuando, con el reflujo del movimiento "antiglobalización",
también otros partidos ubicados teóricamente a la izquierda del
"social-liberalismo" -como ha sido el caso de Izquierda Unida- se
fueron moderando y se convirtieron en subalternos de aquéllos,
confirmándose así, una vez más, que a la hora de la verdad su vocación
de ser "partido de gobierno" acaba primando sobre su presunta
aspiración a seguir siendo "partido de lucha", en detrimento por tanto
de su relación y confluencia con los movimientos sociales más activos y
críticos con el capitalismo.
Hay que recordar asimismo que todo este "proyecto europeo" se ha
ido desarrollando al margen de los pueblos que forman parte de la UE y
que cuando se ha pretendido blindar el mismo en un texto constitucional
–como ha ocurrido con el fallido Tratado Constitucional para Europa-,
éste se ha visto rechazado en países fundadores de la UE como Francia y
Holanda. Lo mismo ha ocurrido luego con la nueva versión de ese mismo
Tratado, denominado Tratado de Lisboa, cuando en el único país en que,
por obligación constitucional interna, se tuvo que convocar un
referéndum, ese proyecto tropezó con un No mayoritario de la población.
Pese a ello, la obstinación despótica y antidemocrática de las elites
europeas no se resigna y se pretende convocar en ese país un nuevo
referéndum con el fin de lograr (¿por fin?) un Sí. ¿Hasta dónde llegará
ese desprecio tan repetido y autoritario de la voluntad popular?
Pero la alianza con EEUU –pese a su relativa competencia en el
terreno monetario o comercial- no se limita sólo al proyecto neoliberal
y neoimperialista sino que se extiende al "consenso" en torno a la
voluntad de controlar zonas geoestratégicas clave del planeta, como se
puede comprobar en el "Gran Oriente Medio" y particularmente en torno a
Iraq –a pesar de las divergencias, ya superadas, sobre la guerra contra
ese país- y, sobre todo, a Afganistàn, en este caso en el marco de la
OTAN, brazo militar fundamental de esa "solidaridad transatlàntica".
Nos encontramos, por tanto, ante una crisis de legitimidad de la
UE, acentuada si cabe con la crisis económica y social actual, que muy
probablemente se profundice en los próximos años. Una crisis que ha
puesto también al descubierto el papel de las instituciones europeas al
servicio de las empresas transnacionales de la región, como ha quedado
patente en el documento de la Comisión Europa de octubre de 2006
"Global Europe: Competing in the World", calificado por una ONG
moderada como OXFAM-Intermón como "un plan para la exportación de la
desigualdad y la pobreza". De todas formas, en México y en otros países
de América Latina ya conocéis de sobra el papel que estàn jugando esas
empresas transnacionales, especialmente las españolas, en su papel de
expolio y despojo de bienes comunes básicos de vuestros pueblos dentro
de esa política neocolonial, denunciada también hace unos meses con
argumentos incontestables por el Tribunal Permanente de los Pueblos.
Pero, ademàs, a pesar del "déficit democrático" creciente que sufre
la UE, estamos viendo cómo se siguen adoptando nuevas Directivas que
suponen agresiones màs duras si cabe no sólo contra derechos sociales
fundamentales sino también contra principios bàsicos del Estado de
derecho. Los ejemplos màs evidentes de todo esto se encuentran en la
"Directiva de retorno" relativa a la inmigración, ya aprobada y
publicada en el Boletín Oficial de la UE el día de Nochebuena pasado, y
en la de las 65 horas que, aun habiendo sido rechazada por el
Parlamento Europeo, puede ser reformulada por la Comisión en términos
menos drásticos en los próximos meses. Con la primera se pretende
expulsar fuera de la UE a gran cantidad de trabajadores inmigrantes que
son víctimas ahora de la crisis económica y se han convertido en
"irregulares sobrevenidos": se les obliga a irse y, en caso de negarse
a ello, se les puede recluir en centros de internamiento (los llamados
CIEs, Centros de Internamiento para Extranjeros, cuyas condiciones son
similares a las de una cárcel), en donde se les puede "retener" hasta
18 meses, pudiendo enviarles luego a países que no son los suyos de
origen dentro de la política denominada eufemísticamente de
"externalización de fronteras" en el Norte de Africa e impidiéndoles
regresar a territorio europeo durante 5 años; e incluso se permite
detener a menores no acompañados que son ingresados también en los CIEs
y sin garantías de reincorporación a sus familias. No es de extrañar
que esa Directiva haya sido calificada como "directiva de la vergüenza"
y haya provocado gran número de protestas no sólo desde países
africanos y latinoamericanos sino también desde organizaciones
internacionales de derechos humanos de muy distinto signo.
En cuanto a la de las 65 horas, no hay que olvidar que, pese al
relativo freno del Parlamento Europeo, en la práctica de la mayoría de
los países de la UE la semana laboral supera ya las 48 horas en
sectores clave como la construcción y la "economía sumergida" y que,
además, esa directiva incluye también la tendencia a la
individualización de la contratación laboral frente a los convenios
colectivos y, por tanto, constituye un ataque directo a los sindicatos.
A todo esto habría que sumar las sentencias adoptadas en los últimos
tiempos por el Tribunal Europeo de Justicia, favorables al "dumping"
social, fiscal y ambiental que practican las empresas dentro de la UE y
en detrimento de derechos básicos de los trabajadores, como el derecho
de huelga.
La política mercantilizadora de las Universidades es también otra
manifestación flagrante del paso adelante en el desmantelamiento del
sector público. Aunque la Declaración adoptada en Bolonia en 1999 (que
incluia no sólo a países miembros de la UE sino también a otros, hasta
el punto de alcanzar hoy a 46) se limitaba a emplear una retórica
aparentemente inofensiva a favor de la homologación de los títulos
entre los distintos países y de la movilidad estudiantil, en realidad
lo que se ha ido proclamando y desvelando después, con los sucesivos
documentos y medidas prácticas que se han ido tomando, ha sido la
disposición de las elites europeas a seguir un modelo norteamericano de
universidad competitiva y subordinada a las necesidades del capital,
siempre sobre la base de no aumentar el gasto público para las
universidades y, por tanto, de fomentar la búsqueda de financiación
privada y, con ella, la rentabilización y mercantilización capitalista
de las mismas, al mismo tiempo que se favorece la creación de
universidades directamente privadas. Todo ello acompañado de propuestas
de renovación psicopedagógica que, pese a su presunto papel innovador,
no pueden ocultar que lo que sugieren es que la tarea docente debe
limitarse a fomentar aquellas "competencias, habilidades y destrezas"
que mejor sirvan a la inserción del estudiantado en un mercado de
trabajo cada vez màs precarizado. Un estudiantado al que se exige mayor
número de horas de trabajo (40) para una "evaluación continua" por
parte de un profesorado que sin embargo no va a ver aumentada su
plantilla y, por tanto, difícilmente va a poder tutorizar al
estudiantado con la atención necesaria. A ello se suma que la reducción
de los años de estudio del grado y la mayor relevancia de los masters
van acompañadas de una mayor especialización de los planes de estudio
(generalmente subordinados a las luchas de intereses entre los
distintos Departamentos) y de un encarecimiento de las matrículas,
difícilmente subsanable con las becas a las que se puede acceder, sobre
todo cuando muchas de ellas se convertirán en préstamos a devolver. En
resumen, tienen toda la razón los y las estudiantes cuando denuncian
con sus movilizaciones, ya extendidas prácticamente en toda Europa, que
tras verse convertidos en consumidores de un "saber" parcelado y
tecnocrático que les costará cada vez más caro, su destino es el de
verse precarizados y endeudados de por vida.
Empiezan, por tanto, a soplar también vientos de digna rabia en
Europa y hoy Grecia es el primer y principal síntoma de ella, con una
movilización iniciada por la juventud frente al asesinato policial de
su compañero Alexis que pronto se ha convertido en una revuelta
popular. Poco después hemos visto cómo diversos analistas han empezado
a preguntarse si ese movimiento es una excepción en el marco europeo o
puede ser la regla, pero cada vez son màs quienes reconocen que, màs
allà de las especificidades griegas, los factores que han contribuido a
ese estallido de cólera existen también en mayor o menor medida en
otros países de Europa. Hasta directores de revistas como el de la
francesa Le Nouvel Observateur constatan que "un viento de radicalidad
recorre Europa" y se habla de que "el mundo se ha hecho inflamable y
Grecia es la primera chispa" o de que estamos viviendo en "sociedades
sobresaturadas de cólera", como escribe Mike Davis.
En resumen, las "cuatro ruedas del capitalismo –explotación,
despojo, represión y desprecio- también estàn funcionando en Europa
pero frente a ellas, para frenarlas, se está volviendo a poner en
marcha un "movimiento de movimientos" que tuvo su momento màs àlgido
entre las luchas de Génova en junio de 2001 contra la Cumbre del G-8 y
las manifestaciones del 15-F de 2003 contra la guerra de Iraq, pasando
por el Foro Social Europeo celebrado en Florencia en noviembre de 2002,
cuyos esloganes –"Contra el neoliberalismo, la guerra y el racismo"-
tienen todavía hoy mayor actualidad si cabe.
Porque si antes de la crisis sistémica actual había en la UE 19
millones de trabajadores desocupados/as, 21 millones de contratos
precarios, 33 millones de puestos de trabajo a tiempo parcial, una
diferencia salarial entre hombres y mujeres del 28 % y medio millón de
personas expulsadas al año, ahora esas cantidades están aumentando
vertiginosamente. Mientras tanto, los gobiernos se limitan, por un
lado, a salvar a la banca privada, a las multinacionales del automóvil
y al sector inmobiliario con dinero público y, por el otro, ofrecen a
los trabajadores una "flexiguridad" que en realidad es todavía una
mayor flexibilización y sobreexplotación de la fuerza de trabajo sin
garantías de protección social efectiva para quienes se encuentren sin
empleo. Por eso vuelven los tiempos en los que las propuestas de una
izquierda radical pueden encontrar mayor credibilidad ante unas
mayorías sociales que están comprobando el fracaso estrepitoso del
capitalismo neoliberal y los enormes daños que ha provocado entre los y
las de abajo y el conjunto de la biosfera.
Es cierto que se nos pretende vender ahora una "refundación del
capitalismo", que se dice querer volver a políticas keynesianas e
incluso se aspira a "regular" el sistema financiero y a eliminar
algunos paraísos fiscales. Pero esas tímidas medidas no sólo tienen
poca credibilidad viniendo de quienes vienen sino que, sobre todo, no
atacan al corazón del sistema capitalista, a su lógica implacable de
acumulación privada de riqueza en detrimento de las mayorías sociales.
Porque, como muy bien han escrito John Bellamy Foster y Fred Magdoff,
"la eutanasia del rentista no puede hacerse sin moverse màs allá del
sistema". Por eso estamos convencidos de que "Otro mundo es posible"
pero "Otro capitalismo es imposible". Pero, además, ese prudente
neokeynesianismo en marcha va a seguir orientándose a fomentar el
crecimiento económico y el consumismo de las poblaciones, contribuyendo
así a la tendencia al agotamiento de los combustibles fósiles, a la
agravación del cambio climático y al recurso a la energía nuclear, con
la consiguiente militarización del planeta. Por eso también desde la
izquierda anticapitalista debemos cuestionar el fetichismo del
crecimiento económico y apostar por una reconversión ecológica de la
economía basada en recursos renovables, al servicio de otro modo de
producción, transporte, consumo y, en suma, de satisfacción de las
necesidades y capacidades básicas del conjunto de seres vivientes,
sintientes y dolientes.
Por nuestra parte, frente a esa Europa del capital no consideramos
que la respuesta sea el repliegue al marco del Estado-nación, ya que
ello favorecería unos nacionalismos de Estado que se convertirían en
marcos más favorables para el auge de la xenofobia y el racismo. Por el
contrario, pensamos que sigue siendo necesario asumir la lucha en el
marco europeo como un terreno de juego común pero, eso sí, con la
voluntad firme de cambiar las reglas de juego y avanzar hacia la
construcción de otra Europa social, ecológica, feminista y solidaria
con todos los pueblos del mundo. Por eso participamos en iniciativas y
coordinaciones de diferentes redes a escala europea y colaboramos con
otras formaciones políticas como las que forman parte de la Conferencia
de la Izquierda Anticapitalista Europea.
Por supuesto, esa escala europea no es incompatible, todo lo
contrario, con la revalorización necesaria de otros ámbitos, como sobre
todo el local, tan imprescindible para la izquierda anticapitalista que
está reemergiendo si efectivamente quiere alcanzar arraigo y anclaje
social suficientes entre los y las de abajo y demostrar, además, que
ese "otro mundo" y ese "otro camino" ya se están empezando a construir
en nuestras prácticas cotidianas.
II
En el Estado español todos los rasgos y tendencias de
evolución descritos anteriormente tienen también su reflejo. No
olvidemos que en este "país de países" ha estado vigente un "modelo de
crecimiento" cada vez más insostenible y, con él, una burbuja
inmobiliaria que fue engordando progresivamente desde hace tiempo hasta
el punto que su estallido final ha provocado una crisis en el sector de
la construcción que está abandonando al paro a una mayoría de
trabajadores inmigrantes que hoy se encuentran amenazados de expulsión.
Lo mismo está ocurriendo en el sector del automóvil, en donde además
las grandes empresas transnacionales aprovechan para dar un nuevo paso
adelante en su proceso de "deslocalización" de unos países a otros con
mano de obra más barata. Paro masivo, recorte de salarios,
precarización creciente y xenofobia, ése es el panorama que se ofrece a
la mayoría de la clase trabajadora.
Mientras tanto, la gran banca sigue aumentando sus beneficios,
mantiene filiales en paraísos fiscales y goza de ayudas estatales sobre
las que no tiene que rendir cuentas ni al Estado ni a la población,
pese a que también se ha visto afectada por la burbuja financiera e
incluso por escándalos como el de Madoff, y a que se resiste a
facilitar el crédito a quienes más lo necesitan.
Ante estas perspectivas, el gobierno de Zapatero se está mostrando
como un fiel servidor de la banca privada, de los grandes constructores
y del empresariado limitándose a adoptar medidas asistenciales de corto
plazo a las personas en paro. Pero desgraciadamente desde los
principales sindicatos no se atisba una disposición a responder a esa
política pro-neoliberal sino que, más bien, continúa primando un
sindicalismo de concertación en detrimento de la movilización cada vez
más necesaria frente a la crisis social.
Tampoco el gobierno de Zapatero, una vez retiradas las tropas
españolas de Iraq, se ha caracterizado por un distanciamiento político
respecto a EEUU sino todo lo contrario: a lo largo de estos últimos
años hemos ido viendo un restablecimiento progresivo de sus relaciones
de amistad, confirmadas más recientemente por su implicación militar
creciente en la guerra que continúa desarrollándose en Afganistán o por
su complicidad con ese "Guantánamo volante" de los aviones de la CIA
que utilizaron como puente el espacio aéreo y terrestre español. Mucho
nos tememos que con Barak Obama no vaya a haber un cambio sustancial en
la política exterior y que Zapatero siga con su servilismo ante el
"amigo americano".
En cuanto al pueblo saharaui, la política del gobierno español ha
significado una involución respecto a lo que predicaba su partido, el
PSOE, cuando defendía su derecho de autodeterminación. Hoy el régimen
dictatorial de la monarquía alauita recibe una ayuda económica,
comercial y militar del Estado español superior a la de etapas pasadas
y, en cambio, el pueblo saharaui se ha visto abandonado por Zapatero,
aunque no desde luego por amplios sectores de la ciudadanía española,
que siguen practicando una solidaridad ejemplar a través de una red
asociativa de ya larga historia.
Otro aspecto especialmente nefasto y dramático de la política
española es el que afecta a su papel como "gendarme de Europa" en la
frontera más desigual del mundo. La construcción de nuevos muros y
vallas en el Norte de Africa, la prohibición de la entrada de
inmigrantes, especialmente de los procedentes de la región sursahariana
han provocado ya centenares de muertes de jóvenes, mujeres y niños en
los últimos años en los mares limítrofes, mostrando así la verdadera
cara etnocéntrica de la actual Europa.
Habría muchos más aspectos de los que podríamos hablar para dejar
claro que la presunta imagen progresista que ante el exterior ha podido
tener el actual gobierno español se debe más a que ha tenido enfrente a
una derecha profundamente neoconservadora, neoliberal y nacionalista
española que a la adopción de políticas que, aunque fuera tímidamente,
hubieran roto con el paradigma neoliberal. Incluso las medidas
avanzadas que en materias relacionadas con derechos civiles ha adoptado
ese gobierno se han visto muy pronto contrarrestadas por un respeto
escrupuloso de los privilegios de todo tipo que una institución como la
Iglesia católica sigue teniendo.
Obviamente, también habría que recordar, por último, que en lo que
se refiere al reconocimiento de la realidad plurinacional del Estado
español apenas se ha avanzado en los últimos años. Esto es más evidente
si tenemos en cuenta que en el caso vasco no sólo se sigue negando el
derecho de autodeterminación de ese pueblo sino que se continúa
ilegalizando partidos y candidaturas representativas de un sector
significativo de Euskal Herria.
III
Frente al fracaso del neoliberalismo en sentar las bases
para una nueva fase de crecimiento económico y acumulación de capital y
ante una "Gran Depresión" que se anuncia peor que la de 1929, están
volviendo los tiempos del anticapitalismo militante y de la búsqueda de
alternativas radicales, más urgentes si cabe con el fin de poder hacer
frente a los contramovimientos neofascistas y racistas que puedan
surgir desde el otro lado o, simplemente, a la "Nueva Economía
Política" capitalista que se está poniendo en marcha. En esas
condiciones los vientos de digna rabia, de cólera o de "justa ira"
(fórmula empleada y practicada ahora por muchos palestinos en medio de
su "desesperación invencible" (John Berger) frente al proyecto genocida
del Estado sionista israelí), también deberían contribuir a cuestionar
ese "sentido común" hegemónico hasta ahora, empeñado en hacernos creer
que no había alternativas al capitalismo. Porque haberlas, haylas y
nuestro problema central sigue siendo conseguir que la "fuerza de la
razón" que nos acompaña en la defensa de los bienes comunes de la
humanidad y del planeta y en la construcción de esas alternativas se
vea acompañada por esa "razón de la fuerza" capaz de generar nuevos
espacios de contrapoder que hagan creíble y factible "cambiar el mundo
de base".
Porque es evidente que "Otro mundo, otro camino, abajo y a la
izquierda" se pueden ir construyendo ya a partir de las resistencias
que están reemergiendo desde distintos lugares del mundo y que quizás
tengan ahora en Grecia su expresión más esperanzadora y en Palestina la
más dramática de padecimiento y sufrimiento. Por eso en nuestro caso
nos esforzaremos también por hacer ver ante los y las de abajo que
"otra izquierda para otra Europa" también es posible.
Por ese camino también podremos ir estableciendo puentes entre
viejas y nuevas generaciones rebeldes, entre "indígenas, indigentes e
indigestos", entre una izquierda europea antieurocéntrica y movimientos
y fuerzas como la vuestra, que irrumpisteis públicamente, tras más de
500 años de resistencia, el 1 de enero de 1994 al grito de "¡Ya basta!"
y fuisteis el primer referente planetario de que era posible resistir a
la globalización neoliberal y ejemplo de coherencia ética y política en
la insumisión permanente frente a los poderosos de un mundo cada vez
más injusto y destructivo.
3 de enero de 2009
CIDECI, San Cristóbal de las Casas, México

































































