Viento Sur
Recordar hoy a Enrique Ruano nos lleva a muchos que estudiábamos en la Universidad de Madrid a finales de los años 60 a rememorar esa rápida amistad que se forjaba entonces en las luchas comunes, en el Sindicato Democrático y, en nuestro caso también, en la militancia política dentro una misma organización, el "Felipe"; a revivir, en suma, una experiencia compartida de unos tiempos convulsos y de intensa agitación que tuvieron un trágico final con el asesinato de Enrique por la policía franquista y, luego, con el estado de excepción y la consiguiente represión. Unos años definitivamente inolvidables, además, para quienes formábamos parte de la nueva generación política que fue emergiendo y creciendo en el siguiente decenio.
¿Por qué cosas luchábamos entonces en la Universidad franquista?
Por las libertades, sin duda, contra la represión y la dictadura, por
la construcción de un sindicato libre y democrático, por otra
Universidad democrática, crítica y popular, por todo eso, por supuesto.
Pero también por otra sociedad, por cambiar el mundo de base, con mayor
razón a medida que también aquí llegaban los vientos de rebeldía de la
juventud que en Estados Unidos, en Alemania, Italia, Checoslovaquia y,
sobre todo, Francia, denunciaba la "miseria del medio estudiantil",
protestaba frente a la guerra de Estados Unidos de Norteamérica contra
el pueblo vietnamita o se identificaba con el mensaje guevarista de
"Crear dos, tres, muchos Vietnam".
No pretendo afirmar que la mayoría del estudiantado madrileño
asumiera en el curso clave, el 67-68, ese "Gran Rechazo" que se
extendía a escala mundial, y que tan bien sintetizara Herbert Marcuse,
frente a un mundo dominado entonces por los dos grandes bloques. Pero
sí éramos una minoría muy activa y con creciente audiencia y apoyos,
tanto en Madrid como en otras Universidades, que se iba autodefiniendo
no sólo como antifranquista sino también como anticapitalista,
antiimperialista y antiestalinista. Luchábamos contra la dictadura,
habíamos logrado destruir el SEU (pese a Martín Villa, entre muchos
otros) e imponer un sindicato libre con una actividad cada vez más
pública, nos solidarizábamos con el pueblo vietnamita, rechazábamos los
consejos de prudencia de un Jean-Jacques Servan-Schreiber que vino a la
Facultad de Derecho en febrero del 68 y apoyábamos las luchas de los
mineros asturianos y de los obreros madrileños, cada vez más agrupados
en torno a Comisiones Obreras. De todo eso se encargaban de
denunciarnos la dictadura, sus jueces y las autoridades académicas de
entonces cada vez que nos detenían o nos abrían expediente de
expulsión. También leíamos a los poetas malditos por la dictadura: a
León Felipe (a quien quisimos rendir un homenaje en la Facultad de
Filosofía aquel año 68 en que murió y nos lo impidió la policía), a
García, Lorca, a Antonio Machado, a Blas de Otero (que estuvo también
con nosotros aquel año). Y escuchábamos a cantautores como Raimon, Paco
Ibáñez, Mariá Albero, Chicho Sánchez Ferlosio y muchos y muchas que
empezaron a darse a conocer entonces como María del Mar Bonet.
Y teníamos hambre de marxismo, de un marxismo en sus distintas
versiones (no, desde luego, en el caso del "Felipe", en la de los
manuales de la editorial Progreso); buscábamos sobre todo las
interpretaciones y prácticas defendidas por los derrotados por el
estalinismo, o las de quienes formaban parte de la nueva izquierda de
entonces y nos ofrecían análisis y propuestas capaces de reinterpretar
y responder a lo que entonces se denominaba "neocapitalismo" o a lo que
luego se llamaría "socialismo real". Algunos veníamos del catolicismo
militante y por eso quizás empezamos leyendo a Marx con el filtro de
estudiosos como Jean-Yves Calvez, muy pronto seguido por otros como
Henri Lefebvre, pero también con las primeras obras suyas que empezaban
a publicar editoriales como Ciencia Nueva. A través del "Felipe" y de
los Cuadernos de Ruedo Ibérico nos irían llegando también pensadores
como André Gorz, Lelio Basso o Karel Kosik o, entre nosotros, José
Ramón Recalde; pero pronto, tras el Mayo francés, conoceríamos
igualmente a otros como Castoriadis, Lefort, Morin o Ernest Mandel.
Luego iría pesando más Lenin, acompañado para unos por Mao o para
otros, como Manuel Garí, Miguel Romero, aquí también presente, y yo
mismo, por Trotsky. Las lecturas, los caminos y las prácticas escogidas
serían más tarde todavía más divergentes pero ése es ya otro capítulo
de la historia que no toca abordar hoy.
Pero, volviendo al 68, la sacudida del Mayo francés nos afectó a
todos y una nueva radicalidad se puso en marcha, llena de esperanzas
pero también de grandes ilusiones nunca satisfechas. Pero en nuestro
caso siempre quedará el simbolismo de actos como el recital de Raimon,
que conmemoramos el pasado mayo en la Universidad Complutense de
Madrid, o esas asambleas y manifestaciones tan masivas que hicieron
temer a la dictadura una confluencia explosiva del movimiento
estudiantil con el nuevo movimiento obrero de entonces. A propósito de
esto me limitaré a citar aquí un párrafo de la Declaración que la
organización estudiantil del "Felipe" difundió en el acto de Raimon
para dar alguna idea de la centralidad que se reconocía a la alianza
con ese movimiento obrero:
"La lucha de los universitarios de Francia, Alemania e Italia
aporta nuevos datos que enriquecen la lucha revolucionaria y que exigen
un replanteamiento general de ésta. Los universitarios españoles,
salvando la diferencia de situación, hemos introducido con nuestra
lucha un nuevo impulso, una nueva viabilidad en la lucha
revolucionaria. Esta experiencia debe ser analizada e incorporada por
la clase obrera. Por eso los universitarios, a través de nuestra
organización de vanguardia, el Sindicato Democrático, debemos exigir,
basados en la fuerza real de nuestra lucha, y en el enriquecimiento que
aportamos, la incorporación a la lucha de la clase obrera".
Todavía el otoño del 68 continuó siendo muy agitado en la
Universidad de Madrid. Recuerdo, sobre todo, las asambleas del 15 y del
31 de octubre en la Facultad de Derecho, en donde estudiaban Enrique,
Lola González Ruiz, Javier Sauquillo y José María Mohedano, todos ellos
compañeros del "Felipe", entre otros: allí intentamos dar un nuevo paso
en la lucha contra la dictadura que para gente como Román Oria, José
María Mohedano y yo mismo supuso el práctico final de nuestra presencia
pública en la Universidad tras la orden de caza y captura que el
gobierno abrió contra nosotros.
Entraríamos así en tiempos más duros en los que el SDEUM tropezó
con una dura represión y el "Felipe" tuvo que organizarse mejor y
plantearse seriamente una mayor presencia en el movimiento obrero, con
Enrique como uno de los compañeros más dispuestos a emprender esa
tarea, como ha recordado ahora José Luis Zárraga.
Más tarde, llegarían las detenciones de Enrique y los demás
compañeros un 19 de enero de hace 40 años. Justamente el 22 de enero mi
compañera Lucía González, también bajo orden de caza y captura, y yo
mismo nos enterábamos y nos sentíamos conmocionados con tan triste
noticia después de haber pasado la frontera francesa y llegar a Pau,
leyendo Le Monde en una de esas crónicas –creo recordar- que escribía
José Antonio Novais, alguien que jugó un buen papel dentro de la tan
necesaria labor contrainformativa frente a la dictadura.
Luego, nos enteraríamos del sucio trabajo realizado por un
autodenominado periodista, Alfredo Semprún, quien, en colaboración
estrecha con la policía franquista, desde las páginas del diario ABC,
se dedicó a intoxicar y a difamar a Enrique queriendo convertir el
asesinato en "suicidio". Poco después, fue el ministro de Información y
Turismo de Franco, Manuel Fraga Iribarne, quien asumió el papel de
pregonero de la dictadura queriendo justificar la declaración del
estado de excepción en todo el país: según él, la represión masiva se
hacía necesaria, ya que, cito textualmente, "es mejor prevenir que
curar, no vamos a esperar a una jornada de mayo para que luego sea más
difícil y más caro el arreglo". Más tarde, el almirante Carrero Blanco
acusaba a (cito) "la insensatez de unos pocos caídos en el ateísmo, en
la droga y en el anarquismo sabe Dios por qué medios inconfesables..."
de ser los responsables de los "desórdenes" estudiantiles. Un estado de
excepción que, por cierto, fue apoyado también por la Comisión
Permanente de la Conferencia Episcopal y que desvelaría de nuevo la
cara más brutal y represiva de la dictadura.
Después de los cuatro decenios transcurridos desde entonces, no
podremos olvidar nunca la experiencia de aquella lucha común, de lo que
significó la conquista de un sindicato libre bajo una dictadura, de la
originalidad de una organización política que tuvo un rápido
crecimiento en esos años tan intensos y ensayó un camino nuevo dentro
de la izquierda pese a que ello le costara, tras las convulsiones
post-sesentayochistas, su propia desaparición. De todo esto el mejor
símbolo fue y sigue siéndolo Enrique Ruano Casanova. Por eso y pese a
los pactos de amnesia que se nos quiere seguir imponiendo, tenemos que
exigir una vez más justicia para Enrique, sin duda; pero también
deberíamos continuar mostrándonos fieles al espíritu de rebeldía que
compartíamos con él, sobre todo cuando, como estamos comprobando hoy
con la crisis sistémica y civilizatoria actual, "40 años no son nada" y
se hace más necesario que entonces luchar por transformar el mundo y
cambiar la vida y, también, cambiar esta Universidad.
Madrid, 20 de enero de 2009
Izquierda Anticapitalista




