Julien Salingue * / Rouge
El estado de Israel es fruto de un proyecto, concebido en reacción al antisemitismo que se daba en Europa, cuya historia hay que conocer para comprender el conflicto de hoy.
En agosto de 1897, el I Congreso sionista adopta una declaración que se fija como objetivo “asegurar al pueblo judío un hogar en Palestina garantizado por el derecho público”. La idea sionista, nacida en el curso de la segunda mitad del siglo XIX, cristaliza en un movimiento político. Los teóricos y dirigentes sionistas deducen del ascenso del antisemitismo en Europa la imposibilidad de la coexistencia entre judíos y naciones europeas. La solución que preconizan es la constitución de un estado judío, refugio frente a las persecuciones. El sionismo es paradójicamente la expresión de un derrotismo frente al antisemitismo, sustituyendo la lucha organizada por la partida.
Si el principal ideólogo del sionismo, Theodor Herzl, es un judío occidental, es en el este donde se desarrolla el movimiento, por razones de orden socioeconómica. Los judíos son allí víctimas de la brutal penetración del capitalismo industrializado en economías de tipo feudal. Las bases de sus actividades tradicionales (pequeño comercio y artesanado) han sido socavadas y el desarrollo del maquinismo ha comprometido su eventual asimilación económica vía la proletarización. Centenares de miles de judíos son expulsados del sistema de producción y emigran, convirtiéndose en blanco de un antisemitismo atizado por las clases dominantes, que recurren a la estrategia del chivo expiatorio.
Es entre estos judíos desclasados y estigmatizados donde encuentra el sionismo su principal eco. Se puede comprender la génesis ideológica del sionismo situándole en su contexto político. La segunda mitad del siglo XIX es el período de exaltación de los nacionalismos chauvinistas y de la glorificación de las expediciones coloniales. El sionismo es un nacionalismo que postula la existencia de un pueblo judío basándose en criterios raciales y la imposibilidad de su asimilación a los demás europeos. Es un proyecto colonial, que predica la instalación de una población europea en una tierra árabe. Herzl se sitúan en el marco del colonialismo y escribe que el estado judío será “la vanguardia de la civilización contra la barbarie”/1.
Nacimiento de Israel
El congreso de Basilea preconiza “el impulso sistemático de la colonización de Palestina” y “gestiones (…) para obtener de los gobiernos el consentimiento necesario para alcanzar el objetivo del sionismo”. Estas dos recomendaciones son anunciadoras de dos contradicciones que estructuran aún el conflicto entre Israel y el pueblo palestino. La primera es la contradicción entre la voluntad de crear un estado judío en Palestina y la existencia de un pueblo autóctono en esa tierra (en 1900, solo hay un 5% de judíos en Palestina). La segunda es la contradicción entre la retórica emancipadora del sionismo y su comunidad de intereses con las potencias imperialistas.
Se produjo un avance fundamental, en noviembre de 1917, cuando Gran Bretaña, que se convertiría en la potencia mandataria en Palestina tras la descomposición del imperio otomano, afirmó por voz de su ministro de Asuntos Exteriores, Lord Balfour, que “el gobierno de su Majestad contempla favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío”. Es un aliento a la empresa sionista, y la colonización se acelera, a fortiori durante los años 1930 y la llegada del nazismo. La oposición de los árabes palestinos a la colonización se expresa en múltiples ocasiones, particularmente en 1936, con una huelga general de seis meses. En 1939, los judíos representan alrededor del 30% de la población de Palestina.
El genocidio confiere una legitimidad nueva al sionismo y las grandes potencias ven con buenos ojos la creación de un estado aliado en el corazón de una región de una gran importancia geoestratégica, en la que se desarrollan los movimientos anticoloniales. Es así como en noviembre de 1947, la ONU decide un reparto de Palestina entre un estado Judío (54% del territorio) y un estado árabe (46%). Los dirigentes sionistas aceptan el reparto pero van a hacer todo lo posible para extender al máximo la superficie del estado judío y para expulsar a los no judíos. Cuando en mayo de 1948, Israel proclama su independencia, que desencadena la primera guerra israelo-árabe, 400.000 palestinos son expulsados. Cuando se produce el armisticio, en 1949, Israel ha conquistado el 78% de Palestina y 800.000 palestinos se convierten en refugiados.
Guerra a los palestinos
Cisjordania y la Banda de Gaza (líneas de armisticio) nacieron, respectivamente, bajo las autoridades jordana y egipcia. Se establecen campos de refugiados por la ONU, que siguen existiendo, en Gaza, en Cisjordania, pero también en Jordania, en Siria y en el Líbano. En junio de 1967, durante la guerra de los seis días, Israel conquista, entre otros, el 100% de Palestina. Esta conquista crea una situación nueva, pues Israel no pudo poner en marcha un plan de expulsión como en 1947. El estado “judío y democrático” administra el conjunto de las zonas palestinas y deberá, tarde o temprano, elegir entre la naturaleza sionista del estado y sus pretensiones democráticas.
La violencia de la ocupación, la colonización y el desarrollo del movimiento nacional palestino desembocan, en 1987, en un levantamiento en los territorios ocupados, la primera Intifada, que condujo al estado sionista a adaptaciones: Israel guarda el control del 90% de Palestina y deja la gestión de las zonas más pobladas a un pseudoaparato de estado creado para ello, la Autoridad Palestina (AP). Israel no toma ningún compromiso en cuanto a las colonias, Jerusalén o los refugiados, y se contenta con “transferir competencias”, particularmente de seguridad, a la AP, compuesta por la fracción más burocratizada y claudicante del movimiento nacional, la dirección de la OLP, hasta entonces exiliada en Túnez. Son los acuerdos de Oslo (1993-1994).
La prosecución de la colonización, de la represión, del callejón sin salida de las negociaciones, a las que se añaden las prácticas autoritarias, clientelistas, incluso mafiosas de la AP, conducen a una nueva revuelta palestina, en septiembre de 2000. Es comienzo del hundimiento del proyecto de puesta en pie de un poder palestino sometido a Israel y a las potencias imperialistas, que prosigue en 2006 con la elección de Hamas. Al votar por una organización que afirma querer proseguir la resistencia, la población ha hablado: rechaza un pseudoestado constituido de cantones gestionados por un gobierno colaboracionista y no está dispuesta a abandonar sus derechos, incluido el derecho al retorno para todos los refugiados.
Se ha utilizado todo, luego, para aislar a Hamas, presionarle, hacer pagar a la población sus decisiones democráticas y, a medio plazo, imponer un “arreglo” según las condiciones israelíes. Último avatar de esta política, la ofensiva contra Gaza no es sino la expresión de la necesaria huida hacia delante de Israel, cogido en sus contradicciones. El estado sionista no puede reconocer los derechos del pueblo palestino, pero no puede tampoco hacer desaparecer a ese pueblo. Por su política de represión criminal, no hace más que jalonar su futuro de otras tantas bombas de efectos retardados que, tarde o temprano, estallarán. Esta ofensiva es también la expresión de la exacerbación del conflicto entre los países imperialistas, sus aliados, y los pueblos del mundo entero.
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1/. Theodor Herzl, El estado de los judíos (1896).
* Julien Salingue es Doctor en Ciencias Políticas, profesor de la universidad Paris 8 y director de cine. También es miembro de la LCR francesa y militante del movimiento de solidaridad con Palestina. Como cineasta ha dirigido la película “Palestine, vivre ou mourir”, y ha codirigido “Samidoun”.
Traducción de Alberto Nada.
Izquierda Anticapitalista




