Michel Warschawski (desde Jerusalén)
Más de 1300 muertos, miles de heridos, centenares de destrucciones: la matanza israelí en Gaza marca un desastre político para el Estado hebreo.
Desde el lunes 19 de enero por la mañana, los soldados israelíes comenzaron su retirada de la ciudad de Gaza. Dejan tras de sí un osario y campos de ruinas. Así como toneladas de odio correspondientes a las toneladas de bombas vertidas en un espacio más reducido que un departamento de París, donde se encuentran amontonados cerca de 100.000 mujeres, hombres, niños y ancianos. La misión “civilizadora” del Estado hebreo finaliza así, hasta la próxima vez. Después del recuento de las muertes (más de 1300 a día de hoy, pero se siguen descubriendo cadáveres bajo los escombros), empieza ahora el momento de saldar cuentas políticamente.
Saldar cuentas con Mahmud Abbas, que ha revelado ser, a los ojos de la población palestina, un vulgar colaboracionista, y no un presidente del conjunto del pueblo palestino. Si no ha aplaudido abiertamente el aplastamiento de Gaza, es porque sabía, casi con toda seguridad, que esto le habría costado la vida. Si, como lo sugerían algunos dirigentes israelíes, hubiese regresado a Gaza subido a los tanques israelíes, los mismos que son responsables de sembrar la muerte y la destrucción, habría supuesto el final de la Autoridad palestina, incluso en Cisjordania.
Saldar cuentas con los Estados árabes, que se han dividido entre los que han apoyado abiertamente la agresión israelí, como Egipto, y los que se han callado, prometiendo a la vez una ayuda humanitaria. Saldar cuentas con la “comunidad internacional”, que ha deplorado las víctimas inocentes, a sabiendas de dejar, a su vez, a Israel el tiempo necesario para terminar su operación. Esta omisión de la comunidad internacional tendrá efectos a largo plazo sobre el conjunto de Asia occidental con, entre otros, el reforzamiento del integrismo que es siempre la respuesta a la omisión del derecho. Sólo una inculpación rápida de los dirigentes israelíes por parte de una jurisdicción internacional por crímenes de guerra, o incluso crímenes contra la humanidad, podría limpiar la imagen manchada de sangre de la comunidad de las naciones.
En lo que se refiere al Estado de Israel, saldar las cuentas será mucho más complicado y a largo plazo catastrófico. A corto plazo, se sabe consagrado como Estado gamberro número uno del planeta, como lo reconoce por cierto la ministra de asuntos exteriores, Tzipi Livni: “Hemos demostrado que se nos puede ir la cabeza, si es necesario”. A corto plazo de nuevo, la reprobación de la sociedad humana entera que, por millones, ha manifestado su rechazo frente a la barbarie israelí. Los amigos de Israel deberán trabajar duro para convencer que el Estado hebreo sigue teniendo un lugar entre las naciones civilizadas.
Pero, a largo plazo, el precio a pagar es literalmente catastrófico: el mártir de Gaza cierra definitivamente la puerta a lo que los diplomáticos americanos habían llamado la ventana de la oportunidad, cuando los palestinos posibilitaron a Israel, al principio de los años 90, una legitimidad en el mundo árabe. La ruptura de las relaciones diplomáticas, por parte de varios Estados árabes, indica el estado de ánimo de sus respectivas opiniones públicas: Israel no es tratable y no tiene su lugar en el corazón del mundo árabe. Para 200 millones de árabes, para más de mil millones de musulmanes, los crímenes de estas últimas semanas han definitivamente confirmado, a pesar de todos los discursos de “reconciliación histórica” y de “paz de los valientes”, que no se puede lograr la paz con una entidad que trata a su entorno cercano y lejano como a unos bárbaros que es necesario erradicar. Después de Gaza, los dirigentes iraníes, por ejemplo, ya no pueden dejar de tomar en serio la eventualidad del uso del armamento nuclear por parte de Israel.
Deshumanizando
al millón y medio de palestinos de Gaza, Israel ha perdido, a los ojos
de las poblaciones del mundo árabe, su derecho a existir en el seno
de este mismo mundo árabe. Los poco miles de israelíes que manifiestan
contra la guerra y el único soldado que rechazó reunirse con su unidad
no logran, desgraciadamente, hacer de contrapeso para volcar la balanza
hacia el otro lado, y más aún cuando los “intelectuales de izquierda”
los más mediatizados se han aliado vergonzosamente con el discurso
gubernamental. Todo apunta a que la “victoria militar” israelí
se convertirá en su mayor derrota política. ■


































































