Lluís Rabell
Las cifras del paro aumentan de día en día, mientras se suceden
los pronósticos más alarmantes. ¿Acabaremos en el 2009 con cuatro
millones de trabajadoras y trabajadores sin empleo?
¿Se verá afectado el 20% de la población activa, como lo afirman
algunos expertos?
La realidad
cotidiana hace temer lo peor: a estas alturas, ya hay en el Estado español
más de 800.000 familias con todos sus miembros desempleados.
Hoy por hoy,
la resistencia en las fábricas ante los expedientes constituye el primer
vector de la reacción del mundo del trabajo. Pero estas luchas, generalmente
encuadradas por los sindicatos mayoritarios, siguen las pautas y rutinas
de la situación anterior a la crisis. El movimiento obrero todavía
no ha tomado la verdadera medida de la misma.
La recesión
se anuncia larga y duradera en todos los países industrializados. Por
lo que respecta al Estado español, sus consecuencias son y serán de
una gravedad extrema. La construcción, verdadero motor del modelo económico,
ha colapsado, y no tiene perspectivas de reactivación a corto ni medio
plazo.
El tejido industrial,
transformado a lo largo de las últimas décadas bajo los parámetros
de la globalización, no sólo no ha podido amortiguar el choque de
la crisis inmobiliaria, sino que ha concentrado las formas más agudas
de la recesión. Las grandes multinacionales, desde la automoción a
la electrónica, han empezado a aplicar severos planes de ajuste y deslocalización
de la producción en función de sus estrategias mundiales, precipitando
a la ruina todo un enjambre de industrias auxiliares que orbitaban en
torno a las grandes firmas. La crisis financiera se ha traducido en
una brutal restricción del crédito, asfixiando empresas y familias.
Dos retos
Añadamos que,
respetuosos con la gestión del sistema, los gobiernos de Zapatero y
Montilla se revelan incapaces de esbozar alternativa alguna. Peor aún:
perseveran en las políticas que nos han llevado hasta aquí, bajando
impuestos a los más ricos, inyectando dinero público a los bancos
y cediendo, atemorizados, ante los dictados de Volkswagen, Nissan, Renault
o Sony.
En semejantes
condiciones, batirse expediente por expediente, una fábrica tras otra,
sólo puede conducir al fracaso. Tal vez, como en Pirelli, se obtengan
mejores indemnizaciones después de semanas de movilización de la plantilla
(55 días); pero nada frenará la destrucción de puestos de trabajo.
Ahora mismo, el comité de empresa de Nissan está negociando un plan
de viabilidad de la factoría de Zona Franca bajo la amenaza de cerca
de dos mil despidos... y con la plantilla atomizada y dispersa como
resultado de las drásticas reducciones de la producción decididas
por la multinacional. Más de doscientos trabajadores y trabajadoras
de la empresa auxiliar "Acciona" recibieron ya la notificación
de despido tras las fiestas navideñas.
Aquí, como
todas partes, se impone la necesidad de otra lógica: la construcción
de un movimiento de conjunto que, para ser eficaz, tiene que superar
dos retos. Primero, plantear alternativas globales - prohibición de
despidos, intervención de las firmas que pretenden deslocalizar, creación
de un gran servicio público de crédito y ahorro, planes de reconversión
industrial con criterios de sostenibilidad y de interés social bajo
control de asalariados y asalariadas… Y segundo, reencontrar formas
de lucha y de organización a la altura de las circunstancias: la huelga
con ocupación, la asamblea decisoria, la coordinación de las luchas,
la unidad de acción... y la perspectiva de una huelga general (hoy
denostada por los líderes de CCOO y de UGT), preparada a partir de
jornadas de lucha sectoriales, como en el ramo del metal.
He ahí la
lógica anticapitalista que la izquierda sindical tiene como tarea popularizar
si desea encarar los tiempos que se avecinan.

































































