El hecho de que el capitalismo tenga una historia tan accidentada, tan plagada de crisis, no es un hecho casual o aleatorio, sino que se deriva de la naturaleza intrínsecamente conflictiva de la lógica del capital. Sintéticamente, la contradicción básica del capitalismo es que mientras que la obtención de rentabilidad es el motor de su funcionamiento, al funcionar tiende a deteriorar las bases que alimentan dicha rentabilidad1.
Así, por un lado, en una economía capitalista la inversión (que es lo que determina la producción) depende de que los capitalistas obtengan rentabilidad “suficiente” para seguir invirtiendo y produciendo. No se produce cuando es socialmente necesario, ni se produce lo que es socialmente más importante producir, sino cuando es rentable hacerlo y aquellas mercancías cuya producción va a permitir obtener ciertos beneficios con respecto al capital invertido. Por eso, la tasa de rentabilidad o de ganancia, que es la proporción de beneficios obtenidos respecto al capital inicial invertido, es la variable clave de la economía capitalista. Y, precisamente, debido a lo importante que es para los capitalistas el obtener una determinada tasa de rentabilidad, éstos hacen siempre todo lo posible por aumentarla. El problema es que, para ello, el capital despliega estrategias que son eficaces desde el punto de vista de una fracción determinada del capital, o durante un período de tiempo limitado, pero que tienden a deteriorar las bases mismas del proceso productivo del que se alimentan los beneficios de los capitalistas. Esta tendencia “suicida” del capital, que le lleva a deteriorar lo que para él es más importante, la tasa de rentabilidad, se expresa periódicamente bajo fórmulas diversas. Un ejemplo, que explicaremos con más detalle más adelante, es cómo las medidas neoliberales que se han estado aplicando para intentar contrarrestar la crisis de rentabilidad que se arrastra el capitalismo mundial desde los años setenta y, en concreto, aquellas orientadas a expandir las oportunidades de negocio en el ámbito financiero, se convierten en origen de nuevas crisis.
Esta contradicción básica del capitalismo es a lo que Marx, y en general la teoría marxista, se refiere con la expresión de “ley del descenso tendencial de la tasa de ganancia”, según la cual, la tasa de beneficio de la economía presenta factores estructurales que tienden a reducirla. Conviene no obstante hacer una importante matización: esta contradicción existe y, de hecho, es fundamental para explicar la irracionalidad del sistema capitalista y su recurrente vocación suicida (que se evidencia, como luego explicamos, en las crisis periódicas). Pero hay una multiplicidad de factores (entre los que la lucha de clases ocupa un lugar central) de los que depende que esta contradicción intrínseca del capitalismo termine resultando, o no, en una reducción efectiva de la tasa de ganancia; o que explican por qué los problemas de rentabilidad surgen en un momento histórico concreto y se expresan de una forma específica y no de otra. Lo veremos con más detalle al explicar la crisis de rentabilidad iniciada en los años setenta.
En cualquier caso, la inevitable vocación del capital por generarse a sí mismo problemas de rentabilidad ha eclosionado a lo largo de la historia en forma de crisis periódicas. Si vamos repasando las sucesivas crisis de rentabilidad y las fórmulas concretas con las que, en cada una de ellas el capital, logra “reponerse”, observaremos que la historia del capitalismo puede dibujarse con un trazado ondulado. Cada “onda larga” (no nos referimos a movimientos de corto plazo, sino a oscilaciones de largo recorrido) puede verse como una “sucesión” de fases expansivas y recesivas2. Resumiendo, desde los inicios del siglo XX hasta la actualidad es relativamente fácil reconstruir las ondas largas (como se puede apreciar en el gráfico 1): fase recesiva hasta el final de la primera guerra mundial; recuperación y expansión hasta la crisis de 1929; fase recesiva hasta el final de la Segunda Guerra Mundial; recuperación y expansión hasta los primeros años setenta (el fordismo o período keynesiano, que colapsa con la crisis que explicamos en el próximo apartado); fase recesiva en la que actualmente nos encontramos.
Gráfico 1: Evolución histórica de la tasa de beneficio ( º ) y de su tendencia (---) (EEUU, 1869-1989)

Fuente: Duménil, G. y Lévy, D. (1993): The Economics of the Profit Rate: Competition, Crisis and Historical Tendencies in Capitalism, Edward Elgar Publishing Company, London.
Es importante destacar que del análisis de las ondas largas no se puede deducir un análisis determinista del desarrollo del capitalismo: ni lo que ha pasado era lo único posible, ni es posible prever lo que pasará. Por eso entrecomillábamos “sucesión” en el apartado anterior: del movimiento ondulante del capitalismo no se deduce un supuesto movimiento cíclico. Aunque muchos análisis marxistas caen en la tentación, conviene desterrar la idea de automatismo. Las ondas largas no son resultado exclusivo del devenir “mecánico” o autónomo de la dinámica capitalista, sino que se ven afectadas por factores que no dependen exclusivamente de la lógica del capital. La lógica del capital tiende a sobresaturarse a sí misma, a deteriorar las bases generadoras de valor, y a socavar con ello la rentabilidad, pero esta tendencia se ve influida de forma determinante por factores propios de cada contexto histórico concreto y, en particular, como decíamos, del desarrollo de la lucha de clases.
En particular, la lógica interna (endógena) de la dinámica económica capitalista explica el paso de una onda larga expansiva a una onda larga recesiva (si bien el papel de la lucha de clases no deja de influir y determinar el proceso en ningún momento). Sin embargo, no hay ningún mecanismo endógeno que impulse automáticamente una onda expansiva tras la fase recesiva. El paso a nuevas ondas ascendentes se ha producido históricamente gracias a importantes factores “extraeconómicos” (abruptos cambios en la correlación de fuerzas sociales, convulsiones políticas, guerras, incorporación de nuevos territorios al mercado capitalista mundial, etc.). Esta concepción se opone por tanto a todo determinismo, sobre todo al tecnológico.
El análisis marxista es un instrumento privilegiado para entender las contradicciones de la sociedad capitalista y la mecánica del funcionamiento económico de nuestras sociedades. Y esto nos sirve para comprender y denunciar la irracionalidad que supone que las sociedades contemporáneas estén sometidas a sus dictados. Así como para conocer aspectos centrales de la realidad concreta que nos toca vivir y transformar (en este caso, la crisis actual). Pero no hay lugar desde el análisis marxista para sostener “el ineludible colapso endógeno del capitalismo” o la “inevitabilidad del socialismo”. El socialismo será fruto de la acción política consciente y organizada de millones de personas, y no fruto de un mecanismo cíclico automático o del “desarrollo de las fuerzas productivas”.
Izquierda Anticapitalista




