Entre finales de los años sesenta y principios de los setenta la contradicción básica del capital eclosiona en una grave crisis de rentabilidad en los países desarrollados3: el capital no es capaz de obtener la tasa de rentabilidad que “necesita” para seguir funcionando. Esta crisis pone fin a un largo período de crecimiento económico iniciado en los países desarrollados tras la Segunda Guerra Mundial, y que se ganó el nombre de “la edad de oro del capitalismo” o “los treinta gloriosos”. Ese periodo “excepcional” de crecimiento económico sostenido (el más largo en la historia del capitalismo), al que en ocasiones se denomina “fordismo”, se originó en gran medida en la enorme destrucción de capital que comportó la guerra (y en las masivas inversiones necesarias para la reconstrucción) y en un incremento de la explotación del trabajo durante la guerra y la inmediata posguerra (debida a los efectos combinados del fascismo, la miseria y los esfuerzos de guerra). Esta onda larga expansiva, y la necesidad de hacer fuertes concesiones al mundo del trabajo para conjurar el peligro de revolución social en Europa (donde buena parte de la burguesía había sido cómplice del nazifascismo, a la par que el movimiento comunista salía de la guerra fortalecido y prestigiado por la Resistencia), permitió una potente organización de sindicatos y partidos obreros.
Este periodo es inédito por:
a) la duración tan prolongada de una dinámica de crecimiento estable y potente.
b) la mejora generalizada de las condiciones de vida de los trabajadores de los países desarrollados.
En efecto, la “fórmula keynesiana” aparentemente permitía un desarrollo capitalista armónico: el enorme desarrollo productivo convivía con el avance de conquistas sociales de gran importancia para los trabajadores (son los años en los que se consolidan los Estados del bienestar); la intervención estatal parecía garantizar el fin de las crisis periódicas; y el crecimiento salarial por encima del crecimiento de la productividad, el consumo de masas, y el ascenso del gasto público, parecían piezas, no sólo “posibles” bajo el capitalismo, sino también funcionales para su desarrollo. Aunque es importante destacar lo “excepcional” del período keynesiano, tampoco conviene mitificarlo: durante estas décadas, la dinámica de consolidación del subdesarrollo se reproduce en la mayor parte de países del mundo, a la vez que en los mismos países desarrollados persisten bolsas de exclusión y pobreza en absoluto despreciables, así como los primeros problemas ambientales graves.
Estas décadas de crecimiento se interrumpen bruscamente a partir de finales de los años sesenta. En efecto, a pesar de que se ha popularizado el nombre de “crisis del petróleo” para referirse a ella (en referencia a la subida del precio del crudo por parte de la OPEP en 1973), y aunque según explicamos a continuación el shock petrolero juega un papel importante en la crisis, el calificativo es erróneo. Las debilidades del supuesto idilio keynesiano del capitalismo son de una naturaleza mucho más profunda. Y, de hecho, las primeras manifestaciones de la crisis son anteriores a 1973.
Desde los últimos años sesenta existen síntomas evidentes de que la situación de los países de la OCDE comienza a ser crítica. En 1967, en Alemania Occidental se inicia la primera recesión desde la posguerra, en 1968-69 la tasa de rentabilidad comienza a caer; en 1971 el crecimiento industrial de estos países ya es del 3% (la mitad que en la década de los sesenta); el desempleo y la inflación han comenzado a crecer; los flujos de comercio internacional se reducen sensiblemente. En la primavera de 1970 se suceden crisis bursátiles en varios países; y, tras la persistencia de tensiones monetarias y la devaluación de varias monedas, el Sistema Monetario Internacional establecido en Bretton Woods (una de las instituciones básicas del orden económico establecido en la posguerra), colapsa. En este contexto, que es ya de crisis seria, en 1973 se produce el alza en los precios internacionales de ciertos productos básicos (como el trigo, el algodón, el cobre y otros) y, finalmente, como gota que colma definitivamente un vaso repleto, la OPEP decide elevar los precios del petróleo.
Es decir, como siempre,
las autoridades y los medios de comunicación se resistieron (y aún
hoy lo hacen) a reconocer la crisis, y se esfuerzaron por calificarla
con etiquetas que daban a entender que el problema no se debía a
causas internas al sistema (una subida arbitraria de los precios del
crudo por parte de los países petroleros, por ejemplo). El shock
petrolero juega un papel, pero limitado (de hecho, la subida del
precio del petróleo de 1979 tuvo efectos más profundos y duraderos
sobre el patrón de consumo energético de las economías de la OCDE
que la del 73, que es la que ha pasado a la historia). Sin embargo,
un análisis más profundo de aquella crisis evidencia que existían
graves problemas que dificultaban el proceso de acumulación
capitalista. Como veremos, esta crisis supone el agotamiento del
keynesianismo como fórmula concreta de gestión del capitalismo.
En realidad, el origen de la crisis son los problemas de rentabilidad que comienza a tener el sistema capitalista a finales de los años sesenta. Como vemos en el gráfico 2, la quiebra en la tendencia ascendente de la tasa de rentabilidad se produce en 1969, años antes del shock petrolero.
Las causas que explican este progresivo deterioro de la rentabilidad empresarial son fundamentalmente dos:
A) La contradicción capitalista: su tendencia a deteriorar la generación de valor.
En primer lugar, durante los años sesenta se produce el agotamiento de la onda tecnológica iniciada tras la segunda guerra mundial, basada en los avances en la industria electrónica, de plásticos, aeronáutica, química y bienes de consumo duradero. Por un lado, esto se explica porque con el paso de los años los avances tecnológicos se concentran en mejorar las tecnologías ya disponibles en vez de invertir en nuevas tecnologías. Además, una vez saturados los mercados, la expansión productiva ya no se puede basar, al menos no fundamentalmente, en la ampliación de las escalas de producción, sino que ha de concentrarse en la diversificación de productos y el perfeccionamiento de la calidad, lo que determina que los avances tecnológicos aplicados generen rendimientos cada vez más reducidos. En algunos países, a esto se suma que la carrera armamentística, que en las décadas previas ha sido fundamental en el desarrollo tecnológico que posteriormente se aplicaba a la industria civil, y ahora empieza a consumir proporciones cada vez mayores del gasto público en I+D, lo cual perjudica a la investigación orientada a las ramas de industria civil. Por último, la tendencia intrínseca de aplicación de tecnologías nuevas en las mismas ramas genera rendimientos decrecientes.
En estas circunstancias, a partir de finales de los años sesenta, el incremento de la tasa de acumulación no genera nuevos y paralelos aumentos de la tasa de beneficio, apareciendo por tanto el fenómeno de la sobreinversión empresarial y la consiguiente caída de la rentabilidad del capital. Un factor desencadenante de la crisis hay que buscarlo por tanto en la decreciente eficiencia que tienen las nuevas inversiones acometidas por las empresas desde finales de los años sesenta. Efectivamente, el ratio producción / stock de capital fijo cae casi un 25% en Europa entre 1966 y 1980, y más de un 30% en EE.UU. durante esas fechas. Esta sobreinversión empresarial desencadenó la progresiva pérdida de eficiencia de las nuevas inversiones, encareciendo excesivamente el proceso de producción, y precipitando en última instancia la caída de la rentabilidad y el cortocircuito de la acumulación de capital.
B) Fuerzas sociales contribuyen a llevar al capitalismo “al límite”.
Para entender la génesis de la crisis que eclosiona en los años setenta, a los elementos que acabamos de analizar –directamente relacionados con la dinámica productiva– hay que sumar un factor fundamental: la lucha de clases.
La relación salarial fordista se caracterizaba por una fórmula de remuneración vinculada a los crecimientos de productividad (que posibilitaba un consumo amplio y generalizado de la población, acorde con los procesos productivos estandarizados propios del fordismo), institucionalización de la negociación colectiva y fortaleza de los sindicatos. El poder de negociación del trabajo se veía favorecido por el tipo de organización del mismo, rígida en el establecimiento de tiempos, tareas y categorías, favorable a la generación de vínculos sólidos y duraderos, masificada y, en resumen, funcional a la producción de masas de productos estandarizados (la imagen de la cadena de montaje es muy ilustrativa).
Según avanzaba la década de los sesenta, el nivel de conflictividad obrera y social se acentuaba. Por una parte, los sindicatos, conscientes de su fuerza, lideran una dinámica muy combativa (boicot, indisciplina organizada, huelgas y sabotajes). Con particularidades propias en cada país, los años sesenta son de gran fortaleza sindical y de elevada conflictividad social. Además, más allá del movimiento obrero, surge en otros sectores de la sociedad el cuestionamiento abierto de algunos valores básicos del capitalismo (disciplina, autoridad, jerarquía, etc.). Un símbolo de la profundidad y la efectividad del cuestionamiento al orden establecido realizado durante estos años es mayo del 68. Este cuestionamiento, a pesar de que algunas veces se haya pretendido presentar como un episodio de antagonismo vinculado exclusivamente al mundo estudiantil y cultural, y a una crítica de los valores burgueses tradicionales, va en realidad mucho más allá: recordemos que la potencia sindical y las huelgas generales sitúan en el orden del día la posible socialización de empresas en algunos países europeos4.
Los sindicatos eran muy fuertes durante estos años, fruto del pleno empleo, el alto nivel de sindicalización y las facilidades de organización de una fuerza de trabajo muy estable y estructurada. En este contexto favorable para los trabajadores, éstos ejercieron su efectiva capacidad de presión de forma que los salarios crecieron por encima de la productividad en la mayoría de los países desarrollados (como veremos, la ofensiva neoliberal consiste precisamente en que los salarios crezcan muy por debajo de la productividad). Este crecimiento salarial de los trabajadores de los países desarrollados, que en cierta medida el capital “se podía permitir” debido a los extremos niveles de explotación a los que sometía y se sigue sometiendo a los trabajadores del resto del planeta, suponía un lastre adicional y cada vez más pesado para la rentabilidad empresarial. A lo que hay que sumar que, además de los salarios directos, las cargas fiscales asociadas al mantenimiento del Estado del bienestar también perjudicaban la rentabilidad.
En síntesis, el agotamiento productivo derivado de la mecánica autónoma del capital, en conjunción con los factores sociales y políticos que acabamos de explicar, determinan que desde finales de los años sesenta comiencen a registrarse graves problemas de rentabilidad. Como veíamos en el gráfico 2, entre 1969 y 1975 la tasa de rentabilidad se redujo un 30%, y hasta 1985 no comienzó a recuperarse. Como consecuencia (si no se obtiene rentabilidad suficiente, el capital no invierte), la tasa de inversión prácticamente deja de crecer: lo hace a una tasa anual del 1%, mientras que durante los sesenta crecía al 6%. La caída de la inversión perjudicaba a la vez la rentabilidad obtenida, de forma que ambos fenómenos se retroalimentaban. Los niveles de inversión determinan el nivel de producción de una economía. Un comportamiento inversor tan mediocre, derivado de la obtención de una tasa de rentabilidad insuficiente, por tanto, suponía que la dinámica de acumulación se interrumpiese y se produjera una crisis económica profunda.
Como resultado, los
países desarrollados dejaron de crecer de forma potente y sostenida
(y nunca desde entonces han vuelto a hacerlo, salvo en situaciones
muy excepcionales, como EEUU durante los años noventa, pero gestando
situaciones que terminan por explotar). Durante las décadas de los
setenta y los ochenta, la OCDE creció a una tasa media anual de
aproximadamente el 2,5% (y sólo del 2% en términos per cápita), es
decir, la mitad que durante los sesenta.
Por otra parte, el crecimiento del desempleo se disparó hasta superar una tasa del 8%, lo cual triplicaba las de los años sesenta. Además, el desempleo se convertía en un fenómeno estructural (no ha vuelto a haber pleno empleo desde entonces) y de larga duración (casi la mitad de los parados de la OCDE permanecen más de un año en el paro). Hay colectivos específicos que sufren el desempleo con mayor intensidad. Es el caso de los jóvenes (más del 40% de los parados son menores de 25 años) y de las mujeres que, a pesar de ser minoría como población activa, registran una tasa de desempleo sobre la población activa sistemáticamente superior a la masculina.
Por último, la inflación, que estaba muy controlada (en torno al 3% durante los 60s), se disparó al 10% en la década de los setenta. Esto se debía, por una parte, al incremento en el precio de algunas materias básicas, como el petróleo y, por otra, a que los empresarios defendían sus márgenes de beneficio de la caída de la rentabilidad incrementando los precios. La coincidencia de inflación y recesión, inédita hasta la fecha, da lugar al surgimiento del término estagflación. La inflación se convierte en la preocupación central de los gobiernos y su contención pasa a ser el único objetivo de la política económica (el pleno empleo ya ni se considera un objetivo). Esta preocupación por la inflación justifica las políticas monetarias y fiscales regresivas que, como veremos, se ponen en marcha para salir de la crisis.
Izquierda Anticapitalista




