Miércoles 18 de marzo, vísperas de
puente (dicen). Siete y media de la mañana en el barrio de Aluche (Madrid).
Un amplio y bien avenido equipo de voluntariosos y somnolientos ayudantes
de dirección (y de todo lo que sea menester: Carlos, Rebeca, Marce,
Maxi, René, Jesús, Moro, Antonio, Ahmed) rodean a Manu, el único
que sabe de esto, a pesar de lo cual, ha tenido la inconsciencia y la
amistad de embarcarse en la realización del viral llamado “del
metacrilato”, que debe ayudarnos a conseguir las 15.000 firmas.
El inventor del “viral” fue Dani.
Una buena idea: seleccionar una serie de edificios que son, o representan
al “enemigo”; interponer entre la cámara y el edificio una placa
de metacrilato, suficientemente grande para que no sea visible en el
cuadro; alguien pasa por la calle, se dirige a la cámara, hace una
denuncia sobre las andanzas de la institución correspondiente, que
termina diciendo algo parecido a: “Soy anticapitalista, por supuesto”;
a continuación, firma sobre el metacrilato. Parece fácil, pero como
veremos, tiene su punto.
Toma 1
El primer objetivo es el “Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE)”, eufemismo que oculta una cárcel donde encierran y maltratan a inmigrantes. Hace un sol espléndido y el edificio podría pasar por un centro comercial o un hotel inocente; una especie de toldos añil ocultan las rejas de las ventanas; unos castilletes que parecen el pórtico de una verbena adornan las puertas. Podría ser hasta bonito, junto al enorme descampado en el que han querido desintegrar la memoria de la Cárcel de Carabanchel (¡cómo progresa la arquitectura penitenciaria! El intimidatorio panóptico de Carabanchel, poco fotogénico para una democracia moderna, ha sido sustituido en el CIE por una sala de control high-tech, arbolada de pantallas, que vigila hasta la respiración de los “internados”, pero tan aséptica como un centro de lanzamiento de cohetes espaciales...).
Pero una inacabable fila de personas inmigrantes, que deben llevar ya allí varias horas, a las que es fácil imaginar, inquietas, angustiadas, indefensas..., nos informa de donde estamos.
Nos lo informa a quienes empezamos a descargar cámara, trípode, micrófono y el resto del equipo (muestra singular del “desarrollo desigual y combinado” característico de nuestra época: la maqueada furgoneta volkswagen de Antonio y la cámara, el micro y el trípode de Manu se combinan con el atrezzo, preparado por el mismo Antonio, en funciones de jefe de producción, a saber: una especie de megasábana negra con un pasado heroico de manis antiguerra, visible aún en las pegatinas que la adornan por aquí y por allá; el palo de una bandera palestina, cuya función fundamental contaremos más tarde; y un equipo de limpieza con su botella de alcohol, su limpiacristales de “todo a cien”, su rollo de papel higiénico, su bayeta...., etc., todo ello imprescindible, como empezaremos a comprobar enseguida...).
Y digo “nos lo informa” porque
esa multitud en fila india no parece informar nada a los pocos peatones
y a la riada de coches, autobuses, lecheras... que circulan con
conductores y pasajeros habituados e indiferentes a esa ignominia, para
ellos ya invisible. Razón de más para rodar nuestro viral y confiar
en que se propagará como una saludable epidemia anticapitalista.
Manu monta trípode y cámara y rueda
unos planos, por si acaso la policía nos desaloja y tenemos que “rodar
en estudio”. Y a continuación empieza una especie de ballet progresivamente
sincronizado, divertido, pero hecho a conciencia, en el que bajo las
órdenes de Manu, tratamos a la vez de:
1. Evitar reflejos del sol en el metacrilato que manejan Rebeca y Carlos (de ahí la utilidad de la megasábana, ahora usada como parasol tras la cámara, en “manos arriba” de Marce, Jesús, Maxi y Moro);
2. Conseguir que los firmantes estén bien iluminados (para lo que termina resultando muy útil, en manos de Antonio, un panel de repuesto de metacrilato que conserva todavia el protector blanco y refleja la luz del sol);
3. Orientar adecuadamente el micrófono pegado a conciencia con cinta de embalar en el extremo del palo de la bandera (con Carlos como técnico de sonido) y
4. Ensayar con los protagonistas: René
(que estuvo encerrado en el CIE) y Ahmed, cuidando de que hablen y firmen
justo en el lugar en el que, aunque parezca mentira, hemos conseguido
eliminar reflejos y sombras.
(El palo de la bandera merece párrafo aparte. Manu pidió hace unos días un micro de jirafa, que permitiera recoger las palabras del firmante, por encima del metacrilato. Moro le pasó el encargo a su colega Isidro, que lleva ecologistas.tv. Isidro le respondió bacilando: “¡Hostias Spielberg! Nosotros nos dedicamos al video-pobre. Cuando necesitamos un micro de jirafa lo fabricamos con el palo de una escoba”. El bacile se convierte en un estímulo: nuestro viral politizará, como corresponde, el palo de la escoba, sustituyéndolo por el palo de una bandera palestina, que recuperará su función natural cuando termine el rodaje).
Manu da por buena la secuencia, con
René al segundo intento y con Ahmed al tercero (Ahmed se lamenta:
“¡tenía que haber salido bien a la primera!”). Después de
cada ensayo, Antonio ataca con su equipo de limpieza: alcohol para quitar
la tinta del rotulador; pasadita de papel higiénico (no hay consenso:
hay quien defiende la superioridad del papel de periódico para estos
menesteres; ¡nadie es perfecto!); chorrito de limpiacristales;
pasada final de bayeta. ¡Como una patena!
Toma 2
Desmontamos los bártulos. La furgoneta ha quedado medio aparcada junto a un sanatorio psiquiátrico. Rebe no pierde la ocasión de proponer una secuencia improvisada, con el lema: “¡Cómo siga este sistema vamos a terminar todos aquí!”. Gusta la idea, pero hay que seguir con el plan de rodaje.
Se quedan en Aluche Ahmed, que anda en otros líos cinematográficos, y Jesús, que nos ha venido siguiendo en bicicleta, más o menos protegido por un casco que mejor no someter a prueba, y que ha decidido que por hoy ya está bien de deporte de riesgo.
Nos dirigimos a una oficina del INEM
en Argüelles. No nos gusta el párrafo preparado para la ocasión (la
verdad, no demasiado imaginativo: “estoy en paro y soy anticapitalista”).
Rebeca, que tiene una mañana inspirada, propone relacionar paro y trabajo
precario; Marce desarrolla la idea a partir de su propia experiencia
personal. Asunto resuelto y bien resuelto.
Buscábamos una oficina con la correspondiente cola de gente echada al paro. Pero no contábamos con que los responsables de las administraciones públicas, ya que no son capaces de frenar la avalancha del paro, han decidido que al menos no salga en las fotos: las oficinas reparten números y la gente se organiza para esperar lo menos posible (a nadie le gusta además, que le vean en una cola del paro; han conseguido que una agresión brutal termine avergonzando no a quien la provoca, sino a quien la padece).
La calle Evaristo San Miguel es muy estrecha y está en sombra. La sombra no va a ahorrarnos el trabajo de eliminar reflejos con nuestra ya querida megasábana. La estrechez de la acera nos va a permitir subir la producción de escala, cada vez más cerca de las más afamadas superproducciones: tenemos que cortar el tráfico. Dicho y hecho; experiencia no nos falta en la materia.
Afortunadamente, Marce lo clava a la
primera, cuando ya empezaban a mosquearse algunos conductores malencarados,
como si conocieran nuestra crítica radical al transporte privado.
Son las once, buena hora para almorzar.
Entre pinchos, churros y café con leche en vaso, Manu plantea un debate
importante sobre los riesgos del uso de las técnicas del marketing
en las acciones de comunicación de una organización anticapitalista.
¿No estaríamos simplificando, y por eso mismo desvirtuando temas complejos:
el racismo, el paro, etc.? Es una pregunta que conviene tener siempre
presente, para darle sentido y límites a cada acción y cada herramienta.
En realidad, los virales no son respuestas; son llamadas de atención;
invitaciones a sumarse a la marcha; desgarrones en el velo de la resignación...
Las firmas no son el final de la película, sino la confirmación de
un compromiso que ese sí, exigirá comprender la complejidad de los
problemas que afrontamos y buscar respuestas. “Inventar lo desconocido”,
como dice el Bensa.
Toma 3
Otra vez a la furgoneta, para dirigirnos
a terminar la faena en la sede de la Comisión Europea, donde nos espera
Toni, que ha tenido que escaquearse un rato de su trabajo para que pueda
escucharse el catalán en el viral (queríamos que se escucharan
todas las lenguas del Estado, pero por unas cosas u otras, no ha sido
posible; lástima; habrá que lograrlo la próxima vez).
En el camino, y como ya vamos cogiendo
confianza en esto de la cinematografía, le entramos a Almodóvar. Antonio
le considera un obseso de la violación. No parece que haya muchos almodovarianos
en la furgoneta, pero tampoco es fácil admitir que “¡Átame!”
es la historia de una violación, así que la cosa se anima. Cuando
empezábamos a profundizar en la vida sexual de Almodóvar, llegamos
a la Comisión Europea.
Un grupo de nenes de un colegio pijo, con uniformes Ralph Lauren, salen de las oficinas de la Comisión, donde deben haberse sentido como en casa, claro.
Manu coloca la cámara, de forma que se enfoque el cartel que anuncia la convocatoria de elecciones para el 7 de junio. No conviene mirarlo mucho: nos recuerda todo lo que queda por hacer.
Toni, con su chapa del Patio Maravillas,
se porta bien. Cuando llevábamos un par de pruebas, Rebeca (¡qué
día lleva esta mujer!) recuerda que la expresión: “clár que
sí!” que acompaña al: “Soc anticapitaliste”, suena
a una campaña publicitaria de la Generalitat valenciana. Pues sólo
faltaba, con la que está cayendo. La sustituímos por: “naturalment!”.
Queda mucho mejor así: el sentido de toda nuestra campaña es mostrar
que en este mundo, ser anticapitalista es natural, lo que hay que ser.
Pues hemos acabado el rodaje. Repasamos las piezas. No termina de gustarnos cómo ha quedado la de René; es una pequeña decepción colectiva pero ya le buscaremos buen uso.
Estamos contentos. Nos hemos divertido,
hemos colegueado y hemos puesto ilusión, saberes y ganas en crear
mosquitos que propaguen anticapitalismo. Buen trabajo militante se llama
esto.
Salen de la Comisión unos ejecutivos
vestidos a lo Francisco Camps. Uno de ellos nos mira y dice: “Debe
ser un programa de cámara oculta”. Es que no se enteran de nada.
Son ellos los que ocultan y nuestra cámara la que busca desvelar la
ocultación.
18/3/2009
En directo desde el lugar de los
hechos, Miguel Romero, cronista de sucesos (¡A ver si la próxima
vez alguien se acuerda de tratar una cámara y hacemos un making off
como es debido. ¿Por qué no?)
Postdata
En uno de los trayectos entre toma
y toma, alguien dice: “Nos está
quedando bastante guapo, no?”. Y Manu apostilla con un poco de
coña: “Sí, muy profesional”.
Y nos reímos. Unas risas siempre vienen bien, pero me habría gustado
seguir charlando un rato sobre esto de la “profesionalidad”, un
asunto sobre el que llevo bastante tiempo calentándome la cabeza.
A ver si me explico. Hemos trabajado con muy pocos medios, es verdad. Pero los medios no determinan la calidad del trabajo y, en ese sentido, la “profesionalidad”. Hemos contado con gente que conoce el oficio y con ayudantes activos y organizados; hemos exprimido todas las posibilidades de los recursos que estaban a nuestro alcance; hemos echado mano de recursos no mercantiles: el ingenio, las ganas de hacer bien las cosas, el compromiso militante; y, creo, hemos logrado piezas bonitas y útiles, como se trabaja en un alfar.
Hemos hecho, quizás, “video pobre”. Pero como decía Pasolini, más o menos: “quien cree que la pobreza es el mayor de los males, terminará asumiendo los valores de los ricos”. El oficio militante se basa casi siempre en materiales humildes: arquitectura de barricadas, pintura en las paredes, ingeniería de tirachinas, escritura de panfletos, gerrilla de la comunicación.
O sea, que sí, “muy profesional”.
Y nos reimos de quienes no lo entiendan.



































































