Ismael Montesinos / Kaos en la red
Resulta curioso el modo en que la socialdemocracia se viste de rojo usando slogans como “obreros contra especuladores”, cuando sus políticas económicas y sociales son las que propician esta dicotomía.
Se acercan las elecciones europeas y, como cada vez que se vislumbran en el horizonte unos comicios, los militantes de los movimientos sociales nos llenamos de escepticismo, desilusión ante el maniqueísmo bipartidista, la manipulación televisiva e indignación ante la caracterización en salvadores de los partidos mayoritarios. Resulta curioso el modo en que la socialdemocracia se viste de rojo usando slogans del tipo “obreros contra especuladores”, cuando sus políticas económicas y sociales son las que propician dicha dicotomía. ¿De qué modo los movimientos sociales podemos alcanzar representación? Aún sin situarnos en la lógica del propio sistema como legislador y controlador del mismo, es necesario que nuestra voz se oiga en las instituciones, dado que, como se ha demostrado en los últimos veinte años, la movilización de las bases es inútil, dúctil y manipulable, a no ser que medie violencia de por medio, lo que, frente al sistema de opinión establecido por los monopolios liberales (Vocento, Prisa, Cope y acólitos, etc.) resta legitimidad a estas movilizaciones y a su discurso de fondo. Por mi mente pasan preguntas como ¿por qué no se ha convocado una huelga general indefinida en esta legislatura?, ¿cuál es la posición de la socialdemocracia ante los atropellos de la iniciativa privada? La connivencia de los sindicatos de clase mayoritarios y de ciertos sectores creadores de opinión con el gobierno socialdemócrata, responde a una táctica por la que los movimientos sociales que no se alinean con los intereses gubernamentales somos criminalizados e incluso perseguidos. De este modo, el control social sobre los que protestamos ante las penurias e injusticias del sistema económico y social neoliberal, progresivamente se va acentuando. Consecuentemente, la introducción por parte de los gobernantes de la inutilidad de la movilización nos lleva a plantearnos otros modos de legitimación de nuestras luchas y el modo en que proponerlas y hacerlas públicas. Yo, particularmente y tras unos cuantos años de militancia y movilizaciones continuas, he llegado a la conclusión de que nos fuerzan a estar fuera del sistema con discursos y represión que fomenta la segmentación en la izquierda y hace pasar por el aro a toda posible formación que pueda representar incomodidad para sus propósitos bajo la prerrogativa de situarlos en la órbita de los terroristas. Claro ejemplo es la vergonzante posición de IU ante la ilegalización de II-SP.
De este modo, desde los movimientos sociales de vanguardia, debemos considerar la opción de apoyar a candidaturas cuyos miembros formen parte de nuestras luchas. Es hora de que esa gigantesca abstención que caracteriza a la izquierda real e incluso a los libertarios del siglo XXI, se vuelva contra los que rigen los destinos de nuestra existencia. Los objetivos de las luchas sociales no pueden quedar en manos de políticos profesionales que solamente ansían su cuota de poder para justificar su acción política frente a electores y subvenciones estatales que permitan su viabilidad económica. En tal caso, ¿quién representa a las luchas sociales si esos políticos en teoría marxistas que se posicionan en los centros de poder, se alinean con ellos y provocan la espiral de violencia diaria que nos vemos obligados a sufrir gran parte de la ciudadanía? Se hace urgente una revisión de las necesidades de las luchas y considerar si dejar éstas en manos de profesionales (en el europarlamento se gana unos 7000 € mensuales) no es contraproducente para con las propias luchas, pues las deslegitiman, postergan e incluso criminalizan.
Conforme se va acercando la fecha de las elecciones la socialdemocracia se pone la chaqueta de pana y rememora el mayo del 68 y los eurocomunistas se autoinstituyen en los salvadores de la clase obrera. La repugnancia que siempre hemos sentido, ante el temor de la derecha, hacia lo considerado como “voto útil”, se pone de manifiesto actualmente más que en precedentes elecciones. Quisiera desde estas líneas hacer un llamamiento para que nos inmiscuyamos en la política institucional, no como medio de acceso al poder, si no como medio de protesta dada la inutilidad actual de las luchas que, por otra parte, deberían haberse radicalizado y ser continuas.
¿Quién posee la legitimidad para representarnos? Me suena muy mal lo de la “representación”, sobre todo bajo las reglas de esta “democracia” delegada, pero es rigurosamente cierto que no debemos quedar en la tradicional y notoria pasividad anclada en la falta de opciones, dado que precisamente es lo que temen los partidos mayoritarios: lo que pueda ocurrir con la abstención fuera de su espectro de acólitos. No creo sinceramente en esa falta de opciones, máxime cuando una nueva generación de militantes de movimientos sociales tiene la oportunidad de exponer en las instituciones el peligro de sus políticas y el consiguiente peligro para ellos mismos que puede acarrear nuestra respuesta. No creo en la figura del político profesional, es más, conforme se reproducen mis canas, percibo la poca, por no decir nula, legitimación del Estado liberal occidental sobre los vilipendiados por ese mismo sistema, y que promueve más que nunca, una necesaria respuesta. Nos acercamos peligrosamente hacia un nuevo fascismo imperial-económico, por lo que hemos de conseguir exponer los peligros de esta deriva socio-política, dado que los resortes legales como medio de respuesta, tales como la manifestación y la huelga, quedan polarizados por intereses bastardos gestados en la Moncloa, las redacciones de los diarios, los despachos de los sindicalistas profesionales y la cúpula patronal. Salvo honrosas excepciones, el sindicalismo de clase está muerto en este Estado español tan peculiar y cada vez más servil.
Es imperiosa la exigencia de propuestas agresivas de las agrupaciones políticas anticapitalistas e ineludibles para recuperar parte del Estado del bienestar perdido y corregir el rumbo de la Europa de Lisboa hacia una orientación social. ¿Por qué se ha vedado la participación política a la ciudadanía? Los preceptos originarios del liberalismo argüían que la minoría acaudalada e ilustrada debía regir los destinos de la gran mayoría productora que, mientras disfrutase de un bienestar asumible, garantizaría la paz social. Debemos apreciar el modo en que estos preceptos ideológicos de final del siglo XVIII y del XIX mutan en más actuales que nunca. Así como la esclavización progresiva del trabajador, la creciente regresividad fiscal, la anulación bajo el pretexto de la seguridad de las libertades públicas, el miedo que se infunde desde instituciones religiosas y otros grupos de presión derechistas, etc. El control social al que nos vemos sometidos tanto la población como los movimientos sociales en particular, tiene un solo objetivo: alejarnos de los centros de poder para que el control de las acciones de los poderosos sea nulo y solamente nos quede el derecho a la protesta que, por otra parte, nunca surte efecto, pues siempre es a posteriori, es decir, cuando las decisiones que nos afectan ya están tomadas. Por tanto, ¿quién fiscaliza la acción de los gobernantes? ¿La oposición que legitima el mismo sistema político-económico que los gobernantes con un matiz diferente? Seamos críticos con nosotros mismos y movilicémonos.
Yo no tengo miedo de una agrupación experimental, al contrario, me infunde más confianza y muchísimo más respeto que los partidos anclados en la puñalada trapera o en luchas intestinas por poder. Tampoco tengo miedo de que pueda representar estas luchas alguien de 30 años, o incluso de 18 años si sabe orientar su discurso. Quizá así perciban los liberales el daño que están haciendo en las sociedades. Tampoco de que me represente un mileurista, pues a fin de cuentas, ¿no será quien mejor exponga esta tesitura? Ni tampoco de sindicalistas activos y criminalizados por el control total que nos rodea. Tampoco tengo miedo de unos intelectuales que secunden el discurso. Ni de que hablen de expropiar la banca, nacionalizar los servicios estratégicos públicos, por supuesto, tampoco tengo miedo del debate, ni de que anualmente cambie el o los posibles representantes electos; sigo sin tener miedo de un salario mínimo de 1200 euros, o de una renta básica ciudadana, tampoco de verme con esos mismos representantes electos en movilizaciones, manifestaciones, al igual que no tengo miedo de la policía ni de la represión estatal. A fin de cuentas, los realmente perjudicados por las políticas neoliberales somos, con suerte, mileuristas, tenemos 35 o menos años, somos activos, intelectuales en cuanto usamos el cerebro con los temas que nos preocupan y no sólo para cambiar de canal, queremos tener igualdad de oportunidades, no sufrir privaciones, servicios públicos de calidad, la emancipación intelectual y personal, trabajos estables y cambiar la orientación legislativa que minimice la holgada libertad de empresa actual.
Hará unos meses tuve la oportunidad de reunirme con varios representantes de movimientos sociales de la Región de Murcia y con varios miembros de Izquierda Anticapitalista que van en las listas para las elecciones europeas. Hablamos de su orientación política teórica, de nuestra orientación libertaria, de las luchas sociales que mantenemos, tanto a título personal como desde la óptica de la organización, de la adecuación de las tesis revolucionarias al siglo XXI, de qué harían si consiguieran algún diputado, de estrategias políticas, de la atomización del poder en las organizaciones políticas, del neoliberalismo, de las luchas, etc. En fin, pasamos unas cuantas horas juntos y debatimos sobre muchos puntos que llevaban en su programa; por supuesto también de utopías y realidades. Yo, pese a mis creencias libertarias, quedé bastante satisfecho con su propuesta, colaboré con su campaña de recogida de firmas y ahora colaboro en la medida de mis posibilidades en la campaña, porque, sencillamente, creo en él hasta que no demuestren lo contrario. Os animo a que les conozcáis, vayáis a un acto o charla, investiguéis en sus documentos programáticos y principios de trabajo. Quizá los prejuicios previos que muchos teníamos respecto a ellos se esfumen, o, quién sabe, igual se confirmen. Es esta una opción, desde mi punto de vista, que no podemos obviar ni los movimientos sociales activos, ni los perjudicados por la crisis. Yo, al menos, la mayoría de las personas que conozco sufren un bucle de crisis continuo, por lo que lo mínimo que podemos exigir es un discurso que cuestione la legitimidad del neoliberalismo y la construcción europea actual desde unos prismas serios y combativos.

































































