Adiós a Marek Edelman “El año que viene, en Jerusalén”

Miércoles 21 de octubre de 2009

Lluís Rabell

Hace unos días, a principios de este mes, dejaba de latir en Polonia uno de los corazones más nobles y sinceramente fieles a los ideales socialistas y humanistas que haya dado el movimiento obrero europeo del siglo XX. En su edición del domingo 18 de octubre, “Público” evoca la figura de Marek Edelman, uno de los líderes de aquella heroica insurrección del gueto de Varsovia, que en 1943 vio a un puñado de famélicos muchachos y muchachas tener en jaque durante semanas al poderoso ejército de ocupación alemán. Edelman pertenecía al Bund, la principal corriente socialista del yiddishland, aquella empobrecida comunidad judía que se extendía por Europa central y oriental y que llevaba siglos gimiendo bajo la autocracia zarista, los pogromos y la discriminación. La guerra y el holocausto nazi barrieron para siempre ese mundo, su cultura, su extraordinaria creatividad… y su izquierda, tan admirablemente organizada.

Quienes, a principios de los 80, vibramos con la eclosión de Solidarnosc en los astilleros del Báltico, viendo en aquel vigoroso movimiento obrero y en sus asambleas la esperanza de una regeneración democrática del “socialismo real”, descubrimos en las filas del nuevo sindicato la figura de este reconocido cardiólogo de Lodz, apostando por aquella “República autogestionaria” que reivindicaba su primer Congreso. Edelman simbolizaba, desde la humildad que siempre le caracterizó, un potente vínculo con la historia. Y una esperanza que no pudo cumplirse. El golpe de estado del general Jaruzelski, el 13 de diciembre de 1981, quebró el espinazo de Solidarnosc, desarticulando los comités fabriles más combativos y favoreciendo el progreso, a término imparable, de las tendencias proclives a la restauración capitalista que impulsaba la jerarquía católica.

Edelman participó en ese intento fallido de revolución política que representó Solidarnosc. Y eso lo dice todo sobre su coherencia política y moral. Este hombre, que podía haber tenido todos los honores en Israel, nunca quiso abandonar Polonia y la lucha por la justicia social. Y es que el Bund no fue sionista. Ni aquellos chavales que, con veinte años apenas, dirigió Edelman en la desigual lucha del gueto de Varsovia tampoco anhelaban colonizar tierra alguna, ni someter a ningún pueblo. La bandera de la izquierda socialista judía era la de la libertad, la del florecimiento de lenguas y culturas, la de la igualdad de derechos y la de la fraternidad entre las clases trabajadoras. El eco de esa tradición resonaba en las palabras de apoyo de Edelman a la causa nacional palestina, o a través de su presencia solidaria en la ciudad de Sarajevo, asediada y martirizada por las milicias serbo-bosnias.

Edelman pertenecía a esa estirpe de hombres y mujeres que cifran su satisfacción intelectual y moral en cumplir con lo que consideran su responsabilidad hacia la humanidad; esa gente que forja la historia sin esperar nunca ver su nombre inscrito en una calle o en una plaza de su ciudad natal, que no aspira a honores ni homenajes. “Sin botas ni medallas”, como diría André Calvès, un obrero trotskista bretón que narró en sus memorias gestas anónimas de la resistencia popular al nazismo, coetáneas de aquellas en que participó Edelman. Nos deja pues uno de los más genuinos representantes de un mundo perdido. Sin embargo, la lucha de las nuevas generaciones demostrará que ningún combate, ningún sacrificio anterior ha sido vano. El hilo de la continuidad de la lucha por el socialismo – a veces tan tenue que los escépticos lo creen roto para siempre – acabará demostrando su vigor en los nuevos movimientos.

La militancia del yiddishland revolucionario acostumbraba a despedirse con una frase hecha que, lejos de cualquier misticismo, significaba en sus labios la esperanza de un mundo libre de explotación y opresión: “El año que viene, en Jerusalén”. El advenimiento de ese mundo posible deberá mucho a personas tan íntegras como Marek Edelman.


Ver en “Público” (18/10/09) el artículo de Pere Vilanova, “El incordiante Marek Edelman”.


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