Miguel Romero
Introducción
Para Enrique Rodríguez, amigo y camarada, recordando a todos y todas los militantes del POUM que, como él, lucharon con dignidad por la revolución socialista en la guerra civil española.
La izquierda revolucionaria no acostumbra a interesarse demasiado por los debates históricos. Esto se debe quizás a la atracción que ejercen los grandes acontecimientos actuales y al hecho de que el razonamiento analógico arroje poca luz sobre ellos.
Aun compartiendo este punto de vista, creo que la historia sigue siendo un campo de batalla ideológico –las ideologías burguesas modernas se fundan en manipulaciones ideológicas colosales, en particular en lo que a movimientos populares revolucionarios se refiere– y de formación política, dado que esperamos de ella lo que legítimamente puede aportar: una comprensión del pasado.
La Guerra Civil española ocupa un lugar importante en la historia del movimiento obrero europeo. Es uno de los acontecimientos del mundo de entreguerras cuyo desenlace determinó el curso de la situación internacional. Fue un campo de pruebas para ideas, para estrategias políticas y militares, para culturas –resumiendo, para las cuestiones fundamentales de la época. Tenemos una enorme bibliografía a nuestra disposición sobre este tema, que comprende más de 16.000 libros, entre los que se cuentan estudios generales de la mayor calidad. En particular, estoy pensando en La Revolución y la guerra de España de Pierre Broué y Émile Témine, La Guerra Civil española. Revolución y contrarrevolución, de Burnett Bolloten y Recuérdalo tú y recuérdalo a otros de Ronald Fraser, tres libros que se pueden considerar complementarios. Este cuaderno se basa en estas y otras obras. Respetando la verdad histórica, se propone una comprensión política militante de un aspecto concreto de la guerra civil: la cuestión del poder en la Catalunya y la Euskadi republicanas.
Inevitablemente, el texto da por supuesto un mínimo conocimiento de los hechos básicos de la guerra civil, algo que puede ocasionar algunos problemas de comprensión a lectores que no estén familiarizados con la materia. Esta introducción no puede ni pretende resolver estos problemas. Me centraré en unos pocos elementos como recordatorio para quien esté ya familiarizado con el asunto y que puedan ser de ayuda para quien no lo esté, en particular si les motiva para leer los libros que acabo de mencionar.
España en los años 30
A principios de los años treinta, España era un país capitalista atrasado, todavía esencialmente agrario, pero ya marcado por un desarrollo industrial nada despreciable –“protoindustrial como dirían algunos. Sumaba aproximadamente 23,5 millones de habitantes. La población activa era de 8,5 millones (45,51% en la agricultura, 26,51% en la industria, 27,98% en los servicios). A pesar de la creciente urbanización desde principios de siglo, solamente unos tres millones de personas vivían en ciudades de más de 100.000 habitantes. La industria se concentraba en la periferia: Barcelona, Vizcaya y Asturias, seguido de Madrid, la capital. La clase obrera industrial más numerosa se concentraba en la construcción (400.000 trabajadores), el metal (aproximadamente 300.000), el textil (300.000, donde aproximadamente la mitad eran mujeres) y la minería (176.000). Si exceptuamos la industria del metal vasca, la industria de gran escala apenas existía.
El capital financiero controlaba la economía del país: seis grandes grupos dominaban la industria y los servicios. El sector agrícola era típicamente oligárquico: diez mil familias poseían la mitad de la tierra.
La pequeña burguesía urbana y rural representaba aproximadamente la mitad de la población activa y jugaba un papel social y político importante en la sociedad española.
Finalmente, el capital extranjero tenía una presencia importante en ciertos sectores clave (el americano en la telefonía, el británico en la industria metalúrgica vasca y en las minas de cobre andaluzas, el belga en los ferrocarriles, etc).
La burguesía era tan débil económica como políticamente. Esto se manifestó en la crisis del estado nación español. En Catalunya había una conciencia nacional mayoritaria y organizaciones nacionalistas muy influyentes. El partido tradicional de la burguesía nacionalista, la Lliga, estaba perdiendo su base social a favor de una nueva organización fundada justo antes de que la República fuera proclamada en 1931: Esquerra Republicana de Catalunya (ERC).
En Euskadi, el movimiento nacionalista era más débil, pera ya representaba una fuerza social y política que iba a desarrollarse rápidamente bajo la República. Su principal organización era el Partido Nacionalista Vasco (PNV), fundado en el cambio de siglo por Sabino Arana, con una ideología permeada de racismo y de catolicismo reaccionario. Tras un largo período de crisis, el partido fue creciendo a partir de 1930, marcado por una evolución política en la que sus raíces tradicionales coexistían con el republicanismo.
El atraso extremo de Galicia, otra nacionalidad oprimida, contuvo el desarrollo de un movimiento nacionalista, que no consiguió construir un movimiento de masas en ese periodo.
La debilidad política de la burguesía española también se reflejaba de un modo característico en el enorme poder de la iglesia y el ejército. Los miembros de la iglesia sumaban 130.000 en un país que solo contaba con 35.000 estudiantes universitarios (y unas tasas de analfabetismo del 45%). Además de sus miembros activos, la iglesia también disponía de un imperio económico que comprendía edificios, bancos, minas, empresas de transporte, etc.
En lo que respecta al ejército, su hoja de servicio consistía en los golpes de Estado típicamente españoles conocidos como pronunciamientos, en intervenciones sangrientas contra movimientos populares y una sucesión de aventuras coloniales desastrosas. Su hipertrofiado aparato sumaba 195 generales y 17.000 jefes y oficiales por 109.000 soldados. La gran mayoría de los oficiales eran abiertamente reaccionarios y antirepublicanos y anhelaban un papel político que se correspondiera con su creencia de que el ejército encarnaba los intereses de la “patria”.
El movimiento obrero
Desde 1923, España vivió bajo la dictadura militar del general Primo de Rivera, quien se describía formalmente a sí mismo como “director militar” nominado por el rey Alfonso XIII. Hacia finales de 1929 ya era evidente que la dictadura no había conseguido resolver la crisis de la monarquía y modernizar el régimen económico y político para satisfacer las necesidades de la burguesía industrial y financiera. Este fracaso condujo a una monarquía herida de muerte y a una burguesía desorganizada pero enriquecida.
Cuando cayó la dictadura, el movimiento obrero era, utilizando la frase de Maurín, un gigante dormido.
En esa época el socialismo y el anarcosindicalismo eran las dos corrientes fundamentales del movimiento obrero. Habían tenido una experiencia muy distinta de la dictadura.
Los socialistas colaboraron con Primo de Rivera hasta las vísperas de su caída. De todos modos, habían conservado una fuerza considerable; en 1930 el PSOE tenía 16.878 miembros y la UGT –el sindicato que dirigía– tenía 287.333 afiliados. Conoció un crecimiento considerable durante la república: en 1934 el PSOE decía tener 100.000 militantes y la UGT 1.250.000.
El sindicato anarcosindicalista, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), había sido duramente perseguido y prácticamente desmantelado por la dictadura. Pero desde 1930 en adelante se reorganizó rápidamente, reagrupando al ala más radical del movimiento obrero y alcanzando un número de afiliados similar al de la UGT. En 1927, se formó la Federación Anarquista Ibérica (FAI), que rápidamente se hizo con el control de la CNT, dirigiéndola durante la República con una orientación insurreccional que se conjugaba con una lucha sindical basada en la acción directa y claramente opuesta al sindicalismo reformista de los socialistas.
En 1930, el PCE sólo era un grupo de 800 militantes que se mantenía en la ilusión sectaria del “tercer periodo”. Hasta la insurrección de 1934 (ver capítulo I) no creció significativamente. En vísperas de la insurrección, un cambio de línea le permitió ingresar en la Alianza Obrera, la dirección unificada de la lucha, que siempre había denunciado en términos de “Santa Alianza de la contrarrevolución”. Su política de resistencia hasta el final de la insurrección le confirió un prestigio que le ayudó a crecer significativamente. Sin embargo, en vísperas de la guerra civil que estalló el 18 de julio de 1936, sólo tenía 50.000 militantes.
Unos días después del principio de la guerra civil, la muy débil organización del PCE en Catalunya consiguió un éxito político importante al fusionarse con grupos socialistas y nacionalistas para formar el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) bajo los auspicios de la Internacional Comunista. El número inicial de militantes del PSUC era de alrededor de 7000.
La naturaleza profundamente sectaria y burocrática del PCE había provocado, al final de la dictadura, una escisión de diversas federaciones, la más importante de las cuales fue ciertamente la Federación Catalano-Balear dirigida por Joaquim Maurín. Esta organización estuvo detrás de la creación de un “frente de masas”, el Bloque Obrero y Campesino (BOC), que sólo contaba con 5000 miembros en 1934. Durante los primeros años de la República, el BOC siguió un curso vacilante, tendiendo a adaptarse a la organización nacionalista ERC. Desde 1933 en adelante, se desplazó claramente a la izquierda. Fue el BOC el que lanzó la idea de organizar alianzas obreras, que fueron las protagonistas de la recuperación del movimiento obrero hasta la insurrección de octubre de 1934.
Finalmente, la Oposición de Izquierdas estaba organizada desde principios de 1930 en torno a un pequeño núcleo de militantes. A pesar de un notable esfuerzo de propaganda revolucionaria, su crecimiento fue bastante limitado; en 1934 contaba con 400 militantes. A finales de 1935, contra las recomendaciones de Trotsky, la Oposición Comunista ingresó en el BOC para formar el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). La influencia principal de esta organización revolucionaria se circunscribió a Catalunya, donde tenía alrededor de 7.000 militantes al iniciarse la guerra.
Estos eran los protagonistas de los acontecimientos que se desarrollarán a continuación.
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