Michel Warschawski (Alternative Information Center)/ www.vientosur.info
Un Estado colonial es, por su naturaleza y su comportamiento, racista.
El racismo sionista es el racismo occidental banal hacia lo que no es
europeo.
El 14 de mayo de 1948, el Consejo del pueblo judío se reunía en el
Museo de Tel Aviv y aprobaba una proclama declarando la creación del
estado de Israel.
No se puede abordar, ni intentar analizar el sionismo y lo que ha
engendrado, el estado de Israel, eludiendo el corazón de su esencia: el
colonialismo. Independientemente de sus motivaciones (arreglo del
problema judío en Europa del Este, a fines del siglo XIX y comienzos
del XX), el sionismo es un movimiento colonialista que ha creado un
estado colonialista . Efectivamente, Israel es uno de los más recientes
estados coloniales existentes aún en el siglo XXI. El sionismo es
colonialista en sus objetivos y en sus medios: un proyecto occidental
que tiene por objetivo “civilizar” una parte del Oriente no civilizado,
aportarle modernidad, progreso y, mucho más tarde, democracia.
El sionismo es un colonialismo de una naturaleza particular, diferente
de los proyectos coloniales de África del Norte y de África
subsahariana, pero idéntico al de Australia y de América del Norte, se
trata de una empresa colonial de poblamiento. Como tal, apunta a
reemplazar (y no esencialmente a explotar) a la población indígena por
nuevos colonos a través de una expulsión gradual.
Israel es un estado colonial no solo en su origen sino también en su
modus operandi. Su legislación y sus prácticas están estructuradas con
el objetivo de construir, de imponer y de reforzar su carácter judío.
“Judaización” y “Estado judío” no son conceptos culturales sino un
proyecto demográfico; tienen por objetivo desarabizar Palestina y
reducir lo más posible el número de no judíos en el estado judío.
“Liberación de la Tierra”, “Trabajo judío” y “Productos judíos” fueron
los principales eslóganes de la empresa sionista en Palestina, y todos
ellos reflejan la tentativa global de borrar la naturaleza árabe de
Palestina.
La política de judaización ha sido proseguida mucho tiempo después de
la creación del estado de Israel y marca las prácticas colonialistas de
hoy. La discriminación estructural de la minoría palestina que ha
logrado mantenerse en las fronteras del estado judío y la prosecución
de la política de expropiación de las tierras dan fe de que no ha
habido ninguna “normalización” de Israel, y de que su naturaleza
colonial agresiva es parte integrante de su esencia misma. Ser un
estado judío implica estar en guerra de forma permanente con todo lo
que es demográficamente no judío en Israel. Se trata de una guerra
étnica permanente.
El racismo sionista es un producto derivado indispensable del carácter
colonial de Israel. El racismo no es necesariamente una filosofía
“racial”, que supone una superioridad de una comunidad humana sobre
otra, como fue el caso del racismo nazi. El racismo moderno es a menudo
una actitud de “ignorancia del otro”. “Una tierra sin pueblo para un
pueblo sin tierra”, “El país estaba vacío” fueron los principales
eslóganes del sionismo al comienzo. Es típico, puede incluso decirse
que banal, de la actitud colonialista ver en el indígena solo un
problema medio ambiental como pueden serlo los mosquitos, los pantanos
o los pedregales; algo que debe ser eliminado a fin de permitir
desarrollarse a la civilización. Los árabes de Palestina son
transparentes como comunidad humana y, en este sentido, el sionismo es
un racismo de la negativa de reconocer una humanidad a la comunidad
indígena. El racismo sionista es el racismo occidental hacia lo que no
es europeo.
La resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas de 1975,
que definió el sionismo como una forma de racismo, no hizo más que
apuntar una verdad elemental: un estado colonial es, por su naturaleza
y su comportamiento, racista.
El papel de una resolución política debería ser decidir acciones a
poner en marcha, no definir las realidades. Eso debería ser la tarea de
especialistas científicos y de un debate científico permanente y jamás
cerrado, no de un voto. El colonialismo es racismo, lo acepte o no una
mayoría de estados. La prueba de que el voto era un error fue aportada
diez y seis años más tarde, en 1991, cuando la misma Asamblea General
de las Naciones Unidas se retractó de su voto y decidió que el
colonialismo sionista ¡no era racista!. Un comportamiento así es una
vuelta fantástica a la Edad Media, cuando una asamblea de cardenales
podía decidir, por votación, si los judíos tenían alma o si la tierra
era un cuadrado plano.
Con toda evidencia, ninguno de estos votos podía cambiar la realidad.
El papel de las instituciones políticas es decidir acciones que deben
ser emprendidas, no legiferar sobre la naturaleza de la realidad.
Idealmente, la Asamblea General y el Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas deberían presentar para su adopción una resolución
basada en la campaña internacional por el BDS –boicot, desinversiones,
sanciones- y sancionar al estado de Israel por sus innumerables
violaciones del derecho internacional y de las resoluciones de las
Naciones Unidas.
La necesidad de imponer sanciones al estado de Israel es triple : una,
hacer justicia al pueblo palestino que ha hecho, bajo la presión de la
comunidad internacional, numerosos compromisos dolorosos, para obtener
más opresión, más negaciones y más humillaciones; dos, es una cuestión
de higiene internacional, pues si queremos vivir en un mundo regido por
el derecho, Israel no debe ser tratado con toda impunidad y sus
crímenes deben ser castigados; y tres, por el bien mismo de la sociedad
israelí.
6 de octubre de 2009
Traducción: Alberto Nadal para VIENTO SUR
Izquierda Anticapitalista




