En qué consistía el marxismo de Trotsky

El diario Público (re)edita La revolución permanente, de León Trotsky el próximo sábado 7-10,  

Después de las ediciones de Bakunin, Susan George, y la última semana, de nuestro Manuel Sacristán,  el diario Público ofrece esta reedición de uno de los libros más controvertidos de León Trotsky, La revolución permanente, considerado como la “clave de bóveda” de su pensamiento.

No seré  yo quien haga una apología de este diario, pero, consideraciones críticas apartes, lo cierto es que es el único que ofrece apartados de pensamiento libre y crítico en temas fundamentales, el único que escapa aunque sea parcialmente del engranaje del pensamiento único, ese lodazal en el que El País está cada vez más hasta el cuello. Por lo general, no es moco de pavo tampoco la parte paralela, las películas y los libros, y anoto que en el primer caso el viernes nos cae la adaptación que Milos Forman realizó de la celebrada y corrosiva novela de E. L. Doctorow, Ragtime, una evocación de los inicios del siglo XX en los estados Unidos con una trama antirracista que –de paso- nos alumbra sobre aquel momento. Anoto algo poco conocido: Doctorow es el autor de la novela en que se basó la película de Sidney Lumet, Daniel (USA,  1983), la única película dedicada a la tragedia de los Rosemberg, al menos que yo sepa.

    Se podría hablar de la revolución permanente desde diversos puntos de miras. Por ejemplo desde su primera enunciación or parte de Marx y Engels en 1848, que ya convinieron en la mitad del siglo XIX en que la burguesía ya no era capaz de hacer su revolución, mientras que el proletariado no estaba todavía preparado para hacer la suya. En particular Marx, se refirió a la "revolución permanente en su célebre carta a la Liga de los comunistas durante los momentos más álgidos de la revolución europea de 1848: " La actitud del partido obrero revolucionario ante la democracia pequeñoburguesa es la siguiente: marcha con ella en la lucha por el derrocamiento de aquella fracción a cuya derrota aspira el partido obrero; marcha contra ella en todos los casos en que la democracia pequeñoburguesa quiere consolidar su posición en provecho propio [...]

    Mientras que los pequeños burgueses democráticos quieren poner fin a la revoluciól1lo más rápidamente que se pueda [...], nuestros intereses y nuestras tareas consisten en hacer la revolución permanente hasta que sea descartada la dominación de las clases más o menos poseedoras, hasta que el proletariado conquiste el Poder del Estado, hasta que la asociación de los proletariados se desarrolle, y no sólo en un país, sino en todos los países predominantes del mundo, en proporciones tales, que cese la competencia entre los proletarios de estos países, y hasta que por lo menos las fuerzas productivas decisivas estén concentradas en manos del proletariado. Para nosotros no se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva                      [...]

    Es evidente que en los primeros momentos del movimiento no podrán proponer medidas puramente comunistas, pero sí pueden: 1. Obligar a los demócratas a irrumpir en todas las esferas posibles del régimen social existente, a perturbar su curso normal, forzarles a que se comprometan ellos mismos y concentrar el mayor número de fuerzas productivas, medios de transporte, fábricas, ferrocarriles, etc., en manos del Estado. 2. Los obreros deberán llevar al extremo las propuestas de los demócratas, que, como es natural, no actuarán como revolucionarios, sino como simples reformistas. Estas propuestas deberán ser convertidas en ataques directos contra la propiedad privada. Así, por ejemplo, sí los pequeños burgueses proponen el rescate de los ferrocarriles y de las fábricas, los obreros deben exigir que, como propiedad de los reaccionarios, estos ferrocarriles y estas fábricas sean simplemente confiscados por el Estado sin ninguna indemnización. Si los demócratas proponen impuestos proporcionales, los obreros deben exigir impuestos progresivos. Si los propios demócratas proponen impuestos progresivos moderados, los obreros deben regirse en todas partes por las concesiones y medidas de los demócratas.                       

      Aunque los obreros alemanes no puedan alcanzar el poder ni ver realizados sus intereses de clase sin haber pasado íntegramente por un prolongado desarrollo revolucionario, pueden por lo menos tener la seguridad de que esta vez el primer acto del drama revolucionario que se avecinda coincidirá con el triunfo directo de su propia clase en Francia, lo cual contribuirá a acelerarlo considerablemente.                           

      Pero la máxima aportación a la historia final la harán los propios obreros alemanes cobrando conciencia de sus intereses de clase, ocupando cuanto antes una posición independiente de partido e impidiendo que las frases hipócritas de los demócratas pequeños-burgueses les aparten un solo momento de la tarea de organizar con toda independencia el partido del proletariado; Su grito de guerra ha de ser: La revolución permanente". En otro pasaje, Marx escribe que el socialismo revolucionario es la declaración de la revolución permanente, la instauración de clase del proletariado como paso necesario para la abolición de las condiciones de producción de que dependían las distinciones de clase, para la abolición de todas las relaciones sociales que dependen de estas condiciones de producción, para la subversión de todas las ideas, que emanan de estas relaciones sociales (ambas citas en Biografía del Manifiesto Comunista, ed. Ayuso, Madrid, 1972, p. 220), ver también, Fernando Claudín, Marx y la revolución de 1848 (Ed. siglo XXI, Madrid, 1976).

  Otra sería contando la pequeña historia de sus ediciones, un detalle que también resulta apasionante. De hecho, Trotsky no tuvo que “justificar” su aporte a esta teoría hasta después de la muerte de Lenin. Anteriormente, nadie en el partido bolchevique ni en la Internacional Comunista se cuestionaba la “actualidad de la revolución socialista”, y en distinguir que en la época del imperialismo la burguesía ya había dejado de ser capaz de hacer “su” revolución”, y el caso ruso no había sido más que otro ejemplo. La coalición liberal-socialdemócrata que se había situado al frente de la revolución de febrero de 1917  no solamente se había negado a acabar con la guerra, es que también se había negado a llevar a cabo medidas fundamentales como la reforma agraria y en reconocer el derecho de autodeterminación de las nacionalidades. En el momento de la agonía de Lenin, algunos de los líderes del viejo partido bolchevique trataron de reforzar su legitimidad hablando en nombre del leninismo en oposición a lo que comenzaron a llamar “trotskismo”…

      O sea se refugiaron en los debates del exilio, en los años oscuros que precedieron la revolución de febrero, y en los que el leninismo primitivo consideraba que Rusia estaba muy atrasada para abordar la revolución socialista, aunque también discrepaba radicalmente de Plejanov y demás que creían que antes Rusia tenía que tener su 1789, lo que fue un “frente popular” liderado por la burguesía radical-jacobina. Lenin creía que la burguesía rusa temía más a la clase obrera que al antiguo régimen, y por lo tanto abogaba por una fórmula intermedia de dictadura democrática de obreros y campesinos que llevaría adelante las tareas burguesas democráticas de 1789 hasta que las condiciones nacionales e internacionales permitieran abordar tareas socialistas. Esta percepción cambia con las Tesis de abril,  que son recibidas muy mal por la “vieja guardia” bolchevique del interior que, con un tal Stalin como director de Pravda, aboga por un entendimiento con el Gobierno Provisional. Otro debate que enfrentaba a Lenin y a Trotsky se derivó de la persistencia de este último por reunificar la socialdemocracia. Lenin que no se cuestionaba internacionalmente el “centro ortodoxo” de Kautsky (lo que sí hacían Rosa y Trotsky),  no creía que fuera posible dicha unificación en Rusia dada la evolución de Plejanov y cia hacia el “etapismo”, o sea al esquema de primero la revolución burguesa y con el tiempo, la socialista que don George Plejanov creía que vendría dada por la acumulación de condiciones objetivas.

    La riqueza de este debate resulta impresionante, basta comprobar que por estos lares ni se plantea a pesar de las diversas crisis sociales (julio de 1909, agosto de 1917, bienio bolchevista en Andalucía), y a pesar de que en todas estas situaciones sucede lo mismo que en Rusia: desde la Primera República la burguesía liberal muestra más miedo al movimiento obrero que a las antiguas castas. La Lliga de Cambó es una magnífica lustración de esta cobardía democrática, y de ahí que en 1936 la burguesía como clase se marcha en pleno al campo de los fascistas, dejando en el campo republicano la élite intelectual…

    Así  pues, no será  hasta finales de los años veinte que Trotsky se sienta obligado a reordenar sus escritos sobre “la teoría de la revolución permanente” que había empezadazo a esbozar inmediatamente después de haber presidido el soviet de Petrogrado en 1905 (fase en la que Lenin confesó su plena coincidencia con su actuación), escritos de los que habrá una primera edición en castellana al compás del nacimiento de la República, en 1931, con traducción directa del ruso de Andreu Nin, y aparecerá en la prestigiosa editorial Cenit en la que trabaja su camarada Juan Andrade junto con un joven comunista asturiano llamado Wenceslao Roces que había traducido para la misma editorial otro libro capital de Trotsky: Mi vida. Esta traducción es la que servirá para todas las ediciones sudamericanas, para su reedición en la casi legendaria editorial Fontamara de 1977, la de Akal poco tiempo después,  y en las sucesivas, comprendida la de la Fundación Engels, y será si no yerro, la que llegará el sábado 7 a kioscos y librerías en la que será sin ninguna duda, su mayor tirada.

    Los lectores más jóvenes interesados en conocer más en detalle todo el entramado de este debate tienen a la mano trabajos sobre los que ya hemos hablado en estas páginas, el Trotsky y su tiempo (1879-1940), de Antonio Liz (Ed. Sepha ; Málaga, 2008), la antológica que Jaime Pastor ha hecho para Libros de la Catarata, León Trotsky. Defensa de la revolución, también resulta asequible la trilogía de Isaac Deutscher reeditada por Lum de Chile,  distribuida por Txalaparta. Y espero que no tardemos mucho en poder editar la voluminosa y minuciosa biografía que le dedicó el finado Pierre Broué (Fayard, París, 1989), y que finalmente encontremos un editor amigo para el imprescindible estudio del amigo Gabriel Gacía Higueras, Trotsky en el espejo de la historia editada en el Perú…    

      De una entrevista que le hicieron a Gabriel extraigo esta sintética explicación:

      “El principal aporte de Trotsky al marxismo fue la teoría de la “revolución permanente”, que en el 2005 cumple 100 años de formulada. A diferencia de la concepción clásica del marxismo, de acuerdo con la cual la revolución proletaria sólo podría estallar en los países  de capitalismo avanzado, Trotsky defendió la idea de que los obreros, en un país atrasado como Rusia, podían tomar el poder. Él atribuía al proletariado la dirección de la revolución social y no a la burguesía, como sostenían los mencheviques. Consideraba Trotsky que el proletariado en el poder, contando con el apoyo del campesinado, llevaría a cabo la revolución burguesa y socialista. Por lo tanto, no es cierto lo que dijeron sus críticos estalinistas acerca de que su teoría revolucionaria pasaba por alto las tareas democráticas de la revolución. Tampoco es cierto de que subestimara al campesinado.

        “La otra concepción fundamental de su teoría es entender que la única manera de que un país de desarrollo atrasado construyera el socialismo era contando con el apoyo de los trabajadores de los países más desarrollados. De ahí que Trotsky pusiera tanto interés en el triunfo de la revolución socialista en Europa occidental. Ello hubiera influido de manera significativa en la marcha socialista de Rusia, y, a la vez, favorecido la construcción de la federación de Estados socialistas en Europa, proyecto político que defendían en ese entonces los revolucionarios internacionalistas. Como marxista, Trotsky concebía el proyecto socialista sólo dentro de un marco internacional. A un tiempo, su concepción explica porque no fue posible el socialismo en la Unión Soviética”.

      El mismo hecho de que después de haberle caído tantos perros muertos, se siga hablando todavía de la revolución permanente y de su autor, demuestra el alcance de su aporte, un aporte que, como todos, requerirá una puesta al día en un tiempo que histórico en el que, aunque sea más lentamente de lo que quisiéramos, todo se está moviendo.