Tariq Alí / The Guardian/Sin Permiso
Trotsky: una biografía. Por Robert Service 600 pág., Macmillan.
Némesis de Stalin: el exilio y la muerte de León Trotsky. Por Bertrand
M Patenaude 352 pág., Faber.
Durante más de medio siglo, la
biografía en tres volúmenes de Trotsky de Isaac Deutscher, una obra
maestra histórico-literaria por derecho propio, se consideró como la
última palabra sobre la materia. Mucha gente profundamente hostil a la
revolución rusa y sus principales líderes aclamaron no obstante estos
libros: en 1997 al preguntarle a Tony Blair por su libro preferido para
el Día Nacional del Libro, el recién elegido primer ministro mencionó
la trilogía. Doce años más tarde la cultura en este país se ha vuelto
tan profundamente conformista que cualquier alternativa al capitalismo
se considera descabellada.
La diligencia de Service ha sacado
un pesado volumen sobre Trotsky que se incorpora a una colección que
incluye a Lenin y a Stalin. A diferencia de Deutscher, nos dice,
Service está en contra de la revolución y de sus líderes, pero le
molesta el hecho de que Trotsky tenga tan buena prensa en occidente
(una novedad para mí). Era igual que los demás excepto que escribía muy
bien, lo que atrajo a los intelectuales neyorquinos. La opinión de
Service puede resumirse en una frase: Trotsky era un asesino brutal y
con sangre fría y merece ser presentado como tal.
Esta
aproximación que se aparta de los hechos no es nueva y es la
especialidad de la mayoría de ideólogos anticomunistas y pro-Stalin
durante gran parte del pasado siglo. Service nos informa de que Winston
Churchill apoyó a Stalin contra Trotsky durante los juicios apañados.
Por descontado, el viejo sabía como distinguir entre conservadores y
radicales. Tampoco tuvo mucho tiempo para Gramsci y casi ensalzó a
Mussolini como baluarte contra la peligrosa ola de bolchevismo.
El
ensayo de Churchill denunciando a Trotsky como el “ogro de Europa” está
escrito con un brío y una pasión casi idéntica a la de su objetivo. Por
desgracia no se puede decir lo mismo de la pesada narración de Service
en la que algunas de las alegaciones son tan triviales que más vale
ignorarlas. En la mayoría de los asuntos importantes –el peligro de
substitución del Estado por el partido en Rusia, la necesidad de unirse
con los socialdemócratas y los liberales para derrotar a Hitler, la
futilidad de forzar a los comunistas a aliarse con Chiang Kai-shek en
China, el destino que aguardaba a los judíos si Hitler llegaba al poder
y avisos constantes de que los Nazis se preparaban para invadir Rusia–
[Trotsky] demostró tener razón una y otra vez.
Como es de
esperar, la escuela de historiadores contrafactuales no discute casi
nunca lo que hubiera pasado si hubieran triunfado los Generales
Kornilov, Denikin y Yudenich en lugar de Lenin y Trotsky. Una cosa es
virtualmente segura: puesto que la revolución se presentó como la obra
de los judíos-bolcheviques, una ola de progroms hubiera diezmado a los
judíos.
El libro de Patenaude, más corto y mejor escrito es
mucho más objetivo y, de hecho, más académico. Aunque se concentra en
la etapa del exilio mexicano de Trotsky y ofrece fascinantes pinceladas
de amantes, acólitos y asesinos por igual (inclusive detalles del
affair de Trotsky con Frida Kahlo que Isaac Deutscher esconde
dulcemente), también abarca su vida anterior a este período.
A
diferencia de las revoluciones burguesas que transformaron Europa en
los siglos XVI y XVIII, la revolución socialista fue un proyecto
premeditado pensado para un país mucho más avanzado que Rusia. Incluso
para sus líderes, la revolución bolchevique fue un salto en el vacío.
La ortodoxia bolchevique no creía que la república recién nacida
pudiera aguantarse por sí propia. La cúpula del partido esperaba que la
revolución en Alemania rompiera su aislamiento y transformara Europa.
En vez de esto, los principales estados imperialistas decidieron apoyar
la contrarrevolución Blanca, conduciendo a una guerra civil que ganó el
recién creado Ejército Rojo aunque a un coste terrible: los campesinos
habían sido alienados por las requisiciones forzadas y las
conscripciones. La guerra civil de 1918-21 dejó exhausta a la reducida
clase obrera. Muchos murieron y el estrato que sobrevivió fue
rápidamente absorbido en la maquinaria del nuevo Estado. Trotsky, como
fundador y organizador del Ejército Rojo, fue sin duda alguna
implacable al asegurar la victoria de su bando, como lo fue Lincoln
durante la guerra civil norteamericana. Exhaustos en el interior y
aislados en el exterior, los líderes bolcheviques, obsesionados por el
destino de Robespierre y Saint-Just, decidieron que debían mantenerse
en el poder a toda costa. Una consecuencia temprana fue la brutal
represión del motín de los marineros de Kronstadt. Una consecuencia más
tardía fue el estalinismo que destruyó no solamente las aspiraciones de
la revolución sino también a muchos de sus cuadros dirigentes.
El
noventa por ciento de los miembros del comité central de Lenin fueron
denunciados como traidores y ejecutados. Stalin mató a más bolcheviques
que el Zar. Tal como apunta Patenaude, el asesinato de Trotsky era
inevitable. Las tempranas caricaturas antisemitas presentándole como un
agente de Hitler tuvieron que ser retiradas, no fuera que molestaran al
Führer después del pacto Stalin-Hitler. Trotsky pasó a ser un agente de
los EEUU. No había necesidad de más cambios, puesto que había sido
eliminado antes de que los EEUU se convirtieran en un aliado en tiempos
de guerra.
Los intentos de reformar el sistema desde dentro
fracasaron debido sobretodo a que la burocracia se negó a entregar su
poder. Finalmente se agotó por sí mismo y capituló silenciosa y
vergonzosamente ante las fuerzas del capitalismo global. El reino de la
necesidad no tuvo que ser nunca reemplazado por el reino de la
libertad, la auto-emancipación y el dominio humano, como había escrito
Marx. Llegó al final – tal como Trotsky había predicho calmadamente–
con la restauración del capitalismo. Cromwell, Napoleón y Stalin habían
creado, todos ellos, un sistema que hacía casi inevitable la
restauración del antiguo régimen.
* Tariq Alí es
escritor paquistaní radicado en Londres. Militante en las luchas
estudiantiles de los años 1960-70. Activista en el movimiento
antiguerra y el Foro Social Mundial.
Traducción de Anna María Garriga
Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2899

































































