Babak Kia / www.vientosur.info
Tres meses después del masivo fraude electoral que ha permitido la
elección de Mahmud Ahmadineyad a la presidencia de la república, el
régimen iraní está lejos de conseguir acabar con la división en su
cúspide y de restaurar su legitimidad. Por abajo, la calma no es más
que aparente y la contestación prosigue…
Apoyado por el guía supremo, Jamenei, Ahmadineyad ha llevado a cabo un
verdadero golpe de estado electoral destinado a apartar del poder a
Rasfandyani (número dos del régimen y uno de los dirigentes más ricos y
corruptos) y el campo llamado “reformador” representado por Mussavi y
Karubi. Este golpe de estado es la expresión de las fuertes
contradicciones y de los conflictos que atraviesan la cúspide del
poder.
La clave de bóveda del régimen de la República islámica era la
convergencia de intereses entre el Bazar (burguesía comerciante y
tradicional), el clero chiíta y los Guardianes de la revolución
(Pasdaran), brazo armado del poder compuesto particularmente por
sectores populares desclasados. Pero el ascenso político y económico de
los Pasdaran ha modificado este equilibrio y la estabilidad del
régimen.
Los Pasdaran, Estado en el Estado
Hoy, a la cabeza de un imperio económico y financiero, la dirección de
los Pasdaran pretende someter totalmente el estado a sus propios
intereses y acaparar, de forma exclusiva, la renta petrolera. Durante
su primer mandato, Ahmadineyad procuró reforzar el dominio de los
Pasdaran sobre el aparato del estado. La mayor parte de los ministros,
embajadores, gobernadores de provincia, directores de los grandes
bancos estatales o también de los rectores de universidad nombrados por
Ahmadineyad, como él, provienen de los Guardianes de la revolución. Se
ha acelerado también su toma de control sobre los sectores clave de la
economía del país.
Los Guardianes de la revolución controlan varias fundaciones que
disponen de rentas considerables. No sujetándose ni al derecho
comercial ni a la contabilidad pública, estas fundaciones escapan a los
impuestos y no rinden cuentas más que al Guía. Algunas son consideradas
como las mayores entidades económicas de Medio Oriente. El programa de
privatización aplicado por Ahmadineyad, las concesiones y contratos en
sectores tan importantes como el petróleo o el automóvil (los Pasdaran
son accionistas mayoritarios de Saipa, segundo constructor automóvil
del país), han beneficiado a los Pasdaran. Este verano acaban de
adquirir la compañía de telecomunicación del país.
Su insaciable apetito se enfrenta a a los intereses de una parte del
clero y de la burguesía iraní, favorable a un refuerzo de la inserción
de Irán en el mercado mundial. Igualmente son codiciadas las riquezas
amasadas y las posiciones de poder ocupadas por Rafsandyani y los
suyos, y de forma general por una parte de los clérigos. Estado en el
estado, la dirección de los Pasdaran quiere apropiarse de ellas y
consolidar sus intereses mafioso-burocráticos.
Un conflicto profundo y duradero
Llevando a cabo su golpe de estado contra el campo llamado
“reformador”, los Pasdaran han provocado no solo una crisis del poder,
sino también un corte en el seno del propio clero chiíta. El Guía
supremo Jamenei ha debilitado considerablemente su posición apoyando a
Ahmadineyad. Ha salido de su papel de árbitro para poner fin al
equilibrio que estaba instaurado en el seno del clero y de las elites
del poder. Además, dando cobertura al fraude electoral, ha negado el
voto de los iraníes. Por primera vez desde 1979, el Guía se ha
convertido en el objetivo directo de los manifestantes. La mayoría de
los grandes ayatolás han dado a conocer su oposición a este golpe de
fuerza y a la represión que le siguió. Es toda la legitimidad religiosa
del poder la que ha sido puesta en dificultades.
Los Pasdaran prepararon y organizaron desde hacía mucho la “reelección”
de Ahmadineyad. Se trata para ellos de instaurar un régimen
militaro-religioso, más exactamente una dictadura militar adornada de
una legitimidad religiosa. En tanto que actor político, el clero tiende
a ser relegado, lo que levanta en su seno una inquietud cada vez más
visible.
Como siempre en la República islámica, las decisiones políticas van
acompañadas de una justificación “religiosa”. Ahmadineyad, que no duda
en decir que su política está destinada a apresurar la reaparición del
Mahdi (12º imán chiíta, desparecido el año 874), encuentra esta
justificación en los ayatolás Mahdavi Kani o Mesbah Yazdi (muy
minoritarios en el seno del clero). Para ellos, hay que convertir la
República islámica en Gobierno islámico, el sistema institucional iraní
debe desistir de sus atributos “electivos” y “democráticos”. Una
teocracia sin máscara, en suma. Yazdi no duda en declarar: “Poco
importa lo que piense la gente. Son corderos ignorantes”. En cuanto a
Kani, decía en 1998: “Para nosotros, cada gobierno cuyo gobernador es
designado y determinado por Dios es legítimo incluso si la población no
le acepta y, a la inversa, cada gobierno cuyo gobernador no es
designado por Dios es ilegítimo y usurpador, incluso si la población lo
acepta”.
Frente al cambio del régimen querido por los Pasdaran, el clan
Rafsandyani y los “reformadores” no podía quedarse sin hacer nada. Se
juegan su supervivencia política y económica, incluso su supervivencia
sin más. Pero el pueblo iraní se ha metido en la brecha de esta
profunda división para expresar sus aspiraciones democráticas. Desde el
anuncio de la “victoria” de Ahmadineyad, los “reformadores” han
intentado acompañar la dinámica que se expresaba en la calle,
canalizándola a fin de que no pusiera en cuestión la República
islámica. Su proyecto político es utilizar la calle en su correlación
de fuerzas en el interior del régimen. Sin embargo, cada vez más, la
idea misma de reformar el sistema político actual aparece a ojos de la
población como algo ni deseable ni realizable. Sectores significativos
formulan incluso claramente su voluntad de acabar con la República
islámica.
El miedo ha retrocedido
A favor de las últimas movilizaciones, se han dado pasos importantes.
Como muestra la publicación de numerosos artículos, periódicos o
panfletos, la actividad social y política ha aumentado
considerablemente. La juventud y las mujeres se han apropiado de los
medios a su disposición para informar y comunicar sobre el movimiento y
la represión, y para organizarse frente al poder. Los manifestantes han
inventado formas de acción y de organización embrionaria adaptadas a la
represión. Los trabajadores no se han quedado atrás: numerosas empresas
han conocido llamamientos a la huelga, y sus asalariados se han unido a
las manifestaciones. Los llamamientos de universitarios, artistas,
cineastas o escritores se han multiplicado.
Solo por medio de una represión feroz Ahmadineyad y el Guía han podido
poner término a las manifestaciones. Pero a pesar de centenares de
muertos, miles de detenciones, simulacros de procesos en los que el
régimen expone a presos a los que se ha arrancado confesiones bajo
tortura, desaparición de centenares de personas, la protesta no se ha
apagado. Frente al grado de violencia impuesto por el poder, las formas
de acción se han adaptado. Las madres de los detenidos torturados y de
los jóvenes desaparecidos siguen organizando acciones para denunciar
las atrocidades. A menudo agredidas por los matones del régimen, no
bajan los brazos y continúan reclamando la verdad y la condena de los
criminales y de los que les mandan. El cierre de la prisión de
Kharizak, cuyos carceleros se jactaban públicamente de ser más
“eficaces” que los de Guantánamo o Abou Ghraib, las revelaciones sobre
la suerte de los prisioneros, la “justificación” religiosa de las
violaciones cometidas sobre las personas encarceladas (algunos
dirigentes han osado afirmar que en el caso de una detenida virgen
condenada a muerte, la violación puede ser practicada a fin de que no
pueda ir al paraíso), han mermado enormemente la legitimidad de la
República islámica.
El clima social particularmente tenso y la catastrófica situación
económica van acompañadas de numerosas luchas, dispersas, llevadas a
cabo por los trabajadores. Las huelgas por el pago de salarios
atrasados, contra los despidos o el cierre de unidades de producción se
multiplican. Las luchas por el derecho a formar sindicatos
independientes y por el reconocimiento del derecho de huelga siguen
vivas.
El poder teme la contestación, pues la calma solo es aparente. La
reapertura de las universidades es objeto de debate entre los
dignatarios del régimen que temen un comienzo de curso agitado. En la
punta de la protesta, los estudiantes iraníes son objeto de una
represión que viene del aparato judicial y de los matones del régimen.
Los arrestos de estudiantes continúan. Centenares de ellos han sido,
“preventivamente”, llevados ante consejos de disciplina y expulsados de
las universidades. Otros han sido citados ante el Ministerio del
Interior y sus familias han sido amenazadas.
Incapaces de resolver la crisis, Ahmadineyad y su clan deben
imperativamente ahogar la contestación multiforme que atraviesa el
conjunto de las capas sociales. El poder no aguanta más que por el
ejercicio de la violencia. Pero la valiente movilización de estos
últimos meses ha demostrado que el miedo había retrocedido. Por primera
vez desde hace treinta años, la República islámica de Irán conoce al
mismo tiempo una fractura irreversible en su cúspide y un
debilitamiento sin precedentes del poder, un nivel de actividad social
muy importante y un rechazo cada vez más marcado de los fundamentos
mismos de la teocracia, todo ello añadido a una crisis social y
económica profunda. En las semanas y meses que vienen, el papel de la
juventud, de las mujeres y de los trabajadores será determinante.
Tienen necesidad de toda nuestra solidaridad.
NPA, 7/11/2009
Traducción: Alberto Nadal para VIENTO SUR