Isabelle Stengers / Viento Sur
La conferencia de Copenhague está cercana y nadie sabe si nuestros
responsables anunciarán a su término solemnes compromisos verbales o algunos
acuerdos vinculantes. Sería absurdo mostrarse indiferente, pero a propósito de
un eventual acuerdo vinculante, se plantea la pregunta: ¿obligatorio cómo y
para quién? Quienes lo firmarían ¿no se privaron, con los acuerdos del GATT y
luego la creación de la OMC, del poder de obligar “al mercado”, a quien ha sido
delegada la tarea de asegurar el futuro del mundo? De una forma u otra,
“nuestros” responsables sólo son responsables de nosotros: de que seamos
optimistas, de que nos “responsabilicemos” pero sin poner en peligro por ello
el crecimiento. Deben esperar que las empresas capitalistas sabrán conjugar la
competitividad (la guerra de cada cual contra todos los demás) con la
preocupación por el futuro común; lo que se llama el “capitalismo verde”.
Hay que recordar que el proceso impulsado y controlado por la OMC continúa con
fuerzas renovadas. No sólo condena como obstáculo a la libertad de comercio
todas las tentativas locales de desertar, de traicionar los imperativos de la
guerra económica (la palabra que mata es “proteccionismo”) sino que constituye,
como horizonte insuperable, la patente de los saberes científicos y técnicos
que, si fueran alguna vez pertinentes frente a la amenaza climática, deberían
ser libremente accesibles, en primer lugar a los países pobres. La creación de
estos saberes es confiada a una economía del conocimiento que confiere a los
intereses industriales la tarea de pilotar la investigación. Típico es el
asunto de los biocarburantes “innovadores”, objeto de investigaciones intensas,
pero también de una carrera desenfrenada por las patentes a pesar de los
“pequeños problemas” muy previsibles que esta energía llamada “verde” va a
suscitar. Alternativa infernal: o bien los biocarburantes, o bien el sacrificio
del empleo y del crecimiento. Continuaremos marchando en coche y otros pagarán.
No se puede confiar en el capitalismo para reparar los estragos de los que es
responsable. Primero porque fiarse del capitalismo es siempre una mala idea,
luego porque es incapaz. No está equipado para ello. Destruir es fácil, pero
reparar, reapropiarse, reaprender, regenerar- reclaim (reclamar) , como
dicen los activistas americanos- es algo muy diferente. Tanto más cuanto que se
trata, como lo había visto ya, Felix Guattari en sus Tres Ecologías, de
abordar la triple devastación, que hoy continúa como si no hubiera ocurrido
nada: la devastación de la tierra, por supuesto; pero también la de las
capacidades colectivas de crear y de cooperar -así, el trabajo sistemático de
destrucción de las solidaridades colectivas que ha producido el nuevo “sufrimiento
en el trabajo”. En cuanto a la tercera devastación, la capacidad de pensar
y de sentir de los individuos. La voz que susurra “porque lo valgo”
tiene, ejemplo entre mil, la eficacia de un verdadero embrujo, pero ocurre lo
mismo con las exhortaciones que hacen de cada uno el pequeño empresario de su
vida, una vida en la que es preciso, incansablemente, moverse, reciclarse,
invertir y hacer prosperar su capital de “atractividad”.
Vivimos tiempos un poco similares a la “drôle de guerre” /1, cuando se
“sabía”, pero con un saber un poco irreal -todo parecía continuar como antes y
la situación no parecía ofrecer ningún enfrentamiento. Y esta ausencia de
enfrentamiento -no se habla de los “pequeños gestos” que “todos podemos
hacer”- es sin duda el primer problema, el que produce un silencio
ensordecedor -o también reivindicaciones “consensuales” (un crecimiento
socialmente justo y ecológicamente sostenible) que dicen la solución sin
abordar ni el problema ni sus consecuencias para hoy. Porque la cuestión de lo
que es sostenible es bastante diferente de la evidencia flagrante de la
injusticia social. ¿Se recuerda que los OGM fueron presentados como las claves
de una agricultura sostenible? Fue preciso que el rechazo hiciera audibles las
objeciones usualmente ahogadas para que se reconociera que aportaban más bien
un “crecimiento sostenible” a Monsanto&Cia. En otros términos, luchar
contra el capitalismo verde y resistir a los llamamientos que vendrán del tipo “es
necesario que”, pidiendo a todos la aceptación de los “sacrificios
necesarios” frente a la urgencia climática, exige más que las
reivindicaciones defensivas y de denuncia: una forma de inteligencia colectiva,
alimentada por saberes heterogéneos minoritarios, capaz de fabricar
enfrentamientos inesperados y de hacer que nuestros responsables tengan
dificultades para responder, al ser sus “es necesario que” cogidos de
improviso.
Fabricar tales enfrentamientos no significa en absoluto el abandono de las
reivindicaciones colectivas tradicionales, sino que implica una apuesta: la de
“confiar” en quienes defienden dichas reivindicaciones. Tener confianza, por
ejemplo, en su capacidad de defender los derechos del trabajo a la vez que se
oponen a las políticas de control, es decir, de hostigamiento, hacia los
parados. Las estrategias de activación de los parados forman parte de lo que el
capitalismo hace hacer al Estado a fin de ser él mismo aquello de lo que todo
depende -el empleo debe seguir siendo ese “fuera del cual no hay salvación”,
pues en su nombre se articularán todos los “ya se sabe, pero sobre todo no hay
que poner dificultades al crecimiento”. La capacidad de resistir al veneno
moralizador que opone al “buen” parado, que quiere un trabajo, a los
“aprovechados”, forma parte de esta inteligencia colectiva tan necesaria hoy. Gilles
Deleuze escribía que, a diferencia de la derecha, “la izquierda tiene
necesidad de que la gente piense”. Nuestros responsables no pueden más que
encomendarse a un capitalismo que, verde o no, no está equipado para pensar,
sino solo para aprovechar las oportunidades que se le van a ofrecer. Confiar en
la posibilidad de que “la gente” se reapropie de la capacidad de pensar,
colectiva e individualmente, es lo que se impone ya, si se trata de no asistir,
impotentes, a la triple, e irreversible, devastación de nuestros mundos.
Publicado en el periódico Libération, el 30/11/2009.
Isabelle Stengers es filósofa, profesora en la universidad libre de
Bruselas. Su última obra
publicada: Au temps des catastrophes. Résister à la barbarie qui vient,
les Empêcheurs de penser en rond-la Découverte, 2009.
Traducción : Alberto Nadal para VIENTO
SUR
1/ [NT] La drôle de guerre o “guerra de broma”, de pega, de mentira, a
veces conocida como La Guerra Falsa, es una expresión francesa, para referirse
al periodo de la Segunda Guerra Mundial sobre el teatro europeo, entre la
declaración de guerra por parte de Francia y el Reino Unido, contra Alemania el
3 de septiembre de 1939 y la invasión por parte de esta última del territorio
francés, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos el 10 de mayo de 1940. Fue
instituida como tal por el periodista Roland Dorgelès, cuando utilizó la
expresión en un reportaje sobre el ejército aliado que esperaba la ofensiva
tras la línea Maginot (tomado de Wikipedia).
Izquierda Anticapitalista




