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Jesús Garcia, miembro de Izquierda Anticapitalista Puertollano
En las siguientes líneas nos hemos propuesto ofrecer una respuesta crítica a la posición reflejada por el artículo mencionado anteriormente y entablar así una discusión y un debate constructivo que, a nuestro juicio, nos parece del todo necesario en la izquierda alternativa y anticapitalista a nivel estatal. Nuestra crítica se centrará en tan solo unos aparentemente insignificantes puntos del artículo, pero que, ciertamente, no lo son realizando un análisis exhaustivo del mismo. Estos puntos se refieren en un primer momento a la cuestión del por qué existe la escuela y en un segundo momento a la cuestión de la pedagogía.
El primer punto de nuestro profundo desacuerdo con el autor lo resolveremos en la siguiente pregunta y en la respuesta que, a nuestro entender, se debe de dar a ella: ¿Por qué existe (o ha existido) la escuela?
Ante esta pregunta está clara la respuesta del autor, Hugo Pérez:
"... no podemos sorprendernos de que el sistema educativo sea, en el capitalismo, un instrumento al servicio de los intereses empresariales: si careciera de esa utilidad, nunca habría sido fundado un sistema educativo público con vocación de llegar a todas las capas de la población o hubiera sido suprimido"
A nuestro entender constituye un error político y estratégico el pretender que la escuela, de no haber tenido la función (actual) de servir a los intereses empresariales simplemente no habría existido como un sistema educativo público con vocación de llegar a todas las capas de la población. Es más, el pretender que ello es así nos conduce a una posición política que no defiende lo que aún queda de educación pública en nuestra sociedad, ni sus instituciones, ni los mismos servicios públicos; porque considera que ello sirve ya desde siempre al capitalismo. Y, por tanto, se acaba defendiendo irremediablemente una suerte de "revolución educativa" que rompa con las instituciónes académicas a las que se acusa, por otra parte, de ser "muy endogámica(s) y rutinaria(s)". Nosotras y nosotros no vamos a regalar la educación pública tan fácilmente al enemigo.
La educación al principio, es verdad, estuvo reservada para las clases dominantes. Pero fue ante todo las luchas y conquistas obreras las que libraron y ganaron la batalla por su universalización y extensión a todas las capas de la población y en la que, además, se consiguieron poner a salvo los intereses académicos y científicos de los económicos. Otra cuestión es que, en la actualidad, tras la aplicación de Bolonia y las que le precedieron, la realidad de la educación, tanto secundaria como superior, sea cada vez más que sirve ante todo y en gran parte a los interes empresariales. Lo que es tanto como decir que hemos llegado a "El fin de la escuela"; título precisamente de un libro de Michel Eliard que reproduce nuestra derrota como clase en el terreno educativo. Lectura que, por otro lado, recomendamos desde este mismo y preciso instante .
La pedagogía, en segundo lugar, es un tema que es tocado de manera aparentemente tangencial en el artículo, pero que a pesar de ello cobra una importancia sobresaliente en el conjunto de tesis sostenidas por el autor y que es, nos atreveríamos a decir, la que les da sentido. El artículo en concreto sostiene que es "importante la pedagogía, que tanto se desprecia entre tantas voces provinientes del ámbito docentes de secundaria" y el artículo se refiere como a "un mito que hace de la leyenda urbana el fundamento de toda declaración (por lo demás, altisonante)" la percepción en muchos casos generalizada, tanto entre los docentes como entre los padres, de que "hay una inflación de pedagogia".
Esto, a saber, que en un pretendido análisis de la educación en su dimensión política se defienda y tome partido por criterios educativos pedagogicos, cuando en un análisis político no tendrían que entrar de manera tan fuerte estas cuestiones relativas más bien a la métodos de enseñanza, constituye a nuestro entender un error. Salvo que se tenga a la pedagogía como eso, como un instrumento para analizar, encauzar y cambiar cuestiones políticas, sociales y económicas, y que es lo que parece a veces sostener el autor.
Pero la cosa no se queda ahí: el artículo acaba defendiendo de facto un "Manifiesto pedagógico", No es verdad promovido por la Red de "Investigación y renovación escolar ", el cual consiste básicamente en sostener que la educación y su nivel no ha bajado ni se ha deteriorado en los últimos años tras las sucesivas reformas educativas neoliberales promovidas por los principales partidos políticos; reformas en las que se ha dado eco a los teorías pedagógicas para justificarse a sí mismas y que han tenido como resultado el actual desastre educativo. Porque lo que han justificado ha sido la propia desmantelación de la escuela pública.
No disponemos del suficiente tiempo como para deternernos a rebatir uno por uno los argumentos de tal Manifiesto Pedagogico; nos ha parecido más urgente emitir una respuesta preliminar al artículo que pretendemos rebatir en espera de exponer y emitir aquélla.
Por consiguiente y recapitulando, consideramos que se ha introducido, en un análisis pretendidamente político de la educación una posición que defiende y toma partido por la pedagogía, si bien quizás crítica, pero en unas condiciones en las que no se detalla y expone lo suficientemente claro y detallado qué es lo que se quiere dar a entender con tal concepto, ni explica ni detalla suficientemente las razones de fondo que hacen situarse al autor en contra de argumentos apoyados, según el autor, en toda una mitología que defienden tanto el profesorado, como el alumnado de que existe un exceso de pedagogía en nuestras escuelas. Ahora bien le preguntamos al autor y al conjunto de las lectoras y lectores, ¿acaso es la pedagogía más que una mitología? Porque ciencia en sentido estricto no lo es bajo ningún concepto.
Habría que pedir quizás al autor las razones exhaustivas y detalladas que le llevan a despreciar el criterio de un también gran número de padres y docentes que sostienen justo lo contrario al manifiesto pedagógico. Porque para el entender de muchos ha sido la introducción masiva de la pedagogia ajena a las propias disciplinas como las matemáticas, la lengua o la física la que ha sido determinante en la actual situación de quiebra y vaciado de nuestras enseñanzas. Porque no ha sido tampoco sino la pedagogía y la renovación de las metodologías docentes la excusa y la razón en la que más se han apoyado los defensores del llamado proceso de Bolonia para defender la reconversión industrial de la Universidad y la devaluación de los títulos universitarios como consecuencia de su reducción en el tiempo y su énfasis, no en el conocimiento sino en el aprendizaje. Y ello en un ataque directo al profesorado como funcionario público a través de toda una serie de reformas que desplazaban al profesor para que ese lugar lo acabase ocupando el Power Point e Internet en una peculiar "revolución educativa" coreada por tantas autoridades académicas, ministeriales y, cómo no, profesionales de la pedagogía y psicopedagogía*. Como bien dice Carlos Fernández Liria en su artículo Bolonia y la pedagogía: "Bolonia se ha vendido como una revolución pedagógica que pretende sustituir la cultura de la enseñanza por la cultura del aprendizaje. Este y otros tópicos sin sustancia no son más que la tapadera de lo que verdaderamente se ha estado jugando en la transformación neoliberal de la Universidad europea".
Si el autor del artículo "Analisis..." quería referirse con pedagogía a toda una serie de deliberaciones, análisis y prácticas relacionados con el entorno social, económico y político en el que que vive el alumno y la sociedad en su conjunto más bien podría haber llamado a tal disciplina con otro nombre, tal vez análisis de las condiciones sociales o materiales de existencia pero no, ciertamente, pedagogia. Con ello nos habríamos ahorrado, algunos, un posible malentendido, y en eso estariamos perfectamente de acuerdo, a saber, en que existe un déficit en tal tipo e cuestiones relativas al análisis de las condiciones sociales. Pero no podemos admitir que la pedagogía represente tal tipo de deliberaciones, análisis y prácticas relacionados con el entorno social, económico y político en el que que vive el alumno y la sociedad en su conjunto, porque es urgente desligar a todo esto del discurso con el que han sido justificadas las sucesivas contrareformas educativas neoliberales, tanto en la enseñanza secundaria como en la superior.
Por tanto si el autor del artículo se refiere con pedagogía a "esa revolución educativa con la que Bolonia se ha defendido" 1 y defiende asimismo "la utilización de la pedagogía en el actual naufragio académico" 2 que ha destruido y desmantelado una parte importante de nuestra educación pública; además de abogar porque existe un déficit de pedagogía en nuestro sistema educativo, puede estar seguro de que su posición será rebatida desde amplios sectores de Izquierda Anticapitalista.
Por nuestra parte esperamos haber dejado con nuestra respuesta más claras las delimitaciones del problema al que nos enfrentamos con análisis de la educación, y que es un problema crucial a la hora de entender nuestro sistema educativo y proyectar alternativas desde posiciones anticapitalistas y a la izquierda de lo posible que rompan con el actual estado de cosas que impone el capitalismo.
* Con respecto a la contribución de los pedagogos a la desmantelación de la educación pública citamos el siguiente extracto del artículo Golpe de Estado en la Academia, de Carlos Fernández Liria:
[...] Para la presentación en sociedad de esta descarnada reconversión mercantil de la Universidad se ha contado con la inestimable ayuda de los pedagogos. Estos eran imprescindibles para disfrazar la mercantilización con los ropajes de una revolución educativa progresista y liberal contra la supuesta rigidez de las estructuras académicas. Lo que necesitaban las empresas era, como siempre, “flexibilidad” y la jerga de los pedagogos era la única que podía teñir esta temible palabra con tintes progresistas e incluso izquierdistas y antiautoritarios. Había que perder el respeto a las rigurosas distinciones del edificio científico y abogar por la “formación continua”, “flexible”, “transversal” y “psicoafectiva” de un profesional todo terreno, capaz de estar en todo momento a la altura y al tanto de las necesidades ingobernables de un mercado laboral cada vez más imprevisible y demente. Para formar este tipo de profesional no hacen falta científicos, sino entrenadores: pedagogos y psicopedagogos capaces de adiestrar personal para la Olimpiada de un mercado laboral vertiginoso.
El resultado ha sido una suicida animadversión hacia los contenidos académicos y científicos, que viene a sumarse a la brutal mutilación de contenidos específicos que ya venía exigida por la mercantilización. La reducción de la duración y la profundidad científica de muchas Licenciaturas ha supuesto un verdadero naufragio académico. Para suplir el déficit de especialización, el alumno puede pagarse –si se lo permite su bolsillo– un master de formación avanzada.
Ahora bien, es en este punto en el que la maniobra de los pedagogos ha supuesto un verdadero golpe de Estado en las relaciones Academia-Profesión que afecta a todas las carreras de corte teórico (Física, Matemáticas, Filosofía, Historia, etc.) que tienen como salida profesional mayoritaria las enseñanzas medias. Un Anexo a la Orden ECI/3858/2007 (27/12/2007) instituye como requisito para presentarse a las oposiciones para profesor de secundaria haber cursado un Master de Formación del Profesorado (MFP) destinado a formar competencias de psicología, pedagogía, psicopedagogía y didáctica aplicada. Se trata, por supuesto, de ampliar a un año (y a precio de master) el actual “Certificado de Aptitud Pedagógica” (CAP). Este cursillo pedagógico nunca ha sido evaluado objetivamente, pese a que no hay nadie con un mínimo de vergüenza que se atreva a dudar de sus nefastos resultados.
Las consecuencias son muy graves para la Universidad y también para la Enseñanza Secundaria y el Bachillerato. La mayor parte de los alumnos universitarios que piensen en su profesión optarán por cursar el MFP y no uno de estudios avanzados en filosofía, lingüística, física o biología. A medio plazo, eso sentencia de muerte los master de casi todas las facultades teóricas y clásicas. Pero lo peor es el perfil del profesor de secundaria al que se aspira. No ya un profesor que sepa filosofía, física o gramática, sino un asesor psicopedagógico de un material humano al que, en realidad, ya se da por perdido: el alumnado en general de toda la enseñanza pública. Pero esto no es una solución sino un agravamiento de un problema cuyas raíces son de carácter social, económico y político, no académicas.
1) Carlos Fernández Liria: Bolonia y la pedagogia
2) Carlos Fernández Liria: Bolonia y la pedagogia
Relacionado: El fin de la profesión de profesor, por Dani Iraberri y Alfredo Almendro, VientoSur. Especialmente el punto 3: Apuntes para el debate
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