Si alguien nos dijera que representásemos mentalmente una imagen que asociamos con la inmigración, lo más probable es que imagináramos cayucos que llegan a la costa con decenas de personas a bordo, inmigrantes que intentan saltar las vallas o preadolescentes que viajan colgados a los fondos de los camiones. Nadie, o casi nadie, asociaría la inmigración con los políticos haciendo leyes de extranjería, o con multinacionales que importan riquezas de muchos de los países de donde salen los migrantes, y exportan degradación ambiental, pobreza y exclusión.
Naciones Unidas estima que hay más de 190 millones de migrantes internacionales, pero con el panorama actual de crisis socioambiental se prevé que esta cifra sea cada vez mayor. En realidad, la cantidad de migrantes no es muy superior a la de principios del siglo pasado (cuando el 3% de la población mundial abandonó sus lugares de origen), lo que sí supone una novedad es el cierre de fronteras, que hace que las corrientes migratorias se desvíen por rutas en las que los migrantes ponen cada vez más en riesgo sus vidas. Ante este panorama de movimiento de personas, Europa blinda sus fronteras, construyendo una Europa fortaleza de la que los muros de Ceuta y Melilla son un claro ejemplo. Una Europa que impide el libre tránsito de personas de los países del Sur, y que a su vez se encarga de exportar un modelo de globalización económica cuyo dogma es “cuanto más crecimiento mejor”. Un modelo depredador de recursos naturales, homogeneizador y que se basa en una explotación infinita de los recursos finitos del planeta, causante de la grave crisis socioambiental en la que estamos inmersos. Este panorama hará que las migraciones sean, cada vez, más frecuentes.
El modelo de globalización capitalista es cada vez menos permeable a la libre circulación de las personas, pero permite, cada vez más, la libre circulación de los capitales. En un escenario en que la deslocalización productiva (donde la cadena de producción, distribución y consumo atraviesa distintos países y continentes) permite obtener más beneficios a base de contratar mano de obra barata y obviar la regulación ambiental. Las empresas trasnacionales migran hacia los países del Sur, lo que les permite seguir con la lógica de la acumulación propia del modelo económico de los países del Norte. Este modelo de producción y consumo globalizado tiene un efecto determinante en los flujos migratorios.
España tiene una situación particular respecto a la inmigración debido a su ubicación geográfica, al desarrollo económico que ha experimentado y a su carácter de “potencia colonizadora” en épocas anteriores. Esto hace que en términos relativos sea uno de los países del mundo en los que más se ha incrementado la población migrante.
La imagen distorsionada de la realidad que se tiene desde muchos países del Sur respecto a los países del Norte es lo que se denomina “efecto llamada”. Un efecto potenciado, entre otros factores, por un modelo cultural globalizador basado en crear identidades a través del consumo y que se exporta a los países del Sur.
La difícil travesía hasta llegar a España no anuncia lo que la mayoría de los migrantes encuentran cuando llegan: dificultades para conseguir los papeles, imposibilidad de trabajar precisamente por no tenerlos, miedo de los controles policiales que pueden marcar el ingreso en un CIE (Centro de Internamiento para Extranjeros) y el camino de regreso.
Ante la pregunta de ¿por qué vienen? ¿por qué se quedan cuando lo pasan tan mal? nuestras mentes, educadas en la hegemonía del pensamiento único, elaboran una respuesta rápida y simple: viene porque aquí se vive mejor puesto que hay un mayor desarrollo. Pero olvidamos que la respuesta no es tan simple, y no cuestionamos que es precisamente ese desarrollo, que necesita depredar los recursos naturales y humanos de gran parte del planeta, el que les obliga a migrar. Olvidamos también, que es este desarrollo el que está produciendo la actual crisis ambiental y el que hace que los índices de depresiones y ansiedades suban como la espuma en los países “desarrollados”.
La llegada de la población migrante no está exenta de conflictos. Ante un panorama de crisis económica como la actual, es mucho más fácil que a los discursos racistas y xenófobos se sumen más adeptos. Los miedos acentúan los prejuicios y mitos que generan rechazo ante lo desconocido, ante el extranjero. Un panorama acompañado de unas políticas por parte del gobierno que se basan en la expulsión y no en la integración, como muestra la reforma de la Ley de extranjería y la Directiva europea de Retorno, que suponen un retroceso en cuanto a los derechos y libertades de las personas migrantes.
Como ejemplo emblemático de este panorama de injusticia social está la situación de los vendedores del top manta o manteros. El actual Código Penal sanciona la venta callejera de cds, dvds y productos de marcas falsas en la calle. La simple tenencia o exposición de este material tiene asociadas penas de seis meses a dos años de prisión (sustituible por penas de expulsión y prohibición de entrada al territorio Schengen), multa (que si no se paga se convierte en más días de privación de libertad, como mínimo en otros seis meses más de prisión) y el pago de altas indemnizaciones a las gestoras de autor.
Como dicen diversos colectivos de migrantes que forman parte del Ferrocarril Clandestino “Mi pan es mi manta”, reflejando la realidad que viven diariamente. Quienes venden en la calle estos productos son, mayoritariamente, personas sin papeles que no pueden regularizar su situación: la propia ley no lo permite, situándolas en un lugar de especial vulnerabilidad legal y social.
En el marco de la modificación del Código Penal, que se está llevando a cabo actualmente el Consejo de Ministros, se ha aprobado una propuesta de reforma del artículo que regula la venta callejera de cds, dvs y productos de marcas falsas en las calles. Para los distintos colectivos sociales que han presentado enmiendas con el objetivo de que ninguna persona que venda pequeñas cantidades de estos productos vaya a prisión, este es un momento clave. Se trata, en definitiva, de no permitir que se penalice la supervivencia.
La vida es un producto de la diversidad, al igual que ocurre en un monocultivo, en el que una sencilla enfermedad puede acabar en poco tiempo con toda una cosecha, sin diversidad cultural y humana estamos reduciendo el abanico de nuestros aprendizajes, nuestra capacidad de adaptación a situaciones cambiantes y nuestra potencialidad para reconstruir lo dañado.
Al capitalismo globalizador no le gusta la diversidad, y necesita la desigualdad como base para poder sostenerse. Quizás, analizar las migraciones desde una perspectiva económica y política sirva como punto de partida para conocer los muros que se construyen desde el Norte y, de ese modo, buscar estrategias para derribarlos.
ConsumeHastaMorir
Izquierda Anticapitalista
Ecologistas en Acción




