Georgiou Christakis / Viento Sur
Las medidas de austeridad impuestas a los trabajadores griegos para
reabsorber los déficits no son más que un preludio de lo que podría
producirse en otros países europeos. La crisis griega demuestra los
desacuerdos de la clase dirigente sobre las estrategias a adoptar.
Por segunda vez desde diciembre de 2008, Grecia está en el corazón de
la situación política en Europa. Desde la llegada al poder del Pasok,
el partido socialdemócrata griego, y las revelaciones sobre el trucaje
de las cifras del déficit presupuestario (el gobierno de derechas había
falsificado las cifras para anunciar un déficit menos elevado que su
nivel real, lo que le permitía continuar pidiendo prestado a tasas de
interés bajas en el mercado), una especie de tragedia griega se
desarrolla ante nuestros ojos. Los socialdemócratas han abandonado
rápidamente sus promesas electorales y han anunciado la inevitabilidad
de las medidas de ajuste. La prensa alemana lleva a cabo una campaña de
denigración de la población griega. El primer ministro griego,
Papandreu, hace una gira por las principales capitales de Europa para
demandar un plan de rescate europeo. En la prensa burguesa, el debate
sobre la oportunidad de salvar o no al estado griego hace furor. En los
mercados financieros, la especulación ligada a los déficits griegos
hace bajar al euro e inquieta a sus arquitectos. En la propia Grecia,
los planes de ajuste se siguen unos a otros a una velocidad
impresionante (el del mes de enero no ha bastado para calmar a los
grandes inversores financieros y han sido precisas medidas
suplementarias, anunciadas en febrero, de una amplitud mucho más
importante), las huelgas se multiplican y el miedo a un nuevo diciembre
griego recorre Europa.
La crisis griega es significativa de la situación en varios países
europeos. En primer lugar, refleja las divisiones de quienes dirigen
nuestras sociedades. Es lo que revela el debate sobre la ayuda que
podría aportar Europa a Grecia. Algunos no quieren oír hablar del menor
céntimo de ayuda a Grecia. “Alemania no dará un céntimo a Grecia”, ha
declarado Rainer Brüderle, el ministro de Economía y miembro del FDP,
el partido liberal-demócrata alemán, socio de la CDU de Merkel en el
gobierno. Los liberales del FDP y los bávaros de la CSU están
absolutamente opuestos a un rescate de Grecia. Defienden que el Estado
griego arregle su casa e imponga a los trabajadores la integridad de la
factura por medio de las medidas de rigor. Pero enfrente, otros quieren
a cualquier precio evitar una quiebra del Estado y entre ellos, muchos
banqueros europeos que han prestado de forma masiva a Grecia y se
encontrarían de nuevo en una situación muy difícil si el país no pagara
sus deudas. Es lo que explica la visita del patrón del Deutsche Bank a
Atenas a finales de febrero, con el objetivo de negociar con el
gobierno griego un eventual apoyo alemán.
En esta situación, Papandreu intenta jugar todas sus cartas para
presionar sobre el gobierno alemán. Tras su visita a Berlín el 5 de
marzo y a París el 7, se ha reunido el lunes con Barack Obama en
Washington para evocar la posibilidad de un apoyo del FMI. Los
dirigentes europeos no quieren oír hablar de ello. Una solución así
mostraría la incapacidad de la UE para arreglar sola sus problemas. Y
antes que ver intervenir al FMI, están dispuestos a hacerlo por si
mismos.
Lo que está en juego en todas estas peleas es saber como va a
distribuirse la carga de los déficits griegos. Es un pulso entre las
clases dirigentes europeas. Pero su fuente principal es la incapacidad
del gobierno griego para hacer pagar los platos rotos de la crisis a
los trabajadores de su país.
Pues si Papandreu fuera capaz de imponer el rigor necesario para
reabsorber rápidamente los déficits y calmar a los inversores
financieros, no habría necesidad de un apoyo europeo. Es lo que
reclaman los “halcones” en Alemania.
Crisis europea.
Tras Grecia, un conjunto de países esperan su turno. Los déficits
griegos no son mucho más elevados que los de España, Portugal, Irlanda,
Italia o incluso Gran Bretaña. Dejado aparte esta última, los demás
forman parte del euro. Si Grecia recibe apoyo, sería un signo de que
los grandes países europeos –particularmente Alemania, principal
potencia económica europea- harán lo mismo por los demás. Esto
debilitaría la presión que se ejerce sobre ellos para imponer medidas
de rigor.
Así pues, en cierta forma, la lucha actual de las y los trabajadores
griegos tiene un alcance europeo. En la medida que logren resistir a
las medidas de rigor se crearán condiciones más favorables para la
población trabajadora de los demás países europeos para luchar contra
los planes de rigor que no van a tardar en caerles encima.
Y por otra parte, en muchos países ya, las y los trabajadores del
sector público pasan a la acción. Los días 8 y 9 de marzo los
funcionarios británicos han hecho huelga contra la reducción de sus
primas de despido. En Portugal, los trabajadores del sector público han
hecho huelga el día 5 de marzo contra la congelación de sus salarios,
medida tomada para reducir los déficits portugueses. En España, el
martes 2 de marzo ha habido una jornada contra la subida de la edad de
jubilación de los 65 a los 67 años. En Francia, el 23 de marzo es una
jornada interprofesional.
La crisis griega se convertirá ciertamente en una crisis europea cuando
los demás gobiernos adopten medidas similares. La resistencia de los
trabajadores griegos deberá seguir el mismo camino.
10/3/2010
Traducción: Alberto Nadal para VIENTO SUR












































































