¿Feminista y con velo? Por un feminismo integrador

Viernes 23 de abril de 2010

 Gloria Marín

 La presencia de la joven Ilham Moussaid en las listas regionales del Nuevo Partido Anticapitalista francés ha recibido violentas críticas, que alegaban que una candidata con velo chocaba con los principios de la laicidad y el feminismo. En el aspecto de la laicidad hay diferencias importantes entre Francia y el Estado Español, en cambio en cuanto al feminismo, en el que me voy a centrar, las posiciones son muy similares en los dos estados. 

Sus oponentes han descalificado a Ilham como sujeto político, y por tanto como candidata, al dar a su pañuelo el significado de sumisión a los hombres, en contra de las afirmaciones de la propia Ilham. ¿Cómo podría representar a otras personas alguien que no se representa a ella misma? Una persona cuya palabra no tiene valor cuando afirma que su pañuelo no significa sumisión a los hombres, ¿cómo podría hablar por las y los habitantes de los barrios de inmigrantes? Las críticas se negaban a reconocer a Ilham como feminista, en contra de sus propias afirmaciones. Los estereotipos y los defectos de una parte del feminismo contribuyen a explicar esta descalificación. 

 Los estereotipos, las ideas preconcebidas sobre las y los otros, han servido

históricamente para dividir a los colectivos oprimidos. Los referentes a las y los musulmanes tienen en Europa una historia de siglos. Tras la disolución del bloque soviético y la creación del Islam como nuevo “enemigo global”, su papel político ha crecido, y dentro de él la construcción de la mujer musulmana como víctima a la que salvar. Uno de los elementos de este estereotipo es que su vida está determinada

por la religión (a diferencia de la de las europeas). 

A este estereotipo se ha incorporado en las última décadas el mito del velo. El velo hace invisible cualquier

otra característica de quien lo lleva y separa a las veladas de las no veladas. A la vez se da al velo un significado único, asociado con el islamismo. Sin embargo, las diferencias entre una musulmana que se pone un pañuelo y otra que no lo lleva pueden ser mínimas, y la misma persona puede comenzar a llevarlo cambiando muy poco. Lo que sí cambia drásticamente al ponérselo es la reacción de las y los demás. Además, hay muchos significados del velo, que en parte se expresan mediante el tipo de velo que se elige llevar. En el caso de Ilham, un foulard que no tiene nada que ver con el “uniforme islámico”. 

 Por otra parte, las mujeres tenemos diferentes experiencias de opresión según nuestra clase, nacionalidad, etnia, opción sexual. Esto da lugar a una diversidad y una jerarquía entre las mujeres. Por ello puede ocurrir que cuando unas hablan en nombre de todas, están usurpando las voz de las más oprimidas. En el caso de Ilham, el discurso  feminista hegemónico se atribuye, y le niega a ella, el poder de definir

qué es ser feminista. 

 El debate que ha tenido lugar en Francia nos obliga a recordar que la unidad entre mujeres no es un hecho espontáneo, sino un objetivo por el que ha de trabajar un feminismo anticapitalista. Esta unidad necesita el reconocimiento de la diversidad dentro de las mujeres y de la capacidad de todas ellas de ser sujeto. La unidad se ha de basar en la defensa de unas reivindicaciones comunes, y no en la imposición de rasgos propios de uno u otro sector de mujeres.  

 Necesitamos a muchas Ilham, necesitamos incorporar a la organización y la lucha a mujeres trabajadoras, inmigrantes, gitanas... 

Gloria Marín

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