Rusia: el Cáucaso en llamas
antiguerra

José María Pérez Gay

I / La Jornada, 5-9-04

La barbarie terrorista chechena, que causó anteayer una de las matanzas más atroces de los años recientes en la región del Cáucaso, asaltó el colegio de Beslán, una ciudad de la república caucásica de Osetia del Norte, y secuestró a más de mil 200 personas, entre niños y adultos. Según diferentes versiones, una explosión accidental dentro de la escuela o la intervención directa de las fuerzas de seguridad rusas desencadenaron el infierno. El comando abrió fuego contra los rehenes y las tropas de asalto entraron a sangre y fuego.

Los servicios de emergencia habían recuperado hasta el sábado más de 320 cadáveres, incluidos 175 de niños de cinco a 14 años.

Lo más increíble de todo es que los terroristas chechenos decidieran asesinar a los niños, ejecutarlos por la espalda. Pero lo es sin remedio -aunque ahora no cueste trabajo creerlo después del secuestro de los dos aviones y la mujer chechena que se inmoló con explosivos frente a una estación del Metro en Moscú.

¿Por qué esta locura demoniaca? ¿Quiénes son estos criminales dementes? A partir de 1991, Rusia perdió el control de Chechenia, pero la falta de dirección política en una región no significa necesariamente que ese territorio declare su independencia, se constituya en Estado autónomo y se separe de la Federación Rusa. Hace 10 años, Moscú perdió también el control político sobre las regiones de Nagorno-Badashan (Tajidistán), Nagorno Karabach (Azerbaiyán), Abgasia (Georgia), Kirovakán (Armenia) Chimbay (Uzbekistán), Daguestán (Ingushetia ) y, siguiendo esa lógica, ya se habrían declarado estados independientes. Según fuentes de Naciones Unidas, existen 40 territorios en todo el mundo que han declarado su autonomía; más aún, en la región de Sikkim, en India (1975), una elección popular votó a favor de su independencia, pero el poder central no se la concedió.

Siempre tuve la impresión de que Moscú corría muchos más riegos de los que podía permitirse si no tomaba en serio la proclamación de la independencia de Chechenia (1991). Boris Yeltsin aceptaba a duras penas la existencia de los rebeldes, se negaba a negociar con esos forajidos, tal vez porque después de la desaparición de la Unión Soviética los dirigentes rusos habían perdido la memoria. Habían olvidado que, en 1785, durante el imperio de la zarina Catarina II, los pueblos islámicos montañeses del Cáucaso del Norte, bajo las órdenes del checheno Mansur Uschurma, que se autonombró Imam, declararon la guerra santa a Rusia, vencieron varias veces a los ejércitos del zar y refundaron Grozny, su capital. A principios de la década de 1990, Moscú aplazó tres años su intervención en el Cáucaso, una zona de gran interés geopolítico.

El 31 de diciembre de 1994, el ejército ruso entró en Grozny, la capital de la república de Chechenia, para contener una rebelión separatista, pero no encontró ninguna resistencia. Ese día las cosas pintaban bien; la victoria, cantada. Las tropas rusas se apoderaron del centro de la ciudad y la fueron ocupando por zonas; se disponían a celebrar el año nuevo, grupos de soldados cantaban y bebían por las calles. Al amanecer del primero de enero de 1995, sin embargo, los chechenos salieron del fondo de la tierra, verdaderos maestros en la guerra de guerrillas, pasaron a la acción. El 2 de enero la 131 Brigada rusa contaba con mil hombres y 150 vehículos blindados. En 48 horas perdieron 830 soldados y 148 vehículos. Durante tres semanas los guerrilleros hicieron frente al ejército y la aviación rusos, que devastaron la ciudad con bombas de racimo, lanzacohetes, cañonazos y misiles. De nada sirvió la destrucción.

Los ejércitos rusos nunca lograron el control absoluto de Grozny. Los chechenos seguían disparando desde las ruinas y en la oscuridad. En cuanto se declaraba segura una zona, los comandos atacaban por la espalda y los emboscaban. La lucha chechena era más bien un estado de alma, una pasión desmedida y un odio indomable. Los chechenos reconquistaron dos veces su capital: en agosto de 1996 y en enero de 2000. Hoy, en realidad, Grozny ya no existe, el ejército ruso la borró del mapa, es una sucesión de tumbas y ruinas. Murieron 48 mil personas, entre civiles y milicianos chechenos y 6 mil soldados rusos. Por ese entonces, Yeltsin estaba convencido de que la intervención en la república de Chechenia podía resolverse en 15 o 20 días; según los informes militares, sus tropas avanzaban sin muchas bajas, iban acabando con los rebeldes. Pero un antiguo general soviético, Dzohjar Dudáev, cuya experiencia en la guerra de Afganistán era legendaria, convirtió en una pesadilla la intervención rusa en Chechenia, sometió al estado mayor del ejército a una de las mayores humillaciones de su historia, después de Afganistán. La primera guerra de Chechenia de finales del siglo XX había comenzado.

El 31 de enero de 1995, la guerra había desplazado a 450 mil personas; 160 mil huyeron a las repúblicas vecinas de Ingushetia (130 mil), Daguestán (42 mil) y Osetia del Norte (5 mil). La mayoría de estos fugitivos encontraron un lugar en las familias de los vecinos, o se escondieron en las montañas del norte, sobre todo gran número de mujeres, niños y ancianos. Los refugiados suscitaron numerosos conflictos en Ingushetia (que además recibió otros 50 mil refugiados a consecuencia de la guerra con Osetia del Norte) y en Daguestán, una zona prácticamente aislada al cortarse las vías de comunicación con Rusia. En el verano de 1996 el general Alexander Lebed, enemigo de Yeltsin, viajó muchas veces a Grozny para negociar los acuerdos de paz. Después de apasionadas y difíciles negociaciones, los separatistas chechenos aceptaron aplazar cinco años la proclamación de su soberanía, dar tiempo al tiempo y buscar una solución definitiva al conflicto.

A principios de 1997, el diputado Viktor Kurotshkin propuso en la Duma (el Congreso) la solución más fácil: la independencia de Chechenia. "Rusia y Chechenia deben separarse de modo pacífico y voluntario", afirmaba Kurotshkin, "como se separaron los checos y los eslovacos". Sin embargo, la mayoría de los políticos rusos se amotinaron ante la propuesta; opusieron a ese proyecto un Estado fuerte y caudillo, bien armado, con recursos naturales limitados y una economía arruinada, pero con una política nacional implacable. "Nadie puede pactar", subrayaron, "con una región sublevada, islamica y fanática". La independencia de Chechenia traería en el Cáucaso una enorme cantidad de problemas fronterizos; sus consecuencias, imprevisibles. Nadie puede trazar la línea de demarcación con Osetia del Norte, porque sus habitantes se sienten europeos, ni mucho menos con Ingushetia, porque nadie puede vigilarla. Menos aún con Daguestán porque las tribus chechenas-accrinas lo impedirían de inmediato. Stavropol, la ciudad donde viven miles de chechenos, cerraría sus fronteras. Cientos de miles de chechenos viven fuera de Chechenia, la diáspora más grande e ilustrada ( un tercio de los chechenos) vive en Rusia y no piensa regresar a la zona de guerra. Pero en esa nación los chechenos son vistos como extranjeros indeseables, sospechosos de terrorismo y vigilados por la policía política.

En la región del Cáucaso habitan más de 60 etnias diferentes; dominan tres familias lingüísticas distintas, la indoeuropea, la altaica y la caucásica, 24 dialectos y tres religiones: el cristianismo, el Islam, el judaísmo y muchas más sectas. La región tiene 28 millones de habitantes, cuya mayoría se concentra en las ciudades del Cáucaso del Norte. El idioma oficial es el ruso, con la excepción de Ingushetia y Chechenia. En esta babel del Cáucaso, lenguajes, rituales, creencias, ideologías y los innumerables agravios del pasado enloquecen a los seres humanos; todos quieren tener la razón y viven unos con otros en una profunda discordia. Además, el Cáucaso es una excepción ecológica en el planeta. No es sino una amplia franja entre dos mares, el Muerto y el Caspio: un inmenso depósito de agua dulce, glaciares, montañas, masas de nieve eterna, lluvias riquísimas, campos fértiles y uno de los yacimientos de petróleo y gas más importantes del planeta.

Pero entre 1996 y 1999, Chechenia se va transformando, ya no es un distrito ruso que lucha por su independencia, sino que se convierte en un Estado violento, donde el crimen mundial organizado encuentra un terreno propicio para expandir sus redes. En la historia conocemos muchas republicas que han protegido el crimen y se han fundido hasta confundirse con él. En el siglo XIV la isla de Gotland, la isla de Djerba, donde los piratas berberís dominaron casi 300 años y lograron vencer a la flota española. Pero el ejemplo de Chechenia es en serio algo nuevo en la historia. Algunos políticos criminales e importantes apoyaron de inmediato su independencia, pero a cambio exigieron que Rusia conservara bases militares, y el derecho a realizar atentados selectivos contra terroristas. En 1994, en Chechenia tuvieron lugar 700 asaltos a trenes de pasajeros; en septiembre de 1996, mil 382. Saquearon 724 containers y se registraron pérdidas por 17 mil millones de rublos. El año de 1997, sobrevolaron el espacio aéreo checheno 345 vuelos no autorizados. Poco a poco esas fuentes se fueron cerrando. A finales de 1993 se cerraron todas las pipeslines en Rusia, el producto nacional bruto disminuyó 68 por ciento frente al de 1991; el consumo, 52 por ciento. En la cima de su explotación, Chechenia produjo 20 millones de barriles de petróleo. En 1993 apenas llegaron a 3 millones. Al año siguiente, 200 mil habitantes de Chechenia abandonaron el país, en su mayoría eslavos y rusos. Hacia 1995, se suspende la información sobre los envíos de miles de millones de rublos de los bancos chechenos a los rusos; unos meses después, Moscú suspende el comercio y el tránsito entre Grozny y Rusia. A finales de 1994, Chechenia suspende toda su producción de bienes y servicios. Una pregunta inevitable: ¿cómo floreció la criminalización de Chechenia?

II / La Jornada, 6-9-04

En agosto de 1996, los guerrilleros chechenos vencieron a los ejércitos rusos; una ofensiva inesperada barrió con un regimiento en el barrio de Chernoreche y los soldados del general Dzohjar Dudájev reconquistaron Grozny, la capital de Chechenia -que Moscú mantenía ocupada desde diciembre de 1994. Miles de soldados rusos sucumbieron o quedaron atrapados entre las ruinas de la ciudad; el orgullo del ejército de la Federación Rusa se desmoronó como un castillo de arena. Todo ocurría en un momento crítico de Chechenia, en que la lucha armada contra el poder ruso estaba más fuerte y extendida que nunca. Ya no eran las bandas de montañeses dispersas con escopetas de fisto que se paseaban a todo lo largo y todo lo ancho del río Terek, en la frontera con Daguestán, sino un verdadero ejército regular, con guerreros diestros y muy bien entrenados, bazukas y lanzagranadas, morteros y artillería pesada capaces de arrasar el cuartel general ruso de Jankala. Varias veces, en ese año, las fuerzas armadas de Rusia habían proclamado la victoria final sobre la subversión chechena, pero la realidad se había encargado de demostrar al día siguiente que la guerra continuaba cada vez más intensa y que amenazaba con ser sangrienta y sin término.

Boris Yeltsin había comenzado la guerra esperando que una victoria rápida aumentara su popularidad, pero en esos días se dio cuenta de que era imposible: el juego bélico había terminado. Los ejércitos rusos se rindieron, el Estado Mayor depuso las armas, enarboló banderas blancas y abandonó Chechenia escoltado por los guerrilleros; en la retirada, muchos soldados lloraban, la memoria de Afganistán regresaba a sus filas.

Todos sabían por qué se llegó a ese punto. En 1994, la guerrilla chechena expresó su propósito de deponer las armas para tomar parte en las negociaciones, a cambio de una amnistía real y completa. El gobierno de Yeltsin tuvo entonces la oportunidad de instaurar una paz civil en la región del Cáucaso que tal vez hubiera sido la única verdadera y estable en los últimos 60 años. Pero Yeltsin y sus asesores, Vladimir Putin entre ellos, prestaron oídos sordos al clamor nacional, rechazaron inclusive un proyecto de paz del general Alexander Lebed y se embarcaron en una guerra absurda y bestial. Chechenia estaba arruinada. Miles habían sido torturados y asesinados, los soldados rusos se especializaron en la tortura directa; violaron a las mujeres, ejecutaron a los hombres en los campos de prisioneros, torturaron a niños y ancianos hasta la muerte. No conocieron piedad. El general Lebed afirmaba que no sólo debían disculparse con los chechenos, sino también y sobre todo con el pueblo de Rusia. "Afirmamos que se trataba de una suerte de operación militar para restablecer el 'orden constitucional' en un distrito rebelde", escribía Lebed, "pero ese puñado de bandidos no sólo resultaron ser guerrilleros, sino sus hijos y padres, viudas y primos: la mayoría de la población chechena". La operación policial se convirtió en la guerra contra un pueblo. Cuando Boris Yeltsin, en el fragor de las elecciones (1997), admitió haber cometido errores, estaba reconociendo también que 10 mil soldados rusos, entre los 18 y los 23 años, sucumbieron mientras destruían una ciudad distante y ajena a la que se les había enviado como redentores.

Los chechenos celebraron en las calles destruidas la retirada de las tropas rusas. En el libro Una guerra sucia: una reportera rusa en Chechenia, Anna Politkovskaya recuerda esos primeros meses después de la guerra, el día en que el comandante militar checheno, Aslán Masjadov, es electo presidente de la república -unas elecciones vigiladas por observadores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación de Europa. "Aunque las pérdidas chechenas habían sido catastróficas, y el duelo masivo dominaba las horas y se imponía la sensación de un abismo sin fondo, existía un sentimiento de que la guerra no había sido en vano", escribe Anna Politkovskaya. La memoria no se apaga en Chechenia; por paradójico que suene, la gente se alimenta de ella. Las guerras de independencia que dieron comienzo en el siglo XVIII continuaron hasta el XX, seguidas por la represión y el destierro ordenado por Stalin, son los rasgos distintivos de la conciencia nacional de los chechenos.

En esos años ninguna victoria fue más espectacular; Chechenia nunca estuvo tanto tiempo en las ocho columnas de los diarios internacionales; "en esos días -dice Anna Politkovskaya- los chechenos aprendieron a decir 'nunca jamás', nunca otra guerra". Pero este optimismo se evaporó muy pronto. Los rusos, en cambio, no modificaron en absoluto el hermetismo tradicional del poder soviético. Sus dirigentes guardaron silencio ante la derrota, con la excepción del general Alexander Lebed, que muy pronto fue retirado del Servicio. Ningún gobierno extranjero se atrevía a poner en peligro sus relaciones con Rusia al reconocer a Chechenia; ni siquiera trataron de ayudar a su reconstrucción, a diferencia de la antigua Yugoslavia, o en Timor Oriental. Aparte de una indemnización excepcional que se entregó al gobierno checheno, Rusia se desatendió del verdadero problema de la independencia y de sus históricas declaraciones de paz, todo se olvidó en el trajín de los días. Así, abandonada otra vez por el mundo exterior, sobre todo por la Unión Europea, en ruinas y en la miseria, poblada por hombres jóvenes y desempleados, armados hasta los dientes y paranoicos, la república de Chechenia comenzó el camino de su propia autodestrucción. Aslán Masjádov nunca pudo imponer su autoridad, los grupos armados no le obedecían y confundió la política con la publicidad. Así empezó la jornada más difícil en la vida de este militar poco acostumbrado a los paraísos artificiales del poder. Por otra parte, el Consejo de Ancianos, una suerte de gobierno descentralizado, estaba destruido, las voces sabias habían desaparecido, y con ellos la memoria del pasado y de las luchas por la independencia. La gran mayoría de los proyectos de cambio, incluida la negociación con Georgia y Osetia del Norte, que era el más ambicioso, terminaron en el fracaso. En el centro de este caos, los grupos islámicos radicales recién llegados a Chechenia -grupos que tenían dinero y daban la impresión de una férrea disciplina- fueron cobrando cada día mayor fuerza. Esta era la situación en noviembre de 1997, cuando la espiral del crimen y el bandidaje se apoderó de Grozny. En esos días Chechenia, como decíamos ayer, estaba en las primeras páginas de los diarios, como la capital mundial del secuestro y el crimen.

Actualmente hay cerca de 80 mil soldados rusos en Chechenia; sin duda, un país ocupado. En realidad, este drama es infinito. En abril de 2003, tres años después de la última guerra, la administración impuesta por Moscú en Chechenia -el régimen del ex mufti Ajmad Kadírov- ha escrito un informe sobre los crímenes cometidos en 2002 por las fuerzas federales rusas. Estas autoridades prorrusas revelan unas estadísticas aún más espeluznantes que las del Memorial o Human Rights Watch. En el año de 2002, murieron mil 314 civiles en ejecuciones sumarias y como resultado de las torturas, es decir, más de 100 mensuales. Esta cifra corresponde al doble de las estimaciones reveladas por Memorial, que lleva una crónica minuciosa de todas las muertes denunciadas en Chechenia y de las fosas comunes que van descubriendo. El informe también confirma la existencia de fosas comunes, algo que nunca antes había reconocido el Ministerio de Situaciones de Emergencia checheno.

El 12 de julio de 2002, en el cementerio central de Grozny, se encontró una fosa común con 297 cuerpos, personas asesinadas y con huellas de tortura. Frente a la base militar rusa de Jankalá, los funcionarios del gobierno de Kadírov encontraron otra fosa con 39 cadáveres, y así hasta llegar a la cifra de 2 mil 879 cuerpos. Si leemos el capítulo en torno a las muertes violentas -en algunos casos sólo se encuentran partes del cuerpo, porque los militares ponen granadas en los cuerpos de las víctimas torturadas. En el parte militar se menciona el nombre de la víctima, el lugar del incidente y el número del carro blindado ruso -prueba de la culpabilidad de los militares- presente en la operación durante la cual la persona fue asesinada o arrestada. En los tres primeros meses de 2003 se registraron, según el informe de la Administración Kadírov, 70 asesinatos, 236 secuestros, 18 desapariciones y 35 casos en los que se descubrieron fragmentos humanos.

El Informe Kadírov fue escrito para convencer al Kremlin de la necesidad de poner un límite al enorme poder del ejército en Chechenia. Después de este recuento del horror, de este informe sobre la inhumanidad, quizá haya que volver a citar a Nietzsche: "Hay que redimir a los hombres de la venganza. Nadie tiene derecho a vengar en los demás lo que sus padres o sus abuelos hicieron con él". Nietzsche sabía que nuestra sed de venganza es una cadena infinita de seres humillados y ofendidos que buscan humillar y ofender a los demás y librarse de las humillaciones y las ofensas anteriores con otras todavía más atroces.

III / La Jornada, 7-9-04

"Sólo una nación rechazó someterse a la violencia de los soviéticos -escribió Alexander Solzhenitsin en El Gulag-, la de los chechenos. Lo más extraño era que todos les temían y nadie les impidió vivir como se les daba la gana. Las autoridades soviéticas que se adueñaron de su país durante más de 40 años no pudieron obligarlos a respetar las leyes de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Los chechenos deportados en los campos del Gulag fueron siempre soberbios y hostiles, siempre resistieron el embate de los comisarios y sus torturas."

A los tres años de haber proclamado la independencia, el Estado soviético había desaparecido en Chechenia; la estatua de Lenin, derribada. La bandera verde, roja y blanca chechena con un lobo negro tendido bajo la luna llena ondeaba en el palacio de gobierno de Grozny; los viernes eran el día de descanso obligatorio, el Sabath de los musulmanes. También durante muchos años, y en una época anterior a la revolución de Dzhojar Dudáiev, los habitantes de Grozny se perdían en el gigantesco bazar de la ciudad, donde podían comprar desde metralletas Kalashnikov hasta vestidos de seda finísimos libres de impuestos. La capital tenía 400 mil habitantes.

A partir de noviembre de 1990, el general Dzhojar Dudáiev, un nacionalista extraño, casi religioso y anticomunista de pura cepa, asumió el cargo de dirigente del Congreso Nacional del Pueblo Checheno. Dudáiev había sido general de división de la fuerza aérea soviética y tuvo bajo su mando la base de bombarderos atómicos en Tartu, ciudad de Estonia. Al parecer, se trataba de un miembro en toda la línea del Partido Comunista Soviético, la KGB le tenía toda su confianza y le encomendaba tareas de inteligencia. Se destacó como un excelente estratega en la guerra de Afganistán, participó en el bombardeo despiadado a los civiles afganos y era, como él mismo lo había confesado, un musulmán no practicante. Alla, su esposa, era rusa y escribía poemas malísimos. Como sea, Dudáiev era el primer checheno que había ascendido por todos los rangos militares soviéticos; el primero también que había escuchado las voces de alarma que el consejo de ancianos hacía oír cada cierto tiempo en el Cáucaso cuando señalaba la amenaza real de los soviéticos en sus fronteras. La amenaza desde el territorio de Ingushetia no sólo era verdadera y constante, sino que contaba cada vez con mayores recursos, y si no había llegado hasta sus últimas consecuencias era porque distintos sectores del gobierno soviético no habían logrado ponerse de acuerdo para una decisión final. Todo esto lo había escuchado atentamente Dzhojar Dudáiev. Las maniobras conjuntas que mil 700 soldados soviéticos y 4 mil osetios del norte habían comenzado en la frontera de Chechenia no contribuían, ni mucho menos, a la paz, que ya más de la mitad de Europa estaba deseando para la región, ni eran un paso para la solución pacífica negociada que tantos gobiernos estaban tratando de conseguir, ni revelaban en sus protagonistas ningún ánimo real de poner término a la sangría constante que padecía desde entonces esa desdichada cintura del Cáucaso.

El sueño de Vladimir Lenin tocaba a su fin, la Unión Soviética se desintegraba y los nacionalistas chechenos paladearon la victoria sobre los comunistas de siempre, sus eternos opresores. Dudáiev se convirtió en su profeta:

-Un esclavo que no intenta liberarse es dos veces esclavo -dijo a Aslán Masjádov, su futuro sucesor en la presidencia.
Todo esto obligaba a una movilización más activa, eficaz y coherente para el logro de la independencia de Chechenia. El 22 de agosto de 1991, los insurgentes tomaron la torre de televisión de Grozny y Dudáiev salió en las pantallas para proclamar la revolución. Dos semanas más tarde, el 6 de septiembre, la Guardia Nacional paramilitar de Dudáiev asaltó el Soviet Supremo, o Parlamento Comunista local. El jefe del comité de la ciudad fue literalmente defenestrado: cayó desde un tercer piso y falleció. El 15 de septiembre el Soviet Supremo celebró su última sesión. Rodeado por los miembros de la Guardia Nacional, el Parlamento votó su disolución, la renuncia del presidente Doku Zavgáiev. La revolución se había consumado.

El 27 de octubre de 1991 se celebraron las elecciones más fraudulentas de los últimos años en Chechenia. Dudáiev las ganó de modo aplastante, obtuvo 90 por ciento de los votos, con una participación de 72 por ciento. Los análisis de los institutos electorales europeos revelaron que la participación había sido muy baja y no había superado 12 por ciento. La verdad no tenía importancia. A los numerosos periodistas que lo entrevistaron, Dudáiev les expresó la fuerza del mito checheno, su pasado de luchas contra el poder de los zares y de Stalin.

A pesar de que en un principio Moscú había alentado a Dudáiev en su combate contra Zavgaiev -sobre todo el presidente del Parlamento, Ruslán Jasbulátov-, las relaciones se deterioraron muy pronto. El vicepresidente Alexandre Rutskoi, también general de división de las fuerzas aéreas, declaró de una manera intolerante que los chechenos debían obedecer al nuevo gobierno de Rusia y deponer las armas.

-Dudáiev no tiene más que una banda de 250 forajidos -declaró Rutskoi en la televisión rusa.
Dzhojar Dudáiev devolvió el golpe con una declaración de guerra. Estaba muy lejos de sospechar que Rutskoi sería su verdugo electrónico. "No busco poder, ni riqueza, ni cargos públicos. Siempre he tenido una única idea: luchar por el derecho a la independencia del pueblo checheno. Esta es la meta de mi vida y no me apartaré de ella", declaró al Times de Londres, "no me importa qué tan grande sea la presión o el ataque". En Dzhojar Dudáiev se compendian todas las contradicciones y los aciertos, la valentía y los errores de los dirigentes y luchadores chechenos. Ni Chechenia ni Rusia parecían dispuestos a impedir la desgracia; la guerra estaba en la puerta. Todo hacía pensar en la posibilidad de que algo sangriento pudiera ocurrir, pero nunca en las dimensiones que alcanzó la ocupación rusa de Grozny.

Dudáiev fue perdiendo el control político de su gobierno, la retórica revolucionaria lo envenenó y el odio a los dirigentes de Moscú no le permitió ver lo que pasaba en Chechenia. Los jóvenes chechenos se dedicaron entonces al contrabando, no les importaba el bloqueo impuesto por Yeltsin. A todo lo largo y lo ancho de la frontera con Daguestán, los guardias fronterizos y los mismos soldados rusos dejaban pasar a cualquiera si recibían una cantidad de dólares establecida de antemano. Los ferrocarriles que cruzaban Chechenia a lo largo de la gran línea transcaucásica Rostov-Bakú fueron asaltados en el mejor estilo del oeste estadunidense: 829 trenes sólo en 1993. El aeropuerto Jeque Mansor de Grozny, siempre abierto a un número incontable de vuelos, se convirtió en la puerta de entrada del mercado de armas. Los vendedores ambulantes aparecieron en esos años llenando el bazar de Grozny como nunca antes, un inverosímil paraíso de compras para el Cáucaso del Norte. Todo se compraba en esos locales, las mercancías más surtidas y baratas. Televisores y videos japoneses, directos desde Hong Kong y los Emiratos Arabes; perfumes franceses, ropa deportiva occidental de las mejores marcas, artesanía de madera y cuero de Turquía; diamantes de Africa del Sur, y, sobre todo, la increíble colección de armas. Anna Politkovskaya describe la central telefónica del bazar, donde "hombres de aspecto duro, gafas oscuras y el pelo muy corto vendían desde ametralladoras ligeras Borz (Lobo), fabricadas en Eslovaquia, misiles antitanques, pistolas alemanas 9 milímetros, bazukas y explosivos de plástico. En ese lugar, donde las ramas eran veneradas, el bazar se convirtió en la Meca.

Después de la guerra, el general Dudáiev entró en la historia como un mito checheno admirado y reconocido por todos. En su increíble torpeza, los dirigentes rusos se encargaron de volverlo un mito poderosísimo. En marzo de 1996, en su última rueda de prensa, un mes antes de su muerte en los bosques del sur de Chechenia, Dzhojar Dudáiev afirmó:
-El propósito principal es matar a Dudáiev.
Acorralado por el ejército ruso y la fuerza aérea a la que había servido antes, siempre en movimiento y levantado en armas en los bosques, con el uniforme soviético oscuro, el bigote bien recortado y su presencia dominante de general y piloto, Dudáiev parecía encarnar el propósito de eternidad de los chechenos. "Este hombre había lanzado a su nación al fuego, pero él nunca se había quemado", escribe Anne Nivat, la corresponsal del diario Liberation; "Dzhojar Dudáiev tenía el aura de la inmortalidad. Se la había ganado". Los periodistas y los políticos rusos se preguntaban, y alarmaban a la opinión pública rusa, por qué el FSB (el servicio de inteligencia) y los múltiples comandos no habían conseguido asesinar a Dudáiev. El enemigo público número uno conseguía dar entrevistas a la televisión rusa, debatir con los comentaristas, argumentar contra las tropas asesinas rusas y sus crímenes en Grozny. El intento de los rangers estadunidenses de capturar al señor de la guerra somalí Mohammed Farra Aidid en Mogadiscio se transformó en un sangriento fracaso porque los helicópteros de alta tecnología y los comandos cayeron en la red defensiva de Aidid. Al cercar a Dudáiev los rusos entraban en territorio rebelde, donde cualquier hombre, mujer o niño podía ser un guerrillero o un informante.

La FSB planeó entonces un atentado de alta tecnología digital. El diputado Constantin Voronoi, un eficaz mediador en el conflicto checheno, logró establecer comunicación con Dudáiev por medio de su teléfono celular vía satélite y un cohete aire-tierra guiado por la emisión del teléfono pulverizó al general en los bosques del sur de Chechenia. Su muerte correspondió, como escribe Juan Goytisolo, "a la lógica gangsteril del entorno de Yeltsin recientemente depurado y se añade a la ya larga lista de jefes y guías político-religiosos chechenos, ajusticiados o muertos en cárceles rusas antes y después de la revolución".

* Remite Correspondencia de Prensa [Nº 755 - Septiembre 7 - 2004]
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