Cole: La revolución mexicana

Jueves 10 de junio de 2010

 Pepe Gutierrez

 Me parece que el centenario de la Revolución Mexicana no está recibiendo la atención merecida, motivo que inspira la trascripción de este capítulo de la mana obra de Cole sobre el pensamiento socialista

 Guardo como paño en oro desde principios de los años setenta, los siete volumenes que forman la obra magna de George Douglas Howard Cole, (Cambridge, 1890-Londres, 1959), Historia del pensamiento socialista.

 Hoy demasiado olvidado, cole fue un importante militante del ala izquierda del laborismo inglés, y sobre todo, reconocido historiador del socialismo internacional.

 Estudió en la Universidad de Oxford, fue profesor de historia en la Universidad de Durham (1913-1914), y más tarde en la de Oxford. Fundó junto con Bertrand Russell, George Lansbury y Clifford Allen, la tendencia “National Guilde League”, que desarrollará una plataforma intelectual de izquierdas en el  antiguo Labour Party (LP), concediendo mucha más importancia a la "democracia industrial" que a la política y considerando las hermandades obreras como instrumentos privilegiados de la lucha de clases. Le corresponde a las Trade-Unions una doble función, ser la "fuerza de control" y "república industrial", y a los obreros defender su voluntad como productores libremente asociados. El "Guildismo" sería una tenencia que podíamos llamar anarquista moderada que pone el acento sobre el derecho de los trabajadores a disponer de su trabajo y tiempo propio, democracia en el taller, autogestión, etc. Después de la traición de MacDonald,

 Cole volvió a animar una nueva tendencia de izquierdas, la constituida alrededor de la Liga Socialista que crítica la política meramente parlamentarista del Laour Party, y la creciente independencia de los parlamentarios de la base obrera. Presidió entre 1939 y 1946 la sociedad Fabiana, jugando, junto con su esposa Margaret Cole, autora también de un buen número de obras sobre la enseñanza, una impresionante labor de educación socialista. Siempre situado en el ala izquierda del LP, Cole criticó la política de nacionalizaciones por su orientación meramente "correctora" del capitalismo y por no crear nuevas condiciones para el avance hacia el socialismo. Aparte de su monumental Historia del pensamiento socialista (siete volúmenes que fueron editados por Fondo de Cultura Económica en México), Cole escribió un sin fin de artículos y folletos de teoría, historia y propaganda socialista.

 Este fragmento proviene del volumen IV, La Segunda Internacional: 1989-1914, concretamente desde la página 287 a la 300. al margen del tiempo pasad, y de los problemas e interpretaciones que puedan ofrecer el texto, pienso que es un “clásico” que merece ser conocido, y sobre el que habrá que volver ya que no parece cercana ninguna reedición.

 Cole: La revolución mexicana

 He dejado para el final, al país de América Latina donde tuvieron lugar los acontecimientos más importantes en el movimiento obrero y socialista en los años inmediatamente anteriores a la primera Guerra Mundial. México, hasta 1900, apenas había desempeñado algún papel en la actividad socialista o siquiera sindicalista aunque, como hemo5 visto, había habido un desarrollo limitado de las sociedades cooperativas y mutualistas en una etapa anterior. Bajo la dictadura de Porfirio Díaz, hasta que ésta empezó a quebrarse, no había habido campo para la actividad política ni el sindicalismo. Los sindicatos habían existido clandestinamente, especialmente entre ios ferroviarios y los trabajadores textiles, y habían realizado huelgas ocasionales; pero el amplio movimiento de los años setenta casi había desaparecido.

 Los trabajadores petroleros, aislados en el Norte, habían sido reprimidos., con demasiada fuerza para poder formar organizaciones estables. La rebeldía de ios campesinos era endémica, pero no podía ir más allá de una resistencia puramente local y no podía asumir otra política que la de una mera protesta contra las terribles condiciones en que vivía la gran masa del pueblo bajo el dominio feudal de los grandes terratenientes, que eran en gran medida extranjeros —europeos— o absentistas, que no vivían en sus vastos y descuidados territorios. La política de Díaz era de desarrollo económico con ayuda de capital extranjero; había poco capital nacional, aun en las fábricas textiles que existían en número considerable y virtualmente ninguno en los pozos petrolíferos, donde el capital inglés y norteamericano desempeñaban el papel dominante.

 Un gran obstáculo para el desarrollo de un movimiento obrero efectivo, aparte de la dictadura, era el agudo desnivel existente entre los trabajadores industriales y la población campesina. Los niveles de vida del núcleo principal de la población rural, que era predominantemente indígena, eran terriblemente bajos. Los inmigrantes blancos no podían establecerse en la tierra si no eran capitalistas que pudieran trabajarla con mano de obra indígena. Se radicaban en las ciudades y trataban de obtener condiciones de vida tolerables, constituyendo una aristocracia obrera de trabajadores calificados, mediando un abismo en nivel de cultura y capacidad adquisitiva en relación con los trabajadores no calificados. La separación de estos dos grupos se agravó por el poder de la Iglesia sobre la gran masa de la oblación, porque las formas religiosas prevalecientes incluían una gran mezcla de pura superstición y creencias mágicas que tenían poco en común con el catolicismo de las clases ilustradas, mientras que el racionalismo de la intelligentzia producía un choque en el devoto y lo enajenaba. La gran necesidad básica de México era la reforma agraria; pero los trabajadores urbanos y los mineros, con grandes motivos de queja individualmente, no estaban en situación de dirigir, o de  aliarse fácilmente con un movimiento agrarista. El tipo de propaganda agrarista realizada por el Dr. Justo en Argentina no podía atraer a los habitantes de las ciudades en México: lo último que deseaban era establecerse en el campo como competidores de los campesinos indígenas, a cuyos niveles de vida hubiera sido imposible adaptarse, por bajos que fueran los suyos en comparación con los de países más adelantados.

 El renacimiento de la propaganda socialista en México empezó en 1900, cuando tres hermanos, Enrique (1877-¿), Jesús (18711930) y Ricardo Flores Magón (1873-1922) iniciaron su periódico, Regeneración, que fue inmediatamente proscrito. Lo sacaron entonces en Texas, del otro lado de la frontera, y lo introducían a través de la frontera. Los hermanos Flores Magón eran anarquistas, pero del tipo anarco-sindicalista más que del “puramente” anarquista. No eran hostiles a todas las manifestaciones de acción política, sólo a la parlamentaria o reformista. En 1906, desde St. Louis, Missouri, publicaron un Manifiesto constituyendo un “Partido liberal”, que no era tanto, en efecto, un partido parlamentario como un centro de propaganda destinado a unir a los grupos de izquierda en torno a un programa común. Este programa era un llamado a la revolución, para derrocar a la dictadura y acabar con el poder de la Iglesia e instituir un régimen liberal que socializara los vastos dominios eclesiásticos y las tierras sin cultivar pertenecientes a grandes terratenientes, aboliera el trabajo obligatorio y estableciera un salario mínimo para trabajadores urbanos y rurales. El Manifiesto exigía también la jornada de ocho horas, la educación universal laica, la igualdad de salarios entre trabajadores extranjeros e indígenas, la autonomía municipal y la sustitución del ejército regular por una milicia de ciudadanos.

 El Manifiesto de los Flores Magón tuvo efectos considerables, especialmente en los campos petroleros y en los distritos del este de México, hasta Yucatán. Una Unión Fraternal Liberal, organizada en 1906, se extendió rápidamente desde las minas de propiedad norteamericana de Cananea, cerca de la frontera con los Estados Unidos, donde estalló en 1906 una huelga por la igualdad de salarios entre trabajadores mexicanos y extranjeros. Tropas norteamericanas, llamadas por la compañía, violaron la frontera para reprimir el movimiento y esto ayudó a despertar los sentimientos nacionalistas. En ese año y el siguiente, hubo muchas huelgas en las fábricas textiles y Díaz respondió declarándolas ilegales e instituyendo un sistema de Certificados de buena conducta para los trabajadores que no participaron en ellas, una especie de lista negra indirecta. A principios de 1907 una gran huelga textil en Río Blanco fue terminada con una promesa de atender las demandas de los huelguistas; pero cuando, confiados en esto, volvieron al trabajo, se produjo una salvaje represión y no se hizo ninguna concesión. Siguieron fieros conflictos en las áreas industriales y muchos líderes liberales se fueron a las rnontañas y trataron de organizar revueltas entre los campesinos. Entretanto, bajo la dirección de se desarrollaba una formidable rebelión campesina entre los indios y mestizos del sur de México y los hermanos Flores Magón hicieron lo posible por establecer relaciones con ellos. La dictadura tenía que hacer frente, también, a la amenaza creciente de los políticos más liberales, encabezados por Francisco Indalecio Madero (1873-1913).

 Madero era un gran terrateniente y propietario de minas del norte de México. Había sido educado en Francia, donde estuvo entre 1889 y 1895, y en la Universidad de California. Después de 1900 actuó en política, organizando el Club Democrático “Benito Juárez”,I con ramas en casi todo el país, en un intento por construir un partido avanzado para luchar contra la dictadura de Díaz y en pro de la reforma agraria. Organizó convenciones democráticas en los diversos Estados, y luego una Convención Nacional, con el objeto de oponerse a la reelección de Díaz cuando expirara su periodo presidencial en 1910. Corno parte de su campaña publicó en 1908, un libro La sucesión presidencial en 1910, en el que defendía la causa contra la dictadura y exponía un programa de reforma constitucional y social. Díaz prohibió el libro, pero éste siguió teniendo una amplia circulación clandestina. Cuando llegó el momento de las elecciones, Madero fue postulado como candidato a la Presidencia y realizó una activa campaña contra Díaz. Fue apresado en la culminación de la campaña por insultos al dictador.

 Cuando terminaron las elecciones, en las que Díaz proclamó su victoria, Madero fue liberado. Los partidarios de Madero afirmaron que los resultados de las elecciones habían sido falseados. Madero atravesó entonces la frontera y, desde Texas, lanzó el Plan de San Luis Potosí, con un llamado a la insurrección. El Plan incluía, además del gobierno constitucional y la no reelección, amplios proyectos de reforma económica y social: la educación universal libre del control de la Iglesia, la distribución de la tierra entre los campesinos, la abolición del sistema, heredado de España, de los “caciques” que controlaban a los campesinos para los intereses del gobierno y la aristocracia terrateniente y la restauración de los derechos colectivos de los vecinos a los bosques y a los suministros de agua. El Manifiesto de Madero declaraba inválida la elección, por haber sido realizada por medios corrompidos —como lo fue, efectivamente, mediante los caciques—. Se proclamó Presidente Provisional y atravesando de nuevo la frontera, se unió a las fuerzas rebeldes que ya empezaban a reunirse en las provincias del Norte, con Pascual Orozco (1888-1916), un antiguo arriero, y Francisco Villa, conocido como Pancho Villa (1877-1923), quien se había mantenido por algún tiempo en las montañas contra los intentos de Díaz de desalojarlo.

 Con estos auxiliares Madero estableció un Gobierno Provisional en Ciudad Juárez. Zapata se levantó en el Sur y hubo numerosos levantamientos en otras provincias. Díaz, frente a ‘una aplastante oposición, buscó entonces la paz y Madero llegó a un acuerdo con él en el sentido de que dimitiera en favor de un Presidente electo constitucionalmente y que las fuerzas revolucionarias se licenciaran para que pudieran realizarse elecciones libres. Zapata, no obstante, se negó a licenciar sus tropas de campesinos, hasta que se hubiera realizado definitivamente la reforma agraria y casi todos los ejércitos rivales se manvjeroi1 Se realizó, sin embargo, una elección presidencial y, en 1911, Madero fue electo Presidente por una enorme mayoría; pero el viejo Congreso elegido bajo el gobierno de Díaz siguió existiendo y la mayoría de los antiguos funcionarios y generales del dictador no fueron desplazados. El Congreso empezó de inmediato a obstruir la promulgación de las reformas postuladas en el Plan de San Luis Potosí, y Madero se vio atacado por ambas partes —por los partidarios del viejo orden a causa de sus proyectos subversivos, y por los revolucionarios, como apóstata que había transigido desastrosamente con los opositores de la reforma_. Zapata, desde el Sur, lanzó en 1911 su Plan de Ayala, pidiendo la renuncia de Madero y la distribución inmediata de todas las tierras no cultivadas entre los campesinos, así como la confiscación de las tierras de los partidarios de Díaz.

 En el Norte, Orozco se puso a la cabeza de un nuevo levantamiento, con un programa muy semejante; y Ricardo Flores Magón, que se había adueñado de la provincia exterior de Baja California, estableció allí una República Socialista. Madero envió al general Huerta, jefe del ejército, contra Orozco, quien fue derrotado. Pero Huerta se preparaba, asociado con elementos reaccionarios hostiles a la Revolución, a volverse contra Madero. En febrero de 1913 se produjo una contrarrevolución en la ciudad de México. Huerta se unió a ella, con casi todo el antiguo ejército. Capturó a Madero, lo hizo asesinar, en unión del vicepresidente Pino Suárez.

 Por los guardias que los conducían a la prisión y se proclamó Presidente. Huerta fue agasajado pronto en un banquete por el embajador de los Estados Unidos, Henry Lane Wilson, pero el asesinato de Madero era demasiado para el Presidente Woodrow Wilson y segó el reconocimiento norteamericano al gobierno de Huerta. De cualquier manera, no controlaba al país: Zapata no había sido derrotado en el Sur y había muchos Estados donde las órdenes de Huerta no se cumplían. En particular, el viejo partidario de Madero, Venustiano Carranza (1857-1920), gobernador de Coahuila, en el Norte, se negó a reconocer a Huerta y, con el apoyo de otros gobernadores y de guerrillas como las de Pancho Villa, se preparaba para la guerra civil. Carranza trató de llegar a un acuerdo con Zapata, pero Zapata desconfiaba de él y las negociaciones se rompieron. Entretanto, Huerta desencadenó un verdadero reinado del terror en la ciudad de México ejecutando a muchos senadores y diputados de opiniones liberales o radicales y actuando de tal manera respecto a los intereses extranjeros como para provocar la intervención activa de los Estados Unidos.

 Para proteger los intereses de los Estados Unidos, el Presidente Wilson envió una flota que, tras una dura batalla, ocupó Veracruz, el puerto del Golfo de México, con una fuerza de infantes de marina. Mientras tanto, Pancho Villa se levantaba de nuevo en el Norte y el antiguo amigo de Madero, Alvaro Obregón (1880-1928), quien ya había mostrado su capacidad militar defendiendo a Madero, en las campañas contra Orozco y otros, se pronunció contra los contrarrevolucionarios, de parte de Carranza, y derrotó primero a Félix Díaz, sobrino del viejo dictador y luego al mismo Huerta, apoderándose de la ciudad de México, en agosto de 1914. Huerta huyó al extranjero, pero su eliminación no acabó de ninguna manera con la confusión. Tanto Zapata como Villa habían marchado hacia el centro de México y exigían con insistencia la inmediata distribución de la tierra entre los campesinos, mientras que Carranza quería dar precedencia a las reformas constitucionales y ocuparse del problema agrario sólo después del establecimiento de un nuevo régimen constitucional. Carranza fue expulsado de la ciudad de México, que fue ocupada primero por las fuerzas de Zapata y después por las de Villa.

 Pero los líderes campesinos no lograron llegar a un acuerdo con los líderes obreros de la ciudad, que habían formado en 1912 una organización central llamada la Casa del Obrero Mundial. Los sindicalistas urbanos, aunque favorecían la reforma agraria, temían a los ejércitos de campesinos y preferían apoyar a Carranza más que a Zapata o Villa. En mayor medida se inclinaban por Obregón, quien era un partidario fiel del programa social de Madero y, cuando Obregón decidió apoyar a Carranza, su decisión influyó grandemente en la actitud de ios grupos políticos organizados de la clase obrera y de la izquierda. A principios de 1915, las fuerzas de Obregón infligieron una severa derrota a Zapata, quien e retiró a su región sureña. Obregón marchó entonces contra Villa Y empujó a las fuerzas de éste a sus refugios en las montañas del Norte. Carranza volvió a entrar en la ciudad de México y se estableció como Presidente, con el apoyo de Obregón. Presionado por Obregón, puso en Vigor en 1915 decretos de gran alcance referentes a la reforma agraria. El más importante disponía la restitución a los vecinos de los pueblos de los ejidos (comunidades rurales) que habían sido destruidos bajo la dictadura de Díaz, la expropiación de tierras para el establecimiento de nuevos ejidos y la devolución a los ejidos de sus derechos tradicionales en los bosques y fuentes de agua.

 Al mismo tiempo, Carranza firmaba un pacto, conocido como el “Pacto de Veracruz”, con la Casa del Obrero Mundial, de acuerdo con el cual la Casa se comprometía a formar Batallones Rojos, para la defensa de la Revolución y poner esos batallones a su servicio para la supresión de sus opositores.

 Reinstalado así en el poder, Carranza pudo consolidar su posición y obtener el reconocimiento del gobierno de los Estados Unidos. Pero quedaban aún nuevos problemas. Villa campeaba aún en el Norte y, en enero de 1916, un núcleo de sus partidarios asaltaron un tren en Santa Isabel y mataron a dieciocho norteamericanos que iban en él. Siguieron confusas escaramuzas y, en marzo, Villa penetró en territorio de los Estados Unidos y atacó a Columbus, en Nuevo México, matando a otros diecisiete ciudadanos norteamericanos. El gobierno de los Estados Unidos envió entonces un ejército, comandado por el general Pershing, para perseguir a Villa hasta territorio mexicano; y este ejército, al avanzar considerablemente dentro de México, chocó con las fuerzas de Carranza en una escaramuza, que casi condujo a la guerra entre los dos países. Numerosos soldados norteamericanos fueron capturados y puestos en libertad sólo después de agudas protestas, a las que se respondió con otras relativas a la ocupación de territorio mexicano por fuerzas norteamericanas.

 Entretanto se divulgó la falsa noticia de la muerte de Villa y el ejército norteamericano se retiró, por fin, a principios de 1917.

 En este periodo, Zapata mantuvo su control en el Sur y, en diversos Estados hubo intentos de adelantarse a Carranza en la realización de las reformas agrarias que éste había prometido. En Yucatán, particularmente, el gobernador del Estado, Salvador Alvarado (1888- 1924) declaró abolida toda propiedad privada de la tierra y promulgó un Código laboral muy avanzado —medidas que Carranza desautorizó. Yucatán siguió siendo un centro de rebeldía socialista, bajo la dirección de Felipe Carrillo Puerto (n. 1872) hasta su muerte en 1924.

 Pero, a principios de 1917, el país estaba controlado lo suficiente Por Carranza y Obregón como para que un nuevo Congreso se pusiera a trabajar en la redacción de una Constitución fundada en el Programa de Madero. Esta Constitución demostró ser un documento my avanzado. Establecía al menos en el papel, un sistema de gobierno Plenamente democrático; pero sus cláusulas económicas y sociales eran aún más importantes. Declaraba que la tierra y los minerales del subsuelo eran propiedad pública e iniciaba, así, el gran Conflicto con las compañías petroleras y los gobiernos extranjeros que apoyaban sus reclamaciones, así como los intereses de los nacionales propietarios de tierras. Encerraba en la misma cláusula, garantías de posesión a los pequeños propietarios y limitaba la cantidad de tierra que podía ocupar un individuo bajo el dominio del Estado. Se pronunciaba por la educación universal, libre, laica y por la abolición del control religioso de las escuelas, iniciando así una fiera lucha con la Iglesia y sus partidarios. Prescribía una jornada máxima de trabajo de ocho horas y un jornal mínimo que debía revisarse periódicamente para responder a los cambios del costo de la vida; también establecía las bases de un código de trabajo y sanitario y establecía la completa igualdad de salarios entre los trabajadores extranjeros y los del país, así como entre hombres y mujeres. Garantizaba la plena libertad de asociación y el derecho a la huelga; y, finalmente, prometía la libertad de expresión hablada y escrita.
 Así, según la Constitución de 1917, los agraristas y los sindicatos obtenían —en el papel— todo lo que querían y mucho más de lo que deseaban muchos partidarios de Carranza —o el mismo Carranza—. Los aspectos económico y social de la nueva Constitución no obstante, a diferencia de las disposiciones políticas, eran simplemente declaratorios: no tenían, en su mayoría, efectividad práctica, antes de traducirse en leyes positivas. Carranza, que trataba de conciliar a sus opositores de derecha menos intransigentes y a los gobiernos extranjeros cuyo reconocimiento y apoyo quería, no estaba apurado por ver que se hicieran efectivas. Estaba envuelto, al mismo tiempo, en una ácida disputa con las compañías petroleras extranjeras, que se negaron a reconocer la expropiación de sus propiedades como válida, y apelaron a sus gobiernos en busca de apoyo. Cuando se promulgó la Constitución, principalmente bajo presión de Obregón y la Casa del Obrero Mundial, Carranza se inclinó cada vez más a la derecha y perdió poco a poco la influencia sobre las fuerzas que lo habían llevado poder. Especialmente, se disgustó con Obregón, quien seguía presionando en favor de la acción. Logró sostenerse casi todo el periodo de cuatro años para el que había sido electo a la presidencia. Pero los intentos de obstaculizar la legislación social y sus interferencias con los gobiernos de los Estados lo hicieron cada vez más impopular través de la primera Guerra Mundial mantuvo una política de neutralidad y se consideró que favorecía a los alemanes —otra causa división interna—.

 Entonces, a principios de 1920, cedió ante la presión de los intereses petroleros hasta el punto de suspender los decretos obligándolos a aceptar la nacionalización del subsuelo, el pago de regalías y el derecho del gobierno mexicano a reglamentar las condiciones de trabajo. Carranza no abandonó estas reclamaciones, pero suspendió su funcionamiento y permitió a las compañías extranjeras seguir trabajando en los campos petrolíferos bajo las viejas condiciones, poniendo así en su contra a muchos de sus partidarios de la clase obrera. Finalmente, Obregón rompió con él, se retiró a su Estado natal, Sonora, y pactó con otros generales descontentos, para derrocarlo y evitar que forzara la elección de su propio candidato en las próximas elecciones presidenciales de 1920. Obregón marchó sobre la ciudad de México y la ocupó; Carranza, en su huida a Veracruz, fue asesinado en el camino. Después de un periodo de gobierno provisional, Obregón fue electo Presidente, en diciembre de 1920.
Mucho antes de esto, en abril de 1919, el largo desafío de Zapata a la autoridad había llegado a su fin: no por una derrota, sino por asesinato. Cayó en la trampa de una cita con un oficial, Guajardo, quien fingió querer pasarse a su lado, y fue muerto por ios soldados de Guajardo. Con su muerte, el movimiento que había inspirado y dirigido se desintegró y los territorios que había dominado volvieron al control federal. Villa sobrevivió hasta 1923, cuando también fue asesinado; pero no contaba como fuerza seria después de la derrota que sufrió a manos de Pershing, en 1916.

 Obregón, al llegar al poder en 1920, hizo un intento serio de llevar adelante el programa revolucionario, especialmente en los aspectos agrarios. Se empeñó en poner la tierra a disposición de los campesinos, restaurar los ejidos y devolver a las comunidades campesinas sus derechos a los bosques y suministros de agua y apoyar a los sindicatos en sus esfuerzos por hacer que se cumplieran las disposiciones del código laboral. Pero tropezó con formidables obstáculos y sus reformas agrarias se aplicaron sólo en una pequeña parte del país; después de su periodo de gobierno no se avanzó mucho bajo sus inmediatos sucesores. Fue el Presidente Cárdenas, en los años treinta, quien hizo resurgir la causa de la Revolución y la llevó adelante al reiniciar la distribución de las tierras y la extensión del sistema del ejido a otras regiones.
 La historia de estas últimas etapas de la Revolución Mexicana Pertenece, no al volumen presente de esta obra, sino al próximo. Era imposible, sin embargo, interrumpir el recuento antes, porque no había Una línea divisoria hasta después de la desilusión que siguió a las grandes promesas hechas a principios del periodo de Carranza. En el cuarto Volumen seguiré la historia desde la Constitución de 1917, que
encerró formalmente, aunque de ninguna manera en su funcionamiento real, los logros de la Revolución en sus etapas iniciales.

 Queda por averiguar en qué medida, hasta 1920, cuando Obregón llegó al poder, había triunfado la Revolución Mexicana, en que había fracasado y por qué había llegado hasta allí y no más adelante. Su éxito se debió más, indudablemente, a la fuerza y persistencia de la rebelión campesina que a cualquier otra causa. Sobre todo, se debió a Emiliano Zapata quien, a pesar de no ser un pensador, sabía claramente lo que querían hacer para mejorar la suerte de los campesinos Los problemas de gobierno le preocupaban solo por su Influencia en las vidas de los hombres del campo. Za ata había empezado su carrera como defensor de los campesinos ajo el gobierno de Díaz, y por sus actividades revolucionarias se había visto obligado a servir durante diez años en el ejército mexicano.

 Al ser liberado, en 1910, hizo un intento de obtener que la tierra de su pueblo, donde él mismo era arrendatario rural, fuera restaurada por proceso legal a la propiedad colectiva. Cuando fracasó su intento, organizó un levantamiento y llevó a los vecinos a atacar las grandes haciendas y tomar la tierra por la fuerza. Al principio apoyó a Madero; pero, al no realizarse la reforma agraria, volvió a la acción directa en una región más amplia y se adueñó del Estado de Morelos y de una gran parte del territorio vecino. En su Plan de Ayala pedía la división de los grandes dominios y la restauración de la tierra a las comunidades de campesinos. Zapata fue un líder campesino notablemente efectivo y recibió el apoyo intelectual de los escritos de Antonio Díaz Soto y Gama (n. 1874). Si Zapata no hubiera mantenido a sus fuerzas campesinas un año tras otro, desafiando todo intento de suprimirlo,. y no hubiera practicado la distribución de la tierra y destruido las grandes propiedades rurales en las regiones que controlaba, los políticos de la ciudad de México jamás habrían promulgado la Constitución de 1917 —o, cuando menos, las partes referentes a la tierra—, y, probablemente los obreros habrían sido demasiado débiles, si Carranza no hubiera necesitado su ayuda contra Zapata, para lograr el avanzado código de protección laboral que -la Constitución establecida.

 No obstante, los trabajadores urbanos hicieron poco por apoyar a Zapata o a los demás líderes campesinos: en verdad, pelearon con las fuerzas de Carranza contra ellos. Ahí está una clave para comprender la primera etapa de la Revolución, que logró su éxito a pesar del hondo abismo existente entre el movimiento obrero urbano -1 su mayor parte— y los campesinos. Este abismo no existía, en verdad, entre el movimiento “liberal”, semianarquista, de los hermanos Flores Magón y los campesinos; pero era profundo entre los sindica listas organizados de las ciudades —trabajadores de fábricas, ad sanos y burócratas, principalmente de origen europeo— y los indios y mestizos que constituían los ejércitos campesinos. Los trabajadores relativamente civilizados e ilustrados de la ciudad de México más antiguas ciudades, tenían miedo de los campesinos dominados por los sacerdotes y medio salvajes, no sólo físicamente, cuando sus bandas recorrían los campos y ocupaban las ciudades, sino también económicamente, como competidores potenciales que podían ser utilizados para rebajar sus propios niveles, bajos y precarios, de vida. Es verdad que Zapata, cuando sus fuerzas ocuparon la ciudad de pudo evitar el saqueo y, por la pura fuerza de su personalidad, inducir a la buena conducta; pero Zapata tenía buenos consejeros y una política, y era mucho más que un líder casual de un levantamiento campesino. Pancho Villa y algunos otros tenían mucho más de bandoleros y sus bandas eran mucho menos de confiar.

 Los seguidores de los hermanos Flores Magón eran, por supuesto, de otro tipo, socialistas con conciencia de clase o anarquistas, que no dirigían grandes ejércitos campesinos sino pequeños grupos dispuesto a establecer repúblicas socialistas en determinadas regiones y no se movían muy lejos de sus bases; pero aun ellos eran vistos con cierta desconfianza por los sindicalistas y políticos socialistas de la capital. 

 Zapata, por encima de todos los demás líderes, dejó su huella en la imaginación de los campesinos mexicanos no sólo en las regiones que controló, sino en gran medida en todo el país. En el Sur de México se ha convertido en héroe legendario y su tumba se considera un monumento sagrado. Para el resto del mundo es conocido hoy como héroe de una película de gran éxito, que se exhibió en muchos países hace algunos años. En su época era conocido en los círculos reaccionarios de México como el “Atila del Sur” y se narraban lóbregas historias de los excesos cometidos por sus bandas de campesinos La guerra campesina mexicana se peleó, sin duda, con mucha crueldad por ambas partes y llevó consigo una gran destrucción de vidas y propiedades. Pero ¿de quién fue la culpa? Difícilmente puede culparse a los desgraciados campesinos o a Zapata, quien tenía que conducir a sus hombres de acuerdo con sus luces, y las de él mismo para conservar su lealtad.

 La Revolución Mexicana en su primera etapa, no encontró un líder capaz de unificar sus fuerzas. Zapata era un gran líder de los Campesinos del Sur; pero no tenía gran arraigo en el Norte ni capacidad para llegar a un acuerdo con las clases trabajadoras urbanas. Los hermanos Flores Magón tenían pocos partidarios, demasiado estrechamente limitados a algunas regiones y demasiado lejos de la capital para poder tratar de obtener la dirección nacional. Madero era demasiado débil y mostraba poca capacidad de organización; ampo0 tenía ideas demasiado claras sobre el establecimiento de un constitucional. Carranza se hizo el líder, con Obregón detrás, y sacó adelante la nueva Constitución y la Ley Agraria, menos por virtud de cualidades personales para hacer política como porque tenía la capacidad de captar la situación y estaba dispuesto a dejar que el nuevo Congreso se diera gusto haciendo leyes, aunque no se llevaran a la práctica. Obregón, cuando subió al poder en 1920, hizo esfuerzos reales en favor de la reforma agraria, pero no pudo llevarlos adelante.
En consecuencia, lo que logró la Revolución Mexicana, hasta los años veinte, fue minar el viejo orden más que la construcción de un orden nuevo para sustituirlo.

 El socialismo, a diferencia del semianarquismo de los hermanos Flores Magón, era demasiado débil. Hasta 1910 no había un Partido Socialista, sino sólo un grupo de socialistas que actuaban dentro del Partido Liberal formado por Madero en 1907. Este grupo, encabezado por J. Sarabia (1882-1920), se separó para formar un Partido Socialista Mexicano en 1910, que siguió cooperando con Madero —y después con Carranza— pero no tenía ningún arraigo entre los campesinos ni en los campos petrolíferos. El socialismo era más que un movimiento una tendencia de políticos radicales y el credo de algunos pequeños grupos de inmigrantes. Los socialistas no tenían una política agraria clara: el elemento socialista en la Revolución estaba más en la fuerza del sentimiento nacional contra la explotación extranjera en minas y fábricas y contra los privilegios concedidos a los extranjeros por Díaz y los salarios preferenciales pagados a los trabajadores también extranjeros, que de un sentimiento o convicción socialista de la solidaridad internacional de la clase obrera.

 La cuestión de los pozos petrolíferos era, por supuesto, de importancia clave en relación con esto. En 1884, Porfirio Díaz había promulgado un decreto que confería a los terratenientes la propiedad de los recursos minerales del subsuelo. Esto iba en contra de la tradición legal española, que hace del subsuelo propiedad pública. Se hizo para alentar al capital extranjero, y obtener regalías de los extranjeros a los que se les daban concesiones, y, al mismo tiempo, asegurar el apoyo de las clases ricas del país; y dio como resultado la adquisición de gran cantidad de terrenos petrolíferos por compañías extranjeras, inglesas y norteamericanas, así como el enriquecimiento de los terratenientes mexicanos que pudieron posesionarse de derechos sobre minerales. La concesión de Díaz fue revocada por la Constitución de 1917, que hizo del subsuelo propiedad nacional y obligó a las empresas petroleras a someterse a las leyes nacionales que reguIaban la explotación de los recursos minerales. La nueva Constitución también los obligaba, como condición para la renovación de. sus concesiones, a no apelar, en ningún caso, a sus propios gobierno contra las leyes que el gobierno mexicano decidiera poner en vigor.

 Tanto las compañías inglesas como las norteamericanas, con el apoyo de sus gobiernos, se negaron a aceptar las cláusulas relativas de la Constitución de 1917 como válidas. Arguyeron que las concesiones hechas por Díaz de acuerdo con la antigua Constitución eran irrevocables. Se negaron también a aplicar las leyes relativas a salarios y condiciones de trabajo y trataron de conservar sus propiedades mediante guardias armadas privadas, que desafiaban los poderes del Estado. Evitaban que se formaran sindicatos, a no ser clandestinos, y actuaban fuertemente contra los agitadores que trataban de desafiar sus disposiciones. Cuando, en 1920, Carranza cedió a la presión extranjera y consintió en suspender la vigencia de las leyes de 1917, sin perjuicio para el futuro, el gran deseo de las compañías extranjeras era “al buen día meterle en casa”.

 La cantidad de petróleo extraído alcanzó cifras record, porque las compañías se apresuraron por obtener lo más posible antes de que surgieran nuevos problemas sobre sus derechos. Explotaron al máximo sus concesiones, porque sabían que muchas de las fuentes existentes estaban a punto de quedar exhaustas y no estaban dispuestos a arriesgar nuevo capital para abrir nuevas fuentes de suministro. En los años veinte, la producción petrolera de México descendió rápidamente: la disputa duró hasta que Cárdenas la abordó con resolución en los años treinta.

 La Revolución Mexicana quedó así, al terminar su primera fase, a menos de la mitad del camino de su realización, con un hondo abismo abierto entre la masa de campesinos y los trabajadores urbanos. Los trabajadores urbanos aprovecharon esto al máximo: obtuvieron la libertad de asociación y el derecho a la huelga, apoyados por una amplísima legislación laboral y una mejora real en los salarios, horas y condiciones de trabajo. Pudieron constituirse en una aristocracia laboral, todavía muy débil siguiendo los criterios europeos, pero muy por encima de los niveles de vida de la masa del pueblo —los indios y mestizos de las áreas rurales—. Los que eran radicales o socialistas o, por supuesto, anarquistas— aprovecharon también las grandes brechas que se habían abierto en el poder de la Iglesia.

 No sólo los racionalistas y los ateos odiaban a la Iglesia mexicana; era odiada profundamente por ios campesinos, quienes la tenían por un aliado tiránico de la aristocracia terrateniente siendo la Iglesia misma de los terratenientes opresores que vedaban el acceso de los pobres a la tierra. La diferencia estaba en que los campesinos odiaban a la Iglesia, pero no a la religión ni, por regla general, al sacerdote párroco, quien era generalmente tan pobre como ellos y se ponía con frecuencia de su parte.

 Los campesinos eran, en su mayoría, profundamente supersticiosos Y se ponían fácilmente en contra de los intelectuales ateos de las ciudades. Había actuado en contra de Díaz el hecho de que estaba rodeado por consejeros “malvados” y ateos y, después de la caída de Díaz, la Iglesia hizo lo posible por sembrar la misma desconfianza contra sus sucesores en el poder. La jerarquía eclesiástica era, no obstante, demasiado impopular para que los campesinos se pusieran de su parte; y el debilitamiento de su autoridad después de 1917 fue un factor importante que permitió a Cárdenas, cerca de veinte años después, emprender la tarea de hacer el México nuevo que los sucesores de Obregón habían abandonado.

 

 

 

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