
Sylviane Dahan*
El rey Shahriyar ha sabido que la sultana lo engaña y ordena su muerte. Con el objetivo de dominar a todas las mujeres, decide pasar cada noche con una doncella distinta... y hacerla decapitar a la mañana siguiente. Este feminicidio se prolonga durante mucho tiempo, hasta que la bella Sherezade decide poner fin a la matanza, contando cada noche al rey un relato cautivador cuyo final deja en suspenso. He ahí el origen de Las mil y una noches. A partir del referente de esta recopilación de cuentos, la mas rica del patrimonio literario oriental, el realizador
egipcio Yousry Nasrallah se adentra a su manera en la tradición con la película "Ehky ya Scheherazade"... dando la palabra a las mujeres de su ciudad, El Cairo, y del momento presente. Y lo hace a través del personaje de una periodista moderna, en apariencia feliz y sin problemas, que irá tomando poco a poco conciencia de su condición real en la sociedad, convirtiéndose a su vez en la protagonista de un relato sempiterno: el de la violencia patriarcal. Así, pasará de ser la narradora de las historias de otras mujeres... a convertirse en la actriz de su propia vida.
Hebba está casada y es una periodista de éxito, como su marido.
Son jóvenes, acomodados y guapos. Hebba es presentadora de un popular
programa de debates políticos en la televisión. Pero su acidez y sus
críticas hacia las políticas gubernamentales ponen en peligro la
promoción
a que aspira su marido en el mundo de los grandes medios de
comunicación.
Él la presiona, y ella accede a cambiar el formato de su programa para
ocuparse de historias femeninas - que, a priori, deberían resultar
intranscendentes para el poder. El éxito es inmediato. La emisión
aborda hechos reales, llenos de sorpresas y también de violencias,
que tienen como escenario El Cairo: desde los barrios más pobres de
la ciudad hasta las zonas más exclusivas, frecuentadas por la alta
burguesía, y que acaban implicando a miembros del gobierno. ¿Donde
acaba la política y donde empieza la cuestión de la condición femenina?
Hebba no tardará en descubrir que camina sobre un terreno minado por
los abusos, los engaños religiosos, sexuales, y también políticos.
La película está construida entorno a diferentes historias de mujeres, que pertenecen a distintas clases sociales y que van desfilando ante nuestros ojos. Se trata de narraciones en apariencia paralelas, inconexas. En realidad,
sin embargo, los relatos están unificados por un hilo conductor. La vida de la entrevistadora está en juego. Y sólo podrá salvarla luchando por si misma y por todas las mujeres en una sociedad que sigue siendo profundamente misógina bajo la apariencia de la modernidad globalizada. Efectivamente, más del 70% de las familias egipcias dependen del trabajo
de las mujeres. Pero, en lugar de aceptar esta realidad y reconocerlas como iguales, el poder patriarcal las somete a una presión constante, exigiendo cada vez una mayor sumisión. Una abrumadora voluntad masculina
de avasallar a las mujeres atraviesa todas las clases sociales.
Como lo dice una de las protagonistas, "Los hombres deben tener
tres virtudes para ser respetados: honor, honestidad y virilidad. Si
poseen estas cualidades, son los dueños de todo, tienen
derecho a todo". ¿Sin embargo, si les falta eso, quiénes
son? ¿Qué son? En esta película se acaban invirtiendo los roles.
Las mujeres, eternos objetos del deseo masculino (por eso se les impone
el velo en algunos países, se les rapa el pelo en otros lugares, o
bien son utilizadas como reclamo publicitario en las metrópolis
"civilizadas"),
se convierten inopinadamente en sujetos individuales de sus vidas, a
la vez que componen un canto coral sobre su condición colectiva a través
de sus historias. Finalmente, son los hombres quienes se convierten en objetos de deseo... y salen muy mal parados. (Eso debería producirles
el efecto de un electrochoque).
Estas Mil y una noches
de nuestros días constituyen una denuncia implacable, potente y conmovedora, de la opresión que sufren las mujeres y de la corrupción endémica en el mundo árabe. El feminismo se expresa con herramientas culturales autóctonas y florece en todas las lenguas. No es una exclusividad del mundo occidental, ni representa un lejano impulso intelectual de los años 70. Late, resiste, lucha en la inmensa urbe árabe que dominan los modernos rascacielos.
En el mundo globalizado en que vivimos, esta denuncia nos remite a la
sociedad occidental y a sus opresiones sobre todas las mujeres. Las
presiones se expresan de manera diferente, pero tienen el mismo
objetivo.
El ejemplo del velo es característico. En nuestra Europa moderna y
pretendidamente laica, en la que Papa viaja a cuenta del erario público
y las mujeres se ven imponer un determinado modelo de estética y de
representación, se señala con el dedo a aquéllas que llevan velo.
En el mundo árabe, "moderno e integrista", son estigmatizadas,
muy al contrario, las mujeres que no lo llevan. (Una escena de la
película,
en la que las miradas hacen innecesario cualquier diálogo, nos muestra
a nuestra aparentemente liberada protagonista viajando, con su cabellera
al descubierto, en un metro lleno de mujeres trabajadoras y de clase humilde que vuelven a sus casas por la noche. Todas llevan velo. Después
de unos instantes de creciente incomodidad, Hebba acaba poniéndose el pañuelo que, en silencio, desliza en sus manos la chica que pretende entrevistar). Sin embargo, aquí cómo allí, el objetivo es el mismo: crear un clima de opresión que impida la libre expresión de las mujeres.
Geográficamente lejanas, y al mismo tiempo terriblemente próximas
y familiares... Las mujeres de esta película, además de la presentadora
Hebba, resultan espléndidas y entrañables. Las tres hermanas
huérfanas
Safaa, Wafaa y Hanaa; Amany la "loca" que rechaza
el matrimonio con “un buen partido”, prefiriendo la soledad y la
incomprensión social a la esclavitud;
Nahed, la dentista, confrontada a la dramática decisión de no
tener el hijo de un hombre que ha abusado de su confianza y que, para
denunciarle, será capaz incluso de desafiar al poder y plantar cara
a la represión policial... He ahí una narración fuerte, femenina
y feminista, que ha contado con el talentoso trabajo del guionista
Waheed Hamed y del realizador Yousry Nasrallah.
Señal inequívoca de que la búsqueda de una nueva identidad masculina,
igualitaria y liberada de la herencia ignominiosa del patriarcado,
transita
por el mismo camino que conduce a la emancipación de la mujer. El camino
de la felicidad humana. Del mismo modo que Sherezade dejaba inconclusas sus narraciones, nosotras también rechazamos que se haya llegado al final de la Historia.
* Sylviane Dahan es militante de Revolta global- Esquerra anticapitalista
Izquierda Anticapitalista




