Antonio Liz / (1ª Universidad de Verano de IA
(Banyoles -Girona-, 28, agosto,
2010)
Estamos a empezar a vivir un nuevo tiempo histórico porque hoy el capitalismo ya no tiene ninguna credibilidad política pero, paradójicamente, la izquierda está desarbolada. No obstante esta aparente paradoja no lo es tanto si se tiene en cuenta que venimos de la mayor derrota política que ha sufrido la clase trabajadora en toda su historia: la caída de la Unión Soviética. Este hecho desmanteló la izquierda en general a nivel planetario y le dio unas ínfulas al capitalismo tan grandes que sus plumíferos se atrevieron a afirmar que el capitalismo era el Fin de la Historia, que no había posibilidad de crear otra sociedad, que era la menos mala posible.
La carta blanca que para el imperialismo capitalista supuso el derrumbe de la URSS se concretó en un ejercicio de prepotencia de los capitalistas, en el incremento de su agresiva política exterior y en un ataque visceral contra la clase trabajadora en el interior de sus estados atacando sus derechos laborales y las prestaciones sanitarias y educacionales.
La bárbara embestida del Capital al Trabajo y a los recursos de la Humanidad ha puesto al desnudo la brutalidad del capitalismo. A esto se le suma un hecho completamente novedoso en el proceso histórico, el cambio climático. La combinación de la precarización laboral y social de la clase trabajadora en el mundo occidental y el deterioro galopante de la naturaleza hace ver a amplios sectores sociales que el capitalismo
no es la solución a los problemas que tiene y que tendrá la especie humana. La cuestión, una vez más, es qué hacer.
El derrumbe de la URSS y la barbarie capitalista desmantelaron la izquierda. La caída de la Unión Soviética hizo que la esperanza en conquistar un mundo mejor desapareciera del imaginario de millones y millones de trabajadores. Los ataques del capitalismo a la clase trabajadora precarizando su existencia y dividiéndola a través de contratas y subcontratas ha posibilitado una atomización laboral de buena parte de la clase trabajadora lo que dificulta sus clásicos mecanismos de defensa sindicales a la vez que erosiona su instinto de clase lo que dificulta al extremo la creación de sus organizaciones políticas.
Ante esta novedosa realidad histórica hay activistas de la izquierda social que tienen un verdadero lío con la cuestión de quién puede enfrentarla, tanto es su desamparo político que se cuestionan que el “viejo” sujeto histórico, la clase trabajadora, ya no sirve. Entre estos activistas, militantes de combativos movimientos sociales, hay jóvenes y menos jóvenes, aunque la desesperanza se instala con más facilidad en los mayores que en la juventud ya que en aquellos pesa más la desesperanza, producto de las derrotas políticas vividas. A la vez, algunos de los jóvenes activistas sociales tienen un despiste político pasajero producto de que algunos de sus mayores, que son los que tienen que pasarles el testigo, no se aclaran por lo que los lían dificultando su formación política, el nítido afloramiento de su conciencia de hij@s de la clase trabajadora.
Hoy la clase trabajadora occidental, la que vive en el centro del sistema, está muy fragmentada socialmente. Esta fragmentación ha sido conscientemente ideada y diseñada por los capitalistas y sus políticos con el objeto de favorecer la explotación de los trabajadores. Los capitalistas al convertir a una buena parte de los trabajadores en contratados, subcontratados y autónomos ha conseguido estratificar a esos trabajadores, que ya no saben quien es su directo patrón o, en algunas ocasiones, se creen patronos de ellos mismos. A la fragmentación se le suma la precarización
de las condiciones laborales. Si ha esto le sumamos las derrotas sufridas en el último período por la clase trabajadora, la traición de los partidos de izquierda y de la burocracia sindical ya tenemos el cuadro completo para comprender la razón de que miles y miles de trabajadores en cada país estén desmotivados políticamente. Algunos ya no saben ni donde está el patrono ni donde apoyarse por lo que sólo pueden hacer un ejercicio de resistencia, si tienen posibilidad, en el reducido
marco de su empresa. El capital los ha fraccionado y la izquierda los ha traicionado. Es lógico que en su fuero interno miles se pregunten qué se puede hacer, saben que tienen que luchar para que nos les terminen aplastando, la cuestión es, ¿se puede hacer algo más que intentar resistir en el propio tajo?
Los pesimistas y los desesperanzados lo son porque la degradación de la vida social les imposibilita ver un horizonte de lucha, lo que no les impide a muchos luchar empíricamente en sus centros de trabajo o en movimientos sociales. Lo que no ven es la posibilidad de una lucha colectiva entre tanta desarticulación laboral, tantos movimientos sociales aparentemente dispersos entre sí y tanta traición política continuada. La respuesta a este pesimismo actual pasa por aglutinar a la nueva clase trabajadora
y por nuclear a su alrededor a los movimientos sociales, tarea nada sencilla pero perfectamente posible porque en este quehacer ya están algunos miles de activistas sociales.
Los que consideran obsoleta la idea de que la clase trabajadora es la única clase social que puede ser la partera de un mundo nuevo, el sujeto histórico, olvidan que este sujeto nació en las entrañas del propio capitalismo y que éste lejos de haber muerto existe. El capitalismo hoy está vivo y coleando por lo que luchar contra él se le hace necesario hoy, como ayer, a la clase trabajadora. La diferencia entre el ayer y el hoy capitalistas estriba en que hoy el capitalismo está mucho más desarrollado que ayer lo que conlleva que la clase trabajadora no sea exactamente la de ayer. Ha cambiado el capitalismo y ha cambiado la clase trabajadora, que es un producto de la sociedad capitalista. Ahora bien, no ha cambiado un ápice la contradicción fundamental, la dada entre el Capital y el Trabajo. No sólo no ha cambiado sino que la joven clase obrera del mundo occidental se enfrenta a unas condiciones de precariedad que se asemejan más a las condiciones de brutal explotación que sus antepasados
pasaron en el siglo XIX y comienzos del XX que no a lo que sus abuelos y padres tuvieron con el Estado de Bienestar del último tercio del siglo XX.
Hoy sigue existiendo la burguesía y la clase trabajadora, el Capital y el Trabajo. Lo que ha variado es la relación de fuerzas, la burguesía ha concentrado más su capital mientras que la clase trabajadora está más desestructurada. La burguesía sigue siendo la propietaria de los medios de producción y la clase trabajadora tiene que seguir vendiendo su fuerza de trabajo para sobrevivir. En esto no hay diferencia ninguna con el pasado, la diferencia está en que la burguesía es mucho más rica y la clase trabajadora mucho más pobre, en que la clase trabajadora perdió el horizonte de lucha por las derrotas y su fraccionamiento y la burguesía ha concentrado más poder. Así, la diferencia fundamental con el pasado es que hoy la relación de fuerzas es más favorable a la burguesía que ayer. Esto no implica que hayan desaparecido las clases
ni sus antagonismos, todo lo contrario ya que una sociedad que no elimina sus contradicciones no sólo las mantiene sino que las incrementa, lo que nos lleva a deducir que la conflictividad social se incrementará.
El problema práctico que se le presenta a la izquierda social hoy es cómo darle coherencia, identidad, conciencia, al sujeto histórico y cómo ligarlo con las luchas de los movimientos sociales para que crear un horizonte de resistencia colectiva y de conquista del poder político. Esta es la gran tarea de la izquierda social aquí y ahora.
La combinación de los conocimientos que proporciona el estudio de la Historia y de la Coyuntura es fundamental para poder avanzar en la lucha social. El estudio de la Historia no es una cuestión ni de nostalgia ni de erudición sino un ejercicio de conocimiento del pasado con el doble objetivo de aprender del proceso histórico y de buscar en él las raíces políticas. El análisis de la Coyuntura es lo que permite conocer el momento concreto, la relación de fuerzas, la realidad organizativa, los movimientos sociales existentes, las inmediatas necesidades requeridas. Ese conocimiento combinado es fundamental para poder actuar socialmente.
Hoy tal conocimiento, por la extensión de los campos y amplitud de los temas, sólo puede ser colectivo por lo que se impone también aquí la necesidad de la organización política.
La dificultad primera para organizar a la clase trabajadora reside en que su conciencia de clase no nace con ella sino que sólo la puede alcanzar en el proceso de lucha contra la clase poseedora de capital y de conciencia, la burguesía. Mientras que la clase dominante en el capitalismo alcanzó la conquista del poder político después de haber conquistado el poder económico la clase trabajadora tiene que seguir el camino inverso, primero conquistar el poder político para poder tener el poder económico. Esta falta de conciencia a priori es lo que hace imprescindible un partido (partidos) político partidario que la organice, es decir, que la encuadre numéricamente, que la cohesione políticamente, que le de conciencia de su importancia y que la dote de un horizonte de futuro.
Las organizaciones políticas de la izquierda social que quieren convertirse en partidos de la clase trabajadora están, aquí y ahora, en estado embrionario, buscando su identidad, su discurso, su utilidad. Además, deben también buscar ser un adelanto de la sociedad de la que esta clase puede ser partera lo que implica que la política a seguir debe ser el producto de la reflexión, el debate y la decisión colectiva. Así, el partido (partidos) será ya una escuela de democracia real que adelantará una pincelada de la sociedad que desea construir. El proceso histórico seleccionará a las organizaciones políticas operarias, las que sean útiles en la defensa de la clase trabajadora y de los movimientos sociales crecerán y la que no sean útiles desaparecerán o se convertirán en meros grupúsculos.
La nueva clase trabajadora, la de hoy, tiene las mismas esenciales aspiraciones que la vieja clase trabajadora, la de ayer, conquistar el poder político. Conquistarlo para socializar toda la vida económica, política y cultural. Esta sociedad no se puede diseñar a priori porque sólo puede ser un producto del ritmo del proceso histórico lo que no impide saber que además de estar basada en la justicia social su base económica se sustentará en el decrecimiento de la producción mercantil y en el crecimiento de las prestaciones sociales.
La defensa acérrima de la emancipación de la mujer, del cuidado del marco ecológico y de la defensa de los derechos civiles le es imprescindible a la clase trabajadora para nuclear a su alrededor a los movimientos sociales, movimientos que por sí solos solamente darían luchas parciales
condenadas al fracaso por no ser alternativa política a la clase capitalista.
La clase trabajadora hoy sigue siendo la mayoría social en la sociedad capitalista del mundo occidental. Pertenece objetivamente a ella toda persona que por estar privada de la propiedad de los medios de producción tiene por renta exclusiva su salario, cuando no está en el paro. Como clase social está compuesta por diversas capas que han sido generadas por el propio desarrollo del capitalismo. Cumple infinitas funciones en el proceso socioeconómico y es la productora de la riqueza social en bienes y servicios. Su masa numérica, su función social y sus necesidades colectivas la convierten en el sujeto del proceso histórico en la sociedad capitalista por lo que sólo ella puede generar otro mundo, el sustentado en la justicia social.
En el capitalismo de ayer como en el de hoy sólo hay dos proyectos socioeconómicos posibles: una sociedad basada en la propiedad privada de los medios de producción o en la propiedad social. No hay ninguna otra posibilidad,
buscar salidas económico-sociales alternativas dentro del capitalismo es una brutal pérdida de tiempo político-social. No hay en el mundo de hoy ninguna otra clase social que pueda tener por horizonte conquistar el poder para traer la socialización de la riqueza, la defensa de la mujer y de los derechos civiles y el cuidado del entorno natural. Por lo tanto, la nueva clase trabajadora, la de hoy, la nacida en este tiempo histórico concreto en el mundo occidental, hija de la derrota y la precariedad, es la única clase social que puede centralizar todas las luchas contra el capital.
Izquierda Anticapitalista




