EDITORIAL
Las manifestaciones de este Primero de Mayo se van a celebrar en una coyuntura especialmente crítica dentro de la Unión Europea: a las sombrías perspectivas económicas que se anuncian –y que repercutirán, si no lo impedimos, en menores gastos sociales y en más contrarreformas laborales en nombre de la "competitividad" con EEUU y China- se une la centralidad del debate que se desarrolla en Francia alrededor del referéndum sobre el Tratado Constitucional del próximo 29 de mayo. El temor de las elites europeas a que gane un No mayoritariamente antineoliberal está provocando un despliegue de todo tipo de presiones, amenazas y chantajes dirigidos a hacer cambiar esa tendencia en el país vecino con el fin de que no se vea desbaratado su proyecto imperialista.
Sin embargo, la manifestación del pasado 19 de marzo en Bruselas y el eco alcanzado por las protestas suscitadas ante la directiva Bolkestein de liberalización de los servicios son buena prueba no sólo de que puede ganar el No en Francia sino, sobre todo, de que hay síntomas esperanzadores de una removilización social en la que los trabajadores e incluso algunos grandes sindicatos están recuperando protagonismo en algunos países de la UE.
En el Estado español nos encontramos también con un nuevo intento de precarizar más la fuerza de trabajo, abaratar los despidos, prolongar la semana laboral y fomentar la privatización de las pensiones, mientras persiste la inseguridad frente a los accidentes y se cierran los ojos ante el proceso de “deslocalizaciones” que, como en el caso de Miniwatt, practican impunemente las grandes multinacionales no sólo dentro de la UE sino en todo el planeta. Por no hablar de catástrofes como la del Carmel y de los efectos corruptores y ecocidas de la especulación urbanística e inmobiliaria, especialmente la que se da en las grandes ciudades y en las zonas turísticas, mientras se dan largas a la aplicación del Protocolo de Kyoto y ataca con fuerza el “lobby” nuclear. En ese marco la derecha más neoliberal del PP no duda en querer ir más deprisa, como ocurre en la Comunidad de Madrid y su ofensiva contra la sanidad pública.
Ante ese panorama, si el Primero de Mayo nació como expresión del internacionalismo obrero en solidaridad con los trabajadores de Chicago, hoy es más necesario que nunca recuperar ese internacionalismo con el fin de poder luchar efectivamente contra un capital transnacional que se mueve libremente de una a otra parte del planeta en función de las posibilidades de aumentar su tasa de explotación de una fuerza de trabajo cada vez más multicultural y feminizada y de seguir expropiando bienes comunes y servicios públicos. Ese es el “nuevo” imperialismo al que tenemos que enfrentarnos reconstruyendo lazos y redes que permitan emerger un nuevo movimiento obrero global que, en convergencia con otros movimientos sociales, esté a la altura de esos retos y sea capaz de arrancar conquistas parciales.
Pero no podemos ignorar tampoco que las políticas neoliberales van acompañadas, cada vez de forma más visible, por una creciente militarización del mundo y por una mayor restricción de libertades en nuestros propios países, como ocurre aquí con la Ley de Partidos. La continuidad de la presencia estadounidense en Oriente Medio y en tantas partes del mundo –incluyendo la utilización de bases españolas como la de Rota-, sus amenazas a otros pueblos como los de América Latina, así como la pretensión de la UE de aumentar sus gastos militares deben ser denunciadas sin descanso, con mayor razón cuando, más allá de la retórica, la mal llamada “comunidad internacional” ha legalizado la ocupación de Iraq y continúa impasible ante la represión que sufre el pueblo palestino. La celebración del Primer Fórum Social del Mediterráneo en Barcelona del 16 al 19 de junio próximos, bajo el lema “Por un mar de derechos”, tiene que ser la ocasión para propugnar una Europa abierta y solidaria con los pueblos del Sur, radicalmente contraria a esa Europa imperialista que se quiere blindar en el Tratado Constitucional. Por eso también tendremos que estar preparados a apoyar una posible victoria del No en Francia para convertirla en punto de partida de un giro hacia la izquierda en toda Europa.
Tampoco podemos olvidar que se ha abierto en el Estado español el debate sobre la reforma constitucional y la necesidad, por tanto, de superar el profundo déficit democrático que tuvo la “primera transición”. Ello exige también de los sindicatos y las organizaciones de la izquierda social y política poner en primer plano la búsqueda de una solución democrática a la demanda de reconocimiento de los derechos nacionales de los distintos pueblos del Estado español. El apoyo a las vías de diálogo y respeto al derecho de autodeterminación de Euskadi, así como el firme rechazo a la antidemocrática Ley de partidos tienen que estar igualmente presentes en nuestras movilizaciones. Será por ese camino como podremos avanzar hacia un federalismo republicano, plurinacional y solidario, libremente construido a escala española y europea.
Pero la solidaridad del mundo del trabajo tiene que manifestarse más rotundamente si cabe con los y las más débiles y, en particular, con quienes continúan tropezando con las trabas de una injusta Ley de extranjería que, pese a las recientes medidas de “regularización”, mantiene en la ilegalidad o en la precariedad más absoluta a centenares de miles de inmigrantes. Por eso nos parece injustificable la actitud timorata e incluso cómplice mantenida por las direcciones sindicales mayoritarias ante la carrera de obstáculos que se sigue imponiendo a tantos inmigrantes para poder legalizarse y ser sujetos de derechos en todos los planos.
- CONTRA LA PRECARIZACION DE NUESTRAS VIDAS
- POR LA SEMANA LABORAL DE 35 HORAS
- POR EL LIBRE DERECHO A LA AUTODETERMINACION DE TODOS LOS PUEBLOS
- POR UNA EUROPA EN PAZ CON LOS PUEBLOS DEL SUR Y SOLIDARIA CON IRAQ Y PALESTINA
Izquierda Anticapitalista




