Un abrazo para Fermín Salvochea

Pepe Gutiérrez-Álvarez

El colega José María González Santos, Kichi, nuevo alcalde de Cádiz,  ha hecho saltar el lagrimero de más de cuatro veteranos. Su gesto por la memoria al sustituidr el retrato del rey Juan Carlos que presidía el despacho de su antecesora, la cortesana Teófila Martínez, por el del anarquista y primer edil de Cádiz durante la Primera República, Fermín Salvochea, compendió de todo lo bueno que representa la república y la Libertad para nuestra gente más auténtica, la que nunca se resignó, es de los que que quedan para el recuerdo. Más tarde o más temprano llegará el día en que la memoria de Fermín Salvochea Álvarez, mítico anarquista andaluz, llamado por sus largas estancias en la cárcel y por su lucha incesante el «Blanqui español» (Cádiz, 1842-Ib.1907), figure en calles y plazas y su historia sea más conocida que la de Cánovas del Castillo santo patrón del PP, un hombre que creía que la riqueza la daba Dios, el malo de esta película que está lejos de acabar. Salvochea ara hijo de una familia de ricos comerciantes que tuvo una infancia muy feliz. A los 15 años lo enviaron a Inglaterra a aprender la lengua y a prepararse en el conocimiento del negocio. Estuvo allí durante 5 años repartidos entre Londres y Liverpool, que serían decisivos para su formación intelectual y política, influyendo en él, el internacionalismo de Thomas Paine («mi patria es la humanidad»), el ateísmo positivista de Charles Bradraugh y el comunismo de signo oweniano. En, 1864 se encontraba de nuevo en la bahía gaditana dispuesto a luchar por la República Federal y no tarda en alcanzar notoriedad con el proyecto de liberación de los presos políticos de 1866, que aumenta por su densa actuación en la revolución de 1868 donde Salvochea es un hombre de confianza de los conjurados y enlace de Prim, así como miembro destacado de la «comuna» gaditana y segundo comandante de un batallón de voluntarios con el que defendió la ciudad hasta el 11 de diciembre en que se entregó; ya en estos acontecimientos, Salvochea se hace clara su tendencia a desbordar el cuadro político de una revolución liberal. Meses después es elegido diputado sin que el gobierno acepte el acta aunque tiene que concederle la amnistía. Emprende seguidamente una campaña de agitación por Andalucía de contenido federalista y de apoyo al movimiento de 1869, luego toma parte en el combate al mando de partidas de voluntarios en Alcalá de los Gazules, pero resulta vencido y escapa a Gibraltar y después a París. En la capital francesa encabeza el 12 de enero de 1871 una manifestación contra Napoleón III. En este año se afilia a la AIT, es uno de los “internacionalista” que era como se llamaba a los miembros de la 1ª Internacional que tantos sueños de liberación creo entre los campesinos del Sur. Tras un viaje a Londres, Salvochea retorna a su ciudad natal con la amnistía de aquel año y es nombrado alcalde, cargo que abandona en 1873 por el fusil y como presidente del comité administrativo de la revolución cantonal. Defiende la ciudad contra la escuadra inglesa y contra Pavía hasta la derrota que le lleva a un consejo de guerra en Sevilla que lo condena a cadena perpetúa en prisiones norteafricanas. Será en la cárcel donde se hará anarquista, consagrando una influencia que se había manifestado ya dentro de su federalismo radical. En 1872 mantiene contactos con Lorenzo con la finalidad de crear una asociación de Defensores de la Internacional y al año, Salvochea siguiente constituye el primer germen organizativo del anarquismo andaluz. Los años de cárcel lo serán también de estudio del cuerpo de doctrina anarquista que asimila rehuyendo cualquier tentación sectaria. Cuando se le ofrece una amnistía, la rechaza porque no alcanza a todos sus compañeros, y meses después, en 1880, huye a Gibraltar y después a Lisboa y Oran para desembocar en Tánger. En 1886, Fermín regresa a España con una enorme aureola de santo revolucionario y se entrega a una gran campaña de agitación en favor del comunismo anárquico, funda su famoso periódico El Socialista (que sobrevive penosamente a las prohibiciones y a los encarcelamientos de su director) y traduce a Kropotkin, con el que se siente muy identificado. Se encuentra en prisión cuando ocurren los acontecimientos de Jerez de 1892, pero esto no es obstáculo para que se le atribuya su instigación y será condenado a 12 años de cárcel que transcurren en Valladolid y Burgos en condiciones bastante penosas. Liberado en 1889, con la vista muy debilitada, Salvochea vive en Madrid en la pobreza escribiendo en diversos periódicos y representando una casa de vinos. No obstante, su actividad sigue en pie. Frecuenta el Casino Federal y la Sociedad de Librepensadores, y escribe en La Revista Blanca. Su presencia se hará notar en actos como el entierro de Pi i Margall y el sonado estreno de la Electra de Pérez Galdós, manifestándose en defensa de la libertad de expresión contra la intolerancia religiosa. También forma parte en la preparación del Congreso anarquista de 1900. Su labor como traductor y libelista le lleva a ser perseguido de nuevo, y tiene que marcharse a Tánger poco antes de su fallecimiento. Fermín murió en Cádiz en olor a multitudes (se hablaba de 50.000 peronas, muchas llegadas caminando desde toda la provincia), y es estimado como uno de los héroes legendarios. Este entierro se convirtió en una imponente manifestación libertaria. Hombre de acción, romántico y lúcido al tiempo, fue un estudioso y escribió poco, pero lo que hizo fue un modelo de coherencia y apertura intelectual. Sus artículos están repartidos por toda la prensa libertaria importante de su época, aparte de Kropotkin, tradujo a John Milton y a Camille Flammarion. Maestro de una generación de anarquistas su figura fue glosada por la literatura, en particular por Vicente Blasco Ibáñez que lo retrata con el nombre de Fermín Salvatierra en su célebre obra La bodega (reeditada por Plaza&Janés). También inspiró un rosario de tanguillos populares gaditanos y su prestigio sobrevivió el tiempo, incluso durante el franquismo su nombre se sentía todavía en los pueblos andaluces. Pedro Vallina y Rudolf Rocker le dedicaron sendas biografías, aunque todavía esta por escribir un estudio serio y riguroso de su aventurera y magnífica existencia. En 1987, el cineasta Carlos Fernández le dedicó una película, Fermin Salvochea, visto para sentencia, un trabajo tan voluntarioso como pobre cuyo heroico esfuerzo de producción sería castigado en su distribución, convirtiéndose en un «films maldito» que muy poca gente ha podido visionar. Los lectores más curiosos encontrarán una buena fuente en la obra de su discípulo Pedro Vallina, quien junto con Rudolf Rocker, fue quién más contribuyó a su conocimiento. El libro de Vallina apareció en el 2013 por la magnífica Editorial Renacimiento de Sevilla en una edición muy cuidadosa de José Luís Gutiérrez Molina. Lo dicho Kichi, un calentón que espero sea continuado por otros gestos similares.