Billy el Niño y otros ejemplos de “memoria histórica”

Sábado 28 de septiembre de 2013, por Mar

Pepe Gutiérrez-Álvarez

No es lo mismo bombardear que ser bombardeado, pero aunque esto sea una verdad como una catedral, la historia oficialista lo consiente.

Para los perdedores, la batalla por la interpretación sobre el génesis, curso y desenlace de la guerra y todo lo demás, ha sido cualquier cosa menos fácil. Durante casi cuatro décadas, la “historia oficial” del franquismo se impuso a todos los niveles. Hablar aquí de maniqueísmo, es quedarse corto. Durante la Transición, las advertencias de que, con el “libertinaje”, se está provocando una nueva guerra civil, no venían solamente de los fuerzanovistas, también la utilizó, entre otra mucha gente y fuerzas vivas, el entonces jefe de la CEOE, Carlos Ferrer Salat, detalle que recoge la muy poco sospechosa Victoria Prego, en sus Crónicas de la Transición, una muestra ejemplar sobre cómo se fabrica una historia al servicio de su Majestad.

Algo se ha avanzado desde los años del olvido, ahora ya no solamente tenemos una perspectiva de lo que fue “todo aquello”, también resulta claro cómo el régimen del 78 ha afrontado un pasado traumático y divisivo, una historia que puede ser tratada en clave de Holocausto, tal como ha hecho Paul Preston, por cierto, biógrafo de Juan Carlos I, o sea alguien al que no se puede acusar de sectario con la derecha, aunque sí lo ha sido y no poco, con la izquierda revolucionaria de los años treinta, aunque estas es ya, otra historia.

Dicho avance se ha hecho en contra de las instituciones establecidas, a través de un movimiento que se convenido a llamar de la “memoria histórica”, un término que se podrá discutir académicamente, pero que está que sido asumido por sus actores que están sobrados de legitimidad por que para la derecha resulta “una provocación”, por emplear el término utilizado por Ángel Acebes cuando era ministro de Aznar.

Es un movimiento social articulado desde entidades voluntarias. Ha estado movido, en primer lugar, por familiares de las víctimas, colectivos cuya finalidad ha sido y es tan humana como el reconocimiento y el entierro digno de los republicanos que son víctimas olvidadas de la aquella Ley del Ordeno y Mando, la que de verdad utilizó el ejército fascista. En segundo lugar por los nietos que no aceptan ya del silencio, ni la prudencia cómplice de las izquierdas establecidas que habían consentido “cerrar página” sin abrir el libro, que en nombre de la concordia y de la convivencia, permitía semejante aberración al tiempo que aceptaba la legitimidad de los herederos del franquismo, tan bien representados por el monarca y tan bien situados en las élites financieras. En tercer lugar, por una hornada de historiadores que desde la sombra, han utilizado el conocimiento histórico concreto para poner la verdad de la actuación militar-fascista en su justo lugar.

Estos historiadores han dado una lección de objetividad profesional, sus propios objetivos de establecer la verdad de todos los nombres de todos los coloresd del antifascismo. Aplicaron la divisa bona fides, sine ira et Studio, para ofrecer constancia incuestionable de unos datos trivializados desde la historiografía académica más “militante”, adicta al nuevo régimen. Una escuela muy bien representada, entre otros, por Javier Tusell y por Santos Juliá, no por casualidad, comisarios con altos cargos en los grandes partidos gubernamentales.

Los críticos del concepto de "memoria histórica", adujeron que una historia como la que nos ha tocado (una República asediada desde los primeros tiempos, una guerra contrarrevolucionaria, una dictadura despiadada, una Transición reorientada a la medida de la derecha), no era para ser abordada irresponsablemente desde la escala individual, apasionada y comprometida con unos hechos trágicos sobre los cuales le negaban verdad y justicia. Por lo tanto, insistían en que una operación requería de cirujanos especializados como era propio en la medicina. Pero el movimiento de la memoria popular, fue desde siempre tan individual como colectivo y pluralista, de hecha era historia viva, un reclamo por otra manera de ver lo que habíamos padecido. Respondía a las propias exigencias de reparación familiar, pero también a la defensa de una concepción diferente de los procesos históricos. No aceptaba las pautas impuestas desde el prisma oficialista que desde la equidistancia consentía las expresiones de uno y otro bando. Así mientras que los beneficiarios del franquismo podían continuar con sus privilegios y honores, los republicanos podían hacer los suyos siempre que no perturbaran la historia “superadora” vendida desde el PSOE y El País.

Esta diferencia “democrática” me lleva a recodar una anécdota atribuida si no recuerdo mal, al padre Hilari Raguer, que contaba que en una conversación con el genera e historiador franquista “aggionardo”, Ramón Salas Larrazábal, descubrieron que los dos tenían "memoria" de los bombardeos de Barcelona en marzo de 1938. Pero había una cierta diferencia, mientras que el capellán las recordaba desde tierra, corriendo despavorido, el segundo, el segundo la recordaba como piloto bombardero. Se trataba de dos “memorias” que daban mucho de sí. Había sido “compartida”, pero desde los espacios más opuestos posibles, uno como verdugo, el otro como víctima. Por otro lado, el hecho de haber actuado como criminal de guerra bombardeando la población civil, no le impidió ejercer como “historiador” académicamente respetado, alguien que podía publicar “sin complejo” en diarios y revistas, en El País por ejemplo, así como en la obra colectiva coordinada por Edward Malefakis, La guerra civil española (Tauruis, 2006), donde se le presenta como “general de brigada de armas de la aviación” e historiador.

Pero la anécdota permite todavía un colofón con las recientes declaraciones de alguien tan representativo de la “vieja guardia” del régimen como Juan Velarde Fuertes, “camisa vieja” pero también neoliberal, Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales. En su intervención, en el programa ’Diario de la Noche’ en Telemadrid el 17 de septiembre de 2013, en la que deformando una cita de Manuel Azaña, planteaba si no habría que bombardear Cataluña sí se llega a una situación extrema, o sea, sí la mayoría de la ciudadanía opta por una vía propia.

Cosas similares se han dicho estos días con la misma impunidad, como una mera “boutade” de personajes que ocupan su lugar en el podium del poder, pero que siempre han estado ligados al fascismo, personajes que gozan de patente de corso, porque ellos son los que mandan. Son los mismos que tratan, ¡al PSOE¡ de extremista de izquierda, para los que Nelson Mandela era un terrorista, como Chávez era totalitario, etcétera.

Esto demuestra por sí hacía falta, que no estamos hablado solamente de historia. Mientras que el movimiento por la memoria popular se desarrollaba por abajo (con la abierta hostilidad de los poderes públicos), también se dio a conocer otro movimiento, pero por arriba, programado durante la segunda etapa de Gobierno del presidente Aznar en connivencia con la FAES, una de esas entidades neoliberales que gozan de enormes apoyos del dinero público. Era el llamado “revisionismo”, así llamado por su paralelismo con los historiadores germanos que trataban de legitimar el nazismo. Los revisionistas justifican la legitimidad de la sublevación militar, creando un canon que ha sentado sus posaderas entre las huestes del PP, tal como han demostrado en las declaraciones de cargos del más alto nivel (Esperanza Aguirre, que presume de liberal), y por los gestos de componentes notorios de las Nuevas Generaciones.

Por supuesto, no se trata de idealizar ni el movimiento obrero, ni la República, ni la resistencia antifranquista, ni tampoco la fracturada disidencia de la Transición, hay mucho que hablar, que criticar y que autocriticar, pero estamos hablando de categorías tan diferentes como la de la que se desprende de anécdota de la “memoria” Salas Larrazábal e Hilari Raguer. No se trata de que las izquierdas fueran los buenos sin más, aunque, en lo fumndamental, no estaba tan desenfocado André Gide cuando, cuando estalló el golpe militar que provocó la guerra, que sí bien las categorías de buenos y malos no existía, habían situaciones en que la realidad se les aproximaba, y aquella fue una de ellas.

Después de todos estos avatares, la cultura de la derrota se convirtió en algo así una segunda piel para el pueblo militante, hasta el punto que parecía que llegamos a “hacernos” a la derrota. Ese sentimiento, mucho más profundo de lo que parece en el pueblo llano, fue secularmente una piedra angular para la hegemonía abusiva de una derecha que nunca dejó de tener la iniciativa. Ni tan siquiera en la época republicana cuando persistió como una fuerza amenazante que no admitía la menor reforma democrática y social.

Es este dominio lo que explica que mastuerzos como Billy el Niño, fuesen condecorados y bendecidos con Marín Villa, como maestro de ceremonia. Ellos podían admitir que era un “hijo de puta”, pero era “su hijo de puta”, y lo protegieron como lo hicieron con Hellin y tantos otros Pero estas cosas no podían continuar así, el consenso entre los que tiraban las bombas y los que huían despavoridos, no era posible a la larga y ahora hemos llegado al punto de las recapitulaciones. Aceptar lo contrario, significa ser cómplices. Como lo fueron y los son nuestras izquierdas gobernantes, la misma a las que el pueblo les dio una mayoría para que hicieran al menos parte de lo que habían prometido y que tanto han defraudado, sobre todo a los que llegaron a creer en ellos.

Esta querella es también una victoria contra aquellas voces (Felipe, Roca i Junyet, Santiago Carrillo, etc.), que en su momento, opusieron el modelo de la Transición española a las primeras acciones que en países como Argentina o Chile, comenzaban a investigar las responsabilidades criminales de las dictaduras. Es por lo tanto, una victoria contra la cultura de la derrota, una demostración más de que el pueblo trabajador no es un enano destinado a padecer las injusticias, sino que puede ser, que necesita ser un gigante. Porque sí se puede, sí se puede. Ahora, cuando un policía le repita a un militante detenido, aquello tan sobado de, “cuando cambian las cosas también nos necesitaréis”, podrá contestar “quiero tu identificación porque te voy a denunciar”.

Algo que entonces se olvidó como se olvidaron tantas cosas, según Alfonso Guerra, tenían muchas que hacer. Por ejemplo, volver su propio programa del revés, meternos en la OTAN, desmantelar el tejido industrial, cerrar la puerta a un nuevo estatuto para Cataluña, etc. Después de este paso, ya es hora de que los ayuntamientos de izquierdas den los pasos necesarios para comenzar a restituir la total y plena dignidad a todas las víctimas. Ahora ya no le quedan pretextos.

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