Declaración de Anticapitalistas ante la caída de Al Ásad en Siria

El régimen de Al Ásad ha caído en Siria y el ya ex dictador se ha exiliado en Rusia. Los acontecimientos se han sucedido vertiginosamente y en 11 días, la cleptocracia que parecía haber estabilizado su dominio, se ha derrumbado de forma estrepitosa. Siria se sumerge ahora en una gran incertidumbre, en donde la alegría por la caída del tirano se entremezcla con la preocupación por el futuro. No es para menos: por desgracia, quienes ha derrocado a Al Ásad son fuerzas reaccionarias, una precaria coalición entre fuerzas fundamentalistas provenientes de Al Qaeda y un ejército directamente financiado por Turquía.

Para comprender cómo hemos llegado a esta situación es necesario retrotraerse a 2011. Al calor de las revoluciones árabes y de la profunda crisis económica y social provocada por las políticas neoliberales de Al Ásad, el pueblo sirio inició un ciclo de protestas que buscaba modificar la situación política y mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora. Pronto, ante la cerrazón, la brutal represión y la incapacidad del régimen para escuchar las protestas, estas movilizaciones derivaron en una búsqueda de su derrocamiento, para lo cual se formaron consejos locales. En términos clásicos, la revolución siria entró en una fase democrática. La falta de una dirección política clara y la salvaje represión del régimen empujaron hacia una militarización del conflicto. El responsable de imponer esta guerra civil fue el propio régimen, que prefirió alimentar a fuerzas reaccionarias, liberando a yihadistas de las cárceles y encerrando a manifestantes de los sectores populares, antes que admitir la quiebra de su legitimidad. Con miles de presos en las cárceles (incluyendo a palestinos), millones de exiliados y más de 600 mil muertos, calificar como bastión de la “estabilidad” al régimen de Al Ásad es una broma macabra. Pese a su aparente fortaleza, el régimen ha demostrado ser dependiente de potencias extranjeras como Rusia e Irán. Cuando estos países decidieron que ya no les interesaba defenderle, ya que ahora sus intereses están en otra parte, el régimen se desmoronó como un castillo de naipes, sin que nadie lo haya defendido.

Sobre ese proceso de pulverización de la rebelión popular impulsado por la dictadura es sobre el cual se fortalecieron las nuevas fuerzas reaccionarias. Primero el ISIS, hoy el HTS (Hay'at Tahrir al-Sham, proveniente de Al Qaeda) y el ENS (Ejército Nacional Sirio), al servicio del estado turco. Estas fuerzas defienden un programa reaccionario y son enemigas de la libertad y emancipación de las clases populares sirias. Como hemos visto, las potencias extranjeras no tienen ningún empacho en pactar con unos y con otros para defender sus intereses en Siria: Putin ya ha anunciado su disposición a dialogar con los rebeldes con tal de mantener sus bases en el Mediterráneo; EEUU, que considera formalmente al HTS un grupo terrorista, no tiene problema en considerarlo un interlocutor válido y Turquía busca aumentar su fuerza regional y aplastar a los kurdos. Existe un peligro real de que Siria entre en una nueva fase destructiva, que prolongue bajo nuevas formas la iniciada por el régimen sanguinario de Al Ásad, y que se imponga una división caudillista del país, aplastamientos de las minorías nacionales, una nueva dictadura o la subordinación a los intereses de potencias extranjeras. Israel, el principal enemigo de los pueblos de Oriente Próximo, ya ha aprovechado la situación para invadir nuevas porciones de territorio sirio.

Pese a esta difícil correlación de fuerzas, los sirios han salido a celebrar la caída de la tiranía. La obligación de las organizaciones políticas que practicamos el internacionalismo socialista no es apoyar a ningún dictador sanguinario o tener esperanzas en los requiebros de las potencias imperialistas o de las fuerzas reaccionarias: es apoyar los impulsos, hoy seguramente muy debilitados, de todos los sirios y sirias que buscan retomar el camino de 2011 y que se niegan a subordinarse a las fuerzas reaccionarias que hoy sustituyen a Al Ásad en el poder. Lejos de confiar en una u otra potencia capitalista, el futuro del pueblo sirio y del pueblo kurdo debe ser decidido por la organización propia de sus clases populares, garantizando las libertades de las mujeres, las personas queer y los pueblos oprimidos. También debemos intensificar el apoyo a la resistencia palestina, redoblando la lucha contra la complicidad de nuestros gobiernos y empresas con el genocidio sionista. El camino hacia la liberación nunca ha sido fácil y es nuestro deber político revivir el internacionalismo: este es, lejos de todas las trampas, el único camino para contrapesar y poder derrotar a las fuerzas imperialistas y reaccionarias que mantienen al mundo en el desastre.